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Economía

¿Está la economía rusa al borde del colapso por deuda y petróleo?

El déficit se dispara, el petróleo pierde fuerza y Moscú paga más por su deuda mientras la economía rusa entra en otra fase fiscal delicada.

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el presidente ruso putin en un meeting en 2021

La economía rusa no está a punto de derrumbarse de un día para otro, pero las grietas fiscales son cada vez más difíciles de esconder bajo la alfombra del Kremlin. El déficit federal ha superado en apenas cinco meses el límite previsto para todo 2026, los ingresos energéticos pierden fuerza y financiar el gasto público cuesta bastante más. Moscú conserva reservas, cobra impuestos y puede endeudarse dentro de casa. Aun así, el margen de maniobra se estrecha.

El problema no es una cifra aislada ni una profecía occidental con fecha de caducidad. Es la combinación. Rusia sostiene una guerra larga, dedica una parte enorme de sus recursos a defensa y seguridad, crece muy poco y depende de un petróleo que vuelve a abaratarse tras el alivio extraordinario provocado por la crisis de Oriente Próximo. Los imperios también hacen contabilidad, aunque la propaganda prefiera los mapas.

El déficit se dispara antes de mitad de año

El presupuesto federal ruso acumuló entre enero y mayo un agujero cercano a los 6 billones de rublos, equivalente aproximadamente al 2,6% del producto interior bruto. La previsión oficial para todo el año era un déficit de alrededor de 3,8 billones, el 1,6% del PIB. Dicho de otra manera: Moscú gastó en cinco meses bastante más de lo que pensaba perder en doce.

El Ministerio de Finanzas sostiene que parte del desfase se debe al adelanto de gastos, una práctica habitual cuando el Estado quiere financiar contratos, operaciones militares y programas públicos desde el comienzo del ejercicio. La explicación tiene base técnica, pero no borra la fotografía. Los desembolsos federales crecieron con mucha más rapidez que los ingresos, mientras las partidas relacionadas con la guerra siguen teniendo una protección que otros sectores civiles no disfrutan.

Tampoco es un accidente recién llegado. Rusia terminó 2025 con un déficit de 5,6 billones de rublos, el 2,6% del PIB y el mayor en términos relativos desde el año de la pandemia. El objetivo inicial había sido mucho más modesto. Hubo que corregirlo varias veces a medida que caía la recaudación energética y aumentaba el gasto. Para 2026, el Kremlin prometió volver a meter el presupuesto en cintura. De momento, el cinturón se ha roto por el primer agujero.

Menos petróleo, menos rublos para el presupuesto

El petróleo y el gas aportan cerca de una cuarta parte de los ingresos federales rusos. No pagan toda la maquinaria estatal, como a veces se simplifica, pero sí proporcionan el lubricante que permite mantenerla en marcha sin subir todavía más los impuestos ni recortar de forma abrupta las prestaciones civiles.

Durante los cinco primeros meses de 2026, los ingresos presupuestarios procedentes de los hidrocarburos rondaron los 3 billones de rublos, cerca de un 30% menos que en el mismo periodo del año anterior. Mayo ofreció un pequeño respiro gracias al encarecimiento temporal del crudo provocado por el conflicto en Oriente Próximo. Fue eso: un respiro. No una curación.

El mercado volvió a girar en junio. La perspectiva de una reapertura estable del estrecho de Ormuz y el posible regreso de más barriles iraníes empujaron el Brent hasta mínimos de tres meses. El crudo ruso de referencia, los Urales, pasó de venderse con prima en algunos mercados asiáticos durante la crisis a recuperar un descuento frente al Brent. India y China saben que Rusia necesita compradores y negocian en consecuencia. La amistad geopolítica es entrañable; la factura, bastante menos.

