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¿Por qué EE UU y Arabia Saudí estrechan de nuevo lazos?

La respuesta, en frío, es doble: seguridad y oportunidad. Washington y Riad vuelven a caminar en paralelo porque sus intereses estratégicos se han reconectado tras años de frialdad pública y cooperación discreta.

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EE UU y Arabia Saudí estrechan lazos

Foto: Archivo de la Casa Blanca 

Reencuentro entre EE UU y Arabia Saudí: visita de MBS a la Casa Blanca, venta de F-35, acuerdos de energía e IA y cooperación nuclear civil.

La respuesta, en frío, es doble: seguridad y oportunidad. Washington y Riad vuelven a caminar en paralelo porque sus intereses estratégicos se han reconectado tras años de frialdad pública y cooperación discreta. La prioridad común es contener a Irán y a sus aliados regionales, estabilizar el mercado energético y asegurar rutas marítimas clave en el mar Rojo y el golfo Pérsico. En paralelo, ambos gobiernos han encontrado un terreno fértil en la tecnología de última generación, con proyectos que abarcan desde centros de datos y chips hasta cooperación nuclear civil. El gesto que lo encapsula todo es la visita de Mohammed bin Salmán a la Casa Blanca, acompañada por el anuncio —o el marco político para anunciar— un paquete de defensa que incluye aviones de combate y sistemas de defensa aérea de alta cota.

El segundo elemento es de cálculo. Arabia Saudí busca blindaje militar de primer nivel y una asociación tecnológica que acelere Visión 2030, su plan de transformación económica. Estados Unidos, por su parte, persigue una arquitectura de seguridad regional que reduzca riesgos de escalada, sostenga el flujo energético y ancle a Riad en su órbita tecnológica en plena competencia global por la inteligencia artificial y la capacidad de cómputo. La ecuación es conocida —seguridad por inversiones—, pero con variables actualizadas. Si durante décadas el pegamento fue el petróleo y el paraguas militar, hoy la moneda de cambio se llama datos, chips y energía eléctrica para alimentar megacentros de datos. Y sí, armas avanzadas, con especial atención a los cazas de quinta generación y a sistemas antimisiles, asunto siempre delicado en Washington por su impacto sobre el equilibrio de fuerzas con Israel.

Lo que hay detrás del reencuentro

El acercamiento no nace de la nada. Desde 2022, la región vive un carrusel de choques y distensiones: el pulso por el programa nuclear iraní, los ataques de los hutíes a la navegación en el mar Rojo, los vaivenes de la guerra de Gaza y los recortes de producción de OPEP+. Cada episodio empuja a EE UU y a Arabia Saudí a coordinarse, aunque discrepen en el grado de presión sobre Israel o en la elasticidad de los precios del crudo. Cuando sube la temperatura geopolítica, vuelven a encontrarse en la sala de máquinas.

La agenda, hoy, tiene tres columnas. La primera es defensa: aviones de combate de última generación, modernización de flotas existentes (F-15 y sistemas asociados), Patriot y THAAD para defensa aérea, integración de radares y enlaces de datos, y cooperación en ciberseguridad. La segunda, energía y mercado: bandas de precios del petróleo compatibles con el crecimiento global y con los ingresos que financian Visión 2030, más estabilidad en el suministro de combustibles en una década en la que la transición energética convive, todavía, con la demanda de hidrocarburos. Tercera columna, tecnología: desarrollo de centros de datos alimentados por energía solar y gas, acuerdos con fabricantes de chips y grandes proveedores de nube, y un capítulo nuclear civil que Riad considera clave para diversificar su matriz y para ganar autonomía tecnológica.

Una alianza que viene de lejos, con grietas y remiendos

El vínculo entre Washington y Riad es casi tan viejo como el orden de posguerra. El 14 de febrero de 1945, Franklin D. Roosevelt y el rey Abdulaziz se reunieron a bordo del USS Quincy. Aquella foto selló el intercambio que definiría el siglo: petróleo por seguridad. Lo que vino después fueron décadas de cooperación con subidas y bajadas, pero sin ruptura. El embargo petrolero de 1973 tensó las costuras y aceleró el “reciclaje de petrodólares” hacia la economía estadounidense. La Guerra del Golfo (1990-1991) consolidó a Estados Unidos como garante de la seguridad del reino frente a amenazas convencionales, con medio millón de soldados desplegados y un coste político interno que el liderazgo saudí supo administrar.

