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Economía

¿Dónde crecen más los ultrarricos y por qué Europa pisa el freno?

El mapa de los ultrarricos revela quién gana poder económico, por qué Estados Unidos manda y qué frena a Europa ante la nueva riqueza global

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ultrarricos suman un récord de riqueza global

El dinero no se está quieto. Nunca lo hizo, pero ahora se mueve con una velocidad casi insolente: entre 2021 y 2026, el planeta pasó de 551.435 a 713.626 personas con más de 30 millones de dólares de patrimonio neto, lo que equivale a 162.191 nuevos ultrarricos en cinco años, 89 al día. El dato no habla solo de yates, áticos con vistas y cuentas discretas; habla de poder económico, influencia política, inversión inmobiliaria, presión fiscal y de esa vieja pregunta que las democracias liberales todavía no han resuelto del todo: cuánto capital puede concentrarse antes de que la economía empiece a parecer una sala VIP con el resto mirando desde el cristal.

El mapa tiene dos lecturas. En volumen absoluto, Estados Unidos sigue siendo la gran fábrica de fortunas: pasó de 184.436 a 251.352 ultrarricos entre 2021 y 2026, casi 66.916 más, muy por delante de China, Alemania, India, Suiza, Australia, Francia, Reino Unido, Italia o España. En velocidad, sin embargo, el foco cambia: Polonia creció un 109,2 %, Qatar un 106,9 %, Turquía un 93,6 %, Rumanía un 93 %, Grecia un 74 %, Israel un 71,4 % y Arabia Saudí un 69,2 %. Europa no desaparece, pero juega otra partida: menos “boom” tecnológico a la estadounidense, más patrimonio consolidado, más regulación, más fiscalidad y más Estado del bienestar. O sea, menos casino con champán. También menos dinamita social, quizá.

El club de los 30 millones: pequeño, móvil y cada vez menos discreto

El término técnico es UHNWI, siglas en inglés de “ultra-high-net-worth individual”, una forma fría de decir personas con un patrimonio neto superior a 30 millones de dólares. No hablamos de quien tiene una buena casa, una empresa saneada y una cartera cómoda. Hablamos de un escalón muy superior, donde el patrimonio suele estar ligado a acciones, empresas, inmuebles de lujo, fondos privados, participaciones no cotizadas, herencias, tecnología, energía o finanzas. El umbral funciona como una frontera simbólica: a partir de ahí, la riqueza deja de ser solo bienestar y empieza a convertirse en capacidad de influencia.

El salto de los últimos cinco años es enorme. Que aparezcan 162.191 nuevos ultrarricos en un lustro significa que la riqueza privada no solo se conserva: se reproduce. El capital, cuando encuentra mercados líquidos, fiscalidad amable, empresas escalables y protección jurídica, se comporta como levadura. Sube. A veces sube tanto que la mesa se queda pequeña.

La fotografía regional ayuda a entender el tablero. Norteamérica concentra el 37 % de los ultrarricos del mundo, Asia-Pacífico casi el 31 % y Europa algo más del 25 %. Dicho de otro modo: el dinero extremo sigue anclado en las economías maduras, pero el crecimiento nuevo empieza a oler a otra cosa, a India, Golfo, sudeste asiático, Polonia, tecnología, manufactura, energía, infraestructuras y capital privado con botas nuevas.

Estados Unidos, la máquina que fabrica fortunas

Estados Unidos domina porque tiene algo que ninguna otra economía reúne con tanta brutalidad: mercados de capital profundos, empresas tecnológicas gigantes, cultura emprendedora, acceso masivo a financiación, protección fuerte de la propiedad privada y una bolsa capaz de convertir una participación accionarial en un patrimonio de ocho cifras antes de que en Europa hayan terminado de crear una comisión parlamentaria.

Dónde crecen más los ultrarricos

Entre 2021 y 2026, EE. UU. sumó casi 67.000 ultrarricos, más que ningún otro país. Concentró buena parte de todos los nuevos grandes patrimonios creados en ese periodo y reforzó su peso dentro del total mundial. No es una diferencia menor: cuando una economía concentra empresas de inteligencia artificial, biotecnología, software, fondos de inversión, private equity y mercados bursátiles hiperdesarrollados, el dinero no gotea; se embolsa en bloques.

