Salud
¿Dónde se muere más por el calor en España? Jaén encabeza la lista
Jaén lidera la mortalidad por calor en España y Castellón registra el mayor aumento. El mapa urbano muestra dónde golpean más las altas temperaturas

Resumen
- Jaén lidera en España la tasa de mortalidad atribuible al calor
- Castellón registra el mayor aumento porcentual desde los años noventa
- El riesgo depende también de la edad, la vivienda y el diseño urbano
Jaén es la ciudad española analizada con la mayor tasa de mortalidad atribuible al calor, con una media anual de 371 muertes por cada millón de habitantes durante el periodo 2015-2024. Tras ella aparecen Linares, con 324; Talavera de la Reina, con 312; Salamanca, con 310, y Ciudad Real, con 294. El mapa quizá sorprenda: no son necesariamente las ciudades que primero vienen a la cabeza cuando se piensa en termómetros por encima de 40 grados.
El dato procede del nuevo análisis de Lancet Countdown Europe sobre salud y cambio climático en las ciudades europeas. Y muestra algo más inquietante que una clasificación: en las ciudades españolas estudiadas, la mortalidad anual asociada a las altas temperaturas ha pasado de 82,8 muertes por millón de habitantes entre 1991 y 2000 a 176,3 entre 2015 y 2024. Más del doble. El calor, dicho sin adornos, está dejando una huella sanitaria cada vez mayor.
España llega además a esta fotografía después de un verano de 2026 extraordinario. AEMET ha contabilizado 61 días bajo condiciones de ola de calor en la Península y Baleares durante el verano, récord de la serie. La temperatura media fue de 24,5 ºC, 2,4 grados por encima del promedio 1991-2020. Dos de cada tres días estivales estuvieron, aproximadamente, bajo condiciones de calor extremo.
Jaén encabeza el mapa de mortalidad por calor
La posición de Jaén no significa que 371 personas mueran cada año allí directamente de un golpe de calor. Esa sería una lectura equivocada. El indicador expresa una tasa anual por millón de habitantes, utilizada para comparar ciudades con tamaños muy diferentes y calcular el exceso de mortalidad estadísticamente atribuible a las temperaturas elevadas.
Dentro de ese marco, Jaén sobresale claramente: sus 371 muertes por millón actuales se comparan con unas 129 por millón durante los años noventa. Linares, también en la provincia jiennense, ocupa otra de las primeras posiciones, con 324. La presencia de ambas ciudades coloca al interior andaluz entre los territorios urbanos que muestran un impacto especialmente fuerte.
Pero el mapa se abre hacia el interior peninsular. Talavera de la Reina registra 312 muertes por millón, Salamanca alcanza 310 y Ciudad Real, 294. El calor más dañino, por tanto, no dibuja simplemente una franja roja siguiendo las playas mediterráneas ni se limita al valle del Guadalquivir.
Ahí aparece una de las enseñanzas menos intuitivas del estudio: importa la temperatura, naturalmente, pero también cuánto envejece una población, cómo son sus viviendas, qué capacidad tiene para refrigerarlas, cuánto dura el calor nocturno o qué enfermedades previas concentran sus habitantes. Dos ciudades con máximas parecidas pueden acabar mostrando consecuencias sanitarias bastante distintas.
Castellón es donde más ha aumentado la mortalidad
Hay otra clasificación y cambia el nombre que aparece arriba. Si en lugar de observar la tasa actual se mide cuánto ha aumentado la mortalidad asociada al calor desde los años noventa, Castellón de la Plana destaca de manera espectacular.
Su tasa media anual pasó de aproximadamente 25,7 muertes por millón de habitantes entre 1991 y 2000 a 168,1 entre 2015 y 2024. Es un incremento superior al 550%. En unas tres décadas, la mortalidad asociada a las altas temperaturas se ha multiplicado por más de seis.
También sobresale Torrevieja. La ciudad alicantina registra un aumento cercano al 529%, hasta alcanzar unas 229 muertes por millón de habitantes. Son dos ejemplos mediterráneos de un fenómeno que está desplazando con rapidez los viejos límites climáticos.
Tasa de mortalidad y número de fallecidos no son lo mismo
Aquí conviene detenerse un instante porque los porcentajes enormes pueden engañar. Una tasa por millón permite comparar poblaciones, pero no representa el número real de fallecimientos ocurridos en una localidad. En una ciudad pequeña, una tasa elevada puede corresponder a unas pocas decenas de muertes atribuibles cada año.
Torrevieja, por ejemplo, ronda los 113.000 habitantes. Una tasa de 229 fallecimientos por millón equivaldría aproximadamente a 26 muertes atribuibles anuales si se trasladara proporcionalmente a su población. Así que una ciudad puede aparecer muy arriba por riesgo relativo sin acumular más fallecimientos totales que Madrid, Barcelona u otras grandes áreas urbanas.
La respuesta correcta a dónde se muere más por calor depende, por tanto, de qué se esté midiendo. Por tasa entre las ciudades españolas analizadas, Jaén encabeza el ranking; por crecimiento porcentual desde los años noventa, destaca Castellón. Confundir ambos indicadores da un titular fácil, sí, pero un mapa bastante torcido.
El calor mata muchas veces sin aparecer en el certificado
Cuando se habla de mortalidad atribuible al calor tampoco se está contando únicamente a las personas que sufren un golpe de calor en plena calle. De hecho, esos fallecimientos directos representan solo una pequeña parte del impacto sanitario de las temperaturas extremas.
