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Naturaleza

¿Tiembla Granada otra vez? Así late la España sísmica

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Tiembla Granada otra vez

Terremoto 3,3 en Jayena sentido en Granada: qué revela el mapa sísmico español, seísmos históricos y zonas con más temblores; datos reales…!

Granada ha vuelto a notar el golpe corto, ese vaivén que dura lo que un suspiro pero te deja el cuerpo en alerta. A las 11:12:48 de este miércoles 25 de febrero de 2026, el Instituto Geográfico Nacional registró un terremoto con epicentro al este de Jayena, en la provincia de Granada, con magnitud 3,3 mbLg e intensidad máxima estimada III–IV, un rango típico de temblor claramente percibido en interiores, sin que eso implique, por sí solo, daños.

En la capital y en el área metropolitana, el comentario se repitió con distintos acentos y la misma idea: “se ha movido todo”. El temblor se sintió en puntos del Cinturón y hacia el Valle de Lecrín, y una de las claves fue su carácter muy superficial, que suele amplificar la sensación aunque la magnitud sea moderada. En estimaciones difundidas en las primeras crónicas locales se habló de una profundidad en torno a 5 kilómetros, compatible con ese “latigazo” breve que se nota en muebles, persianas y cristales.

Jayena a las 11:12: el parte del seísmo que se notó en Granada

El dato frío —hora, coordenadas, magnitud— tiene su propia vida, pero en terremotos como este lo que manda es la combinación: cercanía, poca profundidad y una provincia acostumbrada a escuchar el subsuelo. El epicentro quedó situado en el entorno de Jayena, una zona ligada al pantano de los Bermejales y al corredor natural que conecta con el Valle de Lecrín, donde la actividad sísmica es un viejo conocido. Ese “viejo conocido” no siempre salta a la conversación: la mayoría de los sismos son pequeños, discretos, casi de laboratorio; el de hoy se coló porque fue lo bastante fuerte y lo bastante somero como para convertirse en escena cotidiana, con lámparas haciendo de metrónomo y el típico segundo de silencio después, como si la casa esperara un remate que no llega.

En la práctica, un III–IV de intensidad se traduce en un temblor que muchas personas notan, sobre todo en reposo, y que puede mover objetos ligeros. En edificios, la vibración se transmite con matices: hay viviendas donde se percibe como un empujón lateral, otras donde parece una sacudida vertical, y también influye el propio edificio, su altura, su rigidez, su forma de “responder”. La ciudad, sin querer, se convierte en instrumento: la onda pasa y cada estructura suena a su manera, con un golpe sordo, un tintineo, un crujido que asusta más por inesperado que por peligroso.

La letra pequeña: por qué unas cifras cambian y otras no

En estas primeras horas es habitual ver variaciones entre 3,2 y 3,3, o profundidades que pasan de “casi cero” a unos pocos kilómetros. No es capricho: los centros de cálculo trabajan con datos que llegan en cascada, estaciones que registran ondas con tiempos distintos, y el modelo se afina. Lo esencial suele mantenerse: dónde, cuándo y qué tamaño aproximado tuvo el sismo. Hoy, el núcleo de la historia es estable: Jayena, 11:12, un temblor moderado y sentido, sin noticias de daños relevantes en el momento en que se consolidó el parte público inicial.

Además, el propio registro del IGN reflejaba que el día venía con actividad menor en el entorno: se localizó otro movimiento en la provincia, al suroeste de Íllora, de magnitud baja, de esos que raramente salen del circuito técnico. Esto también encaja con la realidad granadina: muchos pequeños, pocos que se sienten, y muy pocos que generan impactos serios. Que se note uno de 3 y pico no significa que “esté pasando algo raro”; significa, más bien, que la provincia está donde está, en una zona geológica con costuras activas.

