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¿Habrá represalia francesa por el ataque en Líbano?

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un soldado del ejercito francés

Líbano arde entre treguas frágiles, ataques y presión internacional: qué ocurrió, qué busca Israel y por qué Francia mide cada paso

La respuesta más sobria, y también la más útil, es esta: sí, un militar francés de la misión de paz de la ONU en el sur de Líbano ha muerto este 18 de abril en una emboscada, con otros tres compañeros heridos, y tanto París como la propia UNIFIL señalan de entrada a Hezbolá como probable responsable. Pero no hay señales de una represalia militar francesa inmediata al estilo de una operación autónoma, ni de que Francia vaya a abrir por su cuenta otro frente en Oriente Medio; lo que ha exigido Emmanuel Macron, de momento, es que las autoridades libanesas identifiquen, arresten y procesen a los responsables, además de garantizar la seguridad de los cascos azules.

La situación real sobre el terreno es menos cinematográfica y bastante más peligrosa: hay un alto el fuego de diez días en vigor desde el 16 de abril entre Israel y Líbano, negociado con mediación estadounidense, pero el pacto deja agujeros serios. Israel mantiene tropas en el sur libanés, conserva margen para actuar en nombre de la “autodefensa” y no está obligado en ese texto a retirarse ya; Hezbolá, por su parte, ha dejado de disparar desde que entró la tregua, pero no ha bendecido el acuerdo y sostiene que la presencia militar israelí en suelo libanés da derecho a resistir. Dicho en limpio: la guerra ha bajado de volumen, no ha terminado.

Lo que ha pasado de verdad en el sur libanés

El episodio que ha disparado todas las alarmas no se produjo en un gran bombardeo con titulares de guerra total, sino en algo todavía más inquietante por su significado: una patrulla francesa de la UNIFIL estaba despejando una carretera para llegar a un puesto aislado por los combates cuando fue emboscada cerca de Ghandouriyeh, en el sur de Líbano. El militar muerto, identificado por Macron como Florian Montorio, cayó por disparos de arma ligera a muy corta distancia; dos de los heridos están graves. Es decir, no fue una baja colateral en medio del humo, sino un ataque directo contra una fuerza internacional desplegada precisamente para evitar que la frontera se convierta en una cerilla.

Eso importa mucho más de lo que parece. Atacar a la UNIFIL no solo complica la seguridad del sur de Líbano; también internacionaliza todavía más un conflicto que ya venía contaminado por la guerra regional abierta tras el choque entre Estados Unidos, Israel e Irán. Francia no es un actor cualquiera en ese tablero: tiene soldados sobre el terreno, una larga implicación política en Líbano y capacidad para mover presión diplomática en la ONU y en la UE. Por eso la muerte de un casco azul francés no equivale, automáticamente, a una declaración de guerra, pero sí coloca el conflicto un escalón más arriba, en un punto donde cada disparo empieza a resonar en varias capitales a la vez.

Cómo se llegó hasta este punto

La cronología reciente ayuda a quitar dramatismo sobrante y a dejar solo el drama de verdad. Esta fase de la guerra arrancó el 2 de marzo, cuando Hezbolá abrió fuego contra Israel en apoyo de Irán, en medio del conflicto más amplio desencadenado tras los ataques de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní. A partir de ahí, Israel intensificó sus ataques aéreos, abrió y amplió operaciones terrestres en el sur de Líbano y el Gobierno libanés endureció su posición interna frente al brazo militar de Hezbolá. Lo que era un frente fronterizo de desgaste pasó a convertirse, en pocas semanas, en una campaña con lógica de ocupación táctica y con la población civil atrapada en medio.

Israel dejó bastante claro, además, cuál era su objetivo militar inmediato: empujar y vaciar la franja al sur del Litani, destruir infraestructura, afianzar una zona colchón y negar a Hezbolá la capacidad de volver a disparar con comodidad sobre el norte israelí. Sus fuerzas han levantado fortificaciones, demolido viviendas en pueblos evacuados y hablado sin demasiados rodeos de controlar la “zona de seguridad” hasta el Litani. No suena a conquista completa del país, no todavía; suena a otra cosa, más gris y más conocida en la historia de la zona: ocupación parcial, prolongada, justificada como cinturón defensivo.

Las últimas semanas, día a día, sin niebla

El final de marzo ya venía cargado. El 30 y el 31 de marzo murieron tres cascos azules indonesios en incidentes distintos, uno por un proyectil cerca de una posición y dos por una explosión en carretera atribuida de forma preliminar a un artefacto explosivo improvisado. Aquello ya era un aviso muy serio: la fuerza de paz estaba dejando de ser testigo armado para convertirse en blanco.

