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Trump ordena reactivar las pruebas nucleares de EE UU: qué se sabe

El anuncio reaviva el debate sobre las detonaciones, la moratoria y la competencia entre las grandes potencias.

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EE UU reabra pruebas nucleares

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Donald Trump ordenó al aparato militar estadounidense iniciar de inmediato pruebas de armas nucleares, una instrucción que rompe con más de tres décadas sin detonaciones nucleares de EE UU. El anuncio, difundido el 30 de octubre de 2025, no precisó qué pruebas se realizarían, dónde tendrían lugar ni cuándo podría producirse una explosión; por eso, una orden de empezar el proceso no equivale a que los ensayos hayan comenzado.

La declaración llegó en un momento de tensión con Rusia y China y después de que Moscú anunciara pruebas de nuevos sistemas armamentísticos. Sin embargo, probar un misil o un vehículo submarino capaz de transportar una ojiva no significa detonar una bomba nuclear. Esa diferencia es decisiva para valorar el alcance del anuncio y sus posibles consecuencias para la moratoria internacional y la carrera armamentística.

Una orden sin calendario ni detalles técnicos

Trump presentó la decisión como una respuesta a los programas de pruebas de otros países y sostuvo que Estados Unidos debía mantener la paridad estratégica con Rusia y China. También afirmó que su país posee el mayor arsenal nuclear del mundo y que China podría acercarse a ese nivel en cinco años. En su mensaje reconoció el poder destructivo de estas armas, pero defendió que no veía otra opción ante el escenario internacional.

El anuncio, no obstante, dejó sin resolver la cuestión principal: qué significa exactamente iniciar pruebas. No se detalló si la orden aludía a detonaciones nucleares explosivas, a ensayos de componentes o a pruebas de sistemas capaces de lanzar armas. Tampoco se identificó un emplazamiento ni se publicó un calendario. La ausencia de precisiones impide interpretar la instrucción como una fecha confirmada para una explosión.

En declaraciones posteriores, Trump señaló que la elección de los lugares se decidiría más adelante. La referencia al Departamento de Guerra, denominación empleada en sus mensajes para el organismo de Defensa, tampoco despejó cómo se ejecutaría la instrucción. Entre una decisión política y una prueba explosiva hay pasos técnicos, logísticos y de seguridad que no se describieron en el anuncio.

La diferencia entre ordenar que se inicie un proceso y reanudar efectivamente las detonaciones importa también en términos diplomáticos. Una declaración presidencial puede modificar las expectativas de otros gobiernos antes de que se produzca cualquier actividad en el terreno. Pero, mientras no haya información verificable sobre el tipo de ensayo y su preparación, no puede afirmarse que Estados Unidos haya retomado las explosiones nucleares.

Qué se considera una prueba nuclear

En el sentido más estricto, un ensayo nuclear explosivo implica detonar un dispositivo nuclear para estudiar su funcionamiento y medir sus efectos. Es distinto de probar un misil, un dron submarino o cualquier otro vehículo que pueda transportar una ojiva. En esos casos se evalúa el sistema de lanzamiento o desplazamiento, pero la prueba no demuestra por sí sola que se haya producido una explosión nuclear.

Esta distinción ayuda a entender el episodio que precedió al anuncio de Trump. Rusia comunicó que había probado el misil de crucero Burevestnik, propulsado por energía nuclear, y también había anunciado pruebas de un sistema submarino llamado Poseidón. La información disponible en los datos de referencia indica que esos ensayos no incluyeron la detonación de armas nucleares, aunque los sistemas estén concebidos para transportar ojivas atómicas.

El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, sostuvo que las pruebas de Burevestnik no eran ensayos nucleares y recordó que seguía vigente una moratoria sobre detonaciones. Añadió que Rusia actuaría de acuerdo con la situación si otro país se apartaba de ella. La respuesta deja al descubierto un desacuerdo potencial: los gobiernos pueden presentar como pruebas de armas actividades que no son equivalentes a hacer estallar una bomba.

Por eso, el lenguaje usado por cada parte puede alimentar interpretaciones distintas. Una prueba de un misil con propulsión nuclear puede tener relevancia militar y provocar inquietud, pero no constituye automáticamente una prueba nuclear explosiva. Confundir el ensayo de un vector con la detonación de una ojiva borra una diferencia técnica y política fundamental.

Más de 30 años de moratoria estadounidense

La última prueba explosiva nuclear de Estados Unidos se realizó el 23 de septiembre de 1992 en el actual estado de Nevada. Fue la prueba número 1.054 del país, según el recuento citado en la información de referencia. El entonces presidente George H. W. Bush declaró después una moratoria, en un periodo marcado por el final de la Guerra Fría. Desde entonces, Washington no ha realizado otra detonación nuclear de este tipo.

El lugar de Nevada, situado a unos 105 kilómetros al norte de Las Vegas, continúa bajo control del Gobierno estadounidense. Su existencia evita que el anuncio de Trump parta de la necesidad de crear desde cero un complejo de pruebas, pero no significa que una detonación pueda organizarse de un día para otro. Una estimación citada por expertos sostiene que reactivar ensayos subterráneos allí podría llevar al menos 36 meses.

