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¿Por qué EE UU golpea al ISIS a gran escala en Siria?
EE UU lanza ataques a gran escala contra el ISIS en Siria tras la emboscada de Palmira, una operación sostenida que reabre el pulso militar en el desierto sirio.

EE UU lanza ataques a gran escala contra el ISIS en Siria tras la emboscada de Palmira, una operación sostenida que reabre el pulso militar en el desierto sirio.
Estados Unidos lanzó el sábado 10 de enero de 2026 una nueva oleada de ataques “a gran escala” contra objetivos del Estado Islámico en Siria, una operación coordinada con fuerzas asociadas y enmarcada en Operation Hawkeye Strike, según el Mando Central estadounidense (CENTCOM). El Pentágono sitúa el inicio de los golpes en torno a las 12.30 (hora de la Costa Este de EE UU) y presenta la acción como parte de una campaña sostenida para degradar capacidades, frenar la reorganización del grupo y proteger a militares estadounidenses y aliados sobre el terreno.
El detonante inmediato está fechado y tiene nombres propios. El 13 de diciembre de 2025, en las inmediaciones de Palmira (Siria), una patrulla conjunta con presencia estadounidense sufrió una emboscada atribuida al ISIS que acabó con la vida de dos soldados de EE UU y de un intérprete civil estadounidense. En las semanas siguientes, Washington ha ido escalando la respuesta con operaciones sucesivas —aéreas y, según algunos relatos, también con acciones terrestres puntuales— hasta llegar a este nuevo capítulo “a gran escala”, presentado como represalia y, a la vez, como una advertencia: quien ataque a estadounidenses, no se esconde en el desierto.
El golpe del 10 de enero: lo confirmado y lo que se mueve en la niebla
Lo confirmado por CENTCOM es el marco general: ataques coordinados con partner forces (fuerzas asociadas), objetivos del ISIS repartidos por Siria, y la etiqueta de “large-scale strikes”. En este tipo de comunicados, la letra pequeña suele estar milimetrada: se evita detallar rutas, plataformas, tipos de munición, puntos exactos y resultados cuantificados mientras la operación aún tiene recorrido, mientras se verifica daño en objetivo o, sencillamente, para no convertir la nota de prensa en un manual de supervivencia para la organización atacada.
Aun así, el retrato se completa con piezas que han ido apareciendo en informaciones de medios internacionales: se habla de múltiples impactos simultáneos, de material audiovisual difundido por el propio mando —explosiones encadenadas, humo levantándose como columnas breves sobre un horizonte plano— y de una lógica operativa que ya se vio el 19 de diciembre: muchos objetivos en poco tiempo, presión sostenida y un mensaje político que no se disimula. Un portavoz o un texto institucional no “se emociona”, pero deja frases que hacen el trabajo: “os encontraremos y os mataremos”, “en cualquier lugar”, “por difícil que intentéis evitar la justicia”. Es un tono que mezcla disuasión, represalia y advertencia pública.
También hay un dato que vuelve una y otra vez como cifra de contexto: alrededor de 1.000 militares estadounidenses permanecen desplegados en Siria. No es una fuerza gigantesca, pero sí suficiente para mantener bases, patrullas, asesoramiento, inteligencia y coordinación con aliados; y, sobre todo, suficiente para ser un objetivo atractivo para un grupo que vive de demostrar que aún puede golpear.
Operation Hawkeye Strike: una campaña, no un fogonazo
Hawkeye no es un nombre casual: ojo que vigila, ojo que detecta. La operación se anunció el 19 de diciembre de 2025 y se presentó desde el primer día como respuesta directa al ataque de Palmira. Aquella jornada, según los propios comunicados militares y relatos posteriores, EE UU y fuerzas asociadas golpearon decenas de posiciones del ISIS en el centro de Siria, apuntando a infraestructura, depósitos y puntos de apoyo. El mensaje era doble: castigo por las muertes estadounidenses y un intento de romper la sensación de refugio que el grupo suele buscar en zonas remotas.