Granada, Valle de Lecrín y el Cinturón: la costura que no deja de moverse

La pregunta que se hace mucha gente —sin decirla en voz alta, porque suena a superstición— es por qué Granada parece vivir con el sismógrafo encendido. La respuesta es menos misteriosa de lo que parece y, a la vez, más compleja: Andalucía oriental está atravesada por un sistema de fallas y estructuras ligado a las Cordilleras Béticas y al contexto del mar de Alborán, una región donde las tensiones entre grandes placas y microbloques se reparten como en un mosaico. No hay una sola “gran falla” que explique todo, sino muchas piezas que se ajustan con movimientos pequeños y, de vez en cuando, con sacudidas que se notan.

El Valle de Lecrín tiene, además, un componente de geografía humana que cuenta: pueblos relativamente cercanos entre sí, una conexión rápida con la capital, y una memoria reciente de episodios de actividad sísmica que hicieron que la palabra “enjambre” dejara de ser cosa de abejas. Cuando la zona acumula temblores durante días, la percepción cambia; incluso en un evento aislado, el recuerdo hace el resto. Un 3,3, en un lugar sin historial, sería una anécdota; en Granada se convierte en conversación inmediata, con localizaciones, sensaciones comparadas, “a mí me ha pillado en la oficina”, “yo estaba en el coche y ni me he enterado”.

También influye el suelo, y esto no es poesía: hay zonas donde las características del terreno pueden amplificar la vibración. La misma energía, a la misma distancia, se siente diferente si el subsuelo es más rígido o más blando, si hay sedimentos, si el edificio está sobre una zona que “resuena”. Por eso, en un mismo temblor, hay quien lo vive como una sacudida clara y quien se entera por el grupo de WhatsApp. La sismología mide el evento; la ciudad lo interpreta, barrio a barrio, planta a planta.

Andalucía en febrero: un mes con el subsuelo inquieto

El temblor de Jayena llega, además, en un contexto de actividad reciente en distintos puntos del sur. Hace apenas unos días, el sureste ya venía de hablar de un terremoto más notable en la región, y en paralelo se ha seguido de cerca una serie de movimientos de baja magnitud en el eje occidental andaluz, entre áreas de Cádiz y Málaga. No es una “ola” única, ni un fenómeno con un solo origen, pero sí recuerda algo básico: Andalucía no tiembla solo en un sitio, tiembla en varios, con intensidades distintas y con ritmos diferentes.

En ese mapa de febrero, hay un elemento interesante: cuando el IGN detecta una secuencia con muchos eventos pequeños en una zona concreta, puede reforzar la vigilancia instalando estaciones portátiles, una forma de escuchar mejor el subsuelo, afinar localizaciones y mejorar el diagnóstico. En semanas recientes, en el entorno de la Sierra de Grazalema y hacia la costa de Estepona se habló de más de un centenar de terremotos de baja magnitud, con una parte de ellos sentidos, y con medidas de monitorización reforzada. Ese tipo de despliegues no significa “alarma”, significa más precisión: más orejas, mejor mapa, menos ruido en la interpretación.

Y aquí aparece otra pieza clave: la convivencia con el temblor pequeño puede distorsionar la percepción pública. Si una zona encadena sismos leves, cada uno parece “otro más” y se suma a la idea de que la tierra está especialmente activa. En realidad, en regiones sísmicas moderadas, el suelo se mueve mucho más de lo que se cuenta; lo que cambia es el umbral de atención. Granada lo vive con una particularidad: su historial reciente hace que el umbral sea bajo. Un 2,7 en otro sitio pasa; en Granada se pregunta.

La España que tiembla: el mapa real, sin mitos

España es un país sísmico, con una sismicidad moderada en comparación con las grandes potencias del terremoto, pero sismico al fin y al cabo. La franja que más concentra actividad y peligro potencial se dibuja con claridad en el sur y sureste, desde el golfo de Cádiz y el entorno atlántico suroccidental hasta el mar de Alborán, siguiendo por Andalucía oriental, Murcia y partes de la Comunidad Valenciana, con Alicante como nombre que aparece una y otra vez en la historia. Esta es la zona donde el suelo “ajusta” con más frecuencia, donde los terremotos pequeños son habituales y donde un evento moderado puede ser muy sentido si es superficial.