Ese plazo no es un calendario oficial anunciado por la Casa Blanca ni una confirmación de que el Gobierno haya decidido volver a las explosiones. Sirve, más bien, para mostrar la distancia entre la retórica de inmediatez y la preparación material que requeriría una prueba. La palabra inmediatamente describe la instrucción política, no necesariamente el momento de una detonación.

En el pasado, Estados Unidos probó armas en Nevada durante décadas. Su historia nuclear comenzó con la prueba Trinity, realizada en julio de 1945 en el desierto de Alamogordo, Nuevo México. Unas semanas después, el país lanzó bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, en Japón, al final de la Segunda Guerra Mundial. Ese recorrido explica por qué cualquier cambio en la moratoria tiene un peso que va más allá de la capacidad técnica de un emplazamiento.

El argumento de la paridad y el tamaño de los arsenales

Trump justificó su anuncio con la necesidad de no quedarse atrás frente a Rusia y China. Afirmó que Estados Unidos tenía más armas nucleares que cualquier otro país, con Rusia en segundo lugar y China en un distante tercero. Pero los cálculos disponibles no respaldan una clasificación sencilla: las estimaciones varían según qué se cuente y qué organización las elabore.

Las cifras recogidas en la información de referencia sitúan el arsenal total ruso en torno a 5.459 ojivas y el estadounidense en unas 5.177, según una estimación. Otro cálculo eleva las cantidades a aproximadamente 5.580 para Rusia y 5.225 para Estados Unidos. En ambos casos, el inventario ruso aparece por encima del estadounidense. Son estimaciones, no recuentos públicos exactos, porque el número real de ojivas que posee cada potencia es un secreto.

También es importante no confundir el arsenal total con las armas desplegadas en determinados sistemas. Las cifras de inventario incluyen categorías distintas y no equivalen necesariamente al número de ojivas instaladas en misiles listos para operar. El Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, conocido como New START, limitaba a cada país a 1.550 ojivas en misiles desplegados con capacidad intercontinental. Ese límite no describe todo el arsenal nacional.

China representa un caso diferente. Las estimaciones citadas le atribuían unas 600 ojivas, y el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales calculaba que su arsenal casi se había duplicado en los cinco años anteriores. Esa entidad proyectaba que podría superar las 1.000 armas para 2030. La previsión ayuda a explicar por qué Washington incorpora a Pekín a sus cálculos estratégicos, aunque las cifras sigan lejos de las atribuidas a Rusia y Estados Unidos.

En consecuencia, la idea de paridad puede referirse a algo más complejo que igualar el número total de bombas. Puede abarcar la capacidad de lanzarlas, su supervivencia ante un ataque o el modo en que se integran en una estrategia militar; los datos disponibles no detallan qué criterio empleó Trump. Las cifras de ojivas, por sí solas, no prueban que un país necesite reanudar explosiones nucleares.

La reacción rusa y el episodio del Burevestnik

El anuncio estadounidense se produjo poco después de que Vladímir Putin comunicara el éxito de una prueba del Burevestnik, un misil de crucero con propulsión nuclear y capacidad para llevar una ojiva atómica. Moscú lo presentó como parte de su esfuerzo para reforzar la defensa frente a amenazas occidentales. La cercanía temporal de los anuncios contribuyó a que se interpretaran como movimientos dentro de una misma competencia entre potencias.

Sin embargo, el Kremlin rechazó que la prueba del misil fuera una detonación nuclear. Peskov dijo que Rusia no tenía conocimiento de que otros países estuvieran realizando pruebas explosivas y recordó que la moratoria seguía en vigor. Su respuesta fue cauta: reconoció que Estados Unidos podía tomar decisiones soberanas, pero vinculó cualquier reacción rusa a un eventual abandono de la moratoria.

Esta secuencia muestra cómo una prueba de armamento puede adquirir un significado distinto según quién la anuncie y cómo la describa. El desarrollo de un sistema de propulsión nuclear puede ser una señal de capacidad y una demostración tecnológica, aunque no reproduzca las condiciones de una explosión atómica. El anuncio ruso fue un antecedente político de la orden de Trump, no una prueba equivalente a una detonación nuclear.

La misma cautela se aplica a Poseidón, el sistema submarino citado junto al misil. La información disponible lo describe como un dron submarino con capacidad potencial para transportar una ojiva y alcanzar la costa occidental estadounidense. No hay base en estos datos para afirmar que la prueba de ese vehículo incluyera una explosión nuclear o que se hubiera empleado una carga atómica.

Qué puede cambiar en la vigilancia sísmica

Las detonaciones subterráneas generan señales que pueden detectarse mediante estaciones sísmicas. En general, los terremotos asociados a una explosión se han considerado fenómenos de corta duración, concentrados en los días y semanas posteriores y cerca del lugar del ensayo. Esa referencia importa porque reanudar pruebas no tendría únicamente consecuencias políticas: también pondría de relieve la dificultad de distinguir entre una explosión y un terremoto natural.

