Economía
¿Por qué vende España un 10% menos de alimentos a EE. UU.?

Los aranceles enfrían el mercado exterior del agro español: cae el aceite, sufre el vino y se tensan ya precios, ventas y márgenes en EE. UU.
El sector agroalimentario español cerró 2025 con una caída del 9,9 % en sus ventas de alimentos, bebidas y tabaco a Estados Unidos, hasta 3.084,63 millones de euros, después de varios meses marcados por la escalada arancelaria, la inseguridad jurídica y un clima comercial cada vez más áspero. No es una bajada menor ni un ajuste técnico: afecta al principal mercado para los alimentos y bebidas españoles fuera de Europa y golpea, sobre todo, a categorías muy reconocibles de la cesta exportadora española, desde el aceite de oliva hasta el vino, pasando por conservas, cárnicos, pescados y huevos. Lo que se ve en la cifra final es bastante claro: se ha vendido menos, con más coste y con menos certidumbre.
La clave no está solo en el arancel, aunque el arancel pesa y mucho. Lo que ha enrarecido de verdad la relación comercial con Estados Unidos es la combinación de gravámenes cambiantes, mensajes contradictorios desde Washington, decisiones judiciales que alteran el tablero y operadores obligados a cerrar contratos sin saber bien cuál será la regla dentro de unos días. El resultado ha sido un mercado más frío, más prudente y menos propenso a asumir riesgos. Gobierno, cooperativas, industria y analistas repiten la misma idea con palabras distintas: el mayor daño no es únicamente pagar más en frontera, sino moverse en una situación inestable, casi resbaladiza, donde cuesta fijar precios, garantizar márgenes y tomar decisiones con algo de calma.
Un mercado estratégico que pasó de la euforia al frenazo
Hasta hace muy poco, Estados Unidos era una de las grandes alegrías del agro español. En 2024, las exportaciones agroalimentarias y pesqueras de España a ese país subieron un 21,4 %, hasta 3.609 millones de euros, y el mercado estadounidense representó el 4,8 % del total de las exportaciones agroalimentarias españolas al mundo. En la clasificación global fue el sexto destino exterior, una posición muy notable, y en la práctica seguía siendo la gran puerta extracomunitaria para una parte importante de la industria alimentaria española. La foto de 2024 tenía bastante brillo: más ventas, saldo comercial más favorable y un catálogo muy reconocible, con el aceite, el vino y varias gamas de valor añadido funcionando bien al otro lado del Atlántico. Por eso el retroceso de 2025 se nota más. No llega después de un mal año, sino tras un ejercicio especialmente fuerte, casi de aceleración. Y cuando una curva tan buena se rompe, el golpe comercial pesa más y también pesa más psicológicamente en las empresas que habían apostado fuerte por ese mercado.
En esa expansión previa había, además, mucho trabajo acumulado durante años. No se trataba solo de vender cajas o contenedores. Había detrás distribuidores consolidados, acuerdos con cadenas, presencia en restauración, inversión en marca y una creciente sofisticación en la forma de presentar el producto español en Estados Unidos. El agro español no llegaba allí como invitado de paso; llegaba con estructura, con reputación y con una presencia cada vez más profesionalizada. En el caso del aceite de oliva, por ejemplo, España había reforzado su imagen de calidad y había ampliado su huella empresarial en el mercado estadounidense. En vino, la posición también se había consolidado hasta situar a España entre los proveedores relevantes en un mercado enorme y ferozmente competitivo. Lo que se ha frenado en 2025, por tanto, no es una oportunidad puntual, sino una trayectoria de crecimiento que parecía bastante asentada.
El problema no es solo pagar más en la aduana
La tormenta comercial se ha agravado en febrero de 2026 por una secuencia que ha devuelto al sector a la casilla de la incertidumbre. El Tribunal Supremo de Estados Unidos dictaminó el 20 de febrero que la ley IEEPA no permitía imponer ciertos aranceles, y ese mismo día la Administración activó la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974 para aplicar un arancel temporal del 10 % ad valorem sobre la mayoría de las importaciones. Esa tasa entró en vigor el 24 de febrero y puede mantenerse hasta 150 días, es decir, hasta el 24 de julio, mientras se define el siguiente movimiento político y legal. Sobre el papel parece una rebaja respecto al escenario más duro que se había manejado. En la práctica, ha reabierto la niebla. Porque una empresa puede sobrevivir a un coste más alto si ese coste es estable; lo que resulta mucho más difícil de gestionar es un marco que cambia, se corrige, se judicializa y vuelve a cambiar.
