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Yemen abre una brecha entre Riad y Abu Dabi: las claves del choque
El pulso por el sur de Yemen revela objetivos incompatibles y una coalición cada vez más difícil de sostener.

Arabia Saudí considera que el respaldo de Emiratos Árabes Unidos a los separatistas del sur de Yemen amenaza su seguridad nacional. La acusación, formulada públicamente tras semanas de tensión, coincidió con una decisión del Consejo de Liderazgo Presidencial yemení: decretar el estado de emergencia, suspender el acuerdo de defensa con Abu Dabi y ordenar la retirada de las fuerzas y el personal emiratíes en un plazo de 24 horas. La disputa dejó de ser una fricción discreta entre socios y pasó a convertirse en una crisis política y militar abierta.
El choque importa porque ambos países habían formado parte de una coalición contra los hutíes desde 2015, pero ya no coinciden sobre quién debe gobernar Yemen ni sobre el futuro de su territorio. Riad busca un Estado y una cadena de mando unificados en su frontera sur; Abu Dabi ha respaldado fuerzas locales con una agenda propia, entre ellas el Consejo de Transición del Sur (STC). La ofensiva separatista y el control de zonas estratégicas hicieron visible una divergencia que llevaba años acumulándose.
Una crisis política que llega después de semanas de tensión
El anuncio saudí del 30 de diciembre de 2025 puso nombre a una preocupación que hasta entonces se había expresado con menos contundencia. Riad señaló como amenaza las acciones emiratíes en Yemen, especialmente el apoyo al STC y su avance en el sur y el este del país. En el centro de la disputa también aparecieron las acusaciones cruzadas sobre el suministro de armas y el respaldo logístico a las fuerzas separatistas, asuntos que elevan el coste político de mantener las diferencias en privado. La palabra elegida por Arabia Saudí marcó un endurecimiento del tono, no una simple discrepancia protocolaria.
La respuesta institucional yemení añadió medidas concretas a la confrontación diplomática. El Consejo de Liderazgo Presidencial, presidido por Rashad al-Alimi y respaldado por Riad, declaró el estado de emergencia, dio por roto el marco de defensa con Emiratos y ordenó la salida de su personal y sus fuerzas. La orden de retirada fijó un plazo de 24 horas, aunque el anuncio por sí solo no permite saber cómo se ejecutaría ni qué control real podrían ejercer las autoridades sobre los distintos grupos armados. Una decisión oficial no equivale automáticamente a una retirada efectiva sobre el terreno.
La secuencia tiene una lógica política: Arabia Saudí elevó el coste diplomático del apoyo emiratí al STC y el liderazgo yemení intentó traducir esa presión en decisiones administrativas y de seguridad. Sin embargo, la crisis no comenzó con esos comunicados. La acumulación de avances separatistas y el rechazo a retroceder de algunas posiciones habían tensado la relación durante semanas. El episodio aceleró una ruptura latente y puso a prueba cuánto peso conservan las instituciones centrales frente a fuerzas locales asentadas durante años de guerra.
Dos aliados con proyectos distintos para Yemen
La intervención de la coalición en 2015 se apoyó en un objetivo compartido: frenar la expansión de los hutíes en el noroeste y contener la influencia iraní en torno al mar Rojo y el golfo de Adén. Esa coincidencia permitió coordinar acciones, pero no borró las diferencias sobre la organización del país una vez terminados los combates. Combatir al mismo adversario no significaba compartir una visión sobre el Estado que debía surgir después.
Arabia Saudí ha defendido un Yemen formalmente unido, con instituciones capaces de ejercer autoridad y de ofrecer garantías de seguridad en una frontera que considera especialmente sensible. Para Riad, una cadena de mando reconocible reduce la incertidumbre y facilita contener ataques de los hutíes, incluidos los que pueden dirigirse contra territorio saudí. En cambio, la red emiratí de aliados locales ha dado prioridad a fuerzas con arraigo en el sur y a estructuras de seguridad propias. La diferencia central enfrenta la centralización estatal saudí con la influencia emiratí a través de socios sobre el terreno.
