Viajes
¿Por qué el calor amenaza el turismo de verano en España y Europa?
El calor extremo empieza a mover el mapa turístico europeo: España gana visitantes, pero julio y agosto podrían perder peso frente al norte.

El verano turístico del sur de Europa no va a desaparecer, pero puede empezar a perder su forma tradicional. La advertencia lanzada por Carsten Brzeski, economista jefe para la eurozona de ING, apunta precisamente ahí: las vacaciones concentradas en julio y agosto, con escapadas urbanas a Madrid, Barcelona o Roma bajo temperaturas extremas, podrían ir cediendo terreno frente a viajes en meses menos abrasadores y destinos del norte europeo. No mañana por la mañana, claro. Brzeski habla de un cambio progresivo que podría hacerse cada vez más visible.
La cuestión importante para España no es si los turistas dejarán súbitamente de venir. Los datos disponibles dicen exactamente lo contrario. España recibió 9,7 millones de turistas internacionales en junio de 2026, un 2,9% más que un año antes, y rozó los 46,6 millones durante el primer semestre, con un crecimiento acumulado del 4,6%. El gasto tampoco se ha encogido: alcanzó 13.579 millones de euros solamente en junio y 63.836 millones durante los seis primeros meses del año.
Lo que empieza a discutirse es algo bastante más profundo: cuándo vienen esos viajeros, qué lugares eligen y cuánto calor están dispuestos a soportar antes de cambiar una terraza mediterránea por un fiordo, una ciudad del Báltico o una semana de senderismo donde todavía hace falta una chaqueta al anochecer.
El aviso de Carsten Brzeski apunta a julio y agosto
Brzeski sitúa el punto vulnerable en los meses centrales del verano. Su planteamiento no anuncia el hundimiento del turismo español, italiano o griego, sino una progresiva redistribución de la demanda. Las escapadas urbanas son especialmente sensibles porque una ciudad monumental funciona de una manera bastante distinta cuando recorrerla significa caminar durante horas por asfalto, piedra y plazas expuestas a temperaturas próximas a los 40 grados.
Madrid y Barcelona aparecen por eso entre los ejemplos empleados por el economista. También Roma. En estos destinos el turista no pasa necesariamente la jornada bajo una sombrilla o junto a una piscina: visita museos, cruza barrios, espera transportes, come en terrazas y recorre centros históricos que pueden convertirse durante una ola de calor en auténticos acumuladores térmicos.
Brzeski considera que hoteles, restaurantes y negocios situados en espacios muy expuestos al sol pueden encontrarse entre los sectores más sensibles, particularmente cuando dependen de una temporada alta extremadamente concentrada. Su escenario contempla, en cambio, un posible aumento de los viajes durante junio, septiembre y otros momentos del año en los que el sur europeo conserva temperaturas agradables sin alcanzar los extremos estivales.
Ahí está quizá el giro más interesante. España podría recibir muchos turistas —incluso más— y, al mismo tiempo, asistir a una erosión del viejo modelo de agosto como mes casi sagrado. El calendario empezaría a ensancharse.
El calor de 2026 da contexto a la advertencia
La predicción llega después de un verano meteorológicamente anómalo. AEMET ha señalado que julio de 2026 fue, empatado con julio de 2022, el mes de julio más cálido registrado en España desde el comienzo de la serie histórica: la temperatura media alcanzó los 25,7 grados, 2,6 grados por encima de lo normal. También fue excepcionalmente seco.
El fenómeno tampoco se limita a España. Europa occidental ha sufrido durante el verano anomalías térmicas muy intensas, con sucesivos episodios de calor que han afectado especialmente a países como España y Francia y también a zonas del Reino Unido e Irlanda.
El calor extremo deja así de ser únicamente una molestia meteorológica y empieza a convertirse en una variable económica. Una familia que reserva siete días de vacaciones puede aceptar una jornada tórrida. Otra cosa es comprar vuelos y hotel sabiendo de antemano que buena parte del viaje podría desarrollarse bajo máximas de 40 o 42 grados. El aire acondicionado arregla la habitación; no enfría una avenida entera.
Brzeski sostiene que el sur europeo podría ganar visitantes durante otras épocas del año mientras pierden fuerza algunos grandes picos estivales, una transformación que afectaría sobre todo a las empresas cuya facturación depende de unas pocas semanas de máxima ocupación.
Las coolcations: vacaciones donde el verano no abrasa
Ese desplazamiento tiene nombre en la industria turística: coolcation, una mezcla inglesa de cool y vacation. En castellano, algo bastante menos sofisticado: marcharse de vacaciones donde hace fresco.
Noruega, Finlandia, Islandia, Suecia, Dinamarca, Escocia o determinadas regiones alpinas han ganado visibilidad precisamente por ofrecer lo contrario de la postal turística clásica del Mediterráneo. No prometen treinta grados, sino bosques húmedos, lagos, noches frescas, glaciares, montañas y ciudades en las que caminar a mediodía no se parece a atravesar una plancha.