Ahí está el corazón del problema. Carlos Cuerpo ha explicado que, tras ese giro, el arancel medio que soportan los productos españoles en Estados Unidos se sitúa en torno al 12,6 %, frente al 14,4 % del escenario anterior, y que aproximadamente el 60 % de los bienes queda ligeramente mejor, un 10 % algo peor y un 30 % más o menos igual. El dato, mirado en frío, parece un alivio parcial. Pero ni el sector ni los analistas lo leen así. La mejoría es temporal y desigual, y no elimina el riesgo de una nueva subida ni la posibilidad de una reescalada selectiva por sectores o por países. La propia Cámara de Comercio ha subrayado que el principal factor de riesgo sigue siendo la incertidumbre comercial, más que el nivel arancelario puntual. Es decir, el problema ya no es solo cuánto se paga. El problema es no saber cuánto se pagará ni durante cuánto tiempo.
Una inseguridad jurídica que enfría contratos y decisiones
Ese desorden se nota en todo el circuito. Importadores estadounidenses más cautos, distribuidores renegociando condiciones, exportadores españoles revisando precios y operadores intentando aguantar sobre sus espaldas parte del sobrecoste para no perder lineal ni cuota. Gabriel Trenzado, desde Cooperativas Agro-alimentarias, ha descrito la situación como una “quimera jurídica” derivada de la falta de claridad en Estados Unidos. Joaquín Maudos, del IVIE, ha ido a otro punto delicado: el daño ya está hecho, porque el sector lleva meses operando con un horizonte borroso y, además, se encuentra con otro lastre, la apreciación del euro frente al dólar, que vuelve menos competitivas las exportaciones españolas. Son dos golpes que se pisan uno al otro. Un arancel encarece. Un euro fuerte también. Juntos estrechan mucho más el margen. Y cuando el margen se estrecha en alimentación y bebidas, no tarda en aparecer la pregunta que más incomoda a cualquier exportador: quién absorbe el coste y cuánto tiempo puede hacerlo.
El aceite de oliva vuelve a ser el termómetro del daño
En el desglose de 2025, la categoría más castigada ha sido la de aceites y grasas, con una caída del 26 % y unas ventas que se quedaron en 843,2 millones de euros. No sorprende. El aceite de oliva es una pieza central del vínculo comercial alimentario entre España y Estados Unidos, y cuando esa pieza se mueve, se mueve todo el tablero. En 2024 había sido, de largo, el principal producto agroalimentario español exportado a ese mercado, con 1.013,4 millones de euros, por delante del vino y mosto, las conservas vegetales, la confitería y los quesos. Estados Unidos se había convertido en un destino estratégico para el aceite español, tanto por volumen como por valor y por capacidad de absorber producto de gamas distintas, desde el lineal generalista hasta los segmentos premium. Que esa locomotora pierda tracción se nota enseguida en la cifra global.
El problema, además, no es solo cuantitativo. El aceite español llegaba a Estados Unidos desde una posición de liderazgo. ICEX sitúa a España como proveedor dominante y destaca que en 2024 había 302 empresas exportadoras españolas presentes allí, con un avance interanual del 4,86 %. También subraya que el producto español obtuvo 93 galardones en la NYIOOC 2025, un indicador muy visible de prestigio internacional. Todo eso dibuja un mercado donde la marca España había ganado terreno, aunque siguiera compitiendo con la histórica asociación del aceite de oliva a Italia. Esa construcción reputacional no desaparece de un día para otro, pero sí se resiente cuando la entrada del producto se encarece y se vuelve menos previsible. Un mercado maduro y exigente puede premiar la calidad; también castiga rápido la inestabilidad de precio. Y ahí es donde el arancel deja de ser una noticia macro y se convierte en algo bastante más concreto: una botella que entra peor, una promoción que se cancela, un importador que ajusta pedidos.
Hay incluso un detalle que resume bien el momento. Rafael Pico, director adjunto de Asoliva, recibió el fallo del Supremo estadounidense como una buena noticia y abrió la puerta a estudiar con los importadores las posibles devoluciones de aranceles, incluso con intereses de demora. Ese movimiento deja ver hasta qué punto el sector ha vivido estos meses pendiente no solo de vender, sino de reconstruir lo cobrado, reclamar lo pagado de más y rehacer cuentas una y otra vez. No es un comercio normal. Es un comercio con la calculadora siempre encendida y con el abogado cada vez más cerca del departamento comercial.