El 11-S supuso el golpe más duro a la confianza. Quince de los diecinueve secuestradores eran saudíes, y la conmoción en Estados Unidos derivó en investigaciones, desclasificaciones parciales y un largo contencioso judicial. Aun así, la cooperación antiterrorista y militar no se desmontó. En 2003 se retiró la mayor parte del contingente permanente estadounidense en suelo saudí, pero el canal político-militar siguió abierto. Con Irán emergiendo como potencia regional tras la caída de Sadam Husein, la lógica del “enemigo de mi enemigo” reactivó la inteligencia compartida y los paquetes de armamento defensivo.

El punto más bajo reciente llegó en 2018 con el asesinato de Jamal Khashoggi. La presión interna en Washington fue real, más aún cuando Yemen se convirtió en un lodazal con costes humanitarios insoportables y eficacia militar dudosa. Sin embargo, la dinámica regional —ataques a instalaciones de Aramco en 2019, drones, misiles y barcos secuestrados— devolvió el foco a lo esencial: proteger la infraestructura energética, los corredores marítimos y las ciudades del reino. Incluso en los días de mayor frialdad pública, los equipos técnicos de ambos países siguieron hablando. Mucho.

El tablero actual: Irán, mar Rojo y una frontera energética en movimiento

La rivalidad con Irán estructura buena parte de esta historia. Para Riad, la amenaza es directa: misiles y drones de actores aliados de Teherán en Yemen, Irak, Siria o Líbano; ciberataques; guerra gris. Estados Unidos comparte la evaluación y necesita que el golfo Pérsico no salte por los aires cada seis meses. El mar Rojo, mientras, se ha convertido en cuello de botella: las acciones de los hutíes —aprovechando la geografía del estrecho de Bab el-Mandeb— han encarecido los seguros, obligado a desvíos por el cabo de Buena Esperanza y generado dudas en cadenas de suministro ya estresadas.

La respuesta, desde Washington, combina disuasión naval, caza de drones y misiles, y trabajo diplomático para que los actores con palancas sobre Sanaá y Teherán moderen el pulso. Aquí el papel saudí es indispensable: por geografía, por influencia en el mundo árabe y por capacidad de financiación estabilizadora. Riad, a su vez, necesita respaldo para avanzar en un alto el fuego sostenible en Yemen, proteger puertos y refinerías, y dar oxígeno a su agenda económica doméstica. La cuerda es delicada: el reino ha tejido canales con Irán —restablecimiento de relaciones diplomáticas mediante, con China de mediador—, pero no quiere que eso se confunda con aceptar hechos consumados en su perímetro de seguridad.

En el frente energético la relación también ha mutado. Estados Unidos es hoy el mayor productor de petróleo del mundo gracias al shale y exporta gas natural licuado a gran escala. Aun así, sigue importando crudo y combustibles y, sobre todo, se preocupa por el precio global del barril y su impacto en inflación y crecimiento. Arabia Saudí gestiona el famoso “spare capacity”, la reserva de producción que puede abrir o cerrar el grifo para enfriar o calentar el mercado. Ese termostato, unido al peso de OPEP+, convierte cada decisión de Riad en un movimiento con eco en Wall Street y en los supermercados.

Armas, aviones y las líneas rojas del Capitolio

La venta de aviones de combate a Arabia Saudí es un clásico de la política estadounidense: debate en el Congreso, informes del Pentágono, cartas de garantías a Israel sobre su “ventaja militar cualitativa” y, por el otro lado, promesas de interoperabilidad, mantenimiento en manos estadounidenses y controles de uso. El reino opera desde hace décadas plataformas estadounidenses —F-15, helicópteros Apache, sistemas de munición guiada— y europeas, y ha ido formando marcos de coproducción con empresas occidentales para ganar capacidades locales.

