Salud
¿Vives en zona con radón? El mapa que alerta en España
El mapa del radón del CSN muestra dónde hay más potencial en España y por qué medir en casa importa para bajar el riesgo de cáncer de pulmón.

El radón no huele ni se ve, pero puede acumularse dentro de una vivienda durante años. En España se atribuye a la exposición residencial a este gas una parte de las muertes por cáncer de pulmón: las estimaciones citadas van del 3,8% a escala nacional a alrededor del 7% en Galicia y Extremadura. No se trata de un peligro repentino. El riesgo depende de la concentración en el aire que se respira y del tiempo de exposición, una combinación que convierte un fenómeno natural del subsuelo en un asunto de salud pública.
En el Día Mundial contra el Cáncer, el mapa del Consejo de Seguridad Nuclear vuelve a poner el foco en los territorios con mayor potencial de radón. Destacan Galicia, el norte y centro de Extremadura, zonas de Castilla y León y el norte de la Comunidad de Madrid, además de áreas de los Pirineos y la Costa Brava. Pero sus colores no indican cuánto radón hay en una casa concreta. Una vivienda situada fuera de las zonas más señaladas puede presentar una concentración elevada; otra, dentro de ellas, puede registrar valores bajos. Para distinguirlas hay que medir el aire interior.
Qué muestra realmente el mapa del radón
El Consejo de Seguridad Nuclear, conocido por sus siglas CSN, elaboró en 2017 una cartografía destinada a localizar las áreas donde resulta más probable encontrar edificios con concentraciones elevadas. Para construirla empleó unas 12.000 mediciones en viviendas y las combinó con información sobre el terreno, entre ella el mapa de radiación gamma natural de España, MARNA, y datos litoestratigráficos. El resultado no es un inventario de inmuebles afectados, sino una estimación territorial que permite establecer prioridades y orientar nuevas comprobaciones.
Según esa clasificación, alrededor del 17% del territorio español presenta potencial elevado. La palabra potencial importa: describe la posibilidad de que el gas procedente del suelo alcance concentraciones altas en una parte de los edificios. No equivale al porcentaje de viviendas afectadas ni al de habitantes expuestos. Incluso dentro de una misma área, el aire interior depende de cómo esté construido cada inmueble, de su relación con el terreno y de la renovación del aire. El mapa ayuda a decidir dónde mirar con más atención, no sustituye una lectura tomada dentro de una casa.
La cartografía se apoya en mediciones realizadas principalmente en plantas bajas y primeras plantas, las más próximas a la fuente habitual del gas. Esa elección tiene sentido para detectar dónde el terreno puede influir más, aunque también obliga a leer los colores con cuidado. Un piso alto y una vivienda a ras de suelo comparten municipio y geología, pero no necesariamente exposición. La altura modifica la probabilidad de acumulación, sin convertirla en una garantía absoluta: intervienen las características del edificio y las posibles comunicaciones entre sus espacios interiores.
También importa la escala. Un color asignado a una zona reúne información de numerosas viviendas y variables geológicas; no reproduce el comportamiento de cada calle ni de cada parcela. Dos puntos cercanos pueden tener distinta composición del subsuelo, y dos edificios levantados sobre terrenos parecidos pueden impedir o facilitar de manera diferente la entrada del gas. Leer el mapa como si fuese una medición individual sería confundir una herramienta estadística para la prevención con un diagnóstico del aire que respiran sus ocupantes.
El percentil 90 detrás de los colores
La leyenda del mapa utiliza el percentil 90, o P90. Es el valor por debajo del cual se sitúa el 90% de las mediciones consideradas para un área; el 10% restante queda por encima. Si ese percentil se sitúa en 300 becquerelios por metro cúbico, expresados como Bq/m³, significa que una parte de las mediciones supera ese valor, no que todos los edificios lo alcancen. El concepto sirve para representar el extremo alto de una distribución sin dar por hecho que cada vivienda responde igual.
Los colores distinguen rangos que van desde un P90 inferior a 100 Bq/m³ hasta otro superior a 400 Bq/m³, con categorías intermedias de 101 a 200, de 201 a 300 y de 301 a 400 Bq/m³. Esos escalones facilitan comparar territorios y señalar aquellos donde resulta más probable encontrar concentraciones relevantes. Una categoría baja no significa ausencia de radón; indica que los valores altos son menos probables según la información utilizada. De la misma forma, una categoría elevada no permite afirmar que todas las viviendas de la zona superen el nivel de referencia.