Vino, conservas, carne y huevos: el golpe se reparte por toda la cesta
Aunque el aceite acapare el foco, la caída de 2025 no es un problema de un solo producto. Las bebidas bajaron hasta 357,6 millones de euros, un 10,38 % menos. Las ventas de frutas, hortalizas y legumbres se quedaron en 579,4 millones, con un retroceso del 5 %. Los productos pesqueros descendieron a 282,73 millones, un 2,6 % menos. Los cárnicos cayeron hasta 243,97 millones, con una bajada del 17 %, y los huevos retrocedieron a 114,9 millones, un 14,1 % menos. El mapa es bastante elocuente: la corrección se extiende por toda la cesta exportadora, con impactos de distinta intensidad, pero sin limitarse a un nicho concreto. El mensaje de fondo es que el deterioro del clima comercial con Estados Unidos ya no es sectorial en sentido estricto. Es transversal, aunque golpee más a unas familias de producto que a otras.
Conviene mirar, además, de dónde venía esa cesta. En 2024, después del aceite de oliva, los grandes capítulos exportados por España a Estados Unidos fueron vino y mosto, con 334,8 millones de euros; otras legumbres y hortalizas en conserva, con 247,1 millones; artículos de confitería sin cacao, con 156,3 millones; y quesos y requesón, con 121,3 millones. Son productos muy distintos, pero todos comparten algo: trabajan bien en un mercado donde pesa mucho la calidad percibida, la especialización y la diferenciación. Ahí España había encontrado espacio. Por eso los aranceles hacen más daño del que sugiere un simple porcentaje. No castigan solo a un volumen de ventas; castigan también una posición comercial trabajada durante años, una presencia en segmentos donde el consumidor ya reconoce el producto español y una red de importadores que ahora opera con bastante más miedo.
El vino pierde margen en un mercado gigantesco y muy competitivo
El vino español representa bien ese problema. En el mercado estadounidense, España se había consolidado ya como cuarto proveedor internacional en valor, con una cuota cercana al 6 % y unas exportaciones que en 2024 superaron los 350 millones de euros. El propio estudio de ICEX sobre el mercado del vino sitúa la posición española en 391,4 millones de dólares y 67,3 millones de litros, dentro de un país que sigue siendo el primero del mundo en consumo total de vino, con 2.940 millones de litros, y donde los principales focos de demanda están en California, Florida, Nueva York, Illinois y Nueva Jersey. La magnitud del mercado sigue siendo descomunal. Precisamente por eso duele tanto que se vuelva más hostil. No es un destino cualquiera: es un escaparate global y un negocio de escala.
En el vino, además, el golpe arancelario tiene un efecto muy reconocible: desordena la relación calidad-precio. Muchas bodegas españolas habían ganado terreno en Estados Unidos justamente por ofrecer etiquetas competitivas en franjas donde Italia y Francia dominan el imaginario del consumidor, pero donde España podía entrar con valor, variedad y una narrativa de origen cada vez más afinada. Cuando aparece un recargo, esa ecuación se desequilibra enseguida. El importador aprieta, el distribuidor se protege, el precio final se recalcula y el vino español corre el riesgo de salir del punto exacto en el que resultaba atractivo. No hace falta una caída catastrófica para notar el daño: basta con perder rotación, presencia en carta o espacio en el lineal. En un mercado tan competido, un pequeño desajuste puede costar mucho recuperar.
Las empresas han pasado de vender a defenderse
La imagen más nítida de esta crisis quizá sea esa: muchas empresas han dejado de pensar solo en crecer y han pasado a defender posición. No están replanteándose Estados Unidos como mercado menor; al contrario, lo siguen viendo como una plaza clave. Pero han cambiado el modo de estar allí. La Cámara de Comercio de España ha recomendado revisar contratos con clientes y distribuidores estadounidenses, introducir cláusulas de revisión de precios, documentar cancelaciones de pedidos y descuentos forzados, y valorar mercados alternativos. Todo eso no suena a expansión. Suena a contención de daños. Y es significativo que una parte del esfuerzo empresarial ya no se concentre en vender más, sino en preservar márgenes, dejar rastro documental del perjuicio y no quedar atrapada en compromisos comerciales que mañana puedan volverse ruinosos si cambia otra vez la norma.
