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Doomscrolling y doomprompting: ¿por qué engancha tanto?

Del doomscrolling al doomprompting: el móvil y la IA enganchan, golpean también a mayores y convierten el mal rollo en rutina de sobremesa!

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Doomscrolling y doomprompting

Del doomscrolling al doomprompting: el móvil y la IA enganchan, golpean también a mayores y convierten el mal rollo en rutina de sobremesa!

A las 07:25, con la etiqueta de “publicado hace 10 min”, Jot Down lanzó una pieza con un título que ya es media tesis: “Muera por dentro en cómodos clicks: del doomscrolling al doomprompting”. La firma aparece como Andaui, dentro de Andaui, y el disparo va directo a una costumbre que muchos reconocen sin necesidad de manual: quedarse pegado a la pantalla tragando malas noticias, y luego dar el salto a algo todavía más fino, más personal… más peligroso si se entra torcido: pedirle a una IA que te construya el apocalipsis a medida, prompt a prompt, hasta que la cabeza se queda como una habitación sin ventanas.

La idea central no se queda en bautizar modas. Señala un cambio de época con el dedo (ese dedo que no descansa): del doomscrolling de redes —el carrusel de titulares, vídeos, hilos y “última hora” que no termina nunca— al doomprompting, que ya no depende tanto del algoritmo del feed como del impulso de preguntar y repreguntar a un chat, buscando certezas y encontrando, a menudo, una espiral. Y lanza una sospecha incómoda, de las que pinchan en casa: esto no sería solo cosa de jóvenes; en la tercera edad podría estar haciendo más daño del que se admite, en parte porque el móvil se ha convertido en compañía, en rutina, en una ventanita que a veces se abre a un patio lleno de humo.

El texto que le pone nombre al cansancio

El artículo juega con un tono ácido, casi de bofetada elegante, y aun así describe algo muy cotidiano: el mal rollo que crece cuanto más se consume, como si la propia inquietud fuese gasolina. En el doomscrolling, la persona “se sienta durante horas” y va pasando actualizaciones con el dedo; no se informa, se engancha. No es solo leer noticias malas: es que el gesto de seguir bajando se convierte en una promesa falsa, una de esas promesas pequeñas y constantes que suenan razonables mientras estás dentro: “solo una más”, “a ver cómo acaba”, “necesito entenderlo”. El texto lo retrata con una imagen muy reconocible en tiempos de pantallas infinitas: el “Para ti” como un concentrado de lo que altera, un destilado oscuro que sabe exactamente dónde rascar.

Lo nuevo aparece cuando entra el cuadro de texto, el cursor parpadeando como un semáforo que siempre está en ámbar. El doomprompting no necesita un trending topic para arrastrarte; le basta con tu propio nudo en el estómago. En lugar de deslizar, se pregunta. En lugar de toparse con el desastre, se lo encarga. Y ahí hay una trampa distinta: el chat parece más limpio que un feed, más ordenado que un timeline, más “inteligente”; esa apariencia de método —frases bien estructuradas, respuestas con tono calmado— puede hacer que el miedo se sienta razonable, casi profesional, como si el pánico hubiese aprendido a hablar con voz neutra.

Doomscrolling: cuando la mala noticia se vuelve costumbre

La palabra doomscrolling se ha popularizado porque clava una sensación física: estar con el móvil y, al mismo tiempo, notar que algo te cae por dentro, como una lluvia fina que no se ve, pero empapa. No es exactamente curiosidad. Tampoco es información. Es más parecido a una “vigilancia” permanente, a un estado de alerta que se disfraza de responsabilidad: mirar guerras, crisis, delitos, accidentes, colapsos, amenazas… y seguir mirando. El cuerpo se queda quieto; la mente, no. El sueño se afina y se rompe. El humor se encoge. Y el dedo sigue, porque el diseño de las plataformas —ese scroll infinito sin última página— está hecho para que el final no exista y la pausa parezca una decisión rara, casi antinatural.

