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¿Por qué FIFA e Infantino afrontan una demanda histórica por Irán?
La demanda contra FIFA e Infantino por la eliminación de Irán mezcla VAR, visados y geopolítica en un Mundial cargado de sospechas y tensión

Resumen
- FIFA e Infantino afrontan una demanda de 1.000 millones por Irán
- El pleito nace de un gol anulado ante Egipto y acusa discriminación
- Visados, Tijuana y VAR convierten el caso en pulso geopolítico
Un politólogo iraní ha llevado a la FIFA, a Gianni Infantino y a varios funcionarios no identificados del organismo ante la justicia estadounidense con una reclamación de 1.000 millones de dólares por la eliminación de Irán del Mundial. La demanda, presentada en un tribunal federal de Boston, acusa al máximo organismo del fútbol de discriminación, doble rasero y trato desigual hacia la selección iraní después de un gol anulado por fuera de juego ante Egipto que cambió el destino del grupo.
El caso no es una simple pataleta de bar con bufanda al cuello, aunque algo de eso también late debajo. Lotfolah Kaveh Afrasiabi, politólogo iraní residente en Massachusetts y antiguo asesor en negociaciones nucleares, pide que el procedimiento sea admitido como demanda colectiva en nombre de hasta 91 millones de iraníes e iraní-estadounidenses que, según el escrito civil, quedaron emocionalmente afectados por lo que considera una discriminación flagrante contra su selección. La cifra impresiona. También obliga a leer la letra pequeña: por ahora es una acusación, no una condena.
Una demanda enorme nacida de un gol anulado
El origen inmediato está en el partido entre Irán y Egipto, jugado el 26 de junio en Seattle. Irán empató 1-1, pero en el descuento creyó haber marcado el gol de la clasificación por medio de Shoja Khalilzadeh. Hubo celebración, invasión emocional del banquillo, esa espuma maravillosa del fútbol cuando el destino parece cambiar en tres segundos. Luego entró el VAR. El gol fue invalidado por fuera de juego y Egipto conservó el empate, suficiente para avanzar a la ronda de 32 por primera vez. Irán quedó tercero con tres puntos y pendiente de otros resultados, antes de quedarse fuera.
Afrasiabi sostiene que la decisión arbitral fue errónea y que existía una prueba clara de que el gol debía haber subido al marcador. En su escrito va más lejos: no se limita a discutir una línea de fuera de juego, sino que atribuye la decisión a un patrón de trato discriminatorio hacia Irán. Ahí la demanda salta de la pantalla del VAR al tablero político, siempre tan dispuesto a colarse en el fútbol por la puerta de servicio, con botas limpias y manos manchadas.
La FIFA, según lo conocido hasta ahora, recibió una petición de comentario, pero no respondió de inmediato. Ese silencio no equivale a admitir nada. En el mundo judicial, como en los despachos del fútbol, callar suele ser una táctica antes que una confesión. El ruido, mientras tanto, ya estaba servido: Infantino, Irán, el VAR y una cifra de nueve ceros en el mismo titular.
Qué reclama exactamente Afrasiabi
La reclamación pide 1.000 millones de dólares y pretende agrupar a millones de seguidores iraníes bajo una acción colectiva. Es una ambición jurídica muy alta, casi de marcador de tenis en día de inspiración: emocional, política, identitaria y económica al mismo tiempo. Afrasiabi actúa como su propio abogado, un detalle que añade color al expediente, aunque no necesariamente fuerza procesal.
El demandante acusa a la FIFA y a Infantino de no proteger el principio de igualdad de trato. En su relato, la eliminación de Irán no fue solo consecuencia de una decisión técnica, sino la última piedra de una cuesta ya inclinada. La demanda menciona las dificultades logísticas, las restricciones de viaje, los visados denegados y el traslado de la concentración desde Arizona a Tijuana, en México. Todo junto, según Afrasiabi, habría creado una desventaja competitiva difícil de ignorar.
La parte más delicada es precisamente esa mezcla. Una cosa es pedir que se revise una actuación arbitral; otra, bastante más compleja, es probar ante un tribunal que esa actuación formó parte de una discriminación deliberada. El fútbol está lleno de injusticias aparentes: postes, rebotes, árbitros, centímetros, noches torcidas. Convertir ese barro en responsabilidad civil exige algo más que indignación, por muy legítima que sea.
El fuera de juego que incendió el caso
El gol anulado a Khalilzadeh llegó tras una jugada confusa, con el portero egipcio fuera de su posición habitual. Ese detalle importa porque el fuera de juego no se mide siempre con el último defensa visible en la imagen que circula por redes. La norma habla del balón y del penúltimo adversario, no de la intuición del aficionado congelando la pantalla con el dedo lleno de rabia. Según la explicación arbitral recogida después del partido, el jugador iraní quedó ligeramente adelantado respecto a esa referencia, de ahí la intervención del VAR.
Esto no desactiva el enfado iraní. Lo ordena. La sensación de agravio se entiende mejor cuando se suma el minuto, el contexto y lo que estaba en juego: ganar significaba entrar en la siguiente fase; empatar dejaba a Irán colgando de otros marcadores. Esa es la crueldad fina del Mundial ampliado, con sus terceros clasificados, sus cálculos cruzados y su suspense de hoja de Excel. Mucho espectáculo, sí, pero también más margen para que una decisión discutida se convierta en trauma nacional.
