Economía
¿Por qué España suma 259.700 grandes fortunas y crece la brecha social?
España suma más grandes fortunas mientras vivienda, Bolsa y banca dibujan una riqueza creciente, desigual y difícil de ignorar.

España cerró 2025 con 259.700 grandes fortunas, un 5,3 % más que el año anterior, después de sumar 13.100 personas al club de los patrimonios financieros superiores al millón de dólares. No hablamos de mansiones con lámparas venecianas ni de coches con olor a cuero caro, aunque habrá de eso. El informe de Capgemini mide activos invertibles, es decir, dinero, acciones, fondos y otros instrumentos financieros, y deja fuera la residencia principal, los objetos de colección, los bienes de consumo y los duraderos. Dicho en cristiano: no cuenta la casa donde uno vive, ni el piano heredado, ni el Rolex del abuelo, si es que el abuelo tuvo Rolex y no una Casio con correa gastada.
El patrimonio financiero de esos grandes patrimonios en España creció un 6,7 %, hasta 672.112 millones de euros. La cifra tiene algo de radiografía y algo de espejo deformante: muestra una economía que ha generado riqueza, sí, pero también recuerda que esa riqueza no ha caído como lluvia fina sobre todos los tejados. Ha caído, sobre todo, donde ya había canalones preparados: carteras de inversión, exposición bursátil, inmuebles revalorizados y negocios capaces de convertir un buen año de mercados en más patrimonio. España, además, avanzó hasta el puesto 14 entre los países con más población de grandes patrimonios. Bonita medalla. De esas que pesan un poco cuando se mira el precio del alquiler.
Qué cuenta Capgemini cuando habla de grandes patrimonios
La palabra millonario engaña porque arrastra una vieja imagen de película: piscina azul, puro, yate y sonrisa de anuncio dental. El informe usa una categoría más técnica: personas con activos invertibles de al menos un millón de dólares. No es lo mismo tener una vivienda que se ha disparado de precio que tener un millón listo para moverse entre acciones, fondos, bonos, depósitos, capital privado o productos financieros más complejos. La diferencia importa. Mucho. Una casa puede valer más, pero no se vende por metros cuadrados de salón para pagar la universidad del hijo o la factura del dentista.
Esta precisión rebaja el ruido y sube el interés del dato. España no solo suma propietarios beneficiados por la escalada inmobiliaria; suma personas con una base financiera suficiente para hacer trabajar al dinero. El viejo sueño burgués era “tener algo”. El nuevo privilegio consiste en tener algo que, además, se revaloriza mientras uno duerme. Los mercados abren, los fondos suben, la banca gana, la vivienda se encarece. Y en ese movimiento, los grandes patrimonios suelen estar sentados en primera fila, con buena visibilidad y sin tener que pedir permiso al acomodador.
Capgemini divide además estos patrimonios por escalones. En la cúspide están los ultrarricos, aquellos con más de 30 millones de dólares en activos invertibles. A escala mundial, este segmento volvió a crecer con fuerza: unas 250.000 personas, un 9,4 % más, y una riqueza global que aumentó un 9,7 %. Ahí se ve la mecánica real del asunto: cuanto más alto es el patrimonio, más acceso suele haber a activos sofisticados, capital privado, fondos alternativos y oportunidades reservadas a quien no llega tarde a la fiesta, sino que financia el local.
Bolsa, banca y ladrillo: el triángulo que empujó la riqueza
El crecimiento de las grandes fortunas españolas no salió de una lámpara mágica. Tuvo tres motores bastante identificables: la Bolsa, la banca y la vivienda. El Ibex 35 cerró 2025 con una subida cercana al 50 %, su mejor ejercicio desde 1993, impulsado por bancos y por sectores como defensa y energía. Para quien tenía cartera expuesta al mercado español, el año fue algo más que bueno: fue de esos ejercicios que hacen que una hoja de Excel parezca una novela optimista.
La gran banca española también hizo su parte. Santander, BBVA, CaixaBank, Sabadell, Bankinter y Unicaja ganaron en conjunto unos 34.000 millones de euros en 2025, un nuevo récord. No es un detalle menor, porque la banca pesa en Bolsa, reparte dividendos, concentra inversión institucional y funciona como termómetro de una economía donde el crédito, los márgenes y las comisiones siguen siendo arterias principales. Cuando el sistema financiero tiene un año fuerte, quienes poseen acciones bancarias, fondos con exposición al sector o grandes carteras diversificadas suelen notar el calor antes que el ciudadano que llega a final de mes con la nómina ya en modo supervivencia.
