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Naturaleza

El mar caliente vacía las redes: -20% de peces al año

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El mar caliente vacía las redes

El calentamiento crónico del océano ya reduce un 20% anual la biomasa de peces y altera cuotas, ecosistemas y pesca en el Mediterráneo y el Atlántico.

La biomasa de peces capturada viva en redes de arrastre de fondo está cayendo cerca de un 20% anual como respuesta al calentamiento crónico y prolongado del mar, según una investigación liderada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y la Universidad Nacional de Colombia, con resultados publicados este miércoles, 25 de febrero de 2026, en Nature Ecology and Evolution. El dato no sale de una anécdota local ni de una campaña corta: aparece de forma consistente al mirar, con lupa y con paciencia, tres grandes escenarios de pesca y oceanografía del hemisferio norte, del Mediterráneo al Atlántico Norte y al Pacífico nororiental.

El trabajo introduce una idea incómoda, porque rompe el consuelo fácil de “hoy hay más por aquí”: las olas de calor marinas pueden generar subidas puntuales en zonas frías, sí, pero el patrón de fondo es una presión constante hacia abajo a medida que el océano se calienta. El investigador del MNCN Shahar Chaikin lo expresa sin rodeos: “nadie gana a largo plazo”. Hay poblaciones que en un golpe de calor parecen beneficiarse y otras que se desploman, pero cuando el termómetro deja de ser un susto y pasa a ser una tendencia, el resultado final se parece más a un suelo que se hunde lentamente que a un vaivén pasajero.

Biomasa: el peso vivo que entra en la red

La palabra biomasa suena a laboratorio, pero aquí es una medida muy concreta y muy de mar: el peso total de peces vivos que entran en las redes de arrastre de fondo durante los periodos analizados en los estudios científicos. No se limita a especies “de lonja” o “de mercado”; incluye también especies no comerciales, lo que ayuda a leer el ecosistema completo y no solo la parte que tiene etiqueta y precio. Es una forma de mirar lo que realmente está ahí abajo, con sus mezclas y sus sombras, sin quedarse únicamente con los desembarcos o con lo que interesa a corto plazo.

Chaikin explica que el equipo calcula esa pérdida de biomasa analizando precisamente ese peso vivo capturado en arrastre y conectándolo con la temperatura del océano. Y aquí entra el matiz clave: no se trata solo de que “haya menos peces” como frase general, sino de que el calentamiento cambia las reglas del crecimiento, la supervivencia y la distribución de las poblaciones. El mar no calienta por igual ni afecta por igual; algunas especies se quedan fuera de su rango cómodo y otras, por un tiempo, encuentran condiciones menos hostiles… hasta que el calentamiento sostenido también las alcanza.

De 1993 a 2021: 702.037 estimaciones en el hemisferio norte

El músculo del estudio está en la escala: 702.037 estimaciones de cambio de biomasa y 33.990 poblaciones de peces registradas entre 1993 y 2021 en el hemisferio norte. No es una cifra decorativa; es la diferencia entre un diagnóstico por intuición y un diagnóstico por acumulación de evidencia. A lo largo de casi tres décadas, el equipo observa cómo responde esa biomasa a un fenómeno que ya no es excepcional: el calentamiento del océano en forma de tendencia y, encima, las olas de calor marinas cada vez más frecuentes.

Los tres escenarios estudiados —Mediterráneo, Atlántico Norte y Pacífico nororiental— añaden otra capa de credibilidad: no se está hablando de un único mar con sus manías, sino de sistemas distintos que, aun siendo diferentes, empiezan a rimar cuando se les pone el termómetro. Ese “rimar” no significa que todo sea idéntico, sino que aparece una dirección común: conforme el océano se calienta de manera persistente, la biomasa tiende a disminuir tanto a escala global como en poblaciones concretas, en lugares concretos, con su nombre y su coordenada.

En esa lectura de largo recorrido también aparece un riesgo muy real, casi administrativo: si se toman decisiones solo mirando el último pico o el último valle, se puede confundir una reacción puntual con una oportunidad sostenida. Y el mar, cuando se equivoca quien manda las cuotas, no pide permiso para corregir la factura.

Olas de calor y confort térmico: el mar se sale de talla

El estudio explica que las olas de calor marinas no afectan a todos los peces por igual. La clave está en algo que cualquiera entiende si piensa en ropa: la zona de confort térmico, el rango de temperatura ideal en el que una especie crece y se desarrolla mejor. Cuando el agua se sale de esa “talla”, el rendimiento biológico cae, la supervivencia se complica y la biomasa puede resentirse con fuerza. En zonas que ya son cálidas, una ola de calor puede empujar a las poblaciones más allá del límite superior de su confort y ahí el golpe es duro.

