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El tiempo en España este 9 de febrero: lluvia, viento y nieve
Lluvia en el sur y el oeste, mala mar en las costas y nieve en zonas de montaña: así se presentaba la jornada.

La previsión para el lunes 9 de febrero de 2026 dibujaba una jornada de inestabilidad extendida, aunque desigual: lluvias más persistentes en el oeste y el sur, viento destacado en sectores del Mediterráneo y nieve en sierras y cotas medias y altas. Galicia y el Cantábrico afrontaban además un temporal marítimo, mientras Andalucía llegaba al día con el terreno muy húmedo, cauces bajo vigilancia e incidencias que ya condicionaban la actividad cotidiana.
Este parte corresponde a una fecha concreta, ya pasada, y debe leerse como la previsión publicada para aquel lunes, no como un pronóstico vigente. Su rasgo principal era la continuidad: la borrasca Marta se alejaba, pero la circulación atlántica mantenía el aporte de humedad y permitía la llegada de nuevos frentes. Por eso el riesgo no dependía solo de cuánto pudiera llover en una hora, sino también de lo que había caído antes y de la respuesta del suelo, los ríos y la costa.
La borrasca se aleja, pero persiste el flujo atlántico
El desplazamiento de Marta hacia el nordeste no significaba que el tiempo fuera a estabilizarse de inmediato. Tras el centro de bajas presiones quedaba abierto un pasillo de aire húmedo, con frentes y bandas de precipitación que atravesaban el país. El resultado era un cielo cerrado en muchas zonas, con chaparrones intermitentes y pausas breves, más que un episodio uniforme de lluvia intensa en todo el territorio.
Ese patrón explica el contraste entre temperaturas relativamente suaves para febrero y una sensación de jornada desapacible. La humedad, la nubosidad y el viento pueden hacer que un valor moderado en el termómetro se sienta distinto, sobre todo al aire libre y en lugares expuestos. En buena parte del país, la imagen prevista era la de un invierno húmedo, no necesariamente extremo por frío: ropa que tarda en secarse, claros que duran poco y lluvia que vuelve a ratos.
La previsión semanal señalaba a Galicia como una de las áreas con más posibilidades de acumular precipitación. En el Mediterráneo, en cambio, la lluvia se esperaba más débil o dispersa, aunque persistían las nubes y el viento. Esa diferencia regional importa: un mismo frente puede dejar lluvia repetida en el oeste y apenas unas gotas en otros puntos, mientras el viento o el estado de la mar pasan a ser allí el factor más relevante.
El contexto de aquel invierno también pesaba en la lectura del parte. El artículo original situaba la jornada dentro de una sucesión de episodios con nombre propio, entre ellos Goretti, Harry, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo y Marta, y describía días de incidencias acumuladas. Cuando los frentes se encadenan, el impacto se construye por suma: cada nueva tanda de lluvia encuentra menos margen en suelos, cauces y servicios que ya han tenido que responder a episodios anteriores.
Andalucía, entre la lluvia y un terreno saturado
En Andalucía, el pronóstico debía interpretarse junto con la situación que dejaban las lluvias previas. El umbral de referencia citado para avisos por precipitación intensa en el entorno del Estrecho era de 15 milímetros en una hora. Esa cantidad no describe por sí sola el impacto en cada calle o municipio, pero ayuda a entender por qué una lluvia concentrada en poco tiempo puede activar una alerta, especialmente si el agua cae sobre un terreno ya empapado.
Cuando el suelo absorbe menos agua, una mayor parte de la lluvia circula por la superficie y se concentra en vaguadas, calles bajas y cauces. Las cunetas y los drenajes reciben también el agua que llega desde zonas próximas, de modo que el problema no siempre coincide con el lugar donde más llueve. En un día así, la persistencia puede ser tan importante como la intensidad: una precipitación moderada, repetida durante horas, también puede agravar una situación previa.
El poniente añadía otra dificultad, sobre todo cerca del Estrecho y del mar de Alborán. No se trataba únicamente de una sensación más desapacible; las rachas podían interferir en desplazamientos y en la actividad en espacios expuestos. El tiempo cambiaba de un tramo a otro y, con lluvia y viento coincidentes, la movilidad podía complicarse aunque no hubiera una tormenta intensa en ese preciso momento.