Desde entonces, la secuencia ha sido la de una campaña con continuidad, no la de un castigo puntual para “pasar página”. Ese matiz importa porque el ISIS, en su fase actual, no se enfrenta como cuando controlaba territorio y administraba ciudades. Ahora opera más como red dispersa, con células que se mueven, se esconden, buscan oportunidades, explotan vacíos de seguridad y, cuando pueden, ejecutan emboscadas o atentados que les devuelven protagonismo. Una campaña sostenida busca justo lo contrario: que el grupo no tenga “días tranquilos”, que no pueda reagruparse, que se comunique peor, que cometa errores, que se quede sin oxígeno logístico.
En paralelo, Washington refuerza la idea de que la operación no es solo “por Siria”, sino por algo más amplio: impedir que el ISIS inspire o coordine ataques fuera de la región, y sostener el paraguas de seguridad que la coalición internacional contra el Estado Islámico lleva años intentando mantener, con altibajos y tensiones, pero sin abandonar del todo.
Palmira, 13 de diciembre: el ataque que abrió la compuerta
Palmira es un nombre con eco histórico y, en Siria, con eco trágico reciente. No es solo un enclave en el mapa: es un símbolo, un cruce de rutas, una zona donde el desierto facilita el juego del gato y el ratón. Allí, el 13 de diciembre de 2025, un ataque atribuido al ISIS terminó con la vida de Sgt. Edgar Brian Torres-Tovar y Sgt. William Nathaniel Howard, ambos vinculados a la Guardia Nacional de Iowa, y con la del intérprete civil estadounidense Ayad Mansoor Sakat. En los primeros comunicados sobre el incidente se habló de una emboscada y de un atacante abatido durante el enfrentamiento por fuerzas asociadas.
Ese detalle —el atacante muerto— no reduce la gravedad del golpe. Para el Estado Islámico, una acción así funciona como propaganda inmediata: “seguimos aquí”, “podemos matar”, “podemos atacar a una potencia militar”. Para Washington, funciona como un recordatorio brutal de que, aunque el ISIS ya no gobierne territorio como antes, sigue siendo letal, especialmente en entornos donde la seguridad se sostiene con alianzas complejas y con despliegues relativamente reducidos.
Desde la perspectiva militar, Palmira también plantea otra lectura: si el ISIS pudo golpear una patrulla con presencia estadounidense en esa zona, es porque conserva capacidad de reconocimiento, movilidad, acceso a armamento y, probablemente, apoyos o complicidades locales. No hace falta que sea una estructura enorme; basta con una célula pequeña, paciente, bien informada y dispuesta a jugarse la vida.
El ISIS en 2026: menos “califato”, más emboscada
En 2014-2017 el ISIS fue, para muchos, la imagen de un monstruo territorial: banderas negras, ciudades conquistadas, administración, impuestos, vídeos de terror calculado. En 2026, en Siria, su cara más habitual es otra: golpes intermitentes, ataques a patrullas, asesinatos selectivos, extorsión, propaganda, redes que se reconstituyen cuando el foco internacional se distrae.
El entorno sirio lo favorece. Siria sigue siendo un país fragmentado, con zonas donde el control efectivo es irregular y donde conviven fuerzas del Gobierno, actores locales, milicias, presencia extranjera e intereses cruzados. En ese mosaico, el ISIS se mueve como quien conoce las rendijas de una pared vieja: no necesita derribarla, le basta con colarse por la grieta.
El desierto —el gran escenario central— amplifica esa ventaja. Espacios amplios, rutas secundarias, oquedades, posibilidad de esconder depósitos o moverse sin ser visto… hasta que lo eres. Y ahí entra la lógica de los ataques a gran escala: si el enemigo opera disperso, se intenta golpear de forma simultánea para impedir que se reagrupen o que evacúen material de un punto a otro con tiempo.
También pesa un factor que siempre vuelve en los análisis de seguridad regional: prisiones y campos con vinculados al ISIS bajo custodia local, recursos limitados, tensiones permanentes. Cada fuga, cada motín, cada red de financiación clandestina es un hilo que puede tirar de la madeja. No es un asunto vistoso, pero es estructural: sin control firme sobre detenidos y redes, el problema se enquista.