El P90 resuelve una necesidad administrativa: ordenar áreas cuando no es posible colocar un detector en cada inmueble del país. Su límite está en esa misma virtud. Resume la distribución de mediciones de un territorio y ayuda a dirigir recursos, pero pierde los detalles que importan a quien pasa muchas horas en una planta baja. Por eso los especialistas separan dos decisiones distintas: priorizar territorios mediante el mapa y comprobar una exposición concreta mediante mediciones dentro del edificio.
Galicia encabeza una distribución muy desigual
El noroeste concentra una parte destacada de las áreas con mayor potencial, y Galicia aparece en primer plano. En torno al 70% de su superficie figura en categorías altas según las cifras recogidas en la información disponible. La explicación está relacionada con su geología: el radón se forma naturalmente en cadenas de desintegración de elementos presentes en ciertas rocas y suelos, y los terrenos graníticos favorecen que aparezca en el subsuelo. De ahí puede desplazarse hacia el exterior o encontrar una vía de entrada a los edificios.
Extremadura constituye otro gran bloque del mapa, especialmente en el norte y el centro de la comunidad. La superficie señalada ronda el 47% de su territorio. También aparecen áreas del oeste y sur de Castilla y León. Las manchas no dibujan una frontera impermeable: describen diferencias de potencial relacionadas con el terreno, mientras que las concentraciones interiores dependen además de las construcciones. Una localidad incluida en una categoría elevada puede contener viviendas con valores muy dispares, igual que ocurre entre dos edificios levantados a pocos metros.
La Comunidad de Madrid ilustra por qué las cifras territoriales necesitan contexto. Alrededor del 36% de su superficie aparece en categorías elevadas, con áreas destacadas en el norte, aunque buena parte de su población reside en edificios de varias plantas. La geología puede favorecer la presencia del gas y, al mismo tiempo, la distribución de las viviendas reducir la exposición de quienes viven lejos del suelo. El dato no resta importancia a las plantas bajas afectadas: muestra que superficie señalada y población realmente expuesta son magnitudes distintas.
Castilla y León y Canarias aparecen con porcentajes de superficie afectada de alrededor del 19% en ambos casos. El mapa recoge asimismo puntos de mayor potencial en áreas pirenaicas y en la Costa Brava. Vista en conjunto, la distribución española es un mosaico, no una mancha uniforme que pueda describirse con un único tipo de paisaje o de vivienda. El granito ayuda a explicar parte del patrón, pero la lectura útil combina el terreno con el modo en que se construye y se ocupa cada edificio.
Hay además un efecto demográfico fácil de pasar por alto. Una comarca extensa y poco poblada puede ocupar mucho espacio en la cartografía y representar una exposición colectiva menor que un área pequeña y densamente habitada. Una concentración elevada en un sótano sin uso habitual tampoco implica la misma exposición que en un salón ocupado durante horas. El riesgo para la población no se calcula contando kilómetros cuadrados coloreados: entran en juego el número de personas, los espacios donde pasan tiempo y las concentraciones que realmente se registran allí.
Cómo pasa el gas del suelo al aire de una vivienda
El radón es un gas radiactivo natural, incoloro, inodoro e insípido. Surge de procesos de desintegración en el subsuelo y puede desplazarse por los huecos del terreno. Al aire libre suele dispersarse; dentro de un edificio, en cambio, puede concentrarse si encuentra una entrada y el aire se renueva poco. La acumulación interior, no la mera presencia del gas en el suelo, es la circunstancia decisiva para evaluar una exposición residencial.
Las vías de entrada suelen ser corrientes y poco visibles: grietas en la solera, juntas entre materiales, pasos de tuberías y cables, desagües o cámaras sanitarias deficientemente ventiladas. También influyen la presión del aire y las condiciones del suelo. Una pequeña fisura en un lugar desfavorable puede facilitar el paso del gas, mientras una barrera bien resuelta puede limitarlo. La imagen útil no es la de una nube inmóvil bajo toda la casa, sino la de un gas que aprovecha recorridos concretos para pasar del terreno a los espacios habitados.
La proximidad al suelo explica por qué sótanos, semisótanos y plantas bajas merecen atención especial. Los garajes integrados y otros recintos bajo rasante también pueden presentar acumulaciones si se ventilan poco o se comunican con zonas ocupadas. En pisos altos, la influencia directa del terreno suele atenuarse, aunque la configuración del inmueble impide establecer reglas absolutas. La distancia al suelo reduce una posibilidad, no reemplaza una medición cuando existen razones para comprobar qué ocurre en el aire interior.