Eso no significa que el resto sea un desierto sísmico. Hay actividad en los Pirineos, con su propia dinámica, y también se registran terremotos en el noroeste y en el interior, normalmente más discretos y menos dañinos. La diferencia está en el nivel de peligrosidad y en la probabilidad de que un terremoto cause daños significativos. En ese cálculo entra un concepto que suena técnico pero es simple: peligrosidad es la probabilidad de que el suelo experimente un determinado nivel de sacudida en un tiempo largo. España trabaja con mapas que estiman, por ejemplo, aceleraciones del terreno asociadas a periodos de retorno como el de 475 años, una referencia habitual en ingeniería porque conecta con la probabilidad de excedencia en varias décadas.

En Canarias, el relato es distinto porque conviven la sismicidad tectónica con la volcánica. Allí, un enjambre puede tener relación con movimientos de magma o con reajustes internos del edificio volcánico, y por eso el seguimiento y la lectura del fenómeno son específicos. Península y archipiélago comparten la palabra “terremoto”, pero no siempre el mismo guion.

En medio de ese mapa, hay un dato que pone a España en su sitio real, lejos del tópico del “aquí no pasa”: el IGN ha venido registrando miles de terremotos al año. En 2025 se contabilizaron 7.987 en el área de la Península Ibérica y alrededores, y 199 fueron sentidos por la población; en 2024 se registraron 6.824, con 221 sentidos. La diferencia entre “registrado” y “sentido” es la vida misma: la mayoría de los temblores existen, pero no llegan al cuerpo.

Terremotos que dejaron huella: fechas, lugares y cicatrices

Cuando se habla de sismicidad en España, la historia no es un adorno: es una herramienta para entender el riesgo. El gran hito, por impacto y por memoria, es el terremoto del 1 de noviembre de 1755, asociado al suroeste del cabo de San Vicente, que alcanzó intensidad extrema en la región y se vinculó a un tsunami que golpeó la fachada atlántica. Es el episodio que explica por qué, cuando se habla de tsunamis en Cádiz o Huelva, aparece siempre la misma fecha como una sombra larga.

En el siglo XIX, el sureste dejó dos páginas gruesas. El terremoto de Torrevieja de 1829, con intensidades muy altas, obligó a reconstrucciones profundas en la zona; y el de Arenas del Rey de 1884, en Granada, es un nombre propio del desastre: miles de edificios destruidos o dañados, comarcas enteras marcadas, y una lección brutal sobre vulnerabilidad en tiempos de construcción frágil. No es casualidad que estos eventos sigan apareciendo en catálogos oficiales de terremotos relevantes: son el recordatorio de que, aunque lo habitual sea el temblor pequeño, el golpe grande existe en el archivo.

Granada, además, tiene su propio álbum de episodios: el terremoto de Pinos Puente de 1806, con daños considerables en el área, forma parte de esa cronología que muchos desconocen; y ya en el siglo XX aparece el evento profundo asociado a Dúrcal (1954), con una profundidad excepcional, un tipo de terremoto que se siente de otra manera y que habla de procesos distintos, más ligados a estructuras profundas que a fallas superficiales cercanas. Dos años después, Albolote (1956) dejó daños relevantes en viviendas y un retrato claro de cómo un terremoto de magnitud relativamente contenida puede impactar con fuerza si ocurre cerca y poco profundo.

En tiempos más recientes, hay un nombre que cambió la conversación: Lorca, 11 de mayo de 2011, magnitud 5,1, nueve víctimas mortales y una intensidad máxima que alcanzó niveles altos en la escala macrosísmica europea. Lorca fue el recordatorio moderno de lo que significa un terremoto superficial en un entorno urbano, y también un punto de inflexión para hablar de normativa, rehabilitación y planes de emergencia sin sonar a teoría.