La idea tampoco nació en 2026. Los estudios europeos sobre intención de viaje ya venían detectando un porcentaje creciente de turistas interesados en climas más suaves o dispuestos a evitar destinos sometidos al calor extremo. El tiempo meteorológico, antes un detalle comprobado unos días antes de meter el bañador en la maleta, empieza a intervenir mucho antes, en el momento mismo de escoger destino.
El norte gana atractivo, pero el Mediterráneo sigue mandando
Conviene no confundir una tendencia emergente con una estampida. El Mediterráneo conserva una potencia turística formidable y los datos de 2026 no muestran un abandono masivo. La demanda de viajes en Europa sigue siendo elevada y los destinos del sur continúan ocupando un lugar central en las preferencias de millones de viajeros.
Sol, playa, gastronomía, patrimonio, conexiones aéreas, una gigantesca planta hotelera y décadas de experiencia no desaparecen porque en Oslo haya veinte grados. España juega con una infraestructura turística que pocos países pueden replicar rápidamente.
Ese es también uno de los límites de las coolcations. Una pequeña localidad islandesa, una zona rural finlandesa o determinados parajes escandinavos pueden resultar extraordinariamente atractivos precisamente porque están poco congestionados. Si reciben de pronto una parte sustancial de los millones de viajeros que tradicionalmente bajan al Mediterráneo, aparece la vieja paradoja turística: el lugar buscado por su tranquilidad deja de ser tranquilo.
Brzeski advierte de esa dificultad. El norte de Europa no dispone en todas sus regiones de hoteles, transporte, restauración y capacidad aeroportuaria suficientes para absorber de golpe los volúmenes que manejan España, Italia o Grecia. Cambiar el mapa turístico europeo no consiste simplemente en mover chinchetas.
Galicia, la montaña y septiembre pueden salir beneficiados
La reorganización tampoco tendría por qué producirse únicamente entre países. España contiene varios climas dentro de sus fronteras y ahí aparece una posibilidad que Brzeski menciona expresamente: Galicia podría beneficiarse de viajeros que buscan temperaturas más moderadas.
El mismo razonamiento sirve para la cornisa cantábrica, zonas pirenaicas y otros destinos de montaña. Un verano más caliente puede convertir lugares tradicionalmente secundarios durante julio y agosto en alternativas mucho más atractivas. Lo que durante décadas se vendía casi como un inconveniente —nubes, noches frescas, posibilidad de lluvia— empieza a parecer un lujo climático cuando buena parte del continente consulta obsesivamente el termómetro.
También puede cambiar la temporada alta
Hay otro desplazamiento probablemente más importante para España que la marcha de turistas hacia Escandinavia: el calendario.
Septiembre ya ofrece en buena parte del litoral mediterráneo temperaturas propias del antiguo verano y, con frecuencia, un mar todavía cálido. Junio permite disfrutar de jornadas largas evitando algunos de los episodios más duros de julio y agosto. Mayo y octubre también amplían su atractivo en determinadas regiones.
Para hoteles, aerolíneas y restaurantes, una temporada menos concentrada podría incluso traer ventajas: instalaciones utilizadas durante más meses, empleo menos estacional y menores picos de saturación. Pero la transición no sería neutra. Un negocio que obtiene buena parte de su facturación durante seis semanas necesita algo más que cambiar el cartel de la puerta para adaptarse a una demanda repartida durante más meses.
También las ciudades tendrán que acostumbrarse. Sombra, vegetación urbana, fuentes, horarios y climatización dejan de ser únicamente políticas de bienestar para residentes; empiezan a influir en la competitividad turística. Un casco histórico precioso pierde parte de su encanto cuando tocar una barandilla metálica parece una mala idea.
Un verano europeo menos absoluto
La predicción de Carsten Brzeski todavía no es una fotografía del turismo español, sino una advertencia sobre la dirección en la que puede moverse. Los números disponibles durante 2026 muestran una industria turística fuerte: crecen las llegadas y crece todavía más el gasto. No existe, por ahora, ningún desplome provocado por el calor.
Pero sería igualmente difícil despachar las coolcations como una moda pasajera. Los viajeros empiezan a incorporar el clima a sus decisiones, Europa occidental encadena episodios de calor excepcionales y las temperaturas españolas han dejado registros históricos. Lo que parecía una rareza —buscar fresco para pasar agosto— empieza a tener una lógica bastante elemental.
El gran cambio puede ser menos cinematográfico de lo que sugiere la expresión «nuevo mapa turístico». No veremos aeropuertos mediterráneos vacíos mientras media Europa toma un ferry rumbo a los fiordos. Será algo más gradual: menos Madrid a 41 grados, más Galicia; menos agosto obligatorio, más septiembre; menos sol a cualquier precio, más confort climático.
Durante décadas el verano europeo funcionó como una brújula que señalaba obstinadamente hacia el sur. Esa aguja no se ha roto. Pero empieza, despacio, a moverse.

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