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Rodrigo y Sara Duterte, dos causas distintas ante la justicia

Dos expedientes y un apellido: las diferencias entre la causa internacional contra Rodrigo y el proceso político de Sara.

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Duterte a juicio

Rodrigo Duterte afronta un procedimiento ante la Corte Penal Internacional (CPI) por presuntos crímenes de lesa humanidad relacionados con la guerra contra las drogas en Filipinas. En paralelo, su hija Sara, vicepresidenta del país, fue enviada a un juicio político en el Senado por una serie de acusaciones que incluyen el supuesto uso indebido de fondos públicos y amenazas contra el presidente Ferdinand Marcos Jr. No se trata de un mismo caso ni de un único tribunal: uno pertenece a la justicia penal internacional y el otro al sistema constitucional filipino.

La coincidencia del apellido y la crisis entre las familias Duterte y Marcos han mezclado ambos procesos en los titulares. Sin embargo, sus consecuencias también son diferentes. La causa contra el expresidente busca determinar una responsabilidad penal individual; el procedimiento de su hija puede acabar con su destitución e inhabilitación política. Las acusaciones siguen siendo alegaciones y cada expediente tiene que avanzar según sus propias reglas antes de que exista una decisión definitiva.

Dos procesos que no deben confundirse

La primera distinción es quién está siendo juzgado y por qué. Rodrigo Duterte, expresidente de Filipinas, está vinculado a una investigación de la CPI por presuntos crímenes de lesa humanidad. Sara Duterte, vicepresidenta, afronta un procedimiento de destitución iniciado en la Cámara de Representantes y remitido al Senado. La primera causa trata sobre posibles delitos internacionales; la segunda examina si una alta funcionaria debe responder políticamente por las conductas que se le atribuyen. La responsabilidad del padre no determina la de la hija, ni a la inversa.

También cambia el significado de la palabra juicio. En el ámbito penal internacional, se trata de establecer si una persona cometió los delitos imputados y si las pruebas permiten condenarla. En un impeachment filipino, el Senado actúa como tribunal para decidir si la persona acusada debe ser destituida y, según el resultado, quedar apartada de futuros cargos públicos. Una condena política no equivale a una sentencia penal, aunque las mismas circunstancias puedan tener relevancia en más de un ámbito.

La diferencia importa porque los plazos, las pruebas y los efectos de cada decisión no son intercambiables. La CPI no decide quién gobierna Filipinas ni quién ocupa la vicepresidencia. El Senado filipino, por su parte, no puede resolver la responsabilidad penal de Rodrigo Duterte ante un tribunal internacional. Son dos vías institucionales independientes, aunque el enfrentamiento entre los Duterte y los Marcos constituya el trasfondo político común.

La causa internacional contra Rodrigo Duterte

El expediente de Rodrigo Duterte se relaciona con su política de mano dura contra las drogas, una campaña que marcó su presidencia y que generó denuncias por muertes y abusos. La CPI examina presuntos crímenes de lesa humanidad asociados a ese contexto. La expresión describe delitos graves contra la población civil y no una simple infracción de las normas nacionales; aun así, la gravedad de la acusación no sustituye a la prueba. La investigación debe establecer qué ocurrió, quién participó y qué responsabilidad individual puede atribuirse.

En marzo de 2025, el Gobierno filipino autorizó la entrega del expresidente a la Corte Penal Internacional, según la información disponible sobre el caso. Ese paso abrió una nueva fase judicial fuera del país y provocó reacciones contrapuestas: familiares de víctimas lo recibieron como una posibilidad de reconocimiento y reparación, mientras la defensa intentó frenar el avance del procedimiento. La entrega a la CPI no equivale a una declaración de culpabilidad; permite que el proceso siga ante ese tribunal y que las partes discutan la competencia, las pruebas y las garantías aplicables.

La CPI juzga a personas, no a países. Por eso, el proceso no constituye un juicio a Filipinas como Estado ni una evaluación general de toda su política antidrogas. El tribunal debe considerar la conducta concreta atribuida al acusado y el vínculo que se le imputa con los delitos investigados. La responsabilidad penal es personal: el cargo de presidente o la pertenencia a una administración no bastan, por sí solos, para probar que alguien cometió un crimen.

De la investigación a una posible sentencia

La palabra juicio suele hacer pensar en una vista oral inmediata y en un veredicto cercano, pero los procesos penales internacionales atraviesan distintas etapas. Antes de que un caso llegue a un juicio pleno, el tribunal debe resolver cuestiones preliminares y determinar si la acusación puede avanzar. La defensa también puede plantear objeciones procesales y cuestionar la jurisdicción o la suficiencia de los elementos presentados. Que el expediente avance no significa necesariamente que ya exista una sentencia.

