Historia
¿Qué edificios y refugios se esconden bajo las ciudades españolas?
Refugios de guerra, estaciones olvidadas y ciudades romanas siguen ocultos bajo calles españolas, a pocos metros de la vida cotidiana urbana.

Resumen
- España conserva refugios, estaciones y restos romanos bajo sus ciudades
- Madrid, Barcelona y Almería esconden grandes espacios de la Guerra Civil
- València, Zaragoza y Sevilla guardan ciudades antiguas bajo el asfalto
Bajo el asfalto de algunas ciudades españolas hay bastante más que tuberías, aparcamientos y túneles de metro. Estaciones abandonadas, refugios antiaéreos, cuarteles militares, viviendas romanas, foros, termas y edificios enteros permanecen bajo plazas, jardines y calles por las que pasan miles de personas sin sospechar qué tienen unos metros más abajo.
No existe, conviene decirlo desde el principio, una gigantesca «España secreta» conectada por túneles misteriosos, por mucho que Internet tenga cierta debilidad por esas historias. Lo que sí existe es algo quizá más interesante: una segunda arquitectura urbana, perfectamente documentada, formada por construcciones que quedaron sepultadas, fueron excavadas deliberadamente o terminaron absorbidas por ciudades que siguieron creciendo encima. Madrid, Barcelona, Almería, València, Zaragoza o Sevilla conservan ejemplos extraordinarios. Algunos pueden visitarse; otros solo sobreviven parcialmente.
Madrid tiene una estación fantasma y un cuartel a 15 metros
En Madrid basta bajar unos metros para cambiar de siglo. La antigua estación de Chamberí, diseñada por Antonio Palacios, dejó de prestar servicio en 1966 y permaneció durante décadas fuera del circuito cotidiano de la ciudad. Sus azulejos, carteles publicitarios y andenes sobrevivieron bajo tierra mientras los trenes continuaban pasando cerca, como si aquel fragmento del primer Madrid metropolitano hubiera quedado congelado. En la actualidad forma parte de los espacios museísticos de Metro de Madrid bajo el nombre de Andén 0.
No es una reproducción. Ese detalle cambia mucho las cosas. Se conserva el espacio ferroviario original, incluidos numerosos anuncios cerámicos de las primeras décadas del siglo XX. Arriba está Chamberí, con terrazas, coches y oficinas. Abajo espera una estación que perdió sus pasajeros hace sesenta años.
Todavía resulta más llamativo lo que se esconde bajo el parque de El Capricho. Durante la Guerra Civil, el lugar acogió el Cuartel General del Ejército del Centro de la República y allí se excavó en 1937 el denominado búnker de la Posición Jaca. No hablamos de una pequeña habitación reforzada: es un auténtico complejo militar subterráneo de aproximadamente 2.000 metros cuadrados, situado a unos 15 metros de profundidad.
Dentro había cinco dependencias de trabajo, zona de descontaminación, duchas, enfermería, sala de máquinas y almacén. Contaba, además, con cuatro accesos, uno de ellos concebido como galería de escape hacia la calle. Construido entre mayo y agosto de 1937, fue pensado para mantener funcionando un puesto de mando aunque la superficie estuviera siendo atacada. El Ayuntamiento de Madrid lo mantiene integrado en su programa de visitas patrimoniales y en 2026 continúa figurando entre los espacios de Pasea Madrid.
Barcelona excavó una segunda ciudad para sobrevivir a las bombas
Barcelona ofrece otro tipo de subsuelo. Durante la Guerra Civil se construyeron más de un millar de refugios antiaéreos para proteger a los vecinos de los bombardeos. Muchos desaparecieron, fueron tapiados o quedaron incorporados a sótanos y nuevas construcciones. Otros siguen ahí.
Uno de los más conocidos es el Refugi 307, en Poble-sec, excavado en buena medida gracias al esfuerzo de los propios habitantes del barrio. Sus galerías suman cerca de 400 metros y alcanzan aproximadamente 2,10 metros de altura, con anchuras que oscilan entre 1,5 y 2 metros. No era simplemente un agujero donde esperar a que terminara el ataque: disponía de aseos, fuente de agua, enfermería, espacio para los niños e incluso una chimenea.
Ahí aparece uno de los aspectos más inquietantes de estos espacios. Fueron construidos con una lógica casi doméstica porque la guerra había entrado literalmente en la vida cotidiana. La gente no bajaba durante unos minutos a un recinto técnico; podía tener que permanecer allí con familiares, vecinos, ancianos y niños mientras sobre la ciudad caían bombas.
Hoy resulta posible caminar por parte de esas galerías. Fuera, Nou de la Rambla sigue con su tráfico habitual. Dentro, la temperatura, el ladrillo desnudo y los pasillos estrechos cuentan una Barcelona muy distinta.
Almería conserva más de cuatro kilómetros de refugios
Si hay una ciudad española donde el subsuelo de la Guerra Civil adquiere dimensiones casi urbanas, esa es Almería. La ciudad sufrió 52 bombardeos aéreos y marítimos, durante los cuales cayeron 754 bombas. La respuesta fue construir una extensa red defensiva bajo sus calles.
El conjunto supera los cuatro kilómetros de longitud y fue concebido con capacidad para proteger a unas 40.000 personas, una cifra enorme para la población almeriense de aquellos años. El proyecto estuvo dirigido por el arquitecto Guillermo Langle Rubio con la colaboración de los ingenieros Carlos Fernández Celaya y José Fornieles.
El sistema incluía algo que rompe definitivamente la imagen del refugio como simple galería: había un quirófano subterráneo. La ciudad necesitaba no solo esconder a sus habitantes, sino atender heridos mientras continuaban los ataques.
