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Historia

¿De qué murió Slavenka Drakulić, la gran voz crítica de los Balcanes?

Slavenka Drakulić murió a los 76 años sin causa oficial revelada. Su vida, sus libros y el legado incómodo que dejó en Europa y los Balcanes.

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De qué murió Slavenka Drakulić

Resumen

  • Slavenka Drakulić murió a los 76 años y la causa no fue revelada
  • Convirtió la enfermedad renal, el feminismo y los Balcanes en literatura
  • Su legado une memoria, crítica al nacionalismo y defensa del individuo

Slavenka Drakulić murió el 20 de junio de 2026, a los 76 años, apenas dos semanas antes de cumplir 77. La noticia fue difundida aquella noche por medios croatas, que describieron su fallecimiento como repentino. Hasta el momento, ni la familia ni las instituciones culturales que han recordado su figura han hecho pública una causa oficial de la muerte.

Tampoco se ha precisado el lugar exacto en el que falleció. La escritora repartía desde hacía años su vida entre Zagreb y Estocolmo, dos ciudades que representaban bastante bien su biografía: la primera era el territorio del origen, la lengua y las heridas balcánicas; la segunda, el refugio europeo desde el que pudo seguir escribiendo cuando el nacionalismo croata decidió que disentir era una forma sospechosa de traición.

Drakulić convivió durante casi medio siglo con una grave enfermedad renal, pasó por diálisis y trasplantes y convirtió aquella experiencia en materia literaria. Ese historial médico está documentado, pero atribuirle directamente la muerte sería ir más lejos de lo que permiten los hechos. Una cosa es la enfermedad conocida; otra, la causa certificada. Entre ambas hay una distancia que las prisas de internet suelen cruzar con la elegancia de un elefante en una cristalería.

La causa de la muerte que no se ha hecho pública

Las primeras informaciones señalaron únicamente que Slavenka Drakulić había fallecido de manera inesperada. No hablaron de accidente, ingreso hospitalario reciente, complicación concreta ni enfermedad terminal. La respuesta más honesta, por tanto, es sencilla: no se sabe públicamente de qué murió.

Algunos titulares croatas recordaron su prolongada lucha contra la insuficiencia renal, iniciada cuando tenía alrededor de 27 años. Durante décadas dependió de tratamientos complejos y conoció de cerca la espera de un órgano, el cansancio de la diálisis y esa burocracia corporal que reduce la vida a cifras, análisis y llamadas telefónicas. Ella escribió sobre todo ello sin sentimentalismo de escaparate. El dolor, en sus libros, nunca llevaba violines de fondo.

Su novela Hologramas del miedo, publicada originalmente en 1987, incorporó elementos autobiográficos relacionados con la enfermedad y el trasplante. Más tarde volvió sobre la donación de órganos en El cuerpo de su cuerpo, donde recogió historias de personas que entregaron un riñón a desconocidos. El cuerpo aparecía como frontera, archivo y campo de batalla. También como lugar de solidaridad, que no es poca cosa.

De Rijeka al centro del debate europeo

Slavenka Drakulić nació el 4 de julio de 1949 en Rijeka, entonces parte de la Yugoslavia socialista. Estudió literatura comparada y sociología en la Universidad de Zagreb y comenzó su carrera en publicaciones como Start, Danas y NIN. Allí desarrolló una forma de periodismo que desconfiaba de las grandes palabras y observaba, en cambio, cómo la política se colaba en la cocina, el dormitorio, el supermercado o el cuarto de baño.

Su primer gran libro de ensayos, Los pecados mortales del feminismo, apareció en 1984. En una sociedad que presumía de haber resuelto la igualdad mediante decreto revolucionario, Drakulić mostró las grietas: el trabajo doméstico seguía recayendo sobre las mujeres, el poder conservaba rostro masculino y hasta los productos de higiene íntima podían convertirse en una prueba silenciosa de desigualdad.

No escribía desde la comodidad retrospectiva. Hablar de feminismo en la Yugoslavia de los años ochenta suponía discutir con un sistema convencido de que la emancipación ya estaba incluida en el paquete ideológico, como quien recibe una lavadora junto al carné del partido. Drakulić respondió mirando la vida real. Menos consignas; más cajones vacíos, cuerpos cansados y mujeres sin voz.

El feminismo de las cosas pequeñas

Uno de sus mayores talentos consistió en explicar las estructuras políticas mediante objetos corrientes. Un pintalabios, una compresa, una nevera mal abastecida o un par de zapatos podían revelar más sobre el comunismo que una sala entera de discursos oficiales. Esa mirada dio forma a Cómo sobrevivimos al comunismo e incluso nos reímos, el libro que consolidó su reputación internacional al comienzo de los años noventa.

La frase «lo personal es político» encontró en ella una traducción balcánica, concreta y poco solemne. No trataba únicamente de demostrar que las mujeres sufrían discriminación, sino de enseñar cómo el poder modifica los hábitos, los deseos e incluso la percepción del propio cuerpo. La ideología tenía olor, textura y temperatura. A veces olía a detergente barato; otras, a miedo.

Esta capacidad para unir intimidad y análisis político explica que sus libros fueran traducidos a más de veinte idiomas y publicados por editoriales de Europa y Estados Unidos. No necesitaba simplificar los Balcanes para los lectores occidentales. Al contrario: combatió esa costumbre de presentar la región como un sótano oscuro habitado por pueblos condenados a odiarse desde la Edad Media.