En ese contexto, Chaikin lanza un aviso que va directo a la gestión: el calentamiento del océano no es solo un problema ecológico; también es un problema de interpretación. Un mismo fenómeno —un calentón marino— puede hundir poblaciones en un punto y elevar otras en otro. Si se mira únicamente el lado “bonito”, la sensación es de premio; si se mira la película completa, se ve que el premio dura poco y que el coste llega después, a veces con intereses.

El investigador de la Universidad Nacional de Colombia Juan David González Trujillo introduce otra distinción fundamental, muy útil para no mezclar cosas: no es lo mismo una fluctuación meteorológica a corto plazo, capaz de variar drásticamente, que el calentamiento crónico, que ejerce una presión negativa constante sobre las poblaciones en el Mediterráneo, el Atlántico Norte y el Pacífico nororiental. Dicho sin solemnidad: el “día raro” existe, pero el “nuevo normal” aprieta todos los días, y eso cambia cómo se debe leer cualquier subidón puntual.

El espejismo del 176% y el golpe del 43,4%

Cuando una ola de calor empuja a peces de aguas ya cálidas más allá de su zona de confort térmico, la biomasa puede desplomarse hasta un 43,4%. Es un descenso que, en términos de ecosistema, se siente como si alguien retirara de golpe una parte importante de la estructura, dejando huecos que no se rellenan por arte de magia. En cambio, las poblaciones de zonas más frías pueden prosperar temporalmente con el ascenso de temperaturas y aumentar su biomasa hasta un 176%. A primera vista suena a “buena noticia”; en realidad es una luz intermitente.

Chaikin advierte que esos aumentos en aguas frías suelen ser transitorios. Si los gestores aumentan las cuotas basándose en esa subida provocada por una ola de calor, corren el riesgo de empujar a la población al borde justo cuando las temperaturas vuelven a su patrón o cuando el calentamiento a largo plazo se impone. Es el tipo de error que se comete cuando se confunde una racha con una tendencia, y el mar castiga ese error con una rapidez que no se parece a la burocracia: la población cae y, cuando se quiere reaccionar, ya se está a contrarreloj.

El mensaje que queda, sin subrayados grandilocuentes, es que el calentamiento del océano introduce volatilidad y, al mismo tiempo, introduce desgaste. Volatilidad por los picos y valles que generan las olas de calor; desgaste por la presión continua del calentamiento crónico. Un sistema así se vuelve menos predecible, y cuando se vuelve menos predecible, cualquier gestión basada en “lo que funcionó siempre” empieza a hacer aguas.

Cuotas en la era del termómetro: por qué la pesca se complica

La investigación sostiene que el enfoque tradicional de la gestión pesquera ya no se ajusta al ritmo del cambio climático. No porque haya desaparecido la necesidad de reglas, sino porque el escenario se está moviendo mientras las reglas siguen atadas al suelo. Los autores proponen un marco en tres niveles que combina respuesta rápida, planificación a largo plazo y cooperación internacional. La idea tiene lógica inmediata: si hay olas de calor, hacen falta reflejos; si hay calentamiento crónico, hace falta estrategia; si las especies se desplazan, hace falta coordinación entre países.

Ese desplazamiento es casi inevitable. Las especies tratan de permanecer dentro de su zona de confort térmico, y para hacerlo cruzan fronteras. Un pez no “migra” por capricho diplomático; se desplaza porque la temperatura le empuja, porque su fisiología le marca el camino. La consecuencia es política, económica y ecológica: si una población se desplaza de forma sostenida, cambian las presiones de pesca, cambian los conflictos por cuotas y cambian los incentivos para explotar lo que parece un recurso “nuevo” cuando, en realidad, es el mismo recurso moviéndose.

En ese choque entre biología y administración, el MNCN-CSIC Miguel Bastos Araújo insiste en la necesidad de equilibrar “con extrema cautela” los aumentos localizados con los descensos a largo plazo para evitar la sobreexplotación. Subraya que la única estrategia viable frente al calentamiento del océano es priorizar la resiliencia a largo plazo y planificar el descenso de biomasa que se espera ante un mar cada vez más cálido. Es una forma sobria de decir algo que, en muchos despachos, cuesta admitir: habrá que gestionar pensando en menos, no en más, incluso cuando un pico puntual invite a lo contrario.