Buena parte de esa infraestructura permanece bajo el centro actual. Solo una fracción está acondicionada para las visitas, de modo que cuando alguien camina por determinadas calles almerienses tiene, varios metros más abajo, galerías construidas hace casi noventa años. En 2026 se han impulsado nuevas actuaciones para mejorar las instalaciones, la seguridad y la accesibilidad del espacio museístico.
València guarda una ciudad romana bajo otra ciudad
El subsuelo valenciano obliga a retroceder mucho más. Junto a la Catedral se encuentra L’Almoina, un gran espacio arqueológico subterráneo donde aparecen, superpuestas, distintas etapas de la propia ciudad: romana, visigoda, islámica y medieval. No son cuatro objetos colocados en vitrinas. Son calles, edificios y cimentaciones en el lugar donde fueron construidos.
Entre los restos de la antigua Valentia pueden reconocerse un santuario dedicado a Asclepio, un horreum o almacén, termas, la curia, la basílica y estructuras vinculadas al foro. Después llegaron otras ciudades sobre la misma ciudad: aparecen un baptisterio y construcciones funerarias visigodas, además de restos del alcázar musulmán, con una noria, un patio y elementos de fortificación.
València fue creciendo por estratos. Algo se demolía, algo se reaprovechaba, subía la cota de las calles y llegaba otra generación a construir encima. Siglos después, la arqueología abrió una ventana vertical en esa acumulación.
L’Almoina se encontraba temporalmente cerrada en septiembre de 2026 por trabajos de impermeabilización y mejora destinados a proteger los restos arqueológicos. Las filtraciones y el control de humedad no son asuntos menores cuando un museo entero está colocado bajo el nivel de la calle.
Y València tiene todavía otra historia bajo sus edificios. En 1938 se construyó bajo el Ayuntamiento un refugio antiaéreo destinado a escolares y personal municipal, rehabilitado décadas después. Las investigaciones municipales apuntan a que llegaron a existir más de 250 refugios públicos y privados repartidos por la ciudad.
Zaragoza conserva su foro romano debajo de La Seo
En Zaragoza ocurre algo especialmente gráfico: parte del centro político y económico de la antigua Caesaraugusta permanece bajo la actual plaza de La Seo. Allí se encuentra el Museo del Foro, construido alrededor de los restos arqueológicos aparecidos durante excavaciones desarrolladas entre 1988 y 1991.
Bajo la Zaragoza contemporánea sobreviven estructuras de diferentes fases romanas. De tiempos de Augusto se conservan restos relacionados con una zona comercial, tuberías de agua potable, una cloaca y muros de establecimientos. De la etapa de Tiberio quedan cimentaciones del pórtico del gran foro, locales anexos, canales y otra gran infraestructura de saneamiento.
No deja de tener cierta ironía urbana: durante siglos, la ciudad moderna siguió comerciando, gobernándose y circulando prácticamente encima del lugar donde los habitantes de Caesaraugusta habían hecho cosas bastante parecidas.
El subsuelo demuestra así algo que desde la superficie cuesta percibir. Las ciudades rara vez sustituyen completamente a sus predecesoras. Se apoyan físicamente en ellas.
Bajo las Setas de Sevilla apareció la antigua Hispalis
En Sevilla, una obra contemporánea terminó revelando otra ciudad. Las excavaciones emprendidas en la plaza de la Encarnación para construir un aparcamiento subterráneo sacaron a la luz restos arqueológicos de tal importancia que el planteamiento urbanístico tuvo que modificarse. El resultado forma parte actualmente del Antiquarium, situado bajo el complejo de las Setas de Sevilla.
El yacimiento ocupa unos 4.879 metros cuadrados y conserva restos romanos situados aproximadamente a 5,45 metros bajo la cota superior del espacio. Allí aparecen viviendas, mosaicos, calles y estructuras que recorren buena parte de la historia de Hispalis, desde el período romano hasta fases posteriores. También se conserva una casa islámica almohade de los siglos XII y XIII.
La imagen tiene algo casi demasiado perfecto: arriba se eleva una de las arquitecturas contemporáneas más reconocibles de Sevilla; debajo permanecen los muros de quienes vivieron allí hace cerca de dos milenios. Dos ciudades ocupando prácticamente el mismo punto, separadas por unos metros de tierra y una cantidad considerable de historia.
El hallazgo sirve, además, para recordar por qué tantas obras en los centros históricos españoles terminan convirtiéndose inesperadamente en excavaciones arqueológicas. Cavar no siempre significa encontrar terreno vacío. A veces aparece una casa romana justo donde debía entrar una excavadora.
España también se entiende mirando debajo del asfalto
Los edificios bajo tierra de España no forman una red secreta ni pertenecen a una única época. Esa es precisamente su gracia. Unos nacieron para protegerse de las bombas; otros eran estaciones de metro, centros políticos romanos, viviendas, almacenes, termas o complejos militares. Algunos fueron deliberadamente excavados. Otros quedaron bajo tierra porque la ciudad creció sobre ellos.
Y siguen apareciendo. Cada reforma de una plaza antigua, cada aparcamiento proyectado en un casco histórico y cada excavación profunda puede tropezar con una capa anterior de la ciudad. En Sevilla ocurrió con restos de Hispalis; en València, décadas de trabajos permitieron reconstruir una secuencia urbana de siglos; Zaragoza conserva bajo una plaza parte del corazón de Caesaraugusta.
Quizá «ocultos» no sea siempre la palabra exacta. Muchos están catalogados, estudiados e incluso abiertos al público. Pero desde la calle continúan siendo prácticamente invisibles. Sobre ellos pasan autobuses, bicicletas, turistas con maletas, vecinos que vuelven del supermercado. Debajo permanece otra España: silenciosa, de ladrillo, hormigón, piedra y mosaico, esperando apenas unos metros más abajo.

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