Que ahora se ponga sobre la mesa un salto cualitativo —cazas furtivos, paquetes de sensores de última generación, guerra electrónica avanzada— responde a dos impulsos. Primero, la necesidad saudí de defensa aérea y de punto capaz de neutralizar drones y misiles cada vez más sofisticados. Segundo, el cálculo estadounidense de que es mejor amarrar al socio clave con equipos y software propios que permitir una deriva hacia proveedores alternativos. Aquí aparece otra clave: la soberanía tecnológica. Riad quiere entrenamiento, mantenimiento y cierta transferencia de conocimiento. Washington tenderá a modularla: suficiente para que el aliado sea competente y confíe en la relación, no tanto como para perder control sobre los sistemas.

En paralelo, se discuten Patriot de última generación, más baterías THAAD, radares de largo alcance y C2 (mando y control) para integrar todo en una imagen común del espacio aéreo. En el mar, cooperación en interdicción de drones navales y protección de rutas comerciales. Son piezas de un mismo puzzle: crear una red defensiva eficaz sin disparar percepciones de carrera armamentística.

Tecnología, datos y kilovatios: la nueva moneda del poder blando

El giro más interesante no está en los hangares, sino en los centros de datos. Arabia Saudí quiere convertirse en polo global de computación. Para lograrlo necesita chips, agua para refrigeración, electricidad abundante y barata, y acuerdos con grandes nubes estadounidenses. El desierto aporta sol y espacio; el gas natural y la nuclear civil prometen carga base; el capital público del Fondo de Inversión Pública (PIF) pone el músculo. Estados Unidos, dueño de la cadena de valor en IA generativa y de la nube empresarial, aporta tecnología, know-how y governance. Se dibuja una simbiosis: Riad financia y aloja, Silicon Valley y sus proveedores orquestan.

El capítulo nuclear civil es el más sensible. Riad insiste en un programa con garantías internacionales y en poder enriquecer uranio en su territorio bajo supervisión. Washington, tradicionalmente celoso de abrir esa puerta, baraja fórmulas para compatibilizar la ambición saudí con los estándares de no proliferación. La alternativa es que el reino mire hacia tecnologías de otros proveedores menos exigentes en materia de salvaguardias. El equilibrio es complejo, pero el incentivo compartido —generar gigavatios limpios y estables para alimentar clústeres de IA— ha colocado el tema en el centro de la negociación.

En paralelo, el PIF y empresas saudíes invierten en fabricación avanzada, semiconductores de potencia y hidrógeno. No es casualidad que este giro llegue cuando China y Estados Unidos compiten por esferas tecnológicas de influencia. Para Washington, anclar a Arabia Saudí a su ecosistema de chips, nube y ciberseguridad no es un lujo: es una prioridad estratégica en la década de la computación intensiva.

Gaza, normalización e Israel: el elefante en la sala

Cualquier paquete amplio con Riad tropieza con la misma pregunta: ¿dónde queda Israel? En 2023, antes del estallido de la guerra de Gaza, EE UU empujaba un acuerdo de normalización saudí-israelí que incluía garantías de defensa a Riad y concesiones tangibles a la Autoridad Palestina. La guerra alteró ese itinerario, pero no lo borró. La lógica saudí es clara: cualquier paso público hacia Israel exige pasos verificables en el terreno palestino, alivio humanitario y una perspectiva política creíble. Mientras eso no ocurra, Riad calibrará el ritmo y la forma del acercamiento.

Washington, por su parte, está obligado por ley a preservar la ventaja militar israelí. Eso condiciona cada licencia de exportación a países árabes, especialmente si hablamos de cazas furtivos o sensores tan sensibles como los de quinta generación. La cuadratura del círculo pasa por paquetes graduales, versiones con configuraciones específicas, controles de actualización de software y un eje de cooperación con Israel en defensa de teatro —detección y derribo de misiles y drones— que reduzca temores en Jerusalén.

