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¿De qué murió Nadia Farès en París? Lo que se sabe

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De qué murió Nadia Farès

La muerte de Nadia Farès en París deja un caso lleno de dudas, un pasado brillante y varias hipótesis que agitan al cine francés.

Nadia Farès murió el viernes 17 de abril en el hospital de La Pitié-Salpêtrière, en París, seis días después de ser rescatada inconsciente del fondo de la piscina de un club privado de la rue Blanche, en el distrito IX de la capital francesa. Lo que está confirmado hasta este momento apunta a un incidente cardiaco sufrido mientras nadaba, seguido de un ahogamiento y de una semana en coma. Sus hijas, Cylia y Shana Chasman, comunicaron la muerte y pidieron respeto y discreción durante el duelo.

Eso reduce bastante el campo de juego. No hay, a esta hora, una versión oficial que hable de agresión, sabotaje o intervención de terceros. Tampoco se ha hecho público un informe clínico detallado que cierre con una fórmula rotunda la causa final de la muerte más allá del “incidente cardiaco” citado por la familia. La justicia francesa abrió una investigación para aclarar las causas de las lesiones, pero añadió que no se había detectado ninguna infracción en este punto. En paralelo, varios medios franceses sitúan la hipótesis principal en un malestar de origen médico, probablemente cardiaco, previo a la inmersión o producido ya en el agua.

La secuencia del accidente, casi minuto a minuto

La escena, por lo que ha trascendido en la prensa francesa, fue tan aparatosa como muda, que es como suelen ser las tragedias en una piscina. Farès estaba nadando en el club Blanche, un establecimiento muy exclusivo situado en la zona de Blanche-Montmartre, cuando fue vista en el fondo del vaso por varias personas. La sacaron del agua inconsciente, hubo maniobras de reanimación primero en el lugar y después intervención de los bomberos, y finalmente fue trasladada al hospital en estado crítico. Según ha trascendido, permaneció varios minutos bajo el agua antes de ser advertida, un dato que ayuda a entender la extrema gravedad neurológica y cardiorrespiratoria del cuadro desde el primer momento.

La cronología esencial, por tanto, está bastante asentada. El accidente se produjo el 11 de abril en la piscina del club de la rue Blanche; durante los días siguientes, la actriz permaneció ingresada y en coma; el fallecimiento fue anunciado la noche del 17 de abril. Entre una fecha y otra se instaló esa clase de silencio espeso que acompaña a los casos graves cuando el mundo del espectáculo espera un milagro y la medicina, en cambio, ya habla en voz baja. París se enteró primero del accidente. Después llegó la peor noticia.

La pista médica gana peso, pero no todo está cerrado

El punto delicado del caso está aquí. Los medios franceses no están manejando todas las versiones al mismo nivel. La línea que ha ganado fuerza no es la criminal ni la de un fallo externo ya acreditado, sino la médica. La investigación se orienta hacia esa pista y la tesis privilegiada es la de un malestar cardiaco. La diferencia parece menor, pero no lo es: una cosa es decir que murió ahogada sin más; otra, mucho más precisa, es que un episodio cardiaco pudo desencadenar la pérdida de consciencia que terminó en el fondo de la piscina.

Ese matiz explica por qué en Francia se habla de hipótesis y no de verdad cerrada con llave. La investigación sigue abierta, y aunque el parquet de París ha dicho que no ve infracción por ahora, eso no equivale a un carpetazo absoluto sobre las circunstancias. Significa, más bien, que no hay indicios de delito en este estadio. Otra cosa es la discusión sobre el entorno del accidente. En la prensa francesa han aparecido dudas sobre la visibilidad real del espacio y sobre la vigilancia efectiva del vaso. Algunos testimonios hablan de una zona más bien oscura y de socorristas situados en un punto sin visión directa del agua. Son elementos de contexto, no una condena, pero ayudan a entender por qué el suceso abrió también preguntas incómodas sobre la supervisión en un club de lujo.

