Síguenos

Economía

¿Habrá ERE voluntario en Iberia tras el convenio hasta 2029?

Publicado

el

ERE voluntario en Iberia

Foto: AAA

Iberia valora un ERE voluntario y ata el convenio de tierra hasta 2029: sindicatos, cifras del pacto y el Plan de Vuelo 2030, muy al detalle.

Iberia ha abierto una carpeta que, en España, siempre suena fuerte aunque venga forrada de terciopelo: la compañía estudia activar un ERE de adscripción voluntaria —salidas incentivadas, sin carácter forzoso— después de recibir una petición por escrito del comité intercentros del personal de tierra y tras movimientos similares en el lado del vuelo, con pilotos y tripulantes empujando la misma idea desde hace meses. La aerolínea insiste en dos mensajes a la vez, casi contradictorios en apariencia: que podría haber causas “ajustadas a la ley” para justificarlo y que todavía no hay nada decidido.

El contexto inmediato es igual de relevante que la frase del titular: el personal de tierra acaba de ratificar el convenio colectivo con vigencia hasta finales de 2029, un acuerdo que ordena salarios, carrera profesional y organización del trabajo, y que deja, sin embargo, un tema delicado flotando sobre la pista: la opción de un ERE voluntario como herramienta de ajuste interno en plena transformación del negocio.

La palabra que lo cambia todo: “voluntario”, pero con bisturí

Cuando en una empresa del tamaño de Iberia se pronuncia ERE y se añade voluntario, lo que aparece no es una tijera indiscriminada, sino un bisturí que busca zonas concretas del organigrama. No es lo mismo “sobramos” que “necesitamos movernos”: la primera frase huele a emergencia; la segunda, a cirugía programada. En la práctica, un expediente así suele traducirse en una ventana temporal para que parte de la plantilla —por edad, antigüedad o encaje futuro del puesto— pueda salir con condiciones pactadas, y para que la empresa reordene perfiles sin empujar a nadie por la borda. La diferencia, ya se sabe, está en el detalle: quién entra en el perímetro, qué incentivos se ponen, qué cupos se abren, qué áreas quedan blindadas porque ahí la experiencia vale oro y no se improvisa.

La clave política-laboral de este caso es el origen del movimiento: no hay, de momento, un anuncio unilateral de la empresa, sino una solicitud formal de la parte social para que se analice si existen motivos suficientes para ponerlo en marcha. Ese matiz le quita dramatismo… y le añade complejidad, porque obliga a leer la noticia no como una “alerta roja”, sino como un síntoma de que dentro se está negociando el futuro de la plantilla con la misma seriedad con la que se negocian rutas, aviones o inversiones. Iberia, además, ha verbalizado algo que conviene subrayar en negrita y con calma: la compañía sostiene que, si el procedimiento llegara a presentarse formalmente, debería contar con el visto bueno de la autoridad laboral. Lo dicen así, de forma explícita, y ese encuadre marca el tono institucional del asunto.

El convenio de tierra hasta 2029: lo que ya está amarrado

Mientras el ERE está en modo borrador, el convenio del personal de tierra ya está en el calendario, con tinta fresca. La ratificación llega tras consulta y con un dato que explica el clima interno: el acuerdo recibió el apoyo del 59,9% de los votos en la consulta vinculada a USO. Ese porcentaje no es una ovación, pero sí una mayoría que permite a la empresa decir “tenemos marco” y a los sindicatos decir “hemos arrancado mejoras”, incluso con matices y tensiones inevitables cuando se pacta a varios años vista en un sector que cambia por meses.

En lo salarial, el pacto combina subidas fijas con un componente variable ligado a resultados. En la explicación difundida tras la ratificación se habla de una subida garantizada del 4% en 2026, del 3% en 2027 y del 2% anual en 2028 y 2029, con un tramo variable asociado a la rentabilidad —margen EBIT— que, si se cumplen objetivos, podría elevar el incremento total hasta el 8% en los ejercicios en los que la compañía alcance sus metas financieras. Y, en paralelo, la empresa había descrito el modelo como una suma de incrementos consolidados y no consolidados vinculados a rentabilidad y a indicadores operativos, además de pagos extraordinarios conectados con los buenos resultados de varios ejercicios recientes. Dicho de forma menos fría: hay una parte que se queda en el sueldo y otra que depende de cómo respire el negocio, con el compromiso de repartir más cuando los números acompañan.