Con quién opera EE UU: “partner forces” y el tablero sirio, que nunca es una línea recta
La fórmula “partner forces” es deliberadamente amplia. Puede incluir fuerzas locales que combaten al ISIS sobre el terreno, apoyos de inteligencia, unidades que guían objetivos, coordinan o aseguran áreas tras un ataque aéreo. EE UU, en Siria, ha trabajado durante años con socios diversos, y esa cooperación ha sido clave para contener al Estado Islámico. Pero también es un terreno donde la palabra “aliado” no siempre significa lo mismo para todos los actores presentes.
A esa complejidad se suma otro elemento que algunos medios internacionales han subrayado en los últimos meses: la evolución del poder en Damasco y la posibilidad de coordinaciones tácticas, directas o indirectas, en la lucha contra el ISIS. Este punto, por su sensibilidad y por el historial de la guerra siria, se maneja con cuidado y con lecturas enfrentadas: para unos, es pragmatismo antiterrorista; para otros, es un terreno resbaladizo donde una cooperación coyuntural puede tener costes políticos. Lo que sí es seguro es que Siria no es un escenario de dos bandos. Es un tablero con capas, y cualquier operación “contra el ISIS” se interpreta también como un movimiento en esas capas.
En paralelo, la coalición internacional contra el Estado Islámico —con países europeos implicados en distintos grados en el pasado— ha sostenido un esfuerzo prolongado. En determinados momentos, acciones coordinadas han incluido participación de aliados occidentales. Cuando ocurre, el mensaje se multiplica: no es solo Estados Unidos, es una red de países sosteniendo la presión sobre un grupo que ha demostrado capacidad de inspirar atentados más allá de Oriente Próximo.
Qué objetivos se atacan cuando se dice “objetivos del ISIS”
En el lenguaje militar, “objetivos” no es solo “combatientes”. También son infraestructuras, almacenes, puntos de reunión, nodos logísticos, vehículos, rutas de movimiento, lugares usados para planificar o para guardar armamento. En el caso del ISIS, que opera de forma más clandestina, el valor de atacar depósitos y lugares de encuentro puede ser tan alto como el de eliminar a un mando. Una red puede sobrevivir a la pérdida de un líder si mantiene su logística; pero si se le corta el flujo de armas, dinero, comunicaciones y movilidad, se vuelve torpe, y la torpeza en un entorno hostil se paga caro.
El Pentágono suele insistir en conceptos como “degradar capacidades” y “prevenir ataques”. Son expresiones frías, casi mecánicas, pero describen una idea concreta: reducir la capacidad del ISIS para elegir el momento y el lugar, obligarlo a improvisar, y así bajar la probabilidad de emboscadas como la de Palmira.
Eso no elimina los riesgos. En cualquier operación aérea existe la preocupación por daños colaterales y por posibles errores de inteligencia. En este caso, por ahora, las autoridades estadounidenses no han publicado un balance detallado de bajas ni de daños, y la verificación independiente en Siria siempre es difícil. Es un punto clave: en ausencia de datos oficiales desglosados y confirmaciones contrastadas, lo prudente es ceñirse a los hechos confirmados y a lo que ha sido comunicado por fuentes primarias o por agencias con acceso consolidado.
La dimensión política: un mensaje de fuerza y una cuenta pendiente
Detrás de la operativa hay política, y no se oculta. Operation Hawkeye Strike se presentó como una respuesta ordenada “a dirección presidencial”. En la narrativa oficial, hay una línea recta: ataque del 13 de diciembre, muertes estadounidenses, lanzamiento de la operación el 19 de diciembre, continuidad de golpes, nueva oleada a gran escala el 10 de enero. Es una secuencia diseñada para transmitir control y determinación.
También hay una dimensión interna: cuando mueren militares propios, el margen de maniobra política se reduce. La exigencia de respuesta es inmediata, y la discusión pasa a ser “qué intensidad” y “con qué duración”, más que “si responder o no”. En ese sentido, el hecho de insistir en que la campaña es sostenida sugiere que Washington no quiere que el ISIS interprete los golpes como un estallido puntual que se olvida en semanas.