En esa fase, la fiscalía debe sostener sus alegaciones con pruebas y explicar cómo conectan con los delitos que se investigan. La defensa puede rebatir esa interpretación, presentar su propio material y discutir la admisibilidad de las pruebas. El tribunal, no los titulares ni las declaraciones políticas, es quien debe valorar esos argumentos. La carga de demostrar la acusación corresponde a la fiscalía, mientras que el acusado conserva el derecho a defenderse y a que su caso se resuelva conforme a las garantías del proceso.

Esta separación entre investigación, examen preliminar y juicio evita tratar como hechos probados afirmaciones que todavía están sometidas a debate judicial. Una acusación formal tiene un peso procesal mayor que una denuncia pública, pero tampoco es una condena. Para que haya una sentencia, el tribunal debe escuchar y valorar las pruebas dentro del procedimiento establecido. El principio de presunción de inocencia sigue vigente mientras no se dicte una condena.

Qué puede examinar la Corte Penal Internacional

La CPI se ocupa de los delitos más graves reconocidos por el derecho penal internacional, entre ellos los crímenes de lesa humanidad. No funciona como una instancia ordinaria de apelación para cualquier disputa política o penal de un país. Su intervención depende de que concurran las condiciones previstas en su marco jurídico y de que el caso supere los filtros procesales correspondientes. La competencia del tribunal es una cuestión jurídica que debe resolverse dentro del propio expediente.

Ese examen ayuda a explicar por qué una causa puede ser objeto de impugnaciones incluso después de que una persona haya sido entregada al tribunal. La defensa puede sostener que la CPI carece de jurisdicción o que el procedimiento no debe continuar por otras razones. La fiscalía, a su vez, puede defender que el tribunal sí está facultado para conocer el caso. La disputa sobre quién puede juzgar precede a la decisión sobre la culpabilidad y no resuelve por sí misma si las acusaciones son ciertas.

La intervención de una corte internacional tampoco borra la dimensión nacional del debate. Las autoridades filipinas, las víctimas, los familiares y los partidarios de Duterte pueden interpretar el proceso de maneras muy distintas. Para unos, la causa representa una oportunidad de que se examinen muertes que consideran impunes; para otros, puede ser vista como una actuación con motivaciones políticas. Esas percepciones forman parte del contexto público, pero no sustituyen el análisis judicial.

El expediente político de Sara Duterte

El procedimiento de Sara Duterte sigue otro camino. En mayo de 2026, la Cámara de Representantes aprobó remitirla a juicio político ante el Senado con 255 votos a favor, 26 en contra y nueve abstenciones, según la información publicada sobre esa votación. El pliego de cargos mencionado incluye el presunto uso indebido de fondos confidenciales, enriquecimiento inexplicable y amenazas públicas contra el presidente Ferdinand Marcos Jr., la primera dama y el presidente de la Cámara, Martin Romualdez. La votación de la Cámara abrió una fase del proceso; no resolvió por sí sola la culpabilidad política.

El Senado es el órgano que debe escuchar el caso y pronunciarse sobre la destitución. La condena requiere el apoyo de dos tercios de sus integrantes, de acuerdo con los datos referidos para este procedimiento, y la cámara está formada por 24 senadores. La aritmética hace que cada voto pueda tener un peso considerable: si los 24 participan, alcanzar ese umbral exige 16 apoyos. La cifra de votos necesaria determina el desenlace institucional, pero no permite anticipar cómo se pronunciará cada senador.

Los cargos se enmarcan en la ruptura entre las familias políticas Duterte y Marcos, que habían compartido el poder y después entraron en conflicto. La vicepresidenta anunció en febrero de 2026 su intención de presentarse a las elecciones presidenciales de 2028, de modo que el procedimiento también puede influir en el escenario político futuro. Sin embargo, el efecto electoral no debe confundirse con el resultado jurídico. El proceso puede alterar su carrera política, pero esa consecuencia dependerá de las decisiones del Senado y de la evolución de las acusaciones.

Qué se decide en el Senado y qué no

El impeachment filipino no es una repetición de la causa ante la CPI. El Senado no debe decidir si Sara Duterte participó en los presuntos delitos internacionales atribuidos a su padre, sino valorar los cargos presentados contra ella en su condición de vicepresidenta. Si los senadores alcanzan el umbral de condena, el efecto central es la destitución del cargo y la posible inhabilitación política. El alcance del procedimiento es constitucional y político, no una condena penal automática.

La votación de la Cámara de Representantes tampoco debe leerse como prueba definitiva de los hechos. Su función fue enviar el expediente al Senado, donde corresponde examinarlo y permitir que las partes presenten sus argumentos. La diferencia entre aprobar la acusación y condenar en el juicio es esencial: el primer paso activa el proceso; el segundo requiere una decisión del órgano que lo juzga. El trámite tiene varias etapas precisamente porque una mayoría inicial no reemplaza el veredicto.