Aquí está la paradoja americana. La misma arquitectura que permite crear riqueza con una potencia casi industrial también agranda las brechas internas. El fundador que vende una tecnológica, el ejecutivo que cobra en acciones, el inversor temprano que entra antes de una salida a bolsa, el fondo que multiplica por diez una participación… todos participan de una economía donde el éxito financiero puede escalar mucho más rápido que los salarios. La meritocracia, esa palabra que suena tan limpia en los discursos, a veces llega escoltada por abogados fiscales y stock options.

El World Wealth Report 2026 también detecta esta aceleración en la capa alta: la riqueza global de los grandes patrimonios creció con fuerza, mientras que el segmento ultraalto fue uno de los que más avanzó en población y en riqueza acumulada. La bolsa, la tecnología y la inteligencia artificial han hecho de soplador. Y cuando sopla en la parte alta de la pirámide, abajo no siempre llega brisa.

India y China: dos motores, dos velocidades

China sigue siendo el segundo gran polo de riqueza, aunque su avance ya no tiene el brillo lineal de otros años. Entre 2021 y 2026 pasó de 98.924 a 121.677 ultrarricos, con un crecimiento del 23 %. Es una cifra enorme en términos absolutos, pero más contenida en términos relativos. La economía china ha entrado en una fase más áspera: menor crecimiento inmobiliario, tensiones regulatorias, presión geopolítica, prudencia inversora y una relación siempre delicada entre Estado y grandes fortunas privadas.

India es el caso que más ruido hace por una razón sencilla: combina tamaño y velocidad. Su población con más de 30 millones de dólares pasó de 12.161 a 19.877 personas entre 2021 y 2026, un crecimiento del 63,4 %. No es un microterritorio que dobla una base diminuta; es una economía gigantesca, joven, digitalizada a gran velocidad, con mercados de capitales más profundos y una generación de empresarios tecnológicos e industriales que está convirtiendo crecimiento económico en riqueza privada.

La diferencia es importante. En Qatar o Rumanía, un crecimiento porcentual muy alto puede partir de una base pequeña. En India, el salto tiene otra densidad. Ahí hay empresas, consumo interno, digitalización, servicios, manufactura, infraestructuras, familias empresarias y capital nacional que empieza a circular con ambición global. No es solo el relato bonito de “la nueva potencia emergente”; es una mutación patrimonial.

Y esa mutación interesa a todo el mundo. Donde nacen ultrarricos, llegan asesores, bancos privados, promotores inmobiliarios, escuelas internacionales, oficinas familiares, gestores de activos, abogados, fundaciones, lobbies y, no nos pongamos ingenuos, también estrategias para pagar menos impuestos. La riqueza no viaja sola. Lleva equipaje.

Europa crece, pero con el freno de mano moral

Europa no está empobreciéndose en este mapa. Conviene decirlo pronto, porque el fatalismo vende mucho y explica poco. Alemania pasó de 28.942 a 38.215 ultrarricos; Suiza, de 12.724 a 17.692; Francia, de 17.737 a 21.518; Italia, de 12.547 a 15.433; y España, de 6.478 a 9.186. Hay más grandes fortunas europeas, claro que sí. Lo que ocurre es que el ritmo no se parece al de los países donde confluyen crecimiento rápido, baja presión fiscal, energía barata, capital extranjero y mercados más expansivos.

España aparece con un aumento del 41,8 % entre 2021 y 2026. No es poco. De hecho, queda por encima de Francia, Alemania, Italia o Reino Unido en crecimiento porcentual, aunque con una base mucho menor. El dato encaja con varios fenómenos conocidos: recuperación de mercados financieros, fortaleza de determinados patrimonios inmobiliarios, empresas familiares que han ganado escala, entrada de capital internacional y una economía que, pese a su ruido político de cafetera vieja, ha mostrado más resistencia de la que algunos esperaban.