El comportamiento del gas ayuda a entender una escena aparentemente contradictoria: dos casas contiguas pueden dar resultados muy diferentes. Tal vez una tenga una abertura junto a la zona habitable y la otra no; quizá ventilen de forma distinta o su construcción responda de otro modo a las diferencias de presión. No hace falta imaginar un cambio geológico enorme entre ambas parcelas. Pequeñas diferencias constructivas pueden producir grandes diferencias en el interior, precisamente la información que un mapa general no puede recoger.
La oncóloga Laura Mezquita, coordinadora del Grupo de Cáncer, Trabajo y Medioambiente de la Sociedad Española de Oncología Médica y especialista en el Hospital Clínic de Barcelona, ha destacado esa heterogeneidad al analizar el problema. Su equipo ha trabajado con información de alrededor de 12 millones de edificios distribuidos en 7.978 municipios. Al incorporar cómo se reparte la población y en qué tipos de inmuebles vive, la interpretación del riesgo cambia frente a la que se obtendría observando solo el color del terreno.
Por qué un resultado instantáneo puede engañar
La concentración de radón no permanece fija como la temperatura marcada en una etiqueta. Puede cambiar a lo largo del día, entre estaciones y según la ventilación, la calefacción o las condiciones atmosféricas. El doctor en Físicas José Luis Gutiérrez ha subrayado esa movilidad para explicar por qué una lectura aislada tiene un alcance limitado. Un pico puntual no describe por sí solo la exposición de meses o años, que es la que importa al valorar el riesgo para la salud.
El valor de referencia utilizado por la normativa española se expresa como concentración media anual. Eso obliga a distinguir una cifra obtenida en un momento de una medición capaz de representar un periodo amplio. Abrir las ventanas justo antes de medir, por ejemplo, puede modificar temporalmente el aire interior sin contar cómo se vive el resto del tiempo. Del mismo modo, una lectura alta durante unas horas no basta para afirmar que esa concentración se mantiene de forma habitual. La duración de la medición cambia el significado del número.
También cambia su interpretación el lugar elegido. Una cifra tomada en un rincón poco utilizado no describe necesariamente el aire de las habitaciones donde se duerme o se pasa la jornada. En un mismo edificio pueden coexistir concentraciones diferentes entre el sótano, la planta baja y los pisos superiores. No es una anomalía del detector: el gas entra desde abajo, encuentra recorridos particulares y se diluye de manera desigual. Medir donde transcurre la vida cotidiana permite acercarse mejor a la exposición que interesa conocer.
Una concentración muy elevada exige atención, pero no convierte automáticamente una visita breve en una exposición equivalente a años de permanencia. Tampoco sería correcto trivializar el dato porque una casa siga siendo utilizable. El riesgo se relaciona con concentración y tiempo; ante una medición representativa alta, el sentido de actuar está en reducir la exposición sostenida. La distinción entre un problema crónico y una emergencia inmediata evita tanto el alarmismo como la pasividad.
Una medición de meses para conocer el aire habitual
Las mediciones recomendadas suelen durar al menos tres meses y se realizan preferiblemente en los meses fríos, cuando las viviendas tienden a permanecer más cerradas. Ese periodo permite recoger fluctuaciones que una lectura de unas horas pasaría por alto. El resultado se interpreta teniendo presente que la referencia se formula como promedio anual: una campaña prolongada aporta una base mucho más sólida que un dato instantáneo, aunque las condiciones del edificio y la época de medición siguen siendo relevantes.
Para que la cifra sea fiable importan el método y su control de calidad. Los análisis realizados por laboratorios acreditados responden a protocolos establecidos, en lugar de depender de una comprobación doméstica improvisada. La diferencia no es burocrática: una decisión sobre obras o sobre la exposición de quienes ocupan un inmueble requiere saber que el dispositivo se ha empleado correctamente y que el resultado se puede interpretar. Medir durante meses sin cuidar el procedimiento puede dar una falsa sensación de certeza.
Una lectura representativa convierte una sospecha basada en la geología en un dato del propio inmueble. Puede confirmar que conviene intervenir, o revelar que una vivienda situada en una zona destacada del mapa no presenta concentraciones elevadas en los espacios medidos. El movimiento inverso también es posible: un edificio fuera de las áreas prioritarias puede arrojar un valor que merezca atención. La medición individual completa, pero no invalida, la cartografía; cada una responde a una pregunta distinta.
Tras una intervención en el edificio, la lógica de la comprobación sigue siendo la misma. Sellar una entrada visible o mejorar una instalación no permite deducir con seguridad cuánto ha bajado la concentración, porque el gas puede seguir otros caminos y su presencia varía con las condiciones ambientales. El efecto de las medidas se conoce comparando resultados obtenidos de manera adecuada. Así, la comprobación posterior forma parte del control del riesgo, no de una búsqueda imposible de radón cero.