La letra laboral del convenio también importa —a veces más que el porcentaje— porque define el día a día: se formaliza el teletrabajo de hasta dos días semanales para puestos de oficina compatibles; se reordenan niveles profesionales y se acelera la promoción interna en áreas sensibles; se revisan condiciones ligadas a dietas y beneficios sociales; y aparece, como elemento simbólico, la voluntad de “simplificar” estructuras retributivas y reglas que con el tiempo acaban pareciendo un laberinto de pasillos estrechos. En una aerolínea, los convenios no son un documento de recursos humanos: son una pieza de ingeniería operativa, porque lo que se pacta se convierte en turnos, descansos, productividad y capacidad real de sostener la operación sin chirriar.

Técnicos, aeropuertos y oficinas: dónde se nota el convenio en la piel

Una ratificación de convenio suena abstracta hasta que se aterriza en colectivos concretos. En este caso, desde la representación sindical se ha destacado la reestructuración de niveles para técnicos de mantenimiento y personal de aeropuertos, con reducción de tiempos de permanencia en escalas iniciales y un intento de agilizar el ascenso interno. Eso, en castellano de hangar, es lo siguiente: menos sensación de “me quedo años atascado” y más posibilidad de progresar sin cambiar de empresa. En el lado de oficinas, el teletrabajo se convierte en un elemento de conciliación que ya no es excepcional sino norma pactada, con todo lo que eso implica para una compañía que quiere ser más digital sin perder control de procesos críticos.

Y aquí aparece el punto incómodo —el que explica por qué el ERE vuelve a colarse en la conversación—: cuando mejoras carrera y organizas ascensos, también te obligas a pensar qué haces con los tramos altos de antigüedad, con puestos que quizá cambian de contenido o con áreas que se reorganizan. No es una ecuación moral; es una ecuación de gestión. La experiencia pesa, sí, pero también pesan la tecnología, los nuevos sistemas, la automatización de tareas administrativas y la necesidad de perfiles distintos. Por eso, en el mismo paisaje pueden convivir un convenio que estabiliza y una propuesta de salidas incentivadas que busca ordenar el relevo sin abrir una guerra.

Quién empuja el ERE: sindicatos, comité intercentros y el “sí, pero” de la empresa

La secuencia es clara y, por una vez, bastante transparente en lo formal. Iberia reconoce que ha recibido una petición por escrito del comité intercentros del personal de tierra solicitando “el análisis oportuno” para valorar si hay causas suficientes que permitan iniciar un procedimiento de ERE de adscripción voluntaria. Esa petición está firmada por UGT, CCOO, ASETMA y Somos-CESHA. Y, según lo explicado, se suma a la que ya habían planteado representantes del vuelo, tanto pilotos como tripulantes de cabina. En términos de fotografía interna, esto es potente: no es un solo colectivo aislado pidiendo una salida; es una conversación que recorre varios pasillos de la casa.

La respuesta de la empresa es de manual corporativo, pero tiene contenido: Iberia sostiene que podría haber causas para encajar un expediente así, y las vincula a la “necesaria renovación de perfiles” que exige su proceso de transformación, el mismo que la dirección asocia al Plan de Vuelo 2030. Al mismo tiempo, lanza un freno de mano: “aún no hay nada decidido” y, si se solicitase formalmente, entraría el circuito institucional. Hay un equilibrio deliberado en esa posición: no cerrar la puerta para no frustrar a la parte social, y no abrirla del todo para no disparar alarmas internas ni externas. La noticia, en realidad, es ese equilibrio tenso: Iberia no niega; Iberia dosifica.

Pilotos y la sombra de 2014: una petición que venía de lejos

En diciembre, el debate ya estaba vivo en el colectivo de pilotos, con el sindicato Sepla intentando recuperar un esquema de desvinculaciones parecido al que surgió en 2014, cuando se abrió un ERE voluntario con vigencia hasta finales de 2017. En aquel momento, se habló de conversaciones discretas y de una petición que, según se publicó, había chocado con los dos anteriores presidentes de Iberia, Javier Sánchez Prieto y Fernando Candela. También se apuntaba entonces a que talleres, oficinas y tripulantes de cabina verían con buenos ojos una salida ordenada si las condiciones fueran atractivas. Ese antecedente ayuda a entender que lo de ahora no es un rayo en cielo despejado: es la misma nube acercándose, pero esta vez con el convenio de tierra ya cerrado y con el debate más maduro.