A la vez, Estados Unidos intenta equilibrar la disuasión con la contención. En Siria operan múltiples actores armados y potencias con intereses. Un golpe “a gran escala” contra el ISIS tiene que ejecutarse evitando colisiones con otros frentes y evitando que una operación antiterrorista se convierta, por accidente o por lectura interesada, en otra cosa.
Qué se vigila desde Europa cuando EE UU bombardea al ISIS en Siria
Europa —y España dentro de ese marco— mira estos episodios con una mezcla de distancia geográfica y memoria reciente. El ISIS no es solo un actor local; su historia moderna está ligada a atentados y a redes de radicalización que han alcanzado ciudades europeas. Cuando EE UU intensifica la presión en Siria, hay dos lecturas que circulan en ámbitos de seguridad: por un lado, la presión sostenida puede dificultar que el grupo reorganice capacidad de proyección exterior; por otro, cada fase de estrés puede alimentar propaganda y narrativas de victimización que intentan reactivar reclutamiento o inspirar acciones de “lobo solitario”.
No se trata de alarmismo, sino de comprender un patrón ya conocido. El Estado Islámico ha demostrado habilidad para adaptar su discurso al golpe recibido: cuando controla territorio, presume de Estado; cuando lo pierde, presume de resistencia. En ambos casos, intenta conectar con audiencias vulnerables a la radicalización. Por eso, cada operación relevante en Siria se sigue también en clave de seguridad transnacional, aunque la prioridad inmediata sea táctica y regional.
Cómo encaja todo esto en la guerra siria: el ISIS como enemigo común y como excusa permanente
Siria lleva años siendo un conflicto de múltiples capas. El ISIS, en ese paisaje, ha funcionado a veces como enemigo común y a veces como argumento útil para justificar movimientos militares. Combatirlo es, en principio, un objetivo compartido por muchos actores. Pero el modo de combatirlo, el control del territorio liberado, la gestión de detenidos, la coordinación entre fuerzas que se desconfían… ahí empiezan las fricciones.
Cuando EE UU habla de proteger a fuerzas asociadas, está reconociendo que su presencia no es solo de “ataque y retirada”. Hay asesoramiento, hay coordinación, hay bases y patrullas, hay misiones que se hacen en un entorno donde el enemigo no siempre lleva uniforme y donde los disparos pueden salir de una sombra breve. El ataque de Palmira lo dejó claro con crudeza.
A partir de aquí, el guion probable es el de una campaña que seguirá por fases: golpes aéreos cuando se detectan concentraciones o depósitos, operaciones puntuales para capturar o eliminar objetivos de alto valor, y un esfuerzo continuo de inteligencia. Nada de esto es vistoso, y aun así define el día a día de un conflicto que, desde fuera, a veces se percibe como “ya acabado”. No lo está.
Un balance provisional que no cierra la historia
La oleada del 10 de enero de 2026 confirma que Estados Unidos ha optado por responder al ataque de Palmira con una campaña sostenida y con episodios de intensidad elevada. Los hechos clave, por ahora, están bien trazados: emboscada el 13 de diciembre cerca de Palmira, tres estadounidenses muertos —dos soldados, Sgt. Edgar Brian Torres-Tovar y Sgt. William Nathaniel Howard, y el intérprete Ayad Mansoor Sakat—, anuncio de Operation Hawkeye Strike el 19 de diciembre y, ya en enero, un nuevo golpe “a gran escala” iniciado alrededor de las 12.30 hora del Este con fuerzas asociadas y múltiples objetivos del ISIS repartidos por Siria.
Falta lo que siempre termina llegando con el tiempo, si llega: detalles verificables de resultados, confirmación independiente de daños, posible identificación de líderes o infraestructuras clave impactadas, y la respuesta real del ISIS, que puede ser silencio, repliegue o intento de demostrar que todavía puede morder. Por ahora, lo que queda es una fotografía nítida de la guerra que sigue bajo el ruido de otras guerras: el Estado Islámico ya no gobierna ciudades, pero sigue buscando huecos; y Estados Unidos, aunque no esté en un despliegue masivo, ha dejado claro que esos huecos no los quiere convertir en santuario.

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