El cuerpo intenta mantener su temperatura interna alrededor de unos márgenes muy estrechos. Cuando pasa demasiadas horas peleando contra un ambiente abrasador, aumenta la carga sobre el sistema cardiovascular, los riñones y el aparato respiratorio. Una persona mayor con insuficiencia cardiaca puede no morir oficialmente “de calor”, pero una sucesión de noches a 27 o 28 grados puede terminar siendo el empujón que descompensa una salud ya frágil.
El Ministerio de Sanidad calcula que la mortalidad puede aumentar entre un 9,1% y un 10,7% por cada grado que supera el umbral de temperatura considerado de riesgo para la salud. Los mayores, las personas con enfermedades crónicas, quienes viven solos y los hogares con malas condiciones de habitabilidad están especialmente expuestos.
Por eso el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria, MoMo, cruza las defunciones observadas con las esperadas y con las temperaturas registradas. No asigna una etiqueta de “muerte por calor” a cada persona; estima estadísticamente el exceso de fallecimientos asociado a las temperaturas. Las cifras más recientes, además, se revisan a medida que llegan nuevos datos de los registros civiles.
Granada muestra cómo una ciudad puede almacenar calor
El termómetro meteorológico explica solo media historia. La otra mitad está en el suelo que pisamos. Asfalto oscuro, hormigón, fachadas, tejados y escasez de árboles absorben energía durante horas y la devuelven lentamente cuando cae el sol. La ciudad se convierte entonces en una especie de radiador gigantesco que alguien olvidó apagar.
Granada es uno de los ejemplos españoles más llamativos del llamado efecto isla de calor urbana. Entre 2003 y 2020 acumuló más de 300 días en los que la temperatura de la ciudad superó en más de 1,5 ºC la registrada en las zonas rurales cercanas.
Árboles, sombra y cemento cambian el riesgo
No es mero paisajismo. La vegetación proporciona sombra, evapotranspira agua y reduce la temperatura de las superficies. En las ciudades europeas analizadas donde aumentó la cubierta vegetal se observa una disminución media de alrededor de 0,7 ºC en la temperatura estival.
España parte con bastante margen. En 2020, la cobertura arbórea media de sus ciudades estudiadas era del 13,2% de la superficie urbana, mientras que solo el 12% alcanzaba el 30% recomendado como referencia por Naciones Unidas para una mayor resiliencia urbana.
Las noches calientes son especialmente peligrosas
El gran enemigo no siempre aparece a las cuatro de la tarde. A veces llega a las tres de la madrugada. Cuando la temperatura nocturna se mantiene elevada, el organismo pierde horas de recuperación; también las viviendas acumulan el calor del día anterior y arrancan la mañana siguiente ya calientes.
Ese encadenamiento explica por qué una ola larga puede ser más dañina que un récord puntual de 44 grados. La persistencia importa tanto como el pico. En 2026, las dos principales olas estivales duraron 23 y 24 días respectivamente, situándose entre las más prolongadas registradas por AEMET desde al menos 1975.
Más de 5.000 muertes atribuibles en el verano de 2026
El mapa urbano llega después de una temporada excepcionalmente dura. MoMo estimó 5.111 muertes atribuibles al calor entre junio y agosto de 2026; incorporando mayo, la cifra superó las 5.200. Los cálculos actualizados durante septiembre elevaban todavía más el balance provisional.
Son estimaciones epidemiológicas, no un contador de cadáveres provocados directamente por insolación. Esa diferencia es crucial. También lo es otra: que una estimación sea estadística no la convierte en imaginaria. Es la misma lógica que permite medir cuántas muertes adicionales provoca la contaminación atmosférica o qué impacto tiene una epidemia sobre la mortalidad de una población.
El contexto europeo tampoco invita a considerar España una rareza. Lancet Countdown estima 62.775 muertes atribuibles al calor en Europa durante 2024, mientras que prácticamente todas las regiones europeas analizadas han registrado un aumento de la mortalidad relacionada con las altas temperaturas en las últimas décadas. Los mayores incrementos aparecen precisamente en el sur y sureste continental.
Un mapa del calor que ya no coincide con los tópicos
Durante décadas, el calor extremo español tenía lugares casi folclóricos: Córdoba, Sevilla, Écija, el valle del Guadalquivir… y el inevitable huevo frito sobre el capó de un coche cuando llegaba agosto. El problema sanitario actual es bastante menos pintoresco.
Jaén, Linares, Talavera de la Reina, Salamanca y Ciudad Real aparecen entre las ciudades estudiadas con las mayores tasas de mortalidad atribuible. Castellón y Torrevieja sobresalen por la rapidez con la que esas tasas han aumentado. Granada enseña otra pieza del puzle: una ciudad puede fabricar parte de su propio calor mediante su diseño urbano.
No existe, pues, una única España del calor. Hay muchas. La del interior envejecido, la mediterránea con noches cada vez más cálidas, la vivienda mal aislada, el barrio sin sombra, la persona mayor que no enciende el aire acondicionado por el precio de la electricidad. El termómetro mide grados; la mortalidad mide también vulnerabilidad.
Y ahí está quizá el dato más incómodo de todos: el lugar donde hace más calor no tiene por qué ser exactamente el lugar donde ese calor termina matando más. El clima pone la temperatura. La ciudad, la edad, la vivienda y las condiciones sociales deciden buena parte del resto.