El STC, que reclama la autonomía o la independencia del sur, representa el punto de fricción más visible. Emiratos también ha respaldado a las Brigadas Gigantes y a unidades de seguridad locales, actores que han tenido un papel destacado en la lucha contra Al Qaeda en la Península Arábiga. Esa contribución no elimina el conflicto de objetivos: para Riad, que una fuerza sea eficaz contra grupos armados no resuelve quién la controla ni a qué autoridad responde. La cuestión no es solo quién combate, sino quién manda, recauda y administra el territorio.
El STC y el difícil equilibrio del poder compartido
La tensión entre el proyecto separatista y las instituciones nacionales no nació en diciembre de 2025. Aidarus al-Zoubaidi se convirtió en una figura central del STC en 2017, mientras Aden empezó a funcionar con centros de poder que no siempre respondían a una sola autoridad. En 2022, la incorporación del consejo al Consejo de Liderazgo Presidencial buscó integrar a los separatistas en el sistema político yemení. La inclusión formal, sin embargo, no hizo desaparecer su objetivo de construir instituciones propias en el sur.
Ese arreglo permitió que actores enfrentados compartieran una estructura política, pero dejó abierta la disputa sobre el mando efectivo. El STC podía participar en las instituciones y, al mismo tiempo, conservar capacidad para actuar como un actor autónomo cuando consideraba que podía ampliar su influencia. Para Riad, esa ambigüedad dificulta crear un gobierno capaz de cumplir acuerdos y controlar fuerzas armadas. Para el consejo separatista, renunciar a sus posiciones podría significar perder poder territorial y seguridad política. La convivencia institucional ha funcionado como un equilibrio inestable, no como una solución definitiva.
También está en juego la credibilidad del Consejo de Liderazgo Presidencial. Si sus decisiones no se cumplen en puertos, puestos de control y unidades armadas, su autoridad puede quedar reducida a comunicados. Al-Alimi necesita demostrar que el organismo no es solo un marco para repartir cargos, sino un centro de decisión efectivo; a la vez, su margen depende del respaldo saudí y de la cooperación de facciones que no comparten la misma agenda. Imponer una orden de retirada exige más que firmarla: requiere interlocutores y fuerzas dispuestos a ejecutarla.
Aden, Hadramaut y Mahra: el territorio detrás del choque
La disputa se entiende mejor en el mapa. Aden es una capital provisional y un puerto estratégico, pero también un centro desde el que se organizan patrullas, recaudación y administración. Más al este, Hadramaut, con Mukalla como punto costero destacado, y la provincia de Mahra, junto a Omán, forman corredores de tránsito relevantes. Controlar esas zonas da capacidad para mover personas, combustible y suministros; perder influencia allí limita las opciones políticas y logísticas de cualquier actor. El pulso no se libra en abstracto: tiene que ver con quién controla rutas, puertos y puestos de control.
Los avances del STC en áreas orientales y su negativa a abandonar posiciones cuando Riad lo solicitó elevaron la tensión. Para Arabia Saudí, la expansión de una fuerza con una agenda propia cerca de zonas sensibles amenaza la posibilidad de construir una autoridad estatal coherente. Para el consejo, consolidar presencia puede reforzar su posición en futuras negociaciones. La disputa combina, por tanto, la seguridad fronteriza saudí, el proyecto separatista y la capacidad emiratí para conservar aliados locales. Cada kilómetro ganado o cedido altera el equilibrio con el que se negociaría una salida política.