El fenómeno tiene algo de consumo compulsivo, pero no se vive como un vicio clásico; se vive como un deber. Se abre una red “para enterarse” y, sin darse cuenta, se entra en un circuito de impacto rápido: titulares que gritan, clips que repiten, comentarios que incendian. En medio, el cerebro hace lo suyo: se queda con lo amenazante porque lo amenazante parece útil para sobrevivir. El problema es que, en la pantalla, la amenaza no se acaba. La vida real tiene silencios; el feed, no. La vida real tiene tardes sin novedades; el feed siempre encuentra una razón para vibrar. Y cuando la vibración manda, el ánimo obedece.

No es solo cosa de chavales

La pieza de Andaui deja caer una intuición provocadora: que el doomscrolling quizá esté golpeando fuerte a la gente mayor, incluso más que a esos “niños” que siguen viviendo en casa hasta los cuarenta, con la ironía bien afilada. La intuición tiene sentido por una razón simple y casi doméstica: la población mayor ya está conectada, y en muchos hogares el smartphone dejó de ser un lujo para convertirse en mando a distancia del mundo. No hace falta imaginar a la abuela bailando trends; basta con mirar grupos de WhatsApp, cadenas de alarmas, vídeos reenviados con “mira esto”, audios de dos minutos que suenan a confidencia urgente. Ahí el doomscrolling no siempre ocurre en TikTok; ocurre en el chat familiar, en el enlace que te llega, en el titular recortado, en el pantallazo con flechas rojas.

Además, en la tercera edad el móvil se mezcla con miedos distintos: salud, dependencia, inseguridad, soledad, cambios rápidos que cuesta procesar. Cuando el teléfono es compañía, cualquier contenido se vuelve más pegajoso; y cuando el contenido es alarmista, la compañía se convierte en ruido. No hay que romantizar ni infantilizar: hay gente mayor con criterio y gente joven sin él. Lo que cambia es el contexto. En un jubilado, una cadena sobre robos en el barrio puede convertirse en un estado de alarma continuo; en un adolescente, un carrusel de catástrofes puede convertirse en cinismo o en bloqueo. El dedo hace el mismo gesto, pero el golpe cae en sitios diferentes.

El diseño que empuja a seguir

El doomscrolling no nació por accidente; se alimenta de un entorno que premia la permanencia. Las plataformas compiten por tiempo de pantalla, y para eso funcionan como casinos de bolsillo: lo siguiente siempre está a un milímetro. El “scroll infinito” no es una metáfora bonita, es una ingeniería de hábito. A eso se suma la economía emocional del contenido: lo que enfada, lo que asusta, lo que indigna, suele retener más que lo que calma. El sistema aprende de cada pausa, de cada repetición, de cada segundo mirando una imagen, y lo devuelve amplificado. Se forma así una dieta informativa cargada de alertas: no necesariamente falsa, pero sí sesgada hacia lo que golpea.

En ese caldo, el usuario no siempre busca la verdad; busca una sensación. A veces busca sentirse preparado, otras busca sentirse acompañado, otras busca sentirse “dentro” de lo que pasa. El problema es que el flujo constante de malas noticias no prepara: desgasta. Y cuando el desgaste se normaliza, la pantalla se convierte en un termómetro emocional que marca fiebre incluso cuando no hay fiebre. Ese es el suelo sobre el que aparece el doomprompting: un paso más allá del feed, hacia una conversación que, en lugar de apagar el incendio, a veces lo redacta con mejor letra.

Doomprompting: la tormenta hecha a medida

El salto de “scroll” a “prompt” cambia la escena sin cambiar el fondo. En vez de consumir lo que aparece, se empieza a producir la propia inquietud. El prompt —la orden o pregunta que se escribe en un chat de IA— se vuelve un gatillo. Se pregunta por una noticia y se termina pidiendo un pronóstico. Se pregunta por un síntoma y se termina pidiendo un listado de enfermedades raras. Se pregunta por una relación y se termina pidiendo una radiografía moral del otro, como si una conversación pudiera resolverse con una tabla invisible de probabilidades. La IA responde con una mezcla rara: suena segura, suena cuidadosa, suena completa… y eso, cuando se está vulnerable, puede ser adictivo.

El doomprompting tiene algo especialmente íntimo: no hay comentarios de desconocidos, no hay gritos del timeline, no hay peleas en hilos. Hay una voz que contesta. Y esa voz, por diseño, intenta ser útil, intenta ser ordenada, intenta seguir. El usuario siente que controla. Pero el control puede ser ficticio cuando el objetivo real no es entender, sino calmar una ansiedad que no se calma con más información, sino que se multiplica con cada variante, cada “y si…”, cada “vale, pero entonces…”.