Y hay un elemento operativo que no conviene perder de vista: en los últimos años ha habido reconversiones en el universo del handling —servicios de asistencia en tierra— bajo marcas como South Europe Ground Services, con ajustes y cambios derivados de licencias y del mercado de servicios a terceros. Ese tipo de procesos, aunque no sean idénticos al núcleo de Iberia matriz, alimentan la sensación de que el sector y la compañía se mueven, y de que el empleo cambia de forma. Si a eso se suma un ciclo de buenos resultados y récords operativos, aparece una lógica muy humana: “si voy a salir, prefiero salir en un momento fuerte, no en un bache”.

Qué es un ERE voluntario en una aerolínea: negociación real, tiempos y condiciones

Un ERE voluntario no se decide en una mañana ni se explica en una frase. Antes de que haya números, hay un concepto; antes de que haya un concepto, hay un diagnóstico; y antes del diagnóstico, hay una negociación soterrada para acordar incluso cómo se llama lo que se va a hacer. Cuando llega el momento formal, el procedimiento implica un periodo de consultas con la representación de los trabajadores, intercambio de documentación, argumentos sobre causas organizativas o productivas y, si hay acuerdo, un diseño que suele incluir incentivos económicos, posibles fórmulas de prejubilación o rentas puente en función de edades y antigüedad, y reglas para ordenar quién puede apuntarse. En sectores técnicos, además, suele haber filtros no por capricho, sino por continuidad del servicio: hay perfiles que no se pueden vaciar sin riesgo, porque no se reemplazan con rapidez ni con un curso exprés.

Lo “voluntario”, además, no significa “sin reglas”. Puede haber cupos máximos, ventanas por departamentos, priorización de colectivos, condiciones distintas para oficinas que para mantenimiento o aeropuertos, y un principio que las empresas repiten aunque no siempre guste: la compañía suele reservarse la capacidad de aceptar o no ciertas adscripciones si considera que comprometen el funcionamiento. En paralelo, los sindicatos suelen pelear para que el voluntarismo sea real, no un eslogan: que no haya presiones, que las condiciones sean homogéneas y que el plan no se use como atajo para adelgazar justo donde conviene a la dirección y no donde lo piden los trabajadores.

Y luego está el terreno institucional, que la propia Iberia ha querido colocar en primer plano. La empresa afirma que, si el expediente se solicitara formalmente, debería contar con aprobación de la autoridad laboral. Esa frase, tal cual, tiene un peso simbólico: transmite la idea de control y supervisión pública. En la práctica, el procedimiento contemporáneo se mueve entre comunicación, consultas y fiscalización, con margen para inspección y, si se impugna, tribunales. Sin ponerse técnico, lo esencial es esto: no es una decisión de despacho cerrada, sino un proceso con trazabilidad, plazos y exposición jurídica. Y, precisamente por eso, la empresa dice que no hay nada decidido: porque cuando lo hay, ya no se puede esconder.

El Plan de Vuelo 2030 como telón de fondo: crecer y, a la vez, reajustar

La pregunta que late debajo de todo esto es simple, casi de barra de aeropuerto: “si Iberia quiere crecer, ¿por qué hablar de salidas?”. La respuesta no cabe en una línea, pero sí en una idea: crecer no siempre significa más empleo igual; a veces significa empleo distinto. Iberia ha presentado su Plan de Vuelo 2030 con una inversión de 6.000 millones hasta 2030, el objetivo de pasar de 45 a alrededor de 70 aviones de largo radio e incorporar aeronaves como A350 y A321XLR (y potencialmente A330neo dentro de pedidos del grupo), además de renovar corto y medio radio con aviones más eficientes. En el mismo paquete se incluyen nuevos destinos y refuerzos de frecuencias, renovación total de cabinas de largo radio, una apuesta por digitalización e inteligencia artificial para mejorar procesos y experiencia, y proyectos industriales como la Ciudad Iberia en La Muñoza, con traslado de sede corporativa.

Ese plan también habla de empleo, y lo hace con ambición: una media de 1.000 nuevas incorporaciones al año según lo presentado, en un relato que vincula crecimiento con generación de riqueza y con el refuerzo de Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas como gran hub. Pero ahí está el matiz incómodo, el que explica por qué puede coexistir un convenio expansivo con un ERE voluntario: si la compañía incorpora tecnología, reorganiza funciones, centraliza tareas y redefine perfiles, puede necesitar contratar en unas áreas y facilitar salidas en otras. Se expande por fuera —rutas, flota, red— y se reordena por dentro —oficios, escalas, departamentos—. No es contradictorio; es, de hecho, bastante típico en empresas que cambian de etapa.