La parte más visible de la respuesta institucional fue la suspensión de clases presenciales en 96 centros educativos andaluces. Cádiz concentraba 81 cierres; Sevilla, siete; Granada y Jaén, tres cada una, y Málaga, dos. También quedaron inoperativas 68 rutas de transporte escolar, principalmente en Cádiz, Málaga y Sevilla. Esas cifras reflejaban decisiones ligadas a las condiciones del territorio y los desplazamientos, no solo a la previsión de lluvia para una localidad concreta.
El cierre de centros y rutas muestra cómo un episodio meteorológico se traduce en medidas prácticas antes de que la lluvia alcance su máximo. Una carretera vulnerable, el riesgo de inundación o la dificultad para garantizar un trayecto pueden cambiar la actividad del día incluso en lugares donde el cielo no parece excepcional. En Andalucía, el parte se leía así en dos planos: lo que podía caer y la capacidad del entorno para absorberlo.
Ríos y embalses: el impacto que no siempre se ve desde la calle
La vigilancia hidrológica era otro elemento central. El Guadalquivir preocupaba especialmente en el entorno de Córdoba y Sevilla, junto con otros cursos como el Guadiaro y el Guadiana. Tras varios días de lluvias, la atención no se limitaba a la precipitación inmediata: también importaban el caudal que ya circulaba, el agua que llegaba desde aguas arriba y la gestión de los embalses. El estado de un río depende de una cuenca entera, no únicamente del tiempo sobre el municipio que atraviesa.
El balance del episodio citado en el artículo original superaba las 11.000 personas desalojadas. La cifra correspondía al impacto acumulado de las inundaciones y las medidas preventivas, no a un pronóstico de evacuaciones para ese lunes. Esa distinción es importante: el parte meteorológico describe una evolución probable del tiempo, mientras que los desalojos responden a la evaluación del riesgo sobre el terreno y a decisiones de las autoridades.
La misma lógica explica por qué una jornada con menos lluvia que la anterior puede seguir siendo delicada. Si el suelo permanece saturado y los cauces llevan mucha agua, una nueva precipitación puede añadir presión a una situación que ya venía de antes. El peligro puede persistir después del chaparrón, porque el agua continúa desplazándose por barrancos y ríos y puede alcanzar zonas alejadas del punto donde se registró la lluvia.
En el litoral sur, la situación marítima sumaba un riesgo distinto. La previsión citada para aguas de Granada, Almería, Melilla y el entorno de Alborán contemplaba viento del oeste de fuerza 7 y olas de entre tres y cuatro metros. En esas condiciones, no hace falta que el agua llegue a un paseo para que la costa resulte peligrosa: el oleaje, la resaca y las rachas pueden convertir espigones, rocas y zonas expuestas en puntos de riesgo.
Galicia y el Cantábrico: lluvia en tierra y temporal en la costa
Galicia se mantenía bajo la influencia atlántica, con lluvia ocasional y temperaturas suaves para la época. En Santiago de Compostela, la previsión citada situaba la máxima alrededor de los 14 grados y la mínima cerca de los 13. Más que el frío, preocupaba la humedad persistente: si la lluvia reaparece antes de que el terreno se seque, los acumulados pueden crecer sin que cada episodio parezca, por separado, extraordinario.
En el Cantábrico, el cielo también podía dejar chubascos localizados. Para Bilbao se indicaban valores próximos a 17 grados de máxima y 11 de mínima. La combinación de temperaturas moderadas con nubes, lluvia y viento servía de recordatorio de que la temperatura no resume el estado del tiempo: la exposición, la humedad y las rachas modifican cómo se percibe la jornada y las condiciones para circular o trabajar al aire libre.
La costa gallega tenía avisos marítimos por viento del sur de fuerza 7 en aguas de Pontevedra y el oeste de A Coruña, al menos hasta el mediodía en el tramo señalado. Otros avisos para el litoral mencionaban viento del suroeste de entre 50 y 61 kilómetros por hora, con puntas superiores, y mar combinada del oeste de cinco a siete metros en zonas como el entorno de Bares y mar adentro. El estado del mar puede ser severo lejos de la orilla y transmitir su energía de forma repentina a puntos costeros expuestos.