Los puertos añaden una dimensión cotidiana a la lucha por el control. Aden, Mukalla, Ash Shihr y Nishtun son puntos de entrada para mercancías y ayuda, además de nodos de transporte y abastecimiento. Si distintas autoridades imponen permisos, controles y prioridades, la circulación puede quedar sometida a decisiones contradictorias. Esa fragmentación complica las operaciones humanitarias y puede abrir espacio a mercados paralelos. La orden de retirada y el endurecimiento saudí apuntan también a reducir esa dispersión de mandos, aunque no garantizan que el control pueda centralizarse sin resistencia.
Los riesgos para la seguridad, la economía y la diplomacia
En el plano militar, el riesgo inmediato no depende necesariamente de una gran batalla. Puede bastar con que patrullas rivales coincidan en una carretera, que un puesto de control rechace una orden o que dos mandos reclamen el mismo almacén. Las fuerzas que combatieron en bandos formalmente aliados podrían enfrentarse por edificios administrativos, rutas o instalaciones. La descoordinación entre unidades puede convertir incidentes limitados en una espiral de represalias.
El efecto económico potencial pasa por el golfo de Adén, una vía marítima importante para el comercio. Si la inseguridad se extiende a puertos o rutas, las navieras pueden afrontar primas de seguro más altas, retrasos o desvíos, incluso sin que el paso quede cerrado por completo. El coste de la incertidumbre suele aparecer antes que una interrupción total: basta con que armadores y aseguradoras perciban más riesgo para alterar decisiones logísticas. Una crisis local puede repercutir en los fletes, los plazos de entrega y los precios de bienes transportados a larga distancia.
La dimensión diplomática también trasciende Yemen. Arabia Saudí y Emiratos mantienen intereses compartidos en energía, inversiones y seguridad marítima, de modo que una ruptura duradera podría afectar a otros asuntos regionales. Las discrepancias públicas obligan a terceros, como Estados Unidos, Reino Unido, la Unión Europea y Omán, a calibrar sus contactos con ambas capitales. Mascate puede ofrecer un canal discreto, aunque la existencia de contactos no implica que haya un acuerdo. La crisis convierte una disputa entre aliados en una prueba para la coordinación del Golfo.
Qué busca cada actor y qué escenarios se abren
Riad pretende recuperar una cadena de mando más centralizada en el sur y el este, reducir la influencia de fuerzas que responden a agendas propias y reforzar la seguridad de su frontera en las zonas de Jizán y Asir. Para Arabia Saudí, la previsibilidad es esencial: un gobierno yemení con capacidad de interlocución puede ofrecer garantías que un conjunto de milicias no puede dar de forma estable. El objetivo saudí es político y fronterizo a la vez: un Estado más controlable reduce la incertidumbre en su límite meridional.
Emiratos, por su parte, tiene incentivos para conservar influencia mediante sus aliados locales y proteger intereses vinculados a puertos, rutas marítimas, terminales energéticas y operaciones antiterroristas. Eso no permite deducir que Abu Dabi vaya a sostener indefinidamente una escalada pública. Puede reducir la visibilidad de su apoyo sin renunciar a sus redes, aunque esa maniobra dependería de la respuesta saudí y de la fortaleza del STC. El consejo separatista, a su vez, debe decidir si mantiene posiciones y arriesga el aislamiento o negocia para preservar parcelas de poder. Las opciones de Emiratos y del STC no son idénticas, aunque hoy se solapen.
A corto plazo, la tensión podría quedar contenida: presión saudí, medidas de emergencia prolongadas y resistencia del STC sin enfrentamientos generalizados. Otra posibilidad es un enfriamiento negociado, quizá facilitado por un canal regional, en el que cada parte rebaje el tono y acepte ajustes graduales sin abandonar sus objetivos. El escenario más grave sería una ruptura abierta, con el STC avanzando hacia una entidad de facto, Riad concentrado en blindar su frontera y los hutíes aprovechando la división de sus adversarios. Son trayectorias posibles, no predicciones: su desenlace depende de decisiones aún no aclaradas.