La conversación que no se acaba

Lo perverso del doomprompting es que no necesita que el contenido sea espectacular; le basta con que sea plausible. Una IA puede dar diez escenarios, y el cerebro se quedará con el peor, porque el peor tiene brillo negro. Se pregunta por un conflicto internacional y se obtienen cadenas de consecuencias. Se pregunta por el mercado laboral y aparecen panoramas grises. Se pregunta por el clima y salen proyecciones con curvas y palabras de ciencia que suenan a sentencia. El usuario, en lugar de cerrar el tema, abre pestañas dentro del propio chat: “y si pasa esto”, “y si lo otro”, “y si en España”, “y si mañana”. No se lee; se rumia. Y la rumiación, con teclado, parece investigación.

Andaui acierta al retratar la dinámica como una máquina que invita a seguir. El propio formato del chat empuja: la respuesta suele terminar con una frase que abre puerta, un “puedo ampliar”, un “hay matices”, un “depende”. En condiciones normales, eso es prudencia. En un estado de ansiedad, es gasolina. El usuario se queda a vivir en el matiz, en el detalle, en el “depende”, hasta que el mundo parece un lugar hecho de excepciones peligrosas. Y cuando el mundo parece eso, el dedo vuelve a escribir.

Prompts que suenan inocentes

El doomprompting no suele empezar con “quiero hundirme”. Empieza con cosas razonables: “he leído esto, ¿qué significa?”, “me duele aquí, ¿qué podría ser?”, “mi madre está obsesionada con tal noticia, ¿es normal?”. Luego vienen los giros: “¿y si no es eso?”, “¿y si es más grave?”, “¿qué probabilidades hay de que…?”. La escalera es suave. Y como la IA suele responder con tono sereno, incluso cuando habla de posibilidades duras, el usuario siente que no está entrando en pánico, que está haciendo una consulta ordenada. El pánico, sin embargo, puede ser muy educado.

Aquí aparece un matiz importante: no se trata de demonizar la IA. Una IA puede ayudar a entender conceptos, a ordenar información, a traducir jerga. El problema es el uso insistente, obsesivo, de la herramienta para sostener una emoción que ya está desbordada. En ese caso, la IA se convierte en un espejo que devuelve palabras a un pensamiento circular. Y un pensamiento circular, cuando recibe palabras nuevas, se hace más convincente. El bucle se refuerza no por maldad, sino por interacción.

Cuando la IA devuelve más de lo pedido

Hay un punto delicado en todo esto: la IA tiende a completar, a expandir, a cubrir ángulos. Eso es parte de su atractivo. Pero también significa que puede introducir posibilidades que el usuario no había contemplado y, de repente, abrir un frente nuevo de preocupación. En un feed, la mala noticia viene de fuera; en un chat, puede salir de dentro del propio intercambio. Se pregunta por un síntoma común, y la respuesta, por prudencia, menciona también escenarios raros. Se pregunta por un conflicto, y la respuesta enumera también riesgos extremos. Se pregunta por seguridad, y la respuesta describe técnicas de estafa que el usuario ni conocía. La intención puede ser informativa; el efecto, en ciertas cabezas y ciertos momentos, es catastrofista.

Por eso el doomprompting es un fenómeno tan pegado a la época: mezcla dos tendencias. Una, la hiperexposición a estímulos negativos. Otra, la fe en que una interfaz “inteligente” puede resolver la incertidumbre. Cuando se mezclan, aparece esa escena moderna: alguien a solas, con luz fría, preguntándole al vacío cosas que antes se preguntaban a un amigo, a un médico, a un periódico, o simplemente no se preguntaban porque la vida no tenía esa puerta abierta 24/7. El resultado no siempre es tragedia; a veces es solo una noche peor. Pero el patrón es el mismo: más consulta, menos calma.