El petróleo ya no lo explica todo, pero sigue contando

Quien piense que el petróleo ha dejado de importar, se equivoca. Aramco continúa siendo una de las empresas más rentables del planeta y su inversión anual en upstream y downstream condiciona el precio del crudo a medio plazo. El reino, además, ha aprendido a usar su capacidad ociosa como palanca de estabilidad (o presión) y a ensamblar su política de producción con los tiempos de su agenda interna: grandes proyectos urbanísticos como NEOM, inversiones en turismo y entretenimiento, y campeonatos deportivos que no requieren presentación. Estados Unidos observa ese tablero con pragmatismo: un barril demasiado alto alimenta la inflación; uno demasiado bajo descapitaliza productores aliados y castiga su seguridad. La coordinación informal busca ese punto intermedio donde todos respiran.

La transición energética añade capas. Riad levanta plantas solares a gran escala y explora captura y almacenamiento de carbono; Washington incentiva con la IRA (ley de reducción de la inflación) tecnologías limpias que también demandan minerales críticos y energía a gran escala. Por extraño que suene, el camino hacia la descarbonización inmediata de determinados procesos industriales pasa, en el corto plazo, por más gas y por nuclear. De nuevo, convergencia de intereses.

Qué cambia con la visita a la Casa Blanca

El viaje de Mohammed bin Salmán a Washington cumple varias funciones. La primera es política: pone sello y foto a un entendimiento de alto nivel tras un lustro de turbulencias. La segunda es técnica: desbloquea mesas de trabajo donde militares, ingenieros y reguladores convierten en contratos y memorandos lo que hasta ayer eran intenciones. La tercera es simbólica: envía a la región y a los mercados el mensaje de que EE UU y Arabia Saudí están coordinados, con todo lo que eso significa para el precio del crudo, el riesgo marítimo y la competencia tecnológica.

Los capítulos que probablemente salgan de esta ronda incluyen un marco de defensa con compromisos de asistencia y ejercicios conjuntos, avances en aviación de combate y defensa aérea, cooperación en IA con condiciones de seguridad de datos y exigencias de cumplimiento normativo estadounidense, y un borrador de cooperación nuclear civil sometido a estándares internacionales. Nada de esto es sencillo ni inmediato: el Congreso revisará las licencias sensibles, y los aparatos regulatorios mirarán con lupa los acuerdos tecnológicos. Pero, a diferencia de hace unos años, hay voluntad política al máximo nivel para empujar.

Límites, peros y equilibrios: lo que aún no está atado

Sigue habiendo líneas rojas. En defensa, el debate en Capitol Hill se activará con cualquier transferencia que afecte a la superioridad cualitativa de Israel. En tecnología, Washington impondrá controles de exportación y cortafuegos sobre cómo y dónde se entrenan modelos de IA, qué datos se alojan y quién controla el stack de software. En energía, OPEP+ mantendrá su propia lógica, a veces divergente con los deseos de la Reserva Federal o de la Casa Blanca.

Riad también juega su partida. Ha demostrado que puede diversificar socios —acuerdos energéticos y de infraestructura con China, inversiones en Asia, compras de defensa a Europa— y que no se casa con nadie si el trato no le conviene. Esa capacidad de moverse en varios tableros le da margen negociador, pero también eleva la prima de riesgo política. De ahí que el reino busque un anclaje estructural con Estados Unidos: una asociación que, aun con roces, sea lo suficientemente densa para resistir ciclos políticos y cambios de humor.

El tercio regional es imprevisible. Gaza, Líbano o Irak pueden empeorar de un día para otro; el Estrecho de Ormuz es una casilla siempre sensible; y Yemen está lejos de ser un expediente cerrado. En ese entorno, una relación EE UU-Arabia Saudí ordenada, transparente y con canales de crisis activos reduce la probabilidad de errores de cálculo. Y sí, mejora la capacidad de ambos para contener a Irán sin desbocar la región.

Nombres, instituciones y cifras que explican la ecuación

En el lado saudí, el príncipe heredero Mohammed bin Salmán es el centro de decisiones. Bajo él, el Consejo de Asuntos Políticos y de Seguridad coordina la parte dura; el Ministerio de Energía marca el paso en OPEP+; Aramco ejecuta inversiones estratégicas; y el PIF, bajo Yasir al-Rumayyan, financia proyectos tecnológicos y de diversificación: NEOM, Riyadh Air, centros de datos, clubes deportivos, entretenimiento. La narrativa de Visión 2030 no es humo: busca elevar la participación del sector privado, atraer talento y reducir la dependencia del crudo como única fuente de ingresos. Para eso, necesita seguridad que permita planificar a diez o quince años y socios tecnológicos dispuestos a localizar capacidades.