La producción también muestra tensión. En mayo, Rusia extrajo unos 8,7 millones de barriles diarios, alrededor de un 10% por debajo de su objetivo mensual. Los ataques ucranianos contra refinerías, depósitos y otras infraestructuras energéticas han obligado a detener instalaciones, alterar rutas y priorizar el abastecimiento interior. Las exportaciones continúan fluyendo, pero cada interrupción añade costes y reduce la eficiencia de una industria que sostiene buena parte de las divisas del país.

El rublo fuerte también recorta la caja

Hay una paradoja poco intuitiva. Un rublo apreciado puede parecer una muestra de fortaleza, pero perjudica al presupuesto ruso. Las exportaciones energéticas se cobran principalmente en dólares, yuanes u otras monedas; cuando esos ingresos se transforman a rublos, el Estado recibe menos moneda nacional.

La cotización rusa tampoco funciona como la de una economía completamente abierta. Los controles de capital, las obligaciones impuestas a los exportadores y la intervención del banco central contienen parte de la presión. El rublo, por tanto, no es un termómetro limpio. A veces señala fiebre, otras veces simplemente refleja que alguien aprieta el termómetro con la mano.

La combinación de petróleo más barato, descuentos comerciales y una moneda nacional relativamente fuerte reduce la recaudación precisamente cuando el gasto militar exige continuidad. Moscú puede compensarlo con impuestos, deuda o reservas. Ninguna de esas salidas es gratuita.

La deuda no es enorme, pero se encarece

Hablar de una montaña de deuda rusa necesita matices. El endeudamiento público previsto para 2026 ronda el 18,6% del PIB, muy lejos de los niveles de Estados Unidos, Japón, Italia o Francia. Rusia no se encuentra ante una crisis clásica de insolvencia soberana ni depende de fondos extranjeros para colocar la mayor parte de sus bonos.

El problema es otro: el coste de financiarse. Los gastos destinados al pago de intereses subirán alrededor de un 22,5% durante 2026 y absorberán aproximadamente el 8,8% del presupuesto federal. Antes de la invasión de Ucrania representaban cerca de la mitad. El volumen sigue siendo manejable; la velocidad del aumento, no tanto.

El Banco de Rusia mantiene el tipo de interés oficial en el 14,5%, pese a los recortes introducidos desde los máximos anteriores. Con una política monetaria tan restrictiva, emitir deuda interna resulta caro, prestar dinero a las empresas cuesta más y numerosas inversiones civiles dejan de ser rentables. El Estado puede ordenar o incentivar a los bancos nacionales para que compren bonos públicos, pero eso desplaza crédito que podría financiar vivienda, industria privada o modernización tecnológica.

Buena parte del déficit de 2025 se cubrió mediante bonos adquiridos por el sistema financiero ruso. Es una solución disponible, incluso cómoda a corto plazo. A largo, convierte a los bancos en una prolongación del presupuesto y concentra el riesgo dentro del país. No hay acreedores extranjeros llamando a la puerta, cierto; la deuda permanece sentada en el salón.

El desgaste empieza a verse también en las regiones. Decenas de administraciones territoriales cerraron 2025 en números rojos y el Gobierno prevé que su déficit conjunto aumente durante 2026. Las autoridades locales pagan compensaciones relacionadas con la guerra, sostienen servicios sociales y afrontan una recaudación empresarial más débil. Incluso Moscú, la región más rica, ha reducido inversiones. Cuando la capital guarda la cartera, el mensaje llega bastante lejos.

Una economía de guerra que apenas crece

La economía rusa sorprendió durante los primeros años de la invasión al evitar la depresión que muchos analistas anticipaban. El gasto público, la producción militar, los salarios de defensa y las exportaciones desviadas hacia Asia mantuvieron la actividad. Aquella resistencia fue real. También lo fue su precio.

La industria armamentística puede elevar el PIB, pero no necesariamente mejora la capacidad productiva futura ni el bienestar de los hogares. Un tanque contabiliza como producción; después no transporta mercancías, no construye viviendas y no abre una clínica. La economía se mueve, sí, aunque parte del movimiento sea dar vueltas alrededor del mismo cuartel.