La propia selección iraní ya había cuestionado durante el torneo si todos los equipos habían competido bajo las mismas condiciones. Tras su eliminación, el equipo agradeció la hospitalidad de Tijuana, a la que llamó su segundo hogar, pero también habló de decisiones logísticas y circunstancias que, a su juicio, dañaron el sentido de la equidad competitiva. Hay derrotas que terminan en el vestuario. Esta no.
El Mundial de Irán también pasó por los controles fronterizos
El caso no se entiende sin la tensión entre Irán y Estados Unidos, país coorganizador del Mundial junto a México y Canadá. Antes del torneo, miembros de la delegación iraní denunciaron problemas de visado y falta de coordinación. Mahdi Mohammad Nabi, supervisor de la selección, afirmó que Infantino no había cumplido sus promesas para garantizar el acceso completo de la federación iraní a los partidos en territorio estadounidense.
Irán tuvo que abandonar sus planes de instalar la base en Tucson, Arizona, y trasladarse a Tijuana por las complicaciones migratorias. El equipo solo pudo entrar inicialmente en Estados Unidos un día antes de sus partidos, aunque las restricciones se suavizaron antes del encuentro ante Egipto para permitir el viaje dos días antes; aun así, debía regresar después a México. Para una selección de élite, esas idas y venidas no son turismo. Son fatiga, recuperación rota, camas cambiadas, comidas a deshora. Fútbol, pero con ruido de aeropuerto.
La FIFA ha defendido en otras ocasiones que no controla las decisiones migratorias de los países anfitriones. Y es verdad hasta cierto punto: Infantino no reparte visados en ventanilla, por mucho que a veces se comporte como si el fútbol fuera un pequeño Estado con himno propio. Pero la pregunta incómoda sigue ahí: cuando una sede mundialista impone barreras a una selección clasificada, ¿hasta dónde llega la responsabilidad del organizador?
La batalla legal parece difícil, pero no irrelevante
La demanda tiene un camino cuesta arriba. Para prosperar como acción colectiva, Afrasiabi debería convencer al tribunal de que existe un grupo identificable con daños comunes, que la reclamación no es meramente emocional y que hay un nexo razonable entre las decisiones de la FIFA, el trato recibido por Irán y el supuesto perjuicio sufrido por millones de aficionados. No es poco. Más bien es una cordillera jurídica.
También aparece otro obstáculo: los tribunales suelen moverse con prudencia cuando se les pide revisar decisiones puramente deportivas, especialmente si proceden de árbitros y sistemas internos de competición. El VAR puede ser irritante, opaco y hasta litúrgico, con esos segundos de espera que parecen una misa tecnológica, pero sigue formando parte del gobierno técnico del partido. Llevarlo al terreno de la discriminación requiere pruebas sólidas, no solo una imagen discutida y una herida abierta.
Eso no convierte el caso en una anécdota. La demanda funciona como síntoma de algo mayor: el Mundial de 2026 prometía globalidad, integración y una fiesta sin fronteras, pero ha chocado con la política real, la de los visados, las guerras, las sospechas y los protocolos de seguridad. La pelota rueda, sí. Alrededor, el mundo sigue siendo el mundo.
Infantino, la FIFA y el precio de vender neutralidad
Gianni Infantino aparece en la demanda no solo como presidente de la FIFA, sino como símbolo de una institución que presume de universalidad mientras negocia con gobiernos, restricciones y conflictos diplomáticos. La neutralidad deportiva queda muy bien en los discursos, especialmente cuando se pronuncia con acreditación VIP y fondo azul corporativo. Luego llega una selección iraní, una frontera complicada, un gol anulado en el descuento y la neutralidad empieza a sonar a porcelana fina sobre una mesa que tiembla.
La acusación de discriminación deberá probarse donde corresponde: en el juzgado, no en la grada. Pero el malestar iraní no nació de una sola jugada. Viene de un torneo vivido entre permisos, desplazamientos y una sensación persistente de trato desigual. Ahí está el combustible del caso, más allá del resultado ante Egipto.
Un pleito que mezcla fútbol, orgullo y geopolítica
La demanda de 1.000 millones contra la FIFA e Infantino difícilmente puede separarse del clima político que rodeó la participación de Irán en el Mundial. El gol anulado fue la chispa; las restricciones, el traslado a Tijuana y el relato de agravio fueron la leña. El tribunal decidirá si hay base jurídica o si todo queda en una reclamación desmesurada, de esas que entran en los juzgados con estruendo y salen, meses después, por una puerta pequeña.
Lo seguro es que el caso ya ha logrado algo: convertir una decisión de VAR en una discusión global sobre igualdad competitiva, discriminación y poder institucional. El fútbol moderno quería ser industria planetaria. Lo consiguió. Ahora descubre, otra vez, que el planeta viene con fronteras, jueces, gobiernos y aficionados que no olvidan un fuera de juego cuando sienten que les han movido la línea.

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