En Asturias, Cantabria y el País Vasco, los avisos marítimos contemplaban viento del oeste o noroeste de alrededor de fuerza 7 hasta la tarde. A ello se sumaban nubosidad baja y visibilidad variable en zonas del interior. El cuadro no dependía de un único fenómeno: el viento podía agitar el mar y, al mismo tiempo, hacer más incómodos los desplazamientos en tierra. Lluvia, viento y oleaje coincidían en una misma franja, aunque con distinta intensidad según la zona.
En la costa, además, una apariencia tranquila no siempre indica que el riesgo haya desaparecido. El oleaje puede llegar en series y sorprender a quienes se acercan a rocas o espigones; la resaca dificulta volver a la orilla y una racha puede cambiar las condiciones en poco tiempo. Por eso los avisos marítimos no se interpretan como una descripción de cada punto exacto, sino como una advertencia sobre condiciones potencialmente peligrosas en un área amplia.
Interior y montaña: nieve, deshielo y carreteras
En la Meseta, el lunes se presentaba nuboso y húmedo, sin un episodio generalizado de frío extremo. Madrid tenía una máxima aproximada de 13 grados y una mínima cercana a 10; Zaragoza, valores en torno a 15 y 8; Barcelona, alrededor de 15 grados y más claros que en el oeste. Esos contrastes respondían al reparto desigual de la nubosidad y la precipitación: el interior no quedaba fuera de la inestabilidad, pero tampoco recibía el mismo impacto en todas partes.
La nieve se concentraba en sierras y cotas medias o altas. Los avisos mencionados manejaban referencias de cinco centímetros en 24 horas a partir de unos 1.400 metros, con una cota que podía rondar los 1.200 metros en determinados momentos. No implicaba que todas las carreteras a esas alturas fueran a quedar cubiertas, pero sí señalaba que los puertos y las zonas de montaña podían encontrar condiciones cambiantes, especialmente durante los periodos de precipitación.
En una carretera de montaña, la cantidad acumulada no es el único factor. La temperatura, la hora, la exposición al viento y la presencia de zonas sombrías pueden hacer que el firme cambie de un tramo a otro. La nieve húmeda, el barro y el hielo localizado pueden dificultar la circulación incluso cuando el espesor no parece elevado. Por eso una previsión de nieve se entiende mejor como una señal de posibles cambios en el estado de la vía que como una garantía de que toda una comarca quedará cubierta por igual.
El deshielo añadía una dificultad menos visible. En Castilla y León se mantenían avisos relacionados con nieve y deshielos en provincias como Ávila, Segovia, León y Zamora. Cuando la nieve se funde, el agua baja por laderas, cunetas y cauces menores; si estos ya reciben lluvia o escorrentía, pueden responder con rapidez. Lo que deja de ser nieve no desaparece: se transforma en agua que busca una salida por el terreno.
El artículo original situaba en torno a 1.200 las incidencias de los días anteriores en Castilla y León, asociadas a nieve, viento, lluvia y avenidas. También citaba un dispositivo estatal de vialidad invernal con 639 quitanieves y más de 114.000 toneladas de fundentes activadas o preparadas en el marco de los avisos. Esas cifras describían la respuesta a un episodio amplio, en el que mantener abiertas las vías exigía actuar por tramos, no solo retirar nieve una vez.
Levante, Baleares y sureste: el viento toma protagonismo
En la Comunidad Valenciana, el foco estaba en las rachas de componente oeste. Los avisos amarillos citados afectaban a zonas del interior de Alicante, Castellón y Valencia, con una ventana prevista entre las 21:00 y las 23:59. El carácter breve de ese intervalo no eliminaba la posibilidad de incidencias puntuales: en áreas expuestas, el viento puede mover objetos ligeros o desprender elementos que ya estén sueltos. El riesgo se concentra a veces en lugares y horas concretos, no de manera uniforme en toda una provincia.
El episodio llegaba después de varios fines de semana con rachas fuertes en comarcas valencianas. El artículo original citaba registros superiores a 70 kilómetros por hora y un máximo de 101,4 en el Parc Solar de la Font de la Figuera, además de 81,6 en Sumacàrcer. También mencionaba intervenciones en Xàtiva por piezas desprendidas. Son datos de episodios anteriores, no una predicción de rachas para todo el territorio este lunes, pero ayudan a explicar por qué el viento seguía siendo una preocupación operativa.