Luego llegó la semana que terminó de romper el decorado. El 5 de abril hubo bombardeos israelíes en Kfarhata y en un barrio de Beirut con muertos y decenas de heridos. El 8 de abril se produjo uno de los golpes más duros de toda esta fase bélica: el balance inicial hablaba de 89 muertos y 700 heridos en ataques israelíes a lo largo del país, y balances posteriores elevaron la factura por encima de 250 muertos y más de 1.100 heridos. En paralelo, decenas de países empezaron a denunciar en la ONU el deterioro humanitario, las bajas entre cascos azules y el riesgo de que el sur de Líbano se convirtiera en una trituradora para civiles, ayuda humanitaria y diplomacia.

El 15 de abril, con Washington apretando, Israel empezó a discutir un alto el fuego mientras seguía golpeando posiciones de Hezbolá y reforzando la zona de seguridad. El 16 de abril entró en vigor una tregua de diez días entre Israel y Líbano, acompañada de una fórmula ambiciosa en el papel —hablar incluso de “paz entre los dos países”— pero muy coja en el terreno: no obliga a Israel a salir del sur, no resuelve el desarme de Hezbolá y no cierra del todo la puerta a nuevas acciones militares israelíes bajo la etiqueta de autodefensa. Veinticuatro horas después de empezar la tregua, un soldado francés caía en una emboscada. En Oriente Medio, a veces una tregua dura menos que la tinta con la que se firma.

El coste humano, que es donde todo deja de ser geopolítica

Líbano llega a este punto exhausto. El Ministerio de Salud libanés sitúa en 2.294 los muertos entre el 2 de marzo y la entrada en vigor del alto el fuego, incluidos 177 niños y 274 mujeres. A eso se suman más de 400 combatientes de Hezbolá muertos, aunque el grupo no ha dado una cifra oficial cerrada. Del lado israelí, el balance apunta a dos civiles muertos por fuego de Hezbolá y 13 soldados israelíes fallecidos en la campaña dentro de Líbano. Cuando alguien diga que esto es un “intercambio” o una “escalada limitada”, conviene recordar que esas expresiones suelen sonar muy limpias desde un despacho y bastante obscenas cuando se aplican a familias enterradas bajo hormigón.

El desplazamiento masivo cuenta otra parte del relato, quizá la más elocuente. Casi un cuarto de la población libanesa ha sido expulsada de sus casas durante estas seis semanas de guerra, con alrededor de 1,2 millones de desplazados. En Nabatieh, solo allí, más de 7.000 viviendas han sido destruidas o dañadas. Y aun con la tregua en marcha, decenas de miles de personas no pueden volver porque sus pueblos siguen arrasados o dentro de zonas que el ejército israelí aún controla. El mapa del sur parece una sábana rasgada: carreteras cortadas, puentes volados, barrios convertidos en esqueletos y un regreso civil que tiene algo de peregrinación y algo de ruleta rusa.

Qué busca Israel y dónde están sus límites

La ambición israelí, a la luz de sus propias declaraciones y de lo que se ve sobre el terreno, no parece ser una conquista integral de Líbano —tomar Beirut, rehacer el Estado libanés, ocupar todo el país—, sino un rediseño coercitivo del sur: expulsar a Hezbolá de la franja fronteriza, mantener una zona colchón, imponer de facto un sur desmilitarizado para el adversario y, si es posible, empujar a Beirut a asumir el desarme que no ha conseguido imponer por sí solo. Ese es el horizonte visible. Y aun así, visible no significa estable. Las zonas colchón en Oriente Medio tienen la mala costumbre de presentarse como soluciones temporales y acabar pareciéndose a una costumbre estratégica.

El límite está en que Israel tampoco tiene un cheque en blanco. Washington ha presionado para frenar la guerra en Líbano, varios países han reclamado el fin urgente de las hostilidades, y el propio acuerdo del 16 de abril abre la puerta a conversaciones directas entre Líbano e Israel, una rareza histórica. A eso se suma un factor incómodo para cualquier aventura larga: mantener tropas dentro de territorio libanés, bajo fuego latente, con la UNIFIL en medio y con Hezbolá sin rendirse ni desarmarse, puede congelar el conflicto, pero no resolverlo. Sería una victoria táctica con factura estratégica pendiente.