Pero Europa tiene otra lógica. Aquí la riqueza convive con impuestos más altos, servicios públicos más extensos, regulaciones laborales, normas urbanísticas, controles ambientales y una sensibilidad social menos tolerante ante la acumulación obscena. El millonario europeo no siempre encuentra una alfombra roja; a veces encuentra un formulario, un inspector y una discusión parlamentaria. Trágico, dirán algunos. Civilización, dirán otros.

Polonia, Rumanía y Grecia: el crecimiento inesperado

La sorpresa europea está en el este y en el sur. Polonia lidera el crecimiento mundial con un 109,2 %, al pasar de 1.442 a 3.017 ultrarricos. Rumanía crece un 93 %, Grecia un 74 % y Portugal casi un 50 %. Son economías que parten de bases más pequeñas, lo que infla el porcentaje, pero no conviene despacharlas como anécdota estadística. En Polonia hay industria, servicios, inversión extranjera, una clase empresarial más potente y una economía que lleva años convergiendo con Europa occidental. En Rumanía, el crecimiento tecnológico y algunos polos empresariales han cambiado el paisaje. En Grecia, tras una década larga de austeridad, turismo, inmobiliario y capital exterior han hecho su trabajo, con esa mezcla mediterránea de oportunidad y cicatriz.

El caso griego es casi literario. Un país que fue símbolo de la crisis del euro aparece ahora entre los que más aumentan su población ultrarrica. No significa que la sociedad griega nade en abundancia. Significa que la recuperación patrimonial puede concentrarse muy deprisa en ciertas capas cuando suben los activos, entra inversión y el precio de lo exclusivo se despega del salario medio como una cometa con viento fuerte.

Qatar, Turquía y Arabia Saudí: capital rápido, Estado fuerte y fiscalidad ligera

El Golfo y su entorno aparecen como otro laboratorio de riqueza extrema. Qatar creció un 106,9 %, Arabia Saudí un 69,2 % y Emiratos Árabes Unidos un 54,5 %. En estos países, la combinación de energía, fiscalidad baja, inversión soberana, planes de diversificación y políticas agresivas para atraer capital internacional crea un ecosistema muy distinto al europeo. Menos Bruselas, más rascacielos. Menos debate sobre patrimonio, más visados dorados, zonas francas y fondos soberanos moviendo fichas.

Arabia Saudí, además, aparece como una de las economías con mayor potencial de crecimiento futuro en grandes patrimonios. Las proyecciones apuntan a un fuerte avance durante los próximos años, con Indonesia, Arabia Saudí, Polonia, Vietnam y Australia entre los países mejor colocados. El dinero mira hacia donde huele a expansión, y ahora huele a Asia, energía, infraestructura, industria y mercados todavía no saturados.

Turquía merece una mención aparte. Crece un 93,6 %, de 2.174 a 4.208 ultrarricos, pese a su inflación, volatilidad monetaria y tensiones políticas. O quizá precisamente por ese ecosistema raro donde algunos patrimonios encuentran refugios, arbitrajes, activos baratos y oportunidades que no existen en países más estables. La riqueza, a veces, no nace de la calma, sino del movimiento. Incluso del caos bien leído.

Por qué este mapa importa más allá del lujo

El aumento de ultrarricos no es una noticia de sociedad. Es una noticia económica y política. Cuando un país multiplica sus grandes patrimonios, cambia su mercado inmobiliario, su sistema fiscal, su banca privada, su capacidad de financiar empresas, su influencia cultural y su conversación pública. Aparecen barrios más caros, colegios más exclusivos, clínicas privadas más sofisticadas, fundaciones con más peso, donaciones políticas, presión sobre el suelo urbano y una demanda de seguridad jurídica que no siempre coincide con la demanda de igualdad.

El debate incómodo llega ahí. La riqueza extrema puede financiar innovación, inversión, empleo y crecimiento. También puede capturar instituciones, encarecer ciudades, erosionar la cohesión social y convertir la democracia en una sobremesa donde unos pocos tienen micrófono y el resto hace ruido de fondo. No hay que caricaturizar: no todo ultrarrico es un villano de película con gato blanco. Tampoco hay que fingir que la concentración patrimonial no altera las reglas del juego.

