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Economía

¿Por qué EE.UU. vendió euros sin avisar al BCE y qué cambia en Europa?

EE.UU. vendió euros para comprar yenes sin avisar al BCE, una operación inédita que agrava más la tensión monetaria entre Washington y la UE.

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muchos yenes

Estados Unidos protagonizó a finales de julio una intervención monetaria tan extraña como políticamente delicada: vendió euros para comprar yenes y ayudar a Japón a sostener su moneda. Lo verdaderamente insólito no fue solo utilizar la divisa europea en lugar de dólares, sino hacerlo sin una consulta previa efectiva al Banco Central Europeo. El BCE conoció la operación cuando las transacciones ya estaban ejecutadas, según las informaciones conocidas posteriormente.

Eso no significa que Washington haya declarado una guerra al euro ni que exista, por ahora, una campaña estadounidense destinada a hundir la moneda común. Conviene enfriar esa lectura. Lo ocurrido es más preciso: el Tesoro estadounidense recurrió a sus reservas en euros para comprar yenes durante la intervención coordinada con Japón del 31 de julio de 2026, evitando vender dólares. Y ahí aparece el problema de fondo: Estados Unidos utilizó una moneda ajena en una intervención extraordinaria sin pactar previamente la operación con la autoridad monetaria de esa divisa. Una pequeña grieta técnica, sobre el papel; una grieta bastante más visible cuando se mira la política.

Estados Unidos quería salvar al yen, pero sin debilitar el dólar

El origen del movimiento está en Japón. El yen había llegado a 163,99 unidades por dólar, su peor nivel en cuatro décadas, castigado por las diferencias de tipos de interés, la inflación importada y una larga presión vendedora. Tokio decidió intervenir comprando su propia moneda y, esta vez, Washington se sumó a la operación. El Ministerio de Finanzas japonés confirmó después oficialmente que la actuación del 31 de julio se realizó en coordinación con el Departamento del Tesoro de Estados Unidos para frenar movimientos considerados excesivos y desordenados.

Lo normal habría sido que Estados Unidos comprase yenes vendiendo dólares. Pero hizo otra cosa: vendió euros. Analistas de divisas interpretaron la elección como una manera de ayudar a Japón sin transmitir al mercado que Washington pretendía abaratar deliberadamente su propia moneda. Con una inflación estadounidense todavía incómoda, un dólar más débil puede encarecer las importaciones y complicar la política monetaria. De modo que el euro apareció como invitado involuntario a una fiesta organizada por otros.

La operación fue ejecutada por la Reserva Federal de Nueva York por cuenta del Tesoro estadounidense. El tamaño exacto de la parte norteamericana no se ha hecho público oficialmente. Algunas estimaciones la sitúan entre 5.000 y 10.000 millones de dólares, claramente por debajo de la intervención japonesa, que movió decenas de miles de millones. Las autoridades estadounidenses tenían, además, alrededor de 26.000 millones de euros disponibles para operaciones de este tipo entre sus reservas correspondientes.

El BCE se enteró después y ahí empezó el verdadero conflicto

La primera información sobre la intervención sugería contactos entre las autoridades estadounidenses y europeas. Los detalles conocidos días después dibujaron una situación bastante menos coordinada: el BCE fue informado después de que la venta de euros estuviera ejecutada. Christine Lagarde y el secretario del Tesoro, Scott Bessent, hablaron posteriormente sobre lo sucedido.

No estamos ante un simple detalle protocolario. Las intervenciones en los mercados de divisas entre grandes economías occidentales han descansado tradicionalmente en cierta coordinación entre bancos centrales y ministerios de Finanzas. No porque cada compraventa de euros necesite permiso de Frankfurt —obviamente no—, sino porque una intervención oficial de otro Estado tiene una naturaleza distinta a la operación cotidiana de un fondo, un banco o una empresa.

Algunos responsables del BCE consideraron que el procedimiento estadounidense rompía convenciones históricas de cooperación monetaria. Washington respondió con aspereza. Un alto funcionario de la Administración Trump aseguró que Estados Unidos respetaba la confidencialidad de sus conversaciones privadas con socios internacionales, «a diferencia del BCE». La frase añadió combustible político a lo que hasta entonces podía haberse presentado como una discrepancia esencialmente técnica.

Por qué vender euros sin tocar dólares resulta tan excepcional

El Tesoro estadounidense dispone de un instrumento, el Exchange Stabilization Fund, que permite mantener y utilizar reservas internacionales para operaciones de cambio. Estados Unidos conserva activos denominados tanto en euros como en yenes y tiene, por tanto, capacidad jurídica y operativa para intervenir sin necesitar que el BCE autorice la venta de esas reservas. La cuestión no está ahí.

Lo extraordinario es la combinación: Washington participó por primera vez en casi tres décadas en una intervención conjunta para fortalecer al yen y eligió financiar parte de esa operación vendiendo euros en vez de dólares. Según los analistas que examinaron posteriormente la intervención, una actuación estadounidense de esta naturaleza utilizando la moneda europea era, como mínimo, extremadamente inusual y posiblemente inédita en esos términos.

Hay además una diferencia fundamental entre vender euros porque un inversor considera que caerán y venderlos como parte de una decisión de política económica de Estados Unidos. El efecto inmediato sobre la cotización puede ser pequeño; la señal institucional, no tanto.

El otro motivo que mira directamente a la deuda de Estados Unidos

Aquí aparece la parte más interesante y también la que exige más cautela. La explicación oficial japonesa es sencilla: había que frenar la volatilidad extrema del yen. La explicación económica para que Estados Unidos ayudara también resulta razonable. Pero distintos analistas han señalado un segundo incentivo: proteger el mercado de deuda estadounidense. Es una hipótesis, no un motivo reconocido oficialmente por Washington.