De la pantalla al cuerpo: señales y efectos

El doomscrolling y el doomprompting no se quedan en la cabeza como ideas abstractas; se notan en el cuerpo, en la agenda, en la forma de hablar. La primera señal suele ser el tiempo: se entra “un momento” y se sale una hora después. Luego llegan señales pequeñas: el sueño se rompe con un despertar corto, el estómago se cierra, la mandíbula se aprieta, el humor se vuelve irritable. Aparece una sensación de amenaza difusa, como si algo malo estuviera a punto de pasar y el móvil fuese el único aparato capaz de avisar a tiempo. Ese es el punto en el que informarse deja de ser un acto y se convierte en una postura: vivir en alerta.

En el doomprompting, además, aparece una fatiga particular: la sensación de haber “trabajado” mentalmente sin haber llegado a nada. Se acumulan respuestas, matices, escenarios, probabilidades, recomendaciones genéricas… y, al final, lo que queda no es claridad, sino una nube. Esa nube pesa. Y a veces empuja a volver, porque el cerebro detesta el vacío: si no hay certeza, pide otra vuelta. Ahí el chat puede funcionar como un tranquilizante fallido: calma durante unos minutos, luego deja más preguntas, y el usuario regresa. Es un circuito de alivio corto y preocupación larga.

También cambia la manera de discutir en casa. El doomscrolling alimenta conversaciones tensas: “mira lo que está pasando”, “¿has visto esto?”, “te lo dije”. El doomprompting añade una capa nueva: “la IA dice que…”. Esa frase —“la IA dice”— funciona como una autoridad improvisada. Y cuando se usa para temas sensibles, desde salud hasta política, puede endurecer posiciones. No porque la IA tenga razón o la lleve, sino porque su tono puede sonar definitivo, y a mucha gente le cuesta distinguir entre una explicación y una sentencia.

La ruta española del mal rollo: WhatsApp, sobremesa y madrugada

En España, estas espirales tienen escenarios muy concretos, casi de costumbre nacional. Está la sobremesa con el móvil en la mesa, pantalla arriba, vibrando cada poco. Está el grupo familiar de WhatsApp que mezcla fotos de niños, recordatorios de citas médicas y, de pronto, un vídeo de una pelea en el metro con un mensaje: “Esto está fatal”. Está el audio reenviado que empieza con “no lo van a decir en la tele” y termina con un catálogo de miedos. Ahí el doomscrolling no es un scroll puro; es un goteo. Y el goteo, por repetición, hace surco.

Luego está la madrugada, que es el territorio natural del doomprompting. La casa en silencio, la cabeza en alto, el chat abierto. Se pregunta por lo que preocupa porque no hay nadie despierto a quien preguntarle. Y la IA contesta, siempre contesta, sin cansarse, sin bostezar, sin decir “ya vale”. Esa disponibilidad permanente es cómoda y, a la vez, peligrosa: convierte la inquietud en una actividad. No se está preocupado; se está “consultando”. Y cuando se consulta mucho, se termina fabricando un archivo de inquietudes que suena serio, pero es solo ansiedad con formato.

En la tercera edad, el recorrido cambia de forma, pero no de fondo. Mucha gente mayor usa el móvil como vínculo con los suyos, y eso es bueno; el problema aparece cuando el vínculo viene cargado de contenido alarmista. Una cadena sobre estafas puede acabar generando miedo a cualquier llamada. Un vídeo sobre robos puede acabar generando miedo a salir. Un titular sobre enfermedades puede acabar convirtiendo cualquier dolor en una alarma. Y si, además, se descubre la IA como herramienta para “preguntar cosas”, el doomprompting puede entrar como entra una novedad práctica: “le pregunto al chat”. En personas vulnerables, eso puede ser un alivio… o un multiplicador de temor, dependiendo de cómo se use y de qué estado emocional haya debajo.

Hay otro detalle muy español, muy de vida real: el contraste entre lo que se habla en la calle y lo que se ve en el móvil. A veces, el barrio está normal y la pantalla dice que todo arde. Esa disonancia crea irritación: “¿por qué estoy así si no pasa nada aquí?”. La respuesta suele estar en la dieta informativa. No es que la realidad sea falsa; es que la pantalla selecciona, repite y ordena lo que más sacude. Y cuando el cuerpo vive al ritmo de esas sacudidas, el mundo cotidiano se vuelve extraño, como si la calma fuese una anomalía.