La reacción de los hutíes puede inclinar el equilibrio. Ansarolá no necesita provocar una guerra entre sus adversarios para beneficiarse de ella: una coalición dividida dispone de menos recursos políticos y militares para coordinarse. Si las facciones del sur se enfrentan, las autoridades tendrán más dificultades para sostener negociaciones y proteger infraestructuras. La fractura tampoco garantiza automáticamente avances hutíes, pero sí puede reducir la presión que ejerce sobre ellos el frente rival. La desunión de una coalición puede convertirse en una ventaja estratégica para quien no participa en la disputa interna.
Por qué el pulso también importa en España y Europa
España no tiene tropas sobre el terreno y la crisis no supone por sí misma una amenaza directa e inmediata para la población española. Sin embargo, los buques que transitan por el entorno del golfo de Adén y las cadenas de suministro expuestas a esa ruta vinculan el conflicto con intereses europeos. Un deterioro de la seguridad puede encarecer seguros y transporte o alargar las entregas, consecuencias que se transmiten a empresas y mercados mucho más allá de Yemen. La distancia geográfica no elimina la exposición a los efectos de una ruta marítima alterada.
La seguridad marítima y la lucha antiterrorista también pueden verse afectadas. Un territorio dividido entre mandos rivales complica el intercambio de información, la vigilancia y cualquier cooperación sostenida. Para la Unión Europea, el apoyo humanitario y los programas de gobernanza dependen de que existan interlocutores capaces de garantizar accesos y cumplir acuerdos. Si cada grupo decide por su cuenta quién entra en un puerto o controla una carretera, las iniciativas de estabilización pierden eficacia. La fragmentación política puede bloquear tanto la asistencia como los esfuerzos de reconstrucción.
El coste humano pesa sobre todos esos cálculos. Millones de personas dependen de la ayuda en Yemen, mientras los puertos sirven para introducir alimentos, combustible y otros suministros. Una disputa por permisos o por el control de instalaciones puede interrumpir flujos esenciales sin necesidad de destruir infraestructuras. La escasez de combustible, además, puede encarecer el transporte y afectar a la distribución de bienes. Cuando las rutas se convierten en instrumentos de presión, la población civil suele soportar las consecuencias primero.
Lo anunciado y lo que aún no se sabe
Entre los hechos comunicados el 30 de diciembre de 2025 figuran la acusación saudí contra Emiratos por su apoyo al STC, la declaración del estado de emergencia yemení, la ruptura del acuerdo de defensa y la orden de retirada en 24 horas. También es claro el trasfondo político: los dos principales socios de la coalición ya no comparten una interpretación del futuro de Yemen. El anuncio formal confirma una ruptura en la relación de defensa, pero no resuelve quién ejercerá el poder en el terreno.
Quedaban pendientes el calendario y la mecánica de la retirada, la respuesta de Abu Dabi y la capacidad de las autoridades yemeníes para imponer sus decisiones sobre fuerzas locales. También importaba observar si el STC abandonaría posiciones, cómo cambiarían los controles en los puertos y qué papel asumiría Omán como posible canal diplomático. Sin esos datos, no puede afirmarse que la crisis haya desembocado necesariamente en una separación definitiva entre Riad y Abu Dabi. La diferencia entre una ruptura institucional y una ruptura estratégica duradera dependerá de lo que ocurra después de los comunicados.
El sur de Yemen vuelve así a medir la cohesión del Golfo. Aden, Hadramaut y Mahra concentran intereses territoriales, militares y logísticos que no se resuelven con una declaración, pero pueden cambiar de rumbo si sus autoridades pactan un marco de mando aceptable. La alternativa es una disputa prolongada que desgaste a los aliados, fragmente aún más las instituciones y abra espacio a sus adversarios. El desenlace dependerá de si Riad y Abu Dabi consiguen separar sus diferencias sobre el futuro de Yemen de la necesidad inmediata de evitar otra guerra dentro de la guerra.

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