El vínculo con el cáncer de pulmón
El radón interesa a la salud pública por su relación con el cáncer de pulmón. La exposición prolongada al gas en interiores aumenta ese riesgo, aunque una medición alta no equivale a un diagnóstico ni permite anticipar lo que ocurrirá a una persona concreta. En quienes nunca han fumado se considera el principal factor de riesgo conocido; entre fumadores y exfumadores, el tabaco sigue siendo el determinante más importante y el radón añade exposición. La distinción ayuda a ordenar las causas sin presentar grupos de población como inmunes.
El mecanismo es distinto de una molestia perceptible al respirar. El radón se desintegra y sus productos pueden depositarse en las vías respiratorias, donde la radiación contribuye al daño celular. Es un proceso que no se reconoce por un olor, una irritación inmediata o una mancha en la pared. Por eso resulta engañoso aplicar al radón la intuición con la que se detecta humedad o humo. La ausencia de señales visibles no informa sobre la concentración, del mismo modo que una vivienda aparentemente impecable no garantiza un aire libre de este gas.
Las estimaciones de mortalidad atribuible sitúan alrededor del 3,8% las muertes por cáncer de pulmón relacionadas con la exposición residencial a radón en España. En Galicia y Extremadura se citan cifras próximas al 7%. Son estimaciones poblacionales, no porcentajes aplicables directamente al historial de un paciente ni una predicción para quienes residen en esos territorios. Su utilidad es mostrar que un riesgo ambiental poco conocido puede tener consecuencias colectivas, sobre todo cuando coincide con viviendas expuestas durante años.
El tabaco y el radón tampoco actúan en mundos separados. Que este gas destaque entre quienes nunca han fumado no significa que los fumadores puedan ignorarlo: una parte importante de las muertes atribuibles a su exposición se produce precisamente entre fumadores y exfumadores. Ambos factores pueden concurrir en una misma persona, de modo que reducir el radón interior conserva sentido independientemente del consumo de tabaco. A la vez, ninguna cifra sobre este gas altera el peso central que tiene el tabaquismo en el cáncer de pulmón.
El riesgo crece con la concentración y con los años de exposición, pero no existe una raya física que separe de forma absoluta un aire seguro de otro peligroso. Los niveles de referencia sirven para orientar medidas y prioridades, no para afirmar que por debajo de ellos desaparece todo riesgo. Esa continuidad explica por qué reducir una concentración elevada importa aunque no se alcance el cero. En la práctica, la prevención trabaja con mejoras comprobables del aire interior, no con una promesa de ausencia total de radón.
Qué significan los límites de 100 y 300 Bq/m³
La Organización Mundial de la Salud plantea 100 Bq/m³ como nivel de referencia recomendado, mientras que la normativa española establece 300 Bq/m³ como nivel de referencia para la concentración media anual en los ámbitos regulados. Son dos cifras con funciones distintas que aparecen juntas en el debate público y pueden generar confusión. La recomendación sanitaria apunta a una reducción más ambiciosa de la exposición; la cifra normativa permite identificar situaciones que requieren atención dentro del marco legal.
Un becquerelio representa una desintegración radiactiva por segundo; al expresarlo por metro cúbico se describe la actividad medida en un volumen de aire. El número, por sí solo, puede resultar abstracto, como una unidad escrita en una etiqueta sin el contexto de la habitación. Lo decisivo al interpretarlo es saber qué espacio se midió, durante cuánto tiempo y con qué método. Comparar una lectura instantánea con una referencia anual sin esas cautelas puede conducir a conclusiones equivocadas.
Que una vivienda registre menos de 300 Bq/m³ no significa que esté libre de radón ni que cualquier reducción adicional carezca de sentido. Tampoco implica que una cifra superior convierta el inmueble en inhabitable de un día para otro. El nivel de referencia es una herramienta para decidir dónde corresponde evaluar y reducir una exposición sostenida. No funciona como una frontera entre salud y enfermedad, porque el desarrollo de cáncer depende de procesos prolongados y de varios factores que una sola cifra no puede describir.
La diferencia entre la recomendación internacional y la referencia española expresa además dos formas complementarias de mirar el mismo problema. La salud pública aspira a mantener la exposición tan baja como resulte razonablemente posible; la regulación necesita un criterio operativo para ordenar obligaciones y actuaciones. Confundirlas lleva a discusiones estériles sobre cuál de las dos cifras dice la verdad. Ambas reconocen que la concentración interior importa, aunque respondan a necesidades diferentes al fijar sus valores.
