Economía
El FMI alerta del riesgo de recesión y España encara el golpe
La energía y la duración del conflicto marcarán el frenazo global; España resistiría mejor, pero también notaría el encarecimiento.

El Fondo Monetario Internacional no da por iniciada una recesión mundial, pero advierte de que el conflicto en Oriente Próximo puede acercar la economía a ese escenario si se prolonga y encarece la energía. Su previsión central sitúa el crecimiento global en el 3,1% en 2026, dos décimas menos de lo calculado anteriormente, y anticipa una inflación mundial del 4,4% este año. El aviso es serio, aunque el desenlace dependerá de cuánto dure la perturbación y de hasta dónde llegue.
España afronta ese panorama con mejores perspectivas que buena parte de Europa: el FMI prevé que su economía crezca un 2,1% en 2026, frente al 1,1% de la eurozona. Esa diferencia no equivale a inmunidad. Si suben el petróleo y los costes de transporte, el impacto puede acabar en los carburantes, la cesta de la compra, la actividad empresarial y el crédito. El país parte con más impulso, pero también puede perder velocidad si el golpe energético se convierte en algo persistente.
Una advertencia de riesgo, no una recesión confirmada
La palabra recesión suele evocar una caída brusca de la actividad, cierres de empresas y un deterioro rápido del empleo. El diagnóstico del FMI es menos inmediato: su escenario de referencia describe una economía mundial que continúa creciendo, aunque con menos fuerza y con una inflación más alta de lo previsto. La rebaja hasta el 3,1% no significa que el mundo esté ya en contracción; señala que el margen de seguridad se ha estrechado y que el pronóstico depende de una situación geopolítica volátil.
El cambio se aprecia al compararlo con las proyecciones anteriores. En enero, el Fondo esperaba un crecimiento mundial del 3,3% para 2026, mientras que antes del conflicto la trayectoria apuntaba al 3,4%. La nueva cifra recorta ese avance, pero importa tanto el motivo como el resultado: energía más cara, interrupciones logísticas y mayor incertidumbre pueden reducir el consumo y aplazar inversiones. Las décimas no describen por sí solas una crisis; condensan menos producción, comercio y gasto a escala global.
El FMI también prevé un crecimiento mundial del 3,2% en 2027 en su escenario central, con una inflación que debería moderarse después del repunte de este año. Pero esas previsiones no son una promesa ni una fecha de caducidad del problema. Se construyen sobre supuestos acerca de la duración y la intensidad del conflicto. Si las condiciones cambian, también lo hacen las estimaciones: la economía puede absorber un sobresalto temporal, pero le cuesta más hacerlo cuando las empresas y los hogares deben convivir durante meses con precios imprevisibles.
El petróleo convierte un conflicto regional en un riesgo global
El canal más directo entre la guerra y la actividad económica es la energía. En marzo, el FMI señaló que el cierre del estrecho de Ormuz había interrumpido el acceso a alrededor del 20% del petróleo mundial y del gas natural licuado transportado por mar. En ese momento, el petróleo y el gas habían subido más de un 50% en un mes y el crudo superaba los 100 dólares por barril. La importancia de ese paso marítimo no se limita a los países que lo rodean: por él circulan suministros que alimentan mercados y cadenas de producción en distintas regiones.
Cuando escasea o se encarece el combustible, el efecto se propaga como una onda. Transportar alimentos y mercancías cuesta más; las fábricas pagan más por la energía y los materiales; y el precio de producir fertilizantes puede repercutir después en la agricultura. A ello se suman las tensiones en las rutas comerciales. Así, un conflicto localizado puede aparecer en una factura de combustible muy lejos del frente, pero también en los costes de reparto, en los precios de algunos bienes y en la decisión de una empresa de posponer una inversión.
La energía, además, no actúa sola. Un encarecimiento persistente puede alimentar la inflación general y reducir el poder de compra de las familias. Si las empresas trasladan sus costes a los precios, los consumidores disponen de menos margen para otros gastos; si no pueden hacerlo, sus beneficios y sus planes de contratación quedan bajo presión. Esa es la razón por la que el impacto económico no se mide únicamente por la cotización del barril: lo decisivo es cuánto dura el shock y cómo se transmite al resto de la economía.
La duración del encarecimiento pesa más que un pico puntual
No existe un día concreto en el que una economía cruce de forma automática la frontera de la recesión. Una subida rápida del petróleo puede causar inquietud y elevar algunos costes, pero un pico breve no tiene las mismas consecuencias que un precio alto sostenido durante meses. El FMI ofrece una regla orientativa: por cada aumento persistente del 10% en el precio del petróleo durante el resto del año, la inflación mundial podría subir 0,4 puntos y el crecimiento global perder entre 0,1 y 0,2 puntos.
Ese cálculo ayuda a entender por qué la duración del conflicto es tan importante. Si el suministro se normaliza y los precios retroceden, el golpe puede quedarse en una desaceleración más intensa de lo previsto. Si la energía cara se mantiene, el encarecimiento puede filtrarse a más productos y servicios, mientras la incertidumbre hace que hogares y compañías se muestren más cautelosos. El tiempo actúa como multiplicador: un shock que no se disipa empieza a alterar decisiones, no solo facturas.