Conviene no pasarse de frenada. A día de hoy, la investigación no ha señalado al establecimiento como responsable penal ni ha atribuido la muerte a una negligencia demostrada. La línea más sólida sigue siendo la médica. El resto, de momento, pertenece a esa zona gris donde la prensa recoge dudas razonables, el público especula y los investigadores separan el ruido de los hechos. En un caso así, el detalle importa mucho: una mala iluminación no prueba una causa; la existencia de un socorrista, o su ausencia puntual, tampoco sustituye a una causa médica; y que Farès nadara habitualmente no la hacía inmune a un colapso súbito.

Los antecedentes de salud que cambiaron la lectura del caso

La hipótesis médica cobró fuerza por algo más que la intuición de los investigadores. En enero, muy poco antes del accidente, Nadia Farès había contado en una entrevista aspectos muy serios de su historial de salud que apenas se conocían. En 2007 sufrió una operación cerebral por un aneurisma importante y, además, fue sometida a tres operaciones de corazón en un periodo de cuatro años. Ella misma hablaba de esa carga física con una mezcla de crudeza y resignación, casi como quien enseña las cicatrices tarde, cuando ya no tiene ganas de posar de hierro.

Aquí, otra vez, la cautela es obligatoria. Que tuviera antecedentes cardiacos y neurológicos no permite afirmar sin más que esas dolencias causaron exactamente su muerte. Lo que sí permite es entender por qué la prensa francesa seria ha considerado verosímil la pista del malestar cardiaco y por qué el término usado por sus hijas pesa tanto. La relación entre esos antecedentes y el desenlace fatal puede ser plausible; la confirmación médico-legal completa, al menos públicamente, todavía no está desarrollada con detalle. En otras palabras: la pieza central encaja, pero el puzle no se ha enseñado entero.

Nadia Farès, mucho más que una belleza de los noventa

Reducir a Nadia Farès al accidente sería una manera bastante pobre de contar quién fue. Había nacido en Marrakech el 20 de diciembre de 1968, hija de padre marroquí y madre de origen armenio, y creció en Niza antes de trasladarse a París para abrirse paso en el mundo artístico. Empezó en pantalla a comienzos de los noventa y debutó en el cine con Les Amis de ma femme. El gran público la detectó pronto en Elles n’oublient jamais, y después fue encadenando títulos con directores muy conocidos del cine francés. Tenía algo raro, que no sale en una ficha técnica: una mezcla de elegancia y aspereza, de magnetismo clásico y filo contemporáneo. No parecía pedir permiso.

Su consagración popular llegó con Les Rivières pourpres, el thriller de Mathieu Kassovitz que la colocó frente a millones de espectadores y la asoció para siempre a una imagen de mujer enigmática, intensa, físicamente imponente. A partir de ahí entró en un terreno que a menudo devora a las actrices bellas: el de ser recordada antes por la presencia que por el trabajo. Y, sin embargo, su carrera fue bastante más amplia que esa postal. Estuvo en Nid de guêpes, en comedias y thrillers franceses, en producciones de acción anglosajonas, y más tarde regresó con fuerza a la televisión en Marseille, Les Ombres rouges y La Promesse. No fue una estrella de estridencias. Fue, más bien, una actriz de recorrido irregular pero reconocible al instante, de las que llenan un plano con solo entrar.

La prensa francesa rescató una etiqueta muy de otra época, y quizá precisamente por eso reveladora: “la Cindy Crawford francesa”. La comparación hablaba de su parecido físico, de su altura, de su fotogenia contundente, de ese tipo de belleza que en los noventa abría puertas y al mismo tiempo podía encerrar a una actriz en un escaparate. Farès jugó con esa imagen, la padeció un poco, la aprovechó cuando convenía y luego hizo lo posible por ir más allá. En entrevistas y apariciones públicas no transmitía la idea de diva congelada en su propio mito, sino la de una mujer que había corrido mucho, vivido mucho y cargado con bastante más de lo que el público imaginaba.