El debate que abre Andaui: ¿progreso o autoengaño?

La pieza de Andaui no se limita a describir un hábito; también apunta un cambio cultural: antes, la espiral venía de fuera (las redes, los medios, el ruido). Ahora, parte de la espiral se fabrica en privado, en un diálogo con una máquina que se presenta como asistente. Ahí surge una pregunta que, sin formularla como eslogan, atraviesa el tema: ¿qué pasa cuando el malestar se convierte en interacción constante con una herramienta que no conoce contexto, que no sabe quién eres, que no puede medir tu estado… pero responde con seguridad aparente? Esa seguridad aparente es un rasgo técnico y, al mismo tiempo, un rasgo social: en una época saturada de información, una respuesta ordenada se siente como un salvavidas, incluso si solo es una forma bonita de decir “depende”.

También está el asunto de la responsabilidad. El doomscrolling se suele culpar al algoritmo, y algo de culpa tiene: está diseñado para retener. En el doomprompting, la autoría se reparte: la IA responde, pero el usuario empuja. Es más íntimo, y por eso cuesta más reconocerlo. Nadie quiere admitir que está alimentando su propio pozo. Y, sin embargo, la dinámica es bastante humana: cuando una preocupación no tiene salida, se intenta domarla con datos. El problema es que hay preocupaciones que no se doman con datos, se doman con tiempo, con conversación humana, con descanso, con límites, con terapia en algunos casos. El chat, si se usa como sustituto, puede convertirse en un engaño cómodo.

Y en medio aparece la dimensión pública: cómo se habla de esto sin caer en el chiste fácil. Porque, sí, hay humor en la idea de “muera por dentro en cómodos clicks”, pero el trasfondo es serio. No se trata de que la gente sea tonta; se trata de que el ecosistema digital mezcla diseño persuasivo, ansiedad social y disponibilidad permanente. Es un cóctel. En ese cóctel, el doomprompting es el ingrediente nuevo: no sustituye al doomscrolling, lo complementa. El que se pasa el día en redes puede terminar la noche en el chat. Y al revés: el que se obsesiona con prompts puede terminar buscando confirmación en redes. Un circuito cerrado, sin puerta de salida automática.

Cuando baja el brillo

Lo que deja esta historia, por encima de etiquetas, es un retrato bastante preciso de cómo cambia la angustia cuando cambia la tecnología. Andaui lo resume sin moralina: el doomscrolling no es exclusivo de nadie y el doomprompting llega como una segunda capa, más sofisticada y, por eso, más fácil de justificar. En ambos casos hay un mismo hilo: la idea de que seguir mirando o seguir preguntando traerá calma. A veces la trae, sí, por un rato. Pero cuando el hábito se cronifica, la calma se convierte en un espejismo y lo que queda es cansancio, irritación, sensación de amenaza permanente, una cabeza que no se apaga ni cuando el día ha terminado.

También queda un dato cultural, casi de época: el paso del feed al chat cambia el tipo de autoridad. En redes, la autoridad era el volumen: lo más compartido, lo más comentado, lo más viral. En el doomprompting, la autoridad es la forma: una respuesta bien escrita, ordenada, con tono firme. Ese cambio importa porque puede colarse en conversaciones familiares, en decisiones de salud, en temores cotidianos. La frase “me lo ha dicho la IA” ya se está convirtiendo en argumento. Y un argumento así, si no se maneja con cuidado, puede endurecer miedos y cerrar debates que en realidad necesitan aire, tiempo y matiz humano.

La pieza de Jot Down no pretende dar recetas; hace algo más periodístico en el sentido clásico: pone un nombre, señala un patrón, lo clava en el tablero y obliga a mirarlo sin apartar la vista. Doomscrolling y doomprompting son, al final, dos versiones de una misma tentación contemporánea: convertir la incertidumbre en un consumo continuo. Una se alimenta de lo que cae en el feed; la otra, de lo que uno teclea buscando salida. Y entre ambas, una imagen que se repite en millones de casas: el brillo de la pantalla en la cara, el dedo que insiste, la sensación de estar “al día” mientras por dentro se va instalando una nube. Una nube cómoda, incluso entretenida… y aun así, nube.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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