El Ministerio de Desarrollo Económico ha rebajado su previsión de crecimiento para 2026 hasta aproximadamente el 0,4%. Otras estimaciones internacionales la sitúan cerca del 0,5%. Es casi estancamiento, especialmente para un país que necesita reemplazar tecnología occidental, ampliar rutas comerciales, sostener una población envejecida y financiar una guerra de desgaste.

La inflación oficial se situó en mayo alrededor del 5,3%, por encima del objetivo del 4% del banco central. Puede parecer moderada comparada con los picos anteriores, pero convive con tipos de interés muy elevados y con escasez de mano de obra en numerosos sectores. Parte del personal disponible ha sido movilizado, ha emigrado o se ha desplazado hacia industrias militares con mejores salarios. Las fábricas de defensa contratan; otros negocios se quedan mirando el escaparate vacío.

El consumo y las rentas reales todavía no se han hundido, pero su crecimiento se enfría. Las empresas civiles soportan créditos caros, componentes importados más costosos y dificultades para acceder a tecnología avanzada. Las sanciones no han detenido la economía rusa como quien baja un interruptor. Funcionan más bien como arena dentro de un motor: la máquina continúa, hace ruido, consume más y se desgasta antes.

Por qué Moscú aún no está ante una quiebra

Rusia conserva varias defensas. Su deuda pública es baja, mantiene superávit comercial, vende millones de barriles diarios, dispone de un banco central experimentado y puede imponer controles económicos que serían políticamente difíciles en una democracia europea. También cuenta con un amplio mercado interno y con compradores asiáticos dispuestos a adquirir energía cuando el precio resulta conveniente.

El Fondo Nacional de Riqueza aún dispone de activos líquidos próximos a los 48.000 millones de dólares, aunque esa cantidad equivale apenas al 1,5% del PIB y está muy por debajo del colchón existente antes de la guerra. Moscú puede recurrir a él, aumentar impuestos, emitir más deuda o reducir gastos civiles. Lo que no puede hacer es gastar indefinidamente sin elegir quién termina pagando.

Y ahí está la diferencia entre colapso y deterioro. Un colapso implica incapacidad para pagar, pérdida de control monetario, ruptura del sistema bancario o caída brusca de la producción. Nada de eso es inevitable en los próximos meses. El deterioro, en cambio, ya resulta visible: menos crecimiento, crédito caro, reservas líquidas reducidas, déficits regionales y dependencia militar.

La economía rusa puede aguantar bastante más de lo que sugieren algunos titulares. También puede debilitarse durante años sin ofrecer una imagen cinematográfica de ruinas y cajeros cerrados. La historia económica está llena de países que no quebraron, pero se empobrecieron lentamente mientras sus gobiernos proclamaban estabilidad.

El verdadero riesgo está en cuánto tiempo puede resistir

La caída reciente del petróleo no ha puesto por sí sola a Rusia al borde de la bancarrota. Ha retirado, eso sí, una parte del oxígeno que Moscú recibió durante la crisis energética de primavera. Si los precios continúan bajando, los descuentos del crudo ruso se amplían y la producción sigue afectada por ataques e interrupciones, el déficit volverá a crecer.

El Kremlin todavía tiene recursos para cubrirlo. Puede endeudarse dentro del país, utilizar reservas, subir la presión fiscal y aplazar inversiones. La cuestión no es si Rusia podrá pagar las nóminas el mes próximo, sino cuánto tejido civil sacrificará para conservar el ritmo militar y durante cuánto tiempo podrá hacerlo sin que la fatiga económica se transforme en malestar político.

No hay una fecha seria para el supuesto colapso ruso. Quien la anuncie con día y hora vende astrología con una calculadora. Hay, en cambio, una trayectoria reconocible: menos ingresos fáciles, más intereses, crecimiento raquítico y una guerra que devora recursos a una velocidad incómoda. El precipicio quizá no esté bajo los pies. Pero la carretera se ha estrechado, y Moscú conduce cada vez con menos arcén.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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