Los cargos descritos son graves, pero la información disponible los presenta como acusaciones, no como hechos ya establecidos por una resolución final. La vicepresidenta puede defenderse y los senadores deben evaluar el expediente. A la vez, el carácter público del proceso puede convertir cada alegato en una disputa política de alcance nacional. El ruido partidista puede acompañar al juicio, pero la decisión formal sigue correspondiendo al Senado.

La ruptura entre los Duterte y los Marcos

La coincidencia temporal de ambos procesos ha intensificado la atención sobre la rivalidad entre dos familias que han concentrado poder e influencia en Filipinas. El enfrentamiento entre los Marcos y los Duterte se convirtió en un factor central de la política nacional, y el caso de Rodrigo, junto con el procedimiento contra Sara, ha ampliado las consecuencias de esa ruptura. La disputa no es solo personal: afecta a alianzas, apoyos regionales y al equilibrio de poder.

La información sobre el caso de Sara señala que su base política conserva fuerza en Mindanao y que algunos senadores podrían temer el coste electoral de votar en su contra. Ese cálculo, si influye en la conducta de los legisladores, no altera el umbral legal ni sustituye la evaluación de los cargos. También se ha planteado que el proceso podría reforzar su imagen entre sus simpatizantes, que podrían interpretarlo como una persecución política. El riesgo de convertir a una figura en símbolo de sus seguidores es una consecuencia posible, no un resultado asegurado.

La candidatura presidencial anunciada para 2028 añade otra capa a la discusión. Una destitución tendría un efecto directo sobre su continuidad en el cargo y podría afectar su futuro político, mientras una absolución no borraría automáticamente el conflicto entre las dos familias. El procedimiento, por tanto, se desarrolla en un país donde el juicio institucional y la competencia electoral se cruzan constantemente. La política condiciona el entorno del caso, aunque no debe anticipar el veredicto.

Víctimas, reparación y límites del proceso

Para las familias afectadas por la guerra contra las drogas, una investigación internacional puede significar que sus denuncias sean escuchadas en un foro distinto al nacional. Algunas recibieron con alivio el avance del expediente contra Rodrigo Duterte porque lo consideran una oportunidad de reconocimiento y reparación. Esa expectativa es comprensible, aunque el resultado judicial no puede prometer por sí mismo una reparación inmediata ni responder a todas las necesidades de quienes perdieron a un familiar. El reconocimiento judicial y la reparación son cuestiones relacionadas, pero no idénticas.

Un tribunal puede establecer hechos y responsabilidades conforme a las pruebas que examina, pero no devuelve a las víctimas lo perdido ni elimina las divisiones sociales que deja una campaña de violencia. Tampoco convierte cada acusación sobre el periodo en un hecho probado. El proceso tiene límites: se concentra en los cargos y las personas incluidos en el expediente, dentro de unas reglas y una jurisdicción determinadas. La justicia puede ofrecer una respuesta legal sin cerrar por completo una herida colectiva.

En el debate público, esa distancia entre expectativas y competencias judiciales suele perderse. Los partidarios de un acusado pueden describir el procedimiento como una maniobra política; quienes reclaman justicia pueden esperar que el tribunal resuelva de una vez toda la historia de la campaña antidrogas. Ninguna de esas lecturas sustituye a la evaluación de las pruebas. La relevancia histórica del caso es mayor que el alcance concreto de cualquier fallo, pero el tribunal debe decidir dentro de los límites de su mandato.

Por qué el apellido no basta para entender el caso

La cobertura conjunta de los dos expedientes puede dar la impresión de que Rodrigo y Sara afrontan una sola ofensiva judicial. En realidad, las instituciones, las acusaciones y las consecuencias son distintas. El expresidente está relacionado con una causa internacional por presuntos crímenes de lesa humanidad; la vicepresidenta fue remitida a un juicio político en su país por acusaciones vinculadas a su desempeño y conducta pública. Separar los casos permite distinguir entre responsabilidad penal y responsabilidad constitucional.

También ayuda a leer con cautela expresiones como enviado a juicio o juicio en marcha. La primera puede describir el traslado de un expediente a una nueva fase sin que exista una condena; la segunda no aclara por sí sola qué cuestiones procesales ya se han resuelto. En ambos casos, importa precisar quién juzga, qué se acusa y qué decisión concreta puede dictarse. El lenguaje de los titulares no debe borrar las etapas del procedimiento.

El futuro de ambos procesos dependerá de decisiones institucionales distintas: las de la CPI en la causa de Rodrigo y las del Senado filipino en la de Sara. Los datos de una votación, las declaraciones de las familias políticas o las reacciones de las víctimas explican el clima que rodea los expedientes, pero no anticipan su desenlace. La justicia deberá avanzar caso por caso, con pruebas y reglas propias; esa separación es la clave para entender por qué un mismo apellido aparece en dos escenarios judiciales diferentes.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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