Hezbolá, herido pero no borrado

Hezbolá llega castigado, discutido dentro de Líbano y obligado a moverse entre la retórica de la resistencia y la realidad de un país agotado que cada vez tolera peor ser campo de batalla ajeno. Aun así, no ha aceptado el acuerdo como un actor derrotado que entrega las llaves. Ha suspendido el fuego, sí, pero insiste en que la permanencia de tropas israelíes en suelo libanés legitima la resistencia y rechaza la idea de unas negociaciones que lo dejen al margen o lo lleven directamente al desarme. Esa combinación —menos capacidad, pero suficiente capacidad; menos prestigio, pero todavía poder de bloqueo— es la clase de mezcla que no trae paz, sino intermedio.

Francia, entre la indignación y la calculadora

París tiene motivos emocionales, políticos y militares para endurecer el tono, pero no demasiados incentivos para lanzarse a una represalia unilateral. Lo que ha dicho Macron tras la muerte del soldado francés va por una vía muy concreta: atribución del ataque a Hezbolá, exigencia al Estado libanés para que actúe, protección de la UNIFIL y respeto estricto del alto el fuego. La línea francesa, por ahora, no es “vamos a responder con fuego”, sino “vamos a intentar que nadie dinamite del todo el tablero”.

Eso no significa blandura. Significa otra cosa: Francia puede endurecer sanciones, elevar la presión diplomática, reclamar responsabilidades penales y exigir cambios operativos en la protección de sus tropas. También puede empujar en la ONU una investigación más agresiva y forzar al Gobierno libanés a demostrar que no ha perdido del todo el control del sur. Lo que no se ve, a día de hoy, es un patrón de preparación para una intervención militar francesa directa en Líbano.

¿Puede haber represalias de otros países?

Sí, pero no en el sentido clásico que mucha gente imagina. Lo más probable no es una entrada militar europea en Líbano, sino una respuesta en forma de presión internacional, aislamiento político, sanciones específicas y refuerzo del mandato o de las medidas de protección de la misión de paz. Estados Unidos, Francia y otros socios europeos tienen demasiado que perder si convierten una tregua imperfecta en una guerra multinacional abierta.

Otra cosa distinta es que Israel use el ataque contra la UNIFIL y la fragilidad del alto el fuego para justificar nuevas operaciones en el sur. Ese riesgo existe. También existe el de que la muerte del soldado francés altere por completo la relación entre París y Hezbolá, incluso aunque no haya respuesta militar directa. En la región, una represalia no siempre llega con cazas y misiles; a veces llega con cierres diplomáticos, con más presión sobre el Estado libanés y con una vigilancia internacional mucho más dura.

Lo que puede pasar a partir de aquí

El escenario más probable a corto plazo no es una represalia francesa en solitario ni una conquista del Líbano, sino una combinación de tregua frágil, presión diplomática feroz y choques puntuales capaces de volver a incendiarlo todo en horas. Si el Estado libanés consigue sostener la calma, investigar el ataque y avanzar en las conversaciones abiertas con Israel, el alto el fuego puede alargarse y mutar, con muchísima dificultad, hacia un acuerdo más estable. Si no lo hace, o si Israel interpreta cualquier movimiento de Hezbolá como una amenaza inminente, el sur puede regresar rápidamente al patrón de bombardeo, demolición y ocupación parcial que se ha visto desde marzo.

Hay otro riesgo menos ruidoso y quizá más serio: que la guerra no vuelva en forma de gran estallido, sino de goteo permanente. Un soldado muerto aquí, una patrulla atacada allá, un pueblo aún vacío, una carretera que no se reabre, un dron, una respuesta, otra respuesta. Esa es la textura real de muchas guerras del sur de Líbano: no siempre explotan de golpe, a veces se quedan suspendidas, como una humedad tóxica que se mete en las paredes y ya no sale. Y en ese modelo, Francia, la ONU, Beirut, Jerusalén y Washington pueden seguir hablando de paz mientras el terreno sigue decidiendo otra cosa.

El sur que sigue sin dueño

Ahora mismo, lo más honesto es decir que no estamos ante la antesala clara de una invasión total de Líbano, pero tampoco ante un simple incidente aislado. La muerte del militar francés demuestra que la tregua es porosa, que la UNIFIL está expuesta y que el sur libanés continúa siendo una tierra donde nadie manda del todo y todos pueden arruinarlo todo. Israel parece orientado a consolidar una franja de seguridad; Hezbolá no acepta desaparecer del mapa; Francia quiere castigo y contención, no una guerra propia; y el Estado libanés intenta demostrar, quizá por primera vez en mucho tiempo, que todavía puede hablar en nombre de su propio territorio.

Entre esas cuatro verdades se juega lo que venga después. Y ninguna invita a dormir tranquilo.

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