La industria alimentaria organizada en FIAB ya dejó clara su posición en el verano de 2025, cuando calificó de “injusto y desequilibrado” el marco arancelario pactado entre la Unión Europea y Estados Unidos. Ignacio Silva, presidente de la federación, llegó a resumirlo como una imposición estadounidense que rompía el equilibrio del libre comercio. Aquella protesta no era retórica. Venía a anticipar exactamente lo que ha acabado ocurriendo: un mercado estratégico penalizado, con sectores especialmente expuestos —aceite, vino, aceituna, elaborados— obligados a absorber parte de la presión. Y en paralelo, algunas compañías han ido enseñando sus balances con esa herida dentro. Deoleo, por ejemplo, mejoró su EBITDA en 2025 y volvió al beneficio, pero su facturación se resintió en un contexto marcado por los aranceles y por la alteración de precios en uno de sus mercados cruciales. El mensaje empresarial es ambivalente: se puede resistir, sí; otra cosa es crecer con normalidad bajo esta tensión.
Tampoco ayuda el contexto monetario. Un euro más fuerte frente al dólar vuelve menos competitiva la oferta española en Estados Unidos justo cuando esa oferta ya llega más tensionada por el componente arancelario. No es un detalle menor. En un producto premium el sobrecoste quizá se pueda camuflar un tiempo; en gamas medias, donde se juega la rotación y el volumen, el impacto puede ser más seco. Y ahí aparece otra derivada incómoda: si el arancel se universaliza para todos los proveedores, el consumidor estadounidense acabará pagando parte de la factura; si el castigo se aplica de manera más selectiva, la pérdida de competitividad española puede ser mayor frente a otros orígenes. Ninguno de los dos escenarios resulta cómodo. Uno enfría el consumo; el otro castiga la cuota.
Un tablero todavía abierto en Washington y en Bruselas
La situación se complica porque el marco político tampoco está cerrado. En la Unión Europea ha quedado en suspenso la ratificación del acuerdo alcanzado con Washington en el verano de 2025 para fijar un arancel del 15 % sobre los productos comunitarios. Al mismo tiempo, la Casa Blanca ha dejado claro que el recargo actual del 10 % puede revisarse y que el dibujo final dependerá también de las negociaciones con distintos socios comerciales. De ahí que la Cámara de Comercio trace tres escenarios posibles: uno de relativa contención si se respetan los pactos; otro en el que prevalezca un arancel general del 15 %; y un tercero, bastante más tóxico, de reescalada selectiva por sectores o por países. Ese último es el que más teme el exportador, porque reintroduciría un trato desigual y abriría una etapa todavía más imprevisible.
Es verdad que, en el conjunto de la economía española, Estados Unidos absorbe alrededor del 4 % o 5 % de las exportaciones de bienes. También es verdad que, visto así, la exposición agregada no parece gigantesca. Pero ese promedio es engañoso. Hay sectores para los que Estados Unidos no es una pieza secundaria, sino una palanca esencial, y el agroalimentario está entre ellos. El propio análisis de la Cámara recuerda que en 2025 las exportaciones españolas al país cayeron un 8 % en el conjunto de bienes, con retrocesos muy acusados en aceite, vino, automoción y metalurgia. El agro no es el único afectado, pero sí uno de los más visibles porque combina valor económico, empleo, imagen exterior y capilaridad territorial. Detrás del dato nacional hay almazaras, bodegas, cooperativas, conserveras y pequeñas industrias repartidas por toda España. Por eso esta caída no es una abstracción macroeconómica. Tiene rostro empresarial y, en muchos casos, dimensión local.
La factura silenciosa del mercado americano
Lo que deja 2025 no es un derrumbe total del agro español en Estados Unidos, pero sí una señal seria de desgaste. Se vende menos, se calcula más, se improvisa peor y se trabaja con menos seguridad. El dato del -9,9 % resume bien la foto, aunque no la agota. Por debajo de ese porcentaje hay una pérdida clara en aceites y grasas, un deterioro extendido a otras familias de producto, una cadena comercial obligada a moverse con cautela y un mercado que sigue siendo muy atractivo, sí, pero ya no tan cómodo ni tan previsible como hace apenas un año. El problema es justamente ese: Estados Unidos continúa siendo demasiado importante como para quitarle peso en un par de meses, pero se ha vuelto demasiado inestable como para operar en él con normalidad.
En ese equilibrio incómodo se va a mover el sector durante los próximos meses. Si Washington estabiliza las reglas, parte del daño podrá amortiguarse y algunas operaciones incluso podrían recuperar pulso. Si vuelve a cambiar la mesa, la erosión puede ser más profunda, no solo en ventas, también en posicionamiento. Y eso cuesta mucho más rehacerlo. Porque un arancel se paga, se recurre o se repercute. La confianza comercial, en cambio, tarda años en construirse y puede enfriarse en muy poco tiempo. España llevaba tiempo ganando terreno en la despensa estadounidense. Lo que está en juego ahora no es solo cuánto exporta, sino en qué condiciones puede seguir ocupando ese espacio.

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