Aquí se ve el filo del asunto: un incremento puntual de biomasa en un borde frío puede tentar a subir la presión pesquera justo en el peor momento, porque ese incremento no es una “nueva normalidad”, es una respuesta momentánea a una perturbación. Si se aprieta la tuerca cuando el sistema está inflado por un episodio excepcional, el día que el episodio se vaya o el calentamiento crónico cierre la ventana, la tuerca ya estará demasiado apretada y la población caerá con menos margen para recuperarse.

El ejemplo de la lubina: Mediterráneo frente a bordes fríos

Entre los ejemplos citados por Chaikin, uno destaca por familiaridad y por lo que revela: la lubina del Mediterráneo. Cuando se enfrenta a una ola de calor marina, el estudio remarca que es fundamental reducir la presión pesquera, porque puede sufrir pérdidas mucho mayores que las poblaciones situadas en bordes fríos, como Galicia o Inglaterra. La escena es fácil de imaginar: el Mediterráneo, ya cálido, recibe un empujón extra; la lubina se queda sin “aire térmico” para seguir funcionando igual. En un borde frío, la misma subida puede parecer una ventaja, al menos por un tiempo.

Pero ahí está el detalle que desmonta el optimismo rápido: esas ganancias de los bordes fríos también son transitorias y desaparecen con el calentamiento de los océanos a largo plazo. No representan una oportunidad de “captura sostenible” si se interpretan como una tendencia estable. Son, más bien, una señal de que el sistema está cambiando de lugar, como si un barrio empezara a llenarse de gente porque otro se vuelve inhabitable; el movimiento puede dar sensación de abundancia en un punto, pero nace de una pérdida en otro y se sostiene sobre un desequilibrio.

Este ejemplo también sirve para entender por qué los autores insisten en un marco que combine rapidez y prudencia. La rapidez entra cuando llega la ola de calor y la población cálida se desploma: hay que reaccionar. La prudencia entra cuando el borde frío “sube”: hay que resistir la tentación de convertir una subida puntual en una fiesta de cuotas. Y, en el medio, está el calentamiento crónico, que funciona como un reloj que no se detiene y que, con el tiempo, reduce la comodidad térmica de todos, incluidos los supuestos ganadores de hoy.

Si se baja al terreno, lo que se plantea es casi un cambio de mentalidad: dejar de tratar el mar como un almacén estable y empezar a tratarlo como un sistema en desplazamiento, con episodios extremos y con una deriva de fondo. Es una diferencia pequeña en palabras, enorme en consecuencias.

Un mar que cruza fronteras: acuerdos, cautela y futuro inmediato

La conclusión operativa del estudio es clara, aunque no sea cómoda: los recursos pesqueros no pueden regularse atendiendo solo al ascenso o al descenso puntual de la biomasa causado por una ola de calor marina. La imagen que deja el trabajo es la de un océano que calienta por dos vías a la vez: por golpes y por goteo. Y cuando el goteo se convierte en corriente, las decisiones basadas en el corto plazo se vuelven más peligrosas, porque el suelo ya no está en el mismo sitio.

Los autores advierten de algo que, dicho en voz baja, suena a realidad política: si las especies cruzan fronteras para seguir su confort térmico, la conservación y la gestión necesitan coordinación internacional y acuerdos de gestión conjunta. De lo contrario, cada país tenderá a responder como si el cambio fuese local y como si el recurso fuese “nuevo”, y ese enfoque choca con la biología de poblaciones que se desplazan por temperatura, no por conveniencia.

En el centro de todo queda el mismo dato duro: el calentamiento crónico ejerce una presión negativa constante sobre las poblaciones de peces estudiadas, en el Mediterráneo, el Atlántico Norte y el Pacífico nororiental, y esa presión se traduce en una caída cercana al 20% anual en la biomasa medida en arrastre. Se puede discutir cómo se ajustan cuotas, cómo se reparten esfuerzos, cómo se coordinan países; lo que no se puede discutir ya es que el termómetro está entrando en la ecuación con una fuerza nueva.

Y queda, también, una lección que no necesita adornos: si un episodio extremo dispara la biomasa en aguas frías, ese pico puede ser una trampa si se convierte en permiso para pescar más. Si una ola de calor hunde una población cálida, ignorarlo y seguir como siempre acelera el daño. Entre ambos extremos, la palabra que repiten los investigadores —cautela— no es un consejo vago, es una condición para no confundir señales y para no hipotecar poblaciones por una lectura ansiosa del dato más reciente. En un océano más caliente, el margen se estrecha; y cuando el margen se estrecha, cualquier error pesa el doble.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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