Además, el propio discurso de Iberia liga estabilidad laboral con capacidad de inversión: cerrar convenios con colectivos clave no es una nota a pie de página, es una condición de posibilidad para ejecutar un plan industrial de miles de millones. Por eso el acuerdo de tierra se presentó como un paso estratégico y por eso la conversación sobre salidas incentivadas no se plantea como “crisis”, sino como gestión del relevo. Lo que se está discutiendo, en el fondo, es cómo se hace la transición generacional y profesional sin romper el clima interno que la empresa necesita para crecer.

Barajas, mantenimiento y operación diaria: el impacto silencioso de una decisión así

Casi todo el mundo piensa en un ERE como un asunto de despachos. En una aerolínea, sin embargo, el impacto real se mide en cosas muy físicas: tiempos de rotación, capacidad de mantenimiento, músculo de operación en picos de demanda, respuesta ante incidencias y, sobre todo, conocimiento acumulado. En el área de mantenimiento, por ejemplo, no basta con cubrir una vacante; hay certificaciones, procedimientos y cultura de seguridad. En aeropuertos, el trabajo es de trinchera: mostradores, coordinación, incidencias, turnos que cambian con la meteorología, con una huelga ajena, con una avería en una cinta de equipajes. Y en oficinas, donde a veces se cree que todo es “reemplazable”, hay capas de conocimiento de negocio —regulación, planificación, ingresos, operaciones— que sostienen el engranaje sin hacerse visibles.

Por eso, cuando se habla de un ERE voluntario ligado a “renovación de perfiles”, el foco no está solo en cuántos podrían salir, sino en quiénes: si se van perfiles muy veteranos, la compañía tiene que asegurarse de que la transferencia de conocimiento no se queda en una reunión con café, sino que se convierte en procesos, formación y retención de talento. Y aquí entra un riesgo clásico: un plan demasiado atractivo puede provocar una salida masiva de experiencia en áreas críticas; uno poco atractivo no consigue adhesiones y se convierte en frustración colectiva. El equilibrio, otra vez, es la palabra. Iberia, por ahora, no ha puesto cifras ni condiciones encima de la mesa, así que todo esto se juega en el terreno de la hipótesis razonable, pero no por ello menos importante: en aviación, las decisiones laborales acaban aterrizando —nunca mejor dicho— en la puntualidad, la regularidad y el servicio.

En el trasfondo también está la estrategia de consolidar a Madrid como hub de conectividad internacional, un objetivo que la compañía repite en su plan industrial y que obliga a mantener una operación robusta. La paradoja aparente se resuelve con una imagen sencilla: para ampliar una casa, a veces hay que tirar un tabique interior. Crecer hacia fuera exige reorganizar por dentro. Un ERE voluntario, en ese sentido, puede ser el tabique que se mueve para que el nuevo plano encaje.

Un 2026 laboral con dos caras: estabilidad firmada y ajuste en estudio

Hoy, lo que hay es un convenio ratificado para el personal de tierra con vigencia hasta 2029, subidas y variables pactadas, teletrabajo formalizado y una reordenación de carreras profesionales que toca a colectivos sensibles. Y, al mismo tiempo, una petición sindical por escrito para que la empresa valore un ERE de adscripción voluntaria, con Iberia admitiendo que puede haber base legal para justificarlo por causas organizativas vinculadas a su transformación, pero insistiendo en que la decisión no está tomada. La escena, por tanto, no es la de una empresa al borde de un ajuste traumático; es la de una compañía que cierra un ciclo de relaciones laborales y deja abierta una herramienta para ordenar una transición.

Si el expediente acaba tomando forma, la noticia dejará de ser “Iberia lo estudia” y pasará a ser “Iberia pone condiciones”: edades, incentivos, cupos, colectivos, calendario y garantías. Ahí es donde se verá si la palabra voluntario es un paraguas real o solo un rótulo. Hasta entonces, el mapa es este, bastante nítido: Iberia quiere crecer con su plan industrial, necesita estabilidad normativa para invertir, ya la tiene en tierra tras la ratificación, y sopesa —a petición de sus propios sindicatos— un mecanismo de salidas incentivadas para ajustar perfiles sin romper el equilibrio interno que ahora mismo sostiene el plan.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído