Salud
¿Cómo cambia la menopausia el cerebro femenino? Esto revela un estudio
Más de mil resonancias permiten comparar pubertad, embarazo y menopausia y muestran que el cerebro femenino no responde igual en cada etapa.

Resumen
- La menopausia cambia el cerebro de forma distinta al embarazo y la pubertad
- No se observó la misma pérdida acelerada de materia gris durante la menopausia
- El estudio analizó resonancias de 1.095 participantes en tres etapas vitales
La menopausia cambia el cerebro femenino, pero no parece hacerlo siguiendo el mismo patrón que otras grandes transiciones hormonales de la vida, como la pubertad o el embarazo. Un amplio estudio longitudinal con resonancias magnéticas ha encontrado algo especialmente llamativo: mientras la pubertad y la gestación se asocian con reducciones apreciables del volumen de materia gris cortical, durante la transición de la menopausia no se observó esa misma pérdida acelerada de volumen.
El hallazgo cambia, al menos en parte, una idea demasiado sencilla sobre el cerebro femenino: que las grandes oscilaciones hormonales dejan siempre una huella parecida. No. El cerebro parece responder de formas distintas según el momento vital. En la menopausia, de hecho, el fenómeno observado podría parecer casi paradójico: las mujeres que pasaron de la etapa premenopáusica a la posmenopáusica no mostraron una reducción significativa de materia gris durante el intervalo estudiado, mientras que sí aparecía un descenso asociado a la edad en los grupos que permanecieron estables antes o después de la menopausia.
La menopausia no reproduce lo que ocurre en el embarazo
El trabajo, publicado el 8 de septiembre de 2026 en Nature Communications, fue dirigido por Sophie R. van ’t Hof y un equipo del Pregnancy Brain Lab del Amsterdam University Medical Center. Los investigadores reunieron datos longitudinales de 1.095 participantes y aplicaron un mismo marco de análisis para comparar tres etapas de enorme peso hormonal: pubertad, embarazo y menopausia.
La comparación resulta especialmente interesante porque no se limita a fotografías aisladas del cerebro tomadas a mujeres de edades diferentes. Los investigadores utilizaron resonancias magnéticas repetidas, de modo que pudieron observar cómo variaba la estructura cerebral de una misma persona con el paso del tiempo y contrastarla con grupos que no atravesaban en ese intervalo la transición hormonal estudiada.
La muestra quedó distribuida en 142 participantes para el análisis de la pubertad, 110 para el embarazo y 843 para la menopausia. Dentro de este último grupo había 120 mujeres que pasaron de una situación previa a la menopausia a otra posterior, además de grupos de control premenopáusicos y posmenopáusicos.
Pubertad y embarazo sí comparten parte de su huella cerebral
En la pubertad y el embarazo apareció un patrón bastante más reconocible. En ambas etapas se registraron reducciones del volumen de materia gris total y cortical superiores a las observadas en sus respectivos grupos de control. La coincidencia no significa, sin embargo, que los dos procesos sean equivalentes.
Los números permiten hacerse una idea. Durante la transición de la menarquia, el estudio calculó reducciones mensuales aproximadas del 0,13 % en materia gris total y del 0,16 % en la cortical. En las mujeres que atravesaron un embarazo, las tasas rondaron el 0,12 % y el 0,11 %, respectivamente. Son magnitudes próximas, aunque detrás de ellas pueden existir mecanismos biológicos diferentes.
Es más, cuando los investigadores bajaron al mapa fino del cerebro encontraron diferencias en más de la mitad de las regiones corticales analizadas. Pubertad y embarazo se parecen, sí, pero hasta cierto punto. El cerebro no parece limitarse a repetir una misma receta cada vez que el sistema hormonal cambia de marcha.
Las zonas donde los cambios se parecen más
Parte de esa coincidencia apareció en las cortezas de asociación prefrontal, parietal y temporal, zonas implicadas en funciones cognitivas complejas. En otras regiones, especialmente áreas sensoriomotoras y del cíngulo, las trayectorias fueron distintas: el descenso observado durante la pubertad era mayor que durante el embarazo y este, a su vez, mayor que durante la menopausia.
Conviene detenerse aquí. Una disminución del volumen de materia gris detectada mediante resonancia magnética no equivale automáticamente a perder neuronas ni a sufrir deterioro cerebral. La neuroanatomía cambia mediante procesos de reorganización y plasticidad, y una imagen estructural no permite traducir directamente unos milímetros cúbicos más o menos en mejor o peor funcionamiento cognitivo.
En el embarazo, de hecho, investigaciones anteriores han relacionado parte de estas modificaciones con una reorganización adaptativa del cerebro materno, particularmente en redes vinculadas a la cognición social y al vínculo con el bebé. El nuevo estudio no convierte, por tanto, la palabra “reducción” en sinónimo de daño cerebral.
Lo inesperado está en el cerebro durante la menopausia
La sorpresa aparece al observar la menopausia. Los investigadores querían averiguar hasta qué punto el descenso de estrógenos y otras hormonas sexuales podía producir una remodelación comparable —o incluso opuesta— a la registrada durante la pubertad y el embarazo. Lo que encontraron fue otra cosa.
Las mujeres que atravesaron la transición menopáusica no presentaron una pérdida significativa de volumen de materia gris total o cortical durante el periodo analizado. En numerosos territorios de la corteza, sus tasas de cambio se situaron incluso al nivel o por encima de las de mujeres premenopáusicas de edades próximas.
Los resultados describen así la menopausia como un patrón cualitativamente distinto, definido más por una atenuación del cambio volumétrico que por una aceleración de la pérdida cerebral. Es una diferencia importante: el cerebro no parece responder a esta transición como si fuese simplemente otro episodio de la misma transformación observada durante la pubertad o la gestación.
Los datos sugieren incluso una especie de pausa temporal en el descenso gradual del volumen cerebral asociado a la edad. Es una interpretación sugerente, pero todavía queda bastante terreno por recorrer antes de conocer qué mecanismos biológicos están detrás y cuánto tiempo puede mantenerse ese comportamiento.
No significa que la menopausia deje intacto el cerebro
Aquí aparece el matiz decisivo. El estudio no demuestra que el cerebro no cambie durante la menopausia. Tampoco prueba que esta transición proteja frente al envejecimiento cerebral ni permite concluir que los síntomas cognitivos que algunas mujeres describen sean imaginarios o irrelevantes.
Lo que dice es bastante más concreto: con las medidas estructurales utilizadas y durante los intervalos estudiados, el grupo que atravesó la menopausia no mostró el mismo descenso acelerado de materia gris observado durante la pubertad y el embarazo. Esa precisión importa, porque una resonancia no cuenta por sí sola toda la historia del cerebro.
Hay otra cautela importante. La menopausia fue clasificada mediante una pregunta sobre si habían cesado las menstruaciones. Ese criterio permite trabajar con una muestra enorme, pero no distingue con absoluta precisión la premenopausia de la perimenopausia. Algunas mujeres consideradas inicialmente premenopáusicas podían encontrarse ya dentro de la transición hormonal.
Por esa razón, los resultados nulos deben interpretarse con prudencia y no como prueba de que no existan cambios cerebrales a lo largo de toda la menopausia. El estudio fotografía una parte importante del proceso, no cada minuto de una transición que puede prolongarse durante años y variar notablemente de una mujer a otra.
Las hormonas están en el centro, pero falta demostrar el mecanismo
Estrógenos y progesterona tienen receptores distribuidos por numerosas regiones cerebrales. Resulta razonable, por ello, pensar que las enormes variaciones hormonales de la pubertad, la gestación o la menopausia desempeñen algún papel en la plasticidad cerebral.
El problema —la ciencia suele estropear las explicaciones demasiado bonitas— es que el trabajo no midió de manera homogénea las concentraciones hormonales en las tres cohortes. Los investigadores pueden comparar las modificaciones estructurales y conocen la dirección general de los cambios endocrinos propios de cada etapa, pero no pueden establecer con estos datos una relación causal directa entre una determinada caída de estrógenos y una modificación concreta de la corteza cerebral.
También se utilizaron distintos escáneres para algunas cohortes y faltaban variables plenamente comparables sobre anticonceptivos hormonales, estrés, salud mental o situación socioeconómica. El equipo redujo parte de esas diferencias mediante procedimientos estadísticos y métodos de procesamiento comunes, pero las comparaciones absolutas entre las tres etapas deben manejarse con cautela.
Un mapa nuevo de cómo envejece el cerebro femenino
El valor del estudio está precisamente en mirar juntas etapas que durante décadas se investigaron por separado. La salud cerebral femenina ha tenido una presencia sorprendentemente modesta en buena parte de la investigación neurológica, especialmente cuando se trata de menopausia y perimenopausia. La evidencia longitudinal sobre el conjunto de la materia gris durante esta transición seguía siendo limitada.
Ahora aparece una fotografía bastante más compleja. La pubertad y el embarazo comparten parte de una remodelación cortical y, al mismo tiempo, conservan diferencias regionales importantes. La menopausia rompe ese dibujo: no parece ser simplemente una tercera oleada del mismo fenómeno con las hormonas viajando en dirección contraria.
Eso abre cuestiones relevantes sobre memoria, envejecimiento, salud mental, riesgo neurológico y posibles efectos de los tratamientos hormonales, aunque este estudio no responde todavía a esas preguntas clínicas. Su terreno es la estructura cerebral. El salto desde una resonancia magnética hasta saber por qué una mujer experimenta niebla mental, cambios de sueño o dificultades de concentración exige investigaciones específicas.
El cerebro femenino no sigue un único guion hormonal
Durante mucho tiempo resultaba tentador imaginar pubertad, embarazo y menopausia como tres versiones de una misma tormenta hormonal. Los nuevos datos dibujan algo menos cómodo y, precisamente por eso, más interesante: cada transición parece tener su propia firma cerebral.
La pubertad y el embarazo muestran reducciones corticales amplias con coincidencias en determinadas regiones. La menopausia, en cambio, aparece asociada a una trayectoria estructural distinta, sin aquella pérdida acelerada de materia gris durante el periodo observado. No es un cerebro que simplemente envejece más deprisa porque caigan los estrógenos. Tampoco uno que quede congelado mientras todo lo demás cambia.
Es, sencillamente, otra forma de plasticidad cerebral. Y quizá esa sea la aportación más relevante del estudio: recordar que el cerebro femenino no atraviesa la vida obedeciendo una única receta hormonal. La biología, como de costumbre, resulta bastante menos obediente.