De la medición a las soluciones en los edificios
La mitigación parte de una idea física sencilla: impedir que el gas entre desde el suelo o evitar que se acumule una vez dentro. Según el edificio, puede requerir sellar puntos de entrada, mejorar la ventilación de determinados recintos o instalar soluciones constructivas más específicas. No existe una reparación idéntica para todas las viviendas, porque una fisura localizada, una cámara bajo el suelo o un sótano conectado con espacios habitados plantean recorridos diferentes para el gas.
En algunos casos, actuar sobre aberturas evidentes y sobre la renovación del aire puede formar parte de la solución. En otros, la concentración o las características del inmueble hacen necesarias intervenciones técnicas para limitar el paso del gas desde el terreno. La elección no debería basarse únicamente en el color del municipio: hacen falta datos del propio edificio y una valoración de sus vías de entrada. Corregir el recorrido del radón exige comprender cómo está construida la casa, no aplicar una receta por comunidad autónoma.
La prevención también tiene cabida antes de que exista una vivienda ocupada. Si se conoce que ciertos terrenos presentan mayor potencial, el diseño de un edificio puede incorporar barreras y soluciones destinadas a limitar la entrada del gas, especialmente en sus partes en contacto con el suelo. Esa lógica explica la presencia del radón en la normativa de edificación: resulta más sencillo pensar en el subsuelo durante el proyecto que descubrir después una acumulación en un espacio ya terminado. La construcción puede reducir el problema desde su origen.
Los inmuebles existentes presentan un reto distinto, porque modificar una solera o intervenir bajo ella requiere considerar las instalaciones, el uso de las estancias y el resultado de las mediciones. Aun así, el carácter medible del problema permite evaluar si una actuación ha funcionado. La intervención no debería juzgarse por la apariencia de una junta sellada ni por la impresión de que ahora circula más aire, sino por la reducción comprobada de la concentración en los espacios relevantes.
El entorno laboral añade otra dimensión. Locales bajo rasante, sótanos y otros espacios con escasa ventilación pueden favorecer exposiciones prolongadas cuando se ocupan durante la jornada. No todos los centros de trabajo comparten ese perfil: la altura, la construcción y la ubicación modifican el escenario. La atención institucional se dirige a situaciones en las que pueden coincidir concentración elevada y permanencia cotidiana, una combinación que importa tanto en el trabajo como en el hogar.
Un mapa más preciso para una prevención mejor
El mapa del CSN y el Plan Nacional contra el Radón forman parte de una respuesta pública que busca identificar zonas prioritarias, ampliar el conocimiento y mejorar la prevención. Entre sus líneas de trabajo figura afinar la información territorial mediante cartografías más detalladas. La necesidad es clara: un mapa estatal no puede describir todas las diferencias locales en geología, construcción y ocupación de los edificios. Más detalle permite dirigir mejor las mediciones, sin pretender que una cartografía llegue a sustituirlas.
También ayuda incorporar la distribución de la población. Una superficie extensa con alto potencial, pero pocas viviendas, plantea una realidad distinta de un área más pequeña con numerosos edificios habitados en planta baja. La investigación sobre edificaciones y municipios intenta acercar el análisis a esa exposición efectiva. El riesgo colectivo depende de dónde está la gente y de cómo vive, no solo de dónde aflora una determinada roca. Ese matiz explica por qué los porcentajes de superficie afectada no pueden leerse como porcentajes de población en peligro.
La otra mejora necesaria es cultural. Durante años, el radón ha quedado relegado a conversaciones técnicas pese a que afecta al aire de interiores cotidianos: dormitorios, salones, locales o espacios de trabajo. Hablar de él sin exageraciones exige sostener dos ideas a la vez. La primera es que su relación con el cáncer de pulmón merece atención; la segunda, que conocer una zona de potencial elevado no equivale a recibir un diagnóstico de la vivienda. Entre ambas hay una tarea concreta y comprobable: obtener buenas mediciones cuando corresponde y actuar sobre resultados representativos.
Galicia y Extremadura seguirán destacando por sus condiciones geológicas y por las estimaciones de mortalidad atribuible, mientras Madrid recuerda que el terreno y la forma de habitarlo no siempre cuentan la misma historia. Ese contraste es la enseñanza más útil del mapa. Sus colores dibujan dónde es más probable que el gas encuentre condiciones favorables; la exposición real se decide dentro de cada edificio, en el contacto con el suelo, sus posibles vías de entrada y el aire que se respira día tras día.

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