Un estudio sobre el monte Mantap, en Corea del Norte, ofrece un matiz relevante. El país realizó seis pruebas subterráneas en ese sitio entre 2006 y 2017. La última, la más potente, tuvo una fuerza explosiva estimada de 160 kilotones y provocó un terremoto de magnitud 6,3; se cree que pudo causar el colapso de un túnel. Un equipo de investigadores analizó datos sísmicos de 2008 a 2025 y registró 1.399 terremotos en la zona.

La actividad fue escasa hasta 2017 y aumentó después de la última detonación, en vez de disminuir rápidamente. La mayoría de los sismos detectados tuvo magnitudes de entre 2 y 3 y parecía originarse a poca profundidad. Los investigadores plantearon que las explosiones pudieron activar fallas antiguas de la corteza terrestre, pero no afirmaron que cada terremoto observado fuera consecuencia directa de las pruebas.

Una posible explicación es que las detonaciones fracturaran la roca y abrieran vías por las que pudiera desplazarse el agua subterránea. Si el agua se infiltra en esas grietas, la presión puede facilitar el movimiento de fallas preexistentes; como el desplazamiento del agua es lento, la respuesta sísmica podría prolongarse. Es una hipótesis sobre los mecanismos posibles, no una conclusión definitiva: el estudio no estableció el papel de las aguas subterráneas.

El caso de Corea del Norte no permite predecir exactamente qué ocurriría en Nevada, donde las condiciones geológicas son distintas. Sí muestra que los efectos de una explosión pueden ser menos inmediatos y más difíciles de separar de la actividad natural de lo que se suponía. La vigilancia de un antiguo lugar de pruebas podría complicarse si la sismicidad persiste durante años.

Los límites de lo que se sabe sobre Corea del Norte

La investigación sobre Mantap tampoco demuestra que Corea del Norte haya reanudado sus pruebas nucleares. Los investigadores indicaron que no tenían pruebas de nuevas detonaciones desde 2017 y no pudieron acceder al sitio ni a los datos sísmicos norcoreanos. El aumento de terremotos, por tanto, no debe presentarse como evidencia de una nueva explosión: los movimientos detectados pueden responder a procesos geológicos desencadenados o influenciados por las pruebas anteriores.

La información citada señala que Corea del Norte comenzó a restaurar túneles del complejo de pruebas en marzo de 2022 y que un informe de 2025 indicaba que el sitio había sido restaurado. La capacidad de preparar un lugar para futuros ensayos y la decisión de llevarlos a cabo son cuestiones diferentes. Un complejo restaurado no prueba por sí mismo que se haya efectuado una detonación.

También se han documentado posibles indicios de exposición a radiación en desertores norcoreanos que vivían cerca del lugar, aunque los investigadores señalaron que la causa no está clara. La información no permite atribuir esos indicios a una fuente concreta ni establecer una relación causal con las pruebas. En este terreno, separar el riesgo potencial de una conclusión demostrada es esencial para no convertir datos incompletos en certezas.

El impacto sobre la moratoria y el desarme

Una reanudación de detonaciones por parte de Estados Unidos podría debilitar los esfuerzos internacionales de control y desarme, además de aumentar la presión para que otras potencias respondieran. Esa es la preocupación expresada por analistas citados en la información de referencia: el retorno a las pruebas explosivas podría erosionar la moratoria y abrir una nueva fase de competencia nuclear.

La reacción rusa anticipa parte de ese riesgo. Peskov recordó que Putin había dicho en repetidas ocasiones que Moscú actuaría de acuerdo con la situación si otro país se apartaba de la moratoria. No anunció una prueba rusa como respuesta inmediata, pero dejó claro que una decisión estadounidense podría alterar los cálculos del Kremlin. En una relación estratégica marcada por la desconfianza, una acción puede convertirse en argumento para la siguiente.

El calendario también coincidía con un momento delicado para el control de armas. Según la información publicada junto al anuncio, faltaban 100 días para que venciera el New START, previsto para febrero de 2026, entonces descrito como el único tratado nuclear vigente entre Estados Unidos y Rusia. El acuerdo limitaba las ojivas desplegadas en misiles estratégicos, no todos los arsenales. La proximidad de esa fecha reforzaba la inquietud por la falta de continuidad en los mecanismos de control.

En ese contexto, una prueba explosiva no sería solo una demostración técnica. Podría cambiar las expectativas sobre la conducta futura de las potencias, dificultar la cooperación y llevar a otros gobiernos a justificar sus propios programas. El efecto más amplio puede ser político: normalizar de nuevo la detonación como herramienta de competencia.

Por ahora, la información disponible permite afirmar que Trump ordenó iniciar un proceso y que no comunicó detalles suficientes para saber qué clase de pruebas contemplaba. Rusia había probado sistemas capaces de transportar armas nucleares, pero no había anunciado detonaciones nucleares en esos ensayos. Entre una instrucción presidencial, una preparación técnica y la explosión efectiva de un dispositivo hay diferencias que conviene mantener visibles, porque de ellas depende medir con precisión si la moratoria de décadas ha terminado o si, por ahora, lo que ha cambiado es el tono de la rivalidad.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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