Magnitud, intensidad y normativa: lo que explica el susto

En cuanto tiembla, aparece el viejo fantasma de la “escala Richter”. Hoy, sin embargo, los informes oficiales suelen usar tipos de magnitud adaptados al rango y a la región. En el caso de Jayena, el IGN publicó mbLg, una magnitud útil para eventos regionales moderados. Aun así, más que pelearse con siglas, conviene entender la diferencia que de verdad cambia la conversación: magnitud es el tamaño del terremoto como evento, una estimación de energía liberada; intensidad es el efecto observado en cada lugar, lo que se mueve, lo que cae, lo que se agrieta. Por eso un mismo terremoto tiene una magnitud, pero puede tener intensidades distintas según el municipio, el barrio o incluso el edificio.

La profundidad es la tercera pata del taburete. Un sismo pequeño y muy superficial, cerca, puede sentirse “más” que uno mayor pero profundo y lejos. Granada, con el temblor de hoy, volvió a ver ese fenómeno en directo: una magnitud en torno a 3,2–3,3, pero una sacudida perceptible y comentada en cadena.

Y luego está el plano menos visible, el de la construcción. España cuenta con normativa sismorresistente en edificación, con la NCSE-02 como referencia histórica y con conexiones con el Eurocódigo 8 a través de sus anexos y criterios nacionales. Esto no convierte automáticamente cada edificio en una roca, ni borra el riesgo en barrios antiguos o en viviendas con patologías, pero fija una idea estructural importante: el objetivo no es que “no pase nada”, sino que los edificios tengan capacidad de resistir sin colapsar y protejan vidas. El terremoto, en muchos casos, no se mide solo en grietas; se mide en qué queda en pie y cómo.

Aquí entra un matiz que suele olvidarse en la conversación rápida: gran parte del parque inmobiliario español es anterior a normas modernas, y la vulnerabilidad depende de la época, del mantenimiento, de reformas, de materiales, de pequeñas chapuzas acumuladas. En un país donde lo sísmico se percibe como “cosa del sur” y, aun así, se construyó mucho durante décadas con prioridades distintas, hablar de resistencia es hablar también de rehabilitación, de control, de inspección y de cultura técnica cotidiana, no de titulares de un solo día.

Granada vuelve al mapa, España nunca se fue

El terremoto de Jayena, por sí mismo, no reescribe la historia, pero la subraya con rotulador. Granada está en una zona activa, donde los temblores leves forman parte del paisaje geológico y donde, de vez en cuando, un sismo moderado recuerda que el suelo está vivo. La noticia de hoy se sostiene en hechos claros: hora, epicentro, magnitud, intensidad, percepción en la capital y el Cinturón. Y alrededor de ese núcleo aparece lo importante, lo útil, lo que da contexto sin inflar nada: Andalucía acumula actividad en distintos puntos, España registra miles de terremotos al año aunque solo una parte se sienta, y la historia del país incluye episodios severos que no conviene tratar como leyendas lejanas.

Queda, además, una lección silenciosa que no necesita dramatismo: la sismicidad española no se explica con un único titular, sino con una realidad continua, una especie de tecleo bajo los pies que casi siempre es suave y que, cuando se hace audible, obliga a mirar el mapa completo. Granada lo ha oído hoy, otra vez, a las 11:12. Y el mapa —con Jayena, el Valle de Lecrín, el Alborán, el Levante, el Atlántico suroccidental y Canarias— estaba ahí antes del temblor y seguirá ahí después, esperando el próximo ajuste.


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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: IGN, BOE, Protección Civil, Protección Civil Málaga, IGN (serie Granada 2021), El País, Ministerio de Transportes.

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