La secuencia tampoco tiene por qué ser idéntica en todos los países ni producirse a la misma velocidad. Los costes logísticos pueden responder pronto, mientras que otros precios tardan en ajustarse. La inflación puede persistir incluso cuando la primera subida del combustible pierde fuerza, si las empresas han tenido que reorganizar proveedores o absorber gastos elevados. Por eso el FMI mira más allá del movimiento inmediato de los mercados y advierte de los llamados efectos de segunda ronda, que pueden prolongar el problema.
Los escenarios del FMI muestran dónde cambia el riesgo
En el escenario adverso, el FMI calcula que el petróleo podría promediar unos 100 dólares por barril en 2026 y unos 75 dólares en 2027. El gas para Europa y Asia subiría un 160% frente al escenario de referencia, aunque parte del encarecimiento se revertiría después. Con esas condiciones, el crecimiento mundial bajaría al 2,5% en 2026. Sería un frenazo considerable, pero todavía por encima del umbral que el Fondo asocia a una recesión global.
El escenario severo dibuja una perturbación más larga y más intensa. En ese caso, el petróleo aumentaría un 100% respecto a la referencia desde el segundo trimestre de 2026 y se mantendría elevado durante 2027, con un promedio cercano a 110 dólares este año y 125 el próximo. El gas en Europa y Asia subiría un 200%. La inflación mundial alcanzaría el 5,8% en 2026 y el 6,1% en 2027, mientras el crecimiento se acercaría a niveles de recesión.
El crecimiento mundial caería por debajo del 2% en ese escenario. El artículo de referencia del FMI señala que ese umbral se ha cruzado solo cuatro veces desde 1980, una medida de la gravedad de una caída sincronizada entre países. La previsión severa sitúa el avance global en el 2,2% en 2027, con un efecto más persistente que en el escenario adverso. No es una predicción de que vaya a suceder, sino una forma de medir qué podría ocurrir si el conflicto convierte el encarecimiento energético en una condición duradera.
Europa llega expuesta a otra factura energética
La eurozona crecería un 1,1% en 2026 y un 1,2% en 2027 según el FMI. Las previsiones para las principales economías europeas son más débiles: Alemania avanzaría un 0,8%, Francia un 0,9% e Italia un 0,5% este año. El Banco Central Europeo, en sus proyecciones de marzo, calculó un crecimiento del 0,9% para la zona euro en 2026 y una inflación del 2,6%. Las cifras varían entre organismos porque emplean supuestos y fechas de cálculo distintos, pero apuntan a una misma dirección: crecimiento modesto e incertidumbre al alza.
La vulnerabilidad europea tiene una base material. En 2024, la Unión Europea cubrió alrededor del 57% de sus necesidades energéticas con importaciones netas. De esas importaciones, el 67% correspondió a petróleo y productos petrolíferos y el 24% a gas. La diversificación de suministros ha reducido algunas dependencias, pero no ha eliminado la necesidad de comprar energía fuera. Cuando aumenta el precio internacional, el coste se transmite a la industria, a la logística y a los hogares, aunque la intensidad del impacto varíe según la combinación energética de cada país.
El encarecimiento puede complicar también las decisiones de los bancos centrales. Si los precios suben mientras la actividad pierde fuerza, controlar la inflación sin ahogar aún más el crecimiento se vuelve más difícil. El BCE ha señalado que la guerra plantea riesgos al alza para la inflación y a la baja para la actividad, y sus técnicos han observado un endurecimiento de las condiciones financieras. Eso no permite afirmar que los tipos vayan a seguir una trayectoria concreta, pero sí explica por qué la financiación podría no abaratarse deprisa mientras persistan las presiones inflacionistas.
España parte con más crecimiento, pero no queda al margen
La previsión del FMI para España, un crecimiento del 2,1% en 2026, supera con claridad la del conjunto de la eurozona. El país mantiene apoyos en la demanda interna, el mercado laboral y el impulso de los fondos europeos. También cuenta con una elevada presencia de energías renovables en su generación eléctrica, lo que puede amortiguar parte del golpe asociado al gas frente a economías más dependientes de combustibles fósiles. Es una ventaja relativa, no un escudo completo: la economía española sigue expuesta al precio del petróleo y a la actividad de sus socios comerciales.
El efecto podría llegar por tres canales que se refuerzan entre sí: el coste de la energía, unas condiciones de financiación más duras y la incertidumbre. Si las empresas afrontan facturas más altas y no saben cuánto durará el problema, pueden aplazar compras, contrataciones o inversiones. Los hogares, por su parte, destinan más dinero a combustible y suministros y tienen menos margen para otros consumos. El resultado puede ser un crecimiento más lento incluso sin una caída generalizada de la producción.