Del cine francés al paréntesis americano

Hay otra parte de su biografía que explica por qué su nombre seguía resultando familiar incluso cuando no estaba en primer plano. Tras sus años de mayor exposición, Farès se apartó durante un tiempo del circuito más visible y vivió en Estados Unidos con el productor Steve Chasman, con quien tuvo dos hijas. Ese paréntesis americano no fue una desaparición absoluta, pero sí una especie de retirada lateral: menos foco, más familia, otra vida. Más tarde regresó a Francia tras la separación y retomó la interpretación, ya sin la ansiedad de la carrera ascendente y con un tono más reposado, como quien vuelve a una casa conocida pero ya no necesita demostrar lo mismo.

Ese regreso tuvo algo de segunda oportunidad. En Marseille se movió con soltura en un universo de poder, cinismo y maniobra, que le sentaba bien. Después enlazó series y telefilmes que confirmaban que seguía ahí, quizá sin el estruendo de las portadas de los noventa, pero con oficio, presencia y una biografía que la cámara leía. Porque la cámara lee, vaya si lee: la cara de alguien que ha atravesado operaciones graves, una vida sentimental intensa, periodos de retirada y retornos tardíos nunca es la misma. En Farès había una dureza nueva, menos ornamental, más vivida.

El proyecto que no llegó a estrenarse

La muerte corta además un momento de reactivación creativa que en Francia se estaba observando con interés. Nadia Farès preparaba su primer largometraje como guionista y directora, una comedia de acción que, según había contado ella misma en su última entrevista, iba a rodarse en septiembre con Studios TF1. No era un capricho tardío ni una ocurrencia de actriz veterana que quiere dirigir para redondear currículo. Por cómo lo contaba, parecía una apuesta trabajada, peleada, casi cocinada a fuego lento después de muchas remesas de dudas y correcciones. Ese dato convierte su muerte en algo todavía más amarga para el mundo del cine francés: no solo se pierde una actriz reconocible, también un proyecto de autora que estaba justo en el borde de hacerse real.

Hay incluso un contraste brutal, casi literario, entre esa noticia y el accidente. En la misma etapa en la que hablaba de su futura película, Farès contaba también que nadaba cuatro veces por semana y dejaba entrever una disciplina física muy integrada en su vida cotidiana. La piscina, entonces, era parte de su rutina. No un lugar excepcional, no una escena extravagante, no el decorado de un exceso. Eso vuelve el caso todavía más perturbador: no murió en una secuencia de riesgo, ni en una noche de descontrol, ni en el cliché del escándalo. Murió en un gesto ordinario, en una costumbre, en algo tan banal como hacer largos. Y a veces las muertes más difíciles de asumir son esas, las que no traen argumento sino un corte seco.

Una muerte con datos firmes y sombras alrededor

Con los datos verificados sobre la mesa, la respuesta es esta: Nadia Farès murió en París el 17 de abril, después de pasar varios días en coma tras ser rescatada inconsciente de una piscina privada el 11 de abril. El elemento más firme sobre la causa es el “incidente cardiaco” mencionado por sus hijas; la investigación judicial no ha detectado indicios de infracción; y la prensa francesa sitúa la explicación médica, especialmente la de un posible malestar cardiaco previo al ahogamiento, como la hipótesis central. Todo lo demás debe colocarse donde corresponde: en el terreno de lo plausible, no en el de lo demostrado.

Queda, claro, la figura pública. La actriz nacida en Marrakech que creció en Niza, deslumbró en el cine francés de los noventa, se hizo inolvidable en Les Rivières pourpres, desapareció a ratos, volvió cuando quiso y estaba a punto de dar el salto a la dirección. Quedan también las pequeñas ironías crueles que acompañan ciertos obituarios: una mujer presentada tantas veces como símbolo de fuerza y belleza termina convertida en noticia por una fragilidad íntima, física, silenciosa. Y queda Francia, mirándose en ese espejo incómodo donde conviven el homenaje cultural, la investigación abierta y la sospecha de que, detrás del brillo de una vida pública, había una pelea corporal larguísima que casi nadie había visto entera hasta ahora.

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