El tercer motor fue el inmobiliario, ese viejo animal español que nunca termina de dormir. El precio de la vivienda subió en 2025 alrededor del 12,7 %, el mayor incremento desde los años previos al estallido de la burbuja. Para los propietarios con varios inmuebles, para los fondos, para los patrimonios familiares con suelo o vivienda en zonas tensionadas, la subida fue una alfombra roja. Para quien buscaba comprar o alquilar, fue más bien una cuesta con grava. La misma cifra que engorda balances puede estrechar vidas. Es una de las paradojas más españolas del dato: el país se enriquece sobre un activo que, para millones de personas, se ha convertido en frontera.
La riqueza crece, pero no siempre donde se trabaja
El Banco de España ya había dado otra pista de fondo: la riqueza financiera neta de las familias españolas alcanzó al cierre de 2025 los 2,645 billones de euros, un 11 % más que un año antes. Los activos financieros de los hogares subieron hasta 3,436 billones. Son cifras enormes, casi abstractas, como esas nubes vistas desde un avión: parecen suaves, pero dentro llevan toneladas de agua. El problema es que “las familias” no son una familia. No existe una gran mesa nacional donde todos se reparten por igual las acciones, los depósitos, los fondos y las plusvalías.
Aquí conviene parar un segundo. La economía española creció, generó empleo, moderó parte de la inflación y tuvo un comportamiento macroeconómico mejor que buena parte de Europa. Pero la riqueza financiera tiene una lógica distinta al salario. El salario se cobra, se gasta, se erosiona con los precios. El patrimonio financiero, cuando está bien colocado y el mercado acompaña, se multiplica. No hace ruido. No ficha a las ocho. No protesta en el metro. Simplemente sube.
Por eso el dato de Capgemini no significa que España sea de pronto un país de magnates con sombrero de copa. Significa que, en un año de mercados fuertes, quienes ya tenían activos invertibles vieron cómo su posición mejoraba más rápido. La brecha patrimonial no se mide solo por cuánto cobra cada uno, sino por quién tiene activos capaces de capturar la subida de la Bolsa, la vivienda y los beneficios empresariales. El sueldo llega por transferencia. El patrimonio llega por acumulación. Y la acumulación, ya se sabe, tiene memoria larga.
La diferencia entre tener ingresos y tener patrimonio es brutal. Una persona puede ganar razonablemente bien y no tener capacidad de ahorro si paga alquiler alto, transporte, comida, hijos, deuda o cuidados. Otra puede tener ingresos más discretos, pero heredar vivienda, recibir dividendos o disponer de una cartera familiar. En la estadística, ambas viven en el mismo país. En la vida real, juegan partidos distintos, con árbitros distintos y porterías de diferente tamaño.
España no es una rareza: el mundo también se llenó de ricos
El fenómeno no fue solo español. En el mundo, la riqueza de los grandes patrimonios aumentó un 8,7 % en 2025, hasta un récord histórico, y la población mundial de personas con alto patrimonio neto creció hasta 25,3 millones. El avance global se apoyó en mercados bursátiles fuertes, moderación de la inflación y, de forma muy visible, en el entusiasmo inversor alrededor de la inteligencia artificial y las grandes tecnológicas. La riqueza, cuando encuentra una narrativa de futuro, se pega a ella como el polvo al cristal.
El matiz importante es que los ultrarricos crecieron más rápido que los ricos “corrientes”, por extraño que suene hablar de ricos corrientes. Quienes superan los 30 millones de dólares en activos invertibles tienen más acceso a capital privado, fondos de cobertura, inversiones tempranas en compañías tecnológicas y productos financieros que no suelen estar al alcance del pequeño inversor. La democratización financiera existe hasta cierto punto; cualquiera puede abrir una cuenta de inversión desde el móvil. Pero entrar pronto en las rondas buenas, comprar antes de que el valor explote y diversificar con asesoramiento de primer nivel es otra liga. Otra puerta. Otro portero.