En el lado estadounidense, la Casa Blanca define la dirección política, el Departamento de Estado gestiona la diplomacia, el Pentágono evalúa riesgos y compatibilidades, Comercio y Tesoro ponen condiciones en materia de exportaciones y financiación, y los comités del Congreso —Exteriores, Servicios Armados, Banca— ejercen control y audiencias públicas. Cada contrato relevante conlleva notificación al Capitolio, periodos de revisión y, en ocasiones, resoluciones de desaprobación. Por eso, aunque el titular de hoy sea rimbombante, el proceso real se decide en pliegos técnicos, anexos y cartas de garantía.

La letra pequeña importa. En aviación, por ejemplo, es determinante qué paquetes de sensores se incluyen, si hay enlaces de datos compatibles con redes estadounidenses, qué criptografía se autoriza, quién mantiene el software y cómo se gestionan las actualizaciones OTA. En defensa aérea, cuenta el alcance de los radares, la cinemática de los interceptores y la interoperabilidad con plataformas navales aliadas. En IA, el debate gira en torno a soberanía de datos, ubicación física de servidores, auditoría de modelos y cumplimiento de normas de privacidad y ciberseguridad. Todo eso se negocia a puerta cerrada, con ingenieros a un lado y al otro de la mesa.

Una relación que se adapta sin romperse

Conviene no perder de vista el hilo histórico. Desde 1945, Washington y Riad han atravesado embargos, guerras, atentados, “primaveras” y contrarreformas, y aun así, cuando el tablero se ha torcido, han vuelto a coordinarse. El motivo no es sentimental; es estructural. Estados Unidos necesita que Oriente Medio no descarrile y que su espacio tecnológico siga marcando el estándar global. Arabia Saudí necesita un paraguas que disuada a sus enemigos, capital paciente para invertir y puentes con los principales proveedores de tecnología crítica. El resto —discusiones sobre derechos humanos, choques por precios, ritmos distintos— convive con esa realidad de fondo. No la anula, pero tampoco la desborda.

Hay, por último, un elemento generacional. La agenda de MBS mezcla conservadurismo político con un reformismo económico que intenta abrir sectores, atraer turismo y construir nuevas ciudades. Es discutible, polémica y a veces contradictoria —la metamorfosis de Riad no ocurre en el vacío—, pero ha introducido un vocabulario de diversificación que encaja con el tipo de inversiones que buscan las grandes tecnológicas estadounidenses. En ese ecosistema, vender aviones es tan importante como acordar megavatios de potencia estable, capacidad de cómputo y talento que vuele en ambos sentidos.

Lo que realmente cambia a partir de hoy

La visita a la Casa Blanca y el acercamiento formal marcan el paso de los gestos a los mecanismos. Si el proceso se consolida, veremos tres efectos prácticos. Primero, más interoperabilidad militar y mejor cobertura antiaérea alrededor de infraestructuras críticas en el reino, con impacto directo en la seguridad de rutas marítimas y aéreas. Segundo, aceleración tecnológica: centros de datos que se encienden, acuerdos de nube con reglas claras de gobernanza y proyectos nucleares civiles que pasan de idea a proyecto ejecutivo. Tercero, coordinación energética menos errática, con capacidad de respuesta ante shocks de oferta o picos de demanda.

No es un cheque en blanco. Cualquier transferencia de cazas furtivos o de sensores punteros exigirá garantías y controles que se revisan año a año. El capítulo nuclear pedirá transparencia y salvaguardias estrictas. Y el terreno político seguirá condicionado por Gaza y por la eterna cuestión de los equilibrios en la región. Aun así, el rumbo está trazado: Estados Unidos y Arabia Saudí se han reencontrado en un punto en el que sus prioridades vuelven a multiplicarse —no solo a sumarse—. Seguridad por tecnología, tecnología por estabilidad. La fórmula no es nueva, pero la mezcla sí lo es: contiene chips, kilovatios y líneas de código, además de queroseno y misiles. Y, por ahora, a ambos les compensa.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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