Japón posee enormes reservas internacionales y es uno de los grandes tenedores extranjeros de bonos del Tesoro estadounidense. Cuando Tokio necesita grandes cantidades de dólares para comprar yenes puede recurrir a sus reservas, lo que alimenta el temor de que intervenciones gigantescas terminen generando ventas de activos estadounidenses. En un momento de elevada financiación pública y tipos altos en Estados Unidos, una presión adicional sobre los bonos del Tesoro sería precisamente el tipo de dolor de cabeza que Washington preferiría dejar fuera de la agenda.

Visto así, vender euros ofrece una especie de cuadratura del círculo: Estados Unidos contribuye a reforzar el yen, evita vender dólares directamente y puede reducir la necesidad de que Japón liquide determinados activos estadounidenses. Ingenioso desde Washington. Mucho menos elegante desde Frankfurt.

No existe, sin embargo, evidencia suficiente para afirmar que el objetivo central fuese debilitar al euro o utilizar la moneda europea como arma contra la UE. Ese salto sería excesivo. La interpretación más sólida es que Washington eligió el activo que mejor encajaba con sus propios intereses durante una intervención diseñada alrededor del yen.

El euro no se hundió, pero el precedente pesa más que la cotización

El impacto directo sobre la moneda europea fue relativamente limitado porque el volumen estadounidense parece pequeño frente al gigantesco mercado mundial de divisas. Los analistas tampoco esperaban un efecto duradero importante sobre el euro debido a la cantidad limitada de reservas europeas disponibles para Washington.

El movimiento importante se produjo en el yen. Tras caer hasta 163,99 yenes por dólar, la intervención lo llevó aproximadamente hasta 155,20. Pero buena parte de ese efecto se ha ido deshaciendo. El 14 de agosto, la moneda japonesa rondaba nuevamente los 159,50 yenes por dólar, y antiguos responsables japoneses advertían de que podrían ser necesarias nuevas intervenciones si la depreciación continúa.

Es una vieja limitación de estas operaciones. Un banco central puede golpear el mercado con una cantidad enorme de dinero y mover una divisa durante horas o días, pero resulta mucho más difícil cambiar una tendencia nacida de tipos de interés, inflación, crecimiento y expectativas. El océano financiero acaba tragándose muchas piedras, incluso las grandes.

Para Europa, por eso, la relevancia del episodio no está tanto en unas décimas del euro como en el precedente institucional. Si las principales potencias empiezan a utilizar reservas denominadas en monedas de sus aliados en intervenciones unilaterales o apenas coordinadas, las reglas informales que han gobernado durante décadas la cooperación monetaria occidental pierden peso.

De la cooperación del G7 a una política monetaria más transaccional

Las grandes intervenciones cambiarias del pasado solían envolverse en acuerdos multilaterales. El G7 funcionaba, con todas sus limitaciones, como una mesa donde Washington, Tokio y las grandes capitales europeas coordinaban las operaciones capaces de alterar seriamente los mercados. Aquella arquitectura no ha desaparecido, aunque chirría.

La intervención estadounidense-japonesa de julio apunta precisamente hacia acuerdos más bilaterales y transaccionales, con menor protagonismo del conjunto del G7. El FMI tampoco realizó una declaración relevante sobre el episodio y el BCE evitó inicialmente comentarios públicos detallados.

La diferencia parece burocrática hasta que deja de serlo. Una economía puede aceptar que otro país compre o venda su moneda en el mercado. Lo que resulta bastante más incómodo es descubrir que un aliado ha utilizado miles de millones de esa moneda como instrumento de política cambiaria y que la conversación institucional llega después.

El episodio encaja, además, en unas relaciones económicas transatlánticas bastante más ásperas que hace unos años. Comercio, aranceles, defensa, sistemas de pagos, deuda soberana y autonomía financiera europea se han ido mezclando en una misma discusión: cuánto depende Europa de Estados Unidos y cuánto depende Estados Unidos del capital europeo. El euro digital, por ejemplo, ha ganado importancia política mientras Bruselas y Frankfurt intentan reducir determinadas dependencias de infraestructuras financieras estadounidenses.

Una señal incómoda para Europa, no una guerra contra el euro

Lo ocurrido no demuestra que la Administración Trump haya abierto una campaña para derribar el euro. Tampoco hay base para presentar la operación como una venta indiscriminada capaz de desestabilizar por sí sola la moneda común. Estados Unidos vendió una cantidad limitada de sus reservas en euros para comprar yenes, dentro de una intervención coordinada con Japón, y la elección buscaba aparentemente evitar la alternativa políticamente incómoda de vender dólares.

Pero tampoco fue una operación irrelevante. El BCE quedó fuera de la decisión previa sobre una intervención oficial que utilizaba su moneda; varios responsables europeos interpretaron el procedimiento como una ruptura de las costumbres de coordinación y Washington respondió públicamente atacando la discreción del propio BCE. Ahí está la noticia de mayor calado.

Y el asunto continúa abierto porque el problema que provocó la intervención no ha desaparecido. El yen ha vuelto a debilitarse después del fuerte rebote inicial y en Japón se contempla la posibilidad de regresar al mercado si vuelve a aproximarse a niveles considerados peligrosos. Una segunda intervención permitiría comprobar si la venta de euros fue una rareza de una sola noche o el nacimiento de una nueva manera estadounidense de manejar las crisis cambiarias.

Para la UE, esa diferencia importa mucho. Una operación aislada es una anomalía. Un precedente repetido se convierte en política.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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