Almería resumía bien la diferencia entre el tiempo en tierra y las condiciones en la costa. La máxima prevista rondaba los 20 grados, pero en el Poniente y la capital se señalaba viento del oeste de 50 a 60 kilómetros por hora, equivalente a fuerza 7, y olas de unos tres metros durante buena parte del día. Una temperatura suave no compensaba el efecto de una costa revuelta: el peligro marítimo no se mide por el frío que haga en la ciudad.
En Murcia se esperaba más sol y nubes que lluvia persistente, con máximas cercanas a los 23 grados y mínimas alrededor de 11. Baleares presentaba un panorama más gris; Palma se situaba en torno a 16 grados de máxima y nueve de mínima. Canarias, por su parte, era el territorio más estable de la previsión: Las Palmas de Gran Canaria rondaba los 21 grados y Santa Cruz de Tenerife, los 22, con tendencia a cielos más luminosos. La estabilidad canaria contrastaba con la humedad peninsular.
Cómo interpretar las horas y los avisos de una previsión
Una previsión por municipios no describe cada rincón de una provincia. La información municipal se refiere a la capital del término, y un municipio extenso puede incluir diferencias de altitud y exposición que alteren la lluvia, el viento o la nieve. Esta limitación es especialmente relevante en áreas montañosas y costeras: el pronóstico ofrece una referencia local, no una medición idéntica para todo el término.
También importa distinguir entre variables instantáneas y acumuladas. La temperatura o el viento previsto para una hora describen las condiciones asociadas a ese momento; la precipitación horaria, en cambio, se acumula durante esa hora. Así, una cantidad asignada a las 09:00 corresponde al agua que cae entre las 09:00 y las 10:00. Esta diferencia evita leer la hora indicada como si todo el volumen de lluvia cayera en un instante.
Los avisos tampoco son una promesa de que el fenómeno vaya a afectar con la misma fuerza a cada lugar incluido. Expresan que se prevén condiciones que pueden alcanzar determinados umbrales en una zona y un periodo concretos. Además, las previsiones se actualizan conforme cambian los datos disponibles y las salidas de los modelos. Una alerta y una predicción municipal cumplen funciones distintas: una señala un peligro potencial; la otra describe la evolución más probable del tiempo.
La información automática obtenida de modelos puede diferir de una valoración elaborada por predictores, que interpretan los resultados y los adaptan a la situación. A eso se suma que los intervalos largos pueden presentarse en horario UTC, mientras la previsión horaria se expresa en hora local. Para el lector, la consecuencia práctica es sencilla: la hora y el área de validez forman parte del dato, tanto como los milímetros, los kilómetros por hora o los centímetros de nieve.
Un lunes marcado por la acumulación, no por un único fenómeno
El mapa previsto para el 9 de febrero combinaba varios riesgos. El oeste y el sur concentraban la lluvia más persistente; Galicia y el Cantábrico afrontaban viento y mala mar; el interior debía vigilar la nieve en altura y el deshielo; y el Mediterráneo tenía el viento como protagonista en distintos tramos. No había un único episodio que explicara toda la jornada, sino una suma de condiciones con efectos diferentes según la geografía.
Andalucía destacaba por la combinación de lluvia previa, vigilancia de ríos, centros cerrados y rutas escolares inoperativas. El noroeste y la costa cantábrica, por el temporal marítimo; las sierras, por la nieve y el agua del deshielo; y el sureste, por las rachas y el oleaje. Ese reparto permite entender por qué una cifra aislada, como la temperatura máxima de una capital, no bastaba para describir el día.
La idea de fondo era la continuidad. Cuando los frentes llegan con poco espacio entre ellos, el terreno dispone de menos tiempo para secarse y los cauces pueden seguir respondiendo después de que la lluvia afloje. En ese escenario, la acumulación convierte una previsión diaria en una cuestión de gestión: carreteras, transporte, centros educativos, ríos y costa pueden necesitar atención al mismo tiempo, aunque cada zona tenga un motivo distinto.
Así se presentaba aquel lunes: un país con tiempo variable y margen desigual para absorber nuevas precipitaciones, más que una España sometida a una tormenta idéntica de norte a sur. La retirada de la borrasca no cerraba el episodio mientras persistiera la entrada atlántica y siguieran activos los efectos de las lluvias anteriores. El pronóstico describía una jornada de transición solo en apariencia: el centro de bajas presiones se alejaba, pero el agua, el viento y el oleaje todavía marcaban el ritmo.

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