El FMI advierte además de posibles efectos de segunda ronda en salarios y precios. Si el encarecimiento inicial se extiende a otros bienes y servicios, la inflación puede mantenerse por encima del 3% durante más tiempo. Las negociaciones salariales y las decisiones de precios forman parte de esa transmisión, aunque no hay una relación automática: depende de las circunstancias de cada sector y de cómo evolucionen los costes. El riesgo concreto es que la mejora inicial de la economía pierda fuerza antes de que el encarecimiento desaparezca.
El primer impacto se nota en el presupuesto cotidiano
Los datos de precios incluidos en la información de referencia ya reflejaban parte de esa presión. El INE confirmó el 14 de abril que el IPC de marzo había subido al 3,4%, más de un punto por encima de febrero, mientras la inflación subyacente se situaba en el 2,9%. Transporte alcanzó una tasa anual del 5,3%, impulsada por combustibles y lubricantes, y vivienda llegó al 3,7%, con la electricidad y los combustibles líquidos entre los factores señalados. Son cifras de un mes concreto, pero ilustran cómo un shock energético puede aparecer en gastos muy reconocibles.
El combustible es el canal más visible para quien llena el depósito, aunque no el único. La electricidad puede encarecer el funcionamiento de empresas y hogares; el transporte repercute en el coste de llevar productos hasta los comercios, y la producción de alimentos puede verse afectada por energía y fertilizantes. No todos esos precios se mueven a la vez ni en la misma proporción, pero la conexión existe. La energía atraviesa buena parte de la economía, desde la fábrica hasta el trayecto en coche.
En el crédito, la transmisión suele ser menos inmediata y depende de las decisiones monetarias y de las condiciones del mercado. El coste medio de las nuevas hipotecas para vivienda en la eurozona subió al 3,4% en enero, según los datos de referencia. En ese contexto, se llegaron a descontar en los mercados subidas acumuladas de 50 puntos básicos antes de final de año, aunque esa expectativa no equivale a una decisión del BCE ni garantiza lo que ocurrirá. Para hogares y empresas, la consecuencia potencial es que los préstamos sigan siendo exigentes y algunas compras o proyectos queden aplazados.
El golpe sería desigual entre países y sectores
Una recesión global no afectaría a todos por igual. Los países importadores de energía, especialmente los mercados emergentes con monedas vulnerables y financiación más costosa, pueden sufrir más que las economías avanzadas. En el escenario severo del FMI, la pérdida de crecimiento de 2026 sería casi el doble en esos países. Los exportadores de energía, en cambio, pueden amortiguar parte del impacto gracias a sus ingresos, aunque tampoco quedan aislados de las tensiones comerciales o financieras.
La diferencia importa para España porque un frenazo en otros mercados puede volver a través de las exportaciones, las cadenas de suministro, el turismo y la confianza de los inversores. Una economía puede seguir creciendo dentro de sus fronteras y, a la vez, notar que sus clientes externos compran menos o que sus proveedores tienen dificultades para mantener precios y plazos. Por eso el riesgo global no es una cifra remota: sus efectos viajan por los vínculos comerciales y financieros que conectan a España con el resto del mundo.
También hay una diferencia entre el mercado financiero y la economía diaria. Una caída bursátil puede ser abrupta sin que de inmediato se traduzca en menos empleo o producción; del mismo modo, los índices pueden recuperarse mientras hogares y empresas soportan precios elevados. Para valorar si el deterioro se está extendiendo, importan varias señales juntas: actividad, inflación, financiación y empleo. Ninguna por separado ofrece un veredicto infalible. La recesión no se deduce de un titular o de un mal día en los mercados, sino de un debilitamiento amplio y sostenido de la actividad.
La frontera entre un frenazo y una recesión sigue abierta
La respuesta más ajustada a las previsiones disponibles es que una recesión mundial no constituye el escenario central del FMI, pero el riesgo ha aumentado. En la proyección de referencia, el mundo sigue creciendo en 2026 y 2027; en las alternativas adversas, el avance se reduce de manera notable, y en la severa se aproxima a una contracción global. El punto decisivo no es una fecha marcada en el calendario, sino si la guerra y la interrupción de suministros sostienen durante demasiado tiempo los precios de la energía.
España llega a esa posible desaceleración en una posición comparativamente favorable dentro de Europa, con una previsión de crecimiento superior a la de sus principales vecinos y cierta protección frente al encarecimiento del gas gracias a las renovables. Pero una economía más dinámica también puede perder impulso si se elevan los costes, el crédito permanece caro y cae la demanda exterior. Resistir mejor no significa salir indemne: significa que el punto de partida es más sólido, no que el golpe sea imposible.
La diferencia entre un susto energético y una crisis económica más profunda se decidirá en la duración y en la propagación del shock. Si el suministro se estabiliza, el impacto puede traducirse en menos crecimiento y precios incómodos, pero sin un desplome global. Si los costes se mantienen, la inflación se arraiga y las empresas y familias frenan decisiones, el escenario cambia. Para España, el riesgo más cercano no es necesariamente una caída súbita, sino seguir creciendo mientras vivir, producir y financiarse cuesta más.

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