El World Inequality Report 2026 recuerda que una fracción diminuta de la población más rica acumula más patrimonio que miles de millones de adultos juntos. Es una imagen brutal: un estadio de fútbol frente a medio planeta. La economía moderna produce abundancia, sí; la reparte con una mano bastante menos entusiasta.

Europa, por eso, aparece en el gráfico con una ambigüedad interesante. Crece menos rápido que los grandes focos emergentes y mucho menos en volumen que Estados Unidos, pero conserva una idea política que no debería despreciarse: la riqueza privada tiene que convivir con bienes públicos, impuestos, derechos sociales y límites democráticos. El problema es cómo hacerlo sin espantar inversión ni regalar el sistema fiscal a quien amenaza con mudarse a Dubái en cuanto le suben un punto.

El EU Tax Observatory plantea que muchos impuestos patrimoniales europeos fracasaron no tanto por una fuga masiva de ricos, sino por bases estrechas, umbrales mal diseñados y demasiadas exenciones. La propuesta para el siglo XXI pasa por gravar patrimonios extremos con bases amplias, mínimos efectivos y reglas anti-exilio creíbles. Traducido al idioma de la calle: menos impuesto simbólico lleno de agujeros y más diseño serio para que el muy rico no pague proporcionalmente menos que quien vive de una nómina.

España en el tablero: más ultrarricos, pero sin músculo de superpotencia

España no está en la liga de Estados Unidos, China, Alemania o Francia en número total, pero su crecimiento es llamativo. Pasar de 6.478 a 9.186 ultrarricos en cinco años deja una subida de 2.708 personas y un avance del 41,8 %. En términos de titulares, España no “explota”; en términos patrimoniales, se ensancha. Y eso tiene efectos visibles: más demanda de vivienda de lujo en Madrid, Barcelona, Málaga, Baleares o la Costa Blanca; más family offices; más operaciones empresariales discretas; más capital extranjero mirando al país como lugar de residencia o inversión.

La cuestión española, como siempre, viene con ruido de persiana metálica. Por un lado, el país necesita capital, empresas fuertes, inversión y patrimonios capaces de financiar proyectos. Por otro, arrastra desigualdad, vivienda inaccesible para muchos jóvenes, salarios que no han corrido al mismo ritmo que los activos y una fiscalidad autonómica que convierte el mapa en una especie de mercadillo tributario con traje caro. Madrid compite de una manera, Cataluña de otra, Comunidad Valenciana de otra, Andalucía de otra. Federalismo fiscal, lo llaman. También podría llamarse sálvese quien pueda con BOE regional.

España, además, tiene un rasgo diferencial: mucha riqueza sigue vinculada al ladrillo. Eso no es necesariamente malo, pero sí limita la narrativa de creación de valor tecnológico. Un país no se hace más fuerte solo porque suban las casas de lujo. Se hace más fuerte cuando convierte educación, empresa, ciencia, industria, energía y capital en productividad real. Los ultrarricos pueden ser síntoma de dinamismo o de concentración improductiva. La diferencia está en el origen de la fortuna.

El dinero cambia de geografía, la política no puede mirar al suelo

El gráfico sobre dónde crecen más los ultrarricos cuenta una historia menos frívola de lo que parece. Estados Unidos sigue mandando porque su economía convierte innovación y mercados financieros en grandes patrimonios con una eficacia casi obscena. India emerge como potencia de riqueza privada con escala real. El Golfo y Asia aceleran con fiscalidad baja, capital público y ambición geopolítica. Europa crece, pero lo hace con frenos, normas y una conciencia social que a veces desespera al capital y a veces salva a la democracia de convertirse en un club privado.

No hay una moraleja cómoda. Crear riqueza importa. Repartir oportunidades también. Atraer capital es necesario. Regularlo, más todavía. El mundo de los ultrarricos no es solo una postal de lujo: es un mapa de poder. Y en ese mapa, quien mire únicamente los porcentajes verá velocidad; quien mire las sociedades verá tensión. Ahí está la noticia, bastante más seria que un gráfico bonito: el dinero se está desplazando, pero la pregunta de fondo sigue quieta, pesada, antigua. Quién manda cuando la riqueza se concentra. Y cuánto aguanta una democracia cuando la respuesta empieza a ser demasiado evidente.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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