Esto explica por qué la riqueza mundial puede crecer incluso cuando mucha gente siente que la vida cotidiana se encarece. No es una contradicción, es una convivencia incómoda. Suben los mercados y sube el alquiler. Mejoran los beneficios empresariales y sube la cesta. Hay hogares que ganan patrimonio en silencio y hogares que pierden margen en cada recibo. En las cifras agregadas todo parece ordenado. En la cocina, donde se mira la cuenta bancaria con la luz blanca del móvil, la macroeconomía se vuelve bastante menos elegante.
Impuestos, comunidades y el debate que siempre vuelve
En España, hablar de grandes fortunas conduce casi inevitablemente al debate fiscal. No porque sea el único ángulo, sino porque el patrimonio no flota en el aire: vive dentro de un sistema de impuestos, comunidades autónomas, bonificaciones, planificación fiscal y competencia política. El Impuesto Temporal de Solidaridad de las Grandes Fortunas grava el patrimonio neto de las personas físicas cuando supera los 3 millones de euros. Nació para actuar allí donde el impuesto sobre el patrimonio quedaba muy bonificado por algunas comunidades. Y, como era previsible, abrió una guerra política con más trincheras que matices.
El debate suele reducirse a dos caricaturas. Una dice que gravar la riqueza espanta inversión, castiga el ahorro y convierte al Estado en un invitado con demasiada hambre. La otra sostiene que las grandes fortunas deben aportar más porque se benefician de infraestructuras, estabilidad jurídica, educación pública, sanidad, seguridad y mercados ordenados. Entre ambas posiciones hay una selva de detalles: mínimos exentos, doble imposición, diferencias autonómicas, capacidad real de recaudación, elusión, movilidad fiscal, residencia efectiva y diseño técnico. La política, tan aficionada al martillo, suele tratarlo como si todo fueran clavos.
Lo cierto es que el aumento de grandes patrimonios llega en un momento en que la vivienda tensiona a amplias capas de población, los jóvenes retrasan proyectos vitales y el ahorro se ha convertido para muchos en una palabra casi literaria. No conviene convertir cada fortuna en sospecha ni cada millonario en villano de opereta. Tampoco conviene fingir que la concentración patrimonial es una anécdota amable, como quien colecciona sellos. Una democracia liberal sana no persigue la riqueza; la examina, la regula cuando corresponde y se pregunta si las reglas permiten competir o solo consolidan ventajas heredadas.
Ahí está el punto delicado. La creación de riqueza puede ser una buena noticia cuando nace de innovación, empresa, productividad y ahorro real. Pero también puede revelar cuellos de botella cuando depende demasiado de la revalorización inmobiliaria, de mercados financieros concentrados o de herencias que convierten la línea de salida en una broma pesada. España necesita capital, inversión y empresas fuertes. También necesita que trabajar, ahorrar y acceder a una vivienda no parezca una prueba de resistencia diseñada por alguien con despacho de nogal.
El país que sube por los activos y se atasca por la vivienda
La lectura más honesta del dato no cabe en un aplauso ni en un tuit indignado. Que España sume 13.100 grandes fortunas en un año indica dinamismo financiero, capacidad de acumulación y un entorno de mercados favorable. También confirma que una parte del país ha entrado con fuerza en la economía de los activos, mientras otra sigue atrapada en la economía del recibo. Unos miran rentabilidades. Otros miran facturas. Ambos datos son reales. Lo incómodo es ponerlos en la misma mesa.
El gran reto no es que existan grandes patrimonios. En una economía abierta, innovadora y democrática, la riqueza privada forma parte del paisaje. El problema aparece cuando la escalera se estrecha, cuando el ascensor social hace ruidos raros, cuando la vivienda se vuelve muro y cuando la acumulación depende menos del mérito presente que de la posición heredada. Entonces el país empieza a parecer una ciudad con dos mapas: uno para quienes invierten y otro para quienes sobreviven al precio del metro cuadrado.
España entra así en una fase extraña: más rica en los balances, más cara en la calle, más sofisticada financieramente y más nerviosa socialmente. El informe de Capgemini no cuenta toda la historia, pero ilumina una esquina decisiva. Hay más grandes fortunas, sí. Hay más patrimonio financiero, también. La pregunta de fondo —la que no necesita gritar para incomodar— es qué tipo de prosperidad está fabricando el país: una que ensancha oportunidades o una que pule con brillo nuevo las viejas distancias.

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