La guerra, el nacionalismo y las llamadas amenazas

La desintegración de Yugoslavia transformó su trayectoria. Mientras los nuevos nacionalismos repartían certificados de pureza y fabricaban enemigos interiores, Drakulić se negó a aceptar la obediencia patriótica como obligación moral. Escribió sobre la guerra desde la experiencia de las víctimas, especialmente de las mujeres sometidas a violaciones, desplazamientos y silencios.

En 1992 fue incluida, junto con Dubravka Ugrešić, Jelena Lovrić, Rada Iveković y Vesna Kesić, en una campaña de difamación conocida como el caso de las «brujas de Río». Un artículo publicado en el semanario croata Globus las presentó como intelectuales antipatrióticas. La etiqueta tenía todos los ingredientes del viejo recetario: misoginia, nacionalismo y castigo público a las mujeres que opinan sin pedir permiso.

Drakulić recibió amenazas telefónicas y sufrió actos vandálicos contra su propiedad. Acabó instalándose durante largos periodos en Suecia, donde vivía con su marido, el periodista y escritor Richard Swartz. No abandonó Croacia ni dejó de escribir sobre ella, pero aprendió que Europa podía proclamar libertad mientras algunas de sus democracias jóvenes recuperaban con entusiasmo los reflejos del señalamiento colectivo.

Desde esa posición publicó Balkan Express, Café Europa y, años después, Café Europa revisitado. En esos libros examinó el tránsito del comunismo al capitalismo sin nostalgia complaciente ni fe publicitaria en el mercado. La caída de un régimen no había convertido automáticamente a sus ciudadanos en libres, prósperos y felices. La historia rara vez trabaja con esa pulcritud de folleto bancario.

Los criminales de guerra también parecían personas normales

Otro de sus libros esenciales fue No matarían ni una mosca, nacido de su observación de los procesos celebrados en el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, en La Haya. Drakulić se fijó en los acusados de crímenes de guerra y encontró algo más inquietante que el monstruo clásico: hombres aparentemente corrientes, capaces de conversar, bromear, cuidar una planta o recordar a su familia.

Su propósito no era disculparlos, sino comprender el mecanismo que permite a una persona común participar en la barbarie. El mal, sugería, no siempre entra con uniforme negro y música siniestra. A veces llega en autobús, saluda al vecino y después obedece una orden. La normalidad del verdugo resultaba más perturbadora que cualquier caricatura.

También abordó la violencia sexual durante la guerra de Bosnia en la novela Como si yo no estuviera, construida a partir de testimonios de mujeres recluidas y violadas. La obra fue adaptada al cine y permanece como uno de sus trabajos más duros. No convirtió a las víctimas en símbolos limpios ni a la literatura en tribunal ornamental. Mostró la supervivencia con sus contradicciones, su vergüenza y su desorden.

El cuerpo como territorio político

La enfermedad renal, la violencia contra las mujeres, la vejez y el dolor recorren buena parte de su obra. Drakulić entendía el cuerpo como territorio político, el lugar en el que terminan aterrizando las decisiones tomadas en parlamentos, cuarteles, hospitales y hogares. Los grandes sistemas siempre acaban tocando la piel.

Esa preocupación también aparece en sus novelas sobre Frida Kahlo, Dora Maar y Mileva Einstein, mujeres cuya identidad quedó condicionada por el dolor físico, el amor desigual o la sombra de hombres célebres. Drakulić evitó presentarlas como estampas edificantes. Le interesaban las zonas menos fotogénicas: la dependencia, la renuncia, los celos, la enfermedad y el precio íntimo del talento.

En sus últimos años escribió con frecuencia sobre el envejecimiento femenino y la invisibilidad social. Su libro de relatos De lo que no hablamos se adentró en la decadencia física, la soledad y la cercanía de la muerte, asuntos que una cultura obsesionada con la juventud prefiere envolver y esconder en el trastero.

Poco antes de su fallecimiento publicó en Croacia Por qué no aprendí a cocinar, un libro que recuperaba uno de sus territorios naturales: la relación entre la vida doméstica, la identidad femenina y las expectativas sociales.

La cocina nunca fue para ella un simple escenario. Era el pequeño laboratorio donde se repartían el trabajo, el afecto y la obediencia. En apariencia, una habitación con cazuelas; debajo, todo un sistema político. Drakulić sabía levantar la tapa y dejar salir el vapor incómodo.

Una Europa pierde su conciencia doméstica

Slavenka Drakulić debe ser recordada porque explicó Europa desde lugares que el poder consideraba secundarios. Mientras otros hablaban de fronteras, constituciones y ejércitos, ella examinaba la nevera, el hospital, la cama y el cuerpo femenino. Allí encontraba las huellas verdaderas de la historia.

Su legado reúne periodismo, ensayo, autobiografía y ficción, pero conserva una unidad reconocible: la defensa del individuo frente a los sistemas que pretenden convertirlo en categoría, enemigo, paciente o bandera. Criticó el comunismo sin idealizar el capitalismo, denunció el nacionalismo sin reducir los Balcanes a una anomalía y defendió el feminismo sin transformarlo en una contraseña de club.

Europa pierde a una autora que sabía reconocer la violencia antes de que esta adquiriera aspecto oficial. La veía en el desprecio cotidiano, en la palabra humillante, en el vecino señalado, en la mujer obligada a callar. Esas señales siguen ahí. Cambian de uniforme, de plataforma y de eslogan, pero conservan una familiaridad desagradable.

Drakulić escribió para impedir que esa familiaridad se confundiera con normalidad. Ese es su legado más incómodo y necesario: recordarnos que la historia no comienza cuando llegan los tanques. Empieza mucho antes, a menudo en una conversación corriente, en una mesa cualquiera, mientras alguien decide que la vida del otro vale un poco menos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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