Síguenos

Actualidad

¿De qué murió Rafael Ithier, líder de El Gran Combo boricua?

El fundador y director de El Gran Combo de Puerto Rico, Rafael Ithier, falleció el 6 de diciembre de 2025 en San Juan a los 99 años. La familia comunicó el deceso mediante su abogado Víctor Rivera.

Publicado

el

De qué murió Rafael Ithier

Foto de Elnavegante de la red, CC BY 3.0.

Rafael Ithier muere a los 99 tras complicaciones respiratorias. Vida, obra y legado del fundador de El Gran Combo contados con datos fiables.

El fundador y director de El Gran Combo de Puerto Rico, Rafael Ithier, falleció el 6 de diciembre de 2025 en San Juan a los 99 años. La familia comunicó el deceso mediante su abogado Víctor Rivera. En los días previos había sido hospitalizado por neumonía, y todo apunta a complicaciones respiratorias derivadas de ese cuadro. No hubo un parte clínico pormenorizado, pero el entorno confirmó el deterioro y el final de un referente que atravesó, con una tenacidad fuera de lo común, casi siete décadas de salsa.

El dato es claro: el pianista, arreglista y director que convirtió a “Los Mulatos del Sabor” en marca universal murió tras un proceso infeccioso pulmonar que no pudo superar. Con él se va el último patriarca de una manera de entender la música popular caribeña: ensayos estrictos, sonido reconocible a los dos compases, disciplina de taller y una idea repetida durante años —la estrella no es el cantante, “la estrella es la orquesta”— que moldeó a varias generaciones.

Una vida al piano que cambió la salsa

Rafael Ithier Natal nació el 29 de agosto de 1926. Vio la primera luz en Puerta de Tierra (San Juan) y se crió en Monacillos, Río Piedras, en un hogar humilde guiado por su madre, Mérida Natal, costurera, tras quedar huérfano de padre con apenas ocho años. A los diez ya trasteaba con la guitarra. La música fue oficio y salvavidas. En los años cuarenta pasó por pequeños conjuntos (Conjunto Hawaiano, Taoné, Conjunto del Pueblo) y, cuando lo llamaron a filas durante la Guerra de Corea, encontró el modo de seguir tocando: organizó una formación militar bautizada The Borinqueneers Mambo Kings. Lo suyo no era el frente; era el ritmo.

De regreso a la isla, su escuela real se llamó Cortijo y su Combo, laboratorio en el que compartió escena con Ismael Rivera y otros nombres mayores. El proyecto se quebró en 1962. De aquella fractura, Ithier levantó una nueva casa con ladrillo propio: El Gran Combo de Puerto Rico. El primer baile de la orquesta —fecha que hoy se cita como fundacional— fue el 26 de mayo de 1962 en el Rock’n Roll Club de Bayamón. Estaban Pellín Rodríguez y un joven Andy Montañez al frente de las voces; se sumaron, entre otros, Roberto Roena con las congas, Eddie “La Bala” Pérez en el saxo y un grupo de instrumentistas que serían, con el tiempo, referencia. Ese mismo año apareció el primer álbum, “Menéame los mangos”, y al poco, la televisión local confirmó que el sonido tenía futuro.

La fórmula Ithier empezó a cuajar sin prisa: base de percusión alta (bomba y plena arropando la clave), metales con una afinación agresiva pero elegante, coros con sello propio, piano que no compite, empuja. El director exigía puntualidad, respeto a los arreglos y una consigna: el show debía sonar igual en Ponce, en Nueva York o en Tokio. La apuesta cristalizó en una discografía oceánica —más de 70 producciones— y un repertorio que narra la migración, el barrio, la fiesta, la nostalgia.

La cronología del adiós y el país que lo despide

El último tramo de vida de Ithier fue discreto, como tantos años de camerino. En marzo de 2024, la Universidad de Puerto Rico (Río Piedras) le otorgó el doctorado honoris causa en Estudios Generales. Tenía 97 y el reconocimiento le emocionó: recibía toga y birrete en la misma institución donde, de joven, soñó con estudiar administración antes de que la música lo absorbiera. En noviembre de 2025, el veterano fue distinguido de nuevo en actos públicos vinculados al Día del Veterano; su paso por el Ejército formaba parte de la biografía tanto como los aplausos.

A comienzos de diciembre se supo que estaba delicado. Su abogado, Víctor Rivera, confirmó la noticia que nadie quería leer: Rafael Ithier había muerto. Las redes se poblaron de mensajes de colegas y discípulos. Hubo palabras de Víctor Manuelle, de músicos de orquestas tradicionales y de nuevas escenas urbanas. No era protocolo: era deuda sentimental de una industria que —para bien y para mal— aprendió de su rigor.

Sobre los actos fúnebres se manejan los tiempos habituales en Puerto Rico: velatorio público y despedida con música. La agenda completa se concreta en estas horas mientras la orquesta, que ya funciona con un andamiaje artístico y administrativo asentado, prepara su forma de homenaje continuo: tocar. El Gran Combo siempre ha explicado al público su historia sobre el escenario; ahora esa historia incorpora el nombre de su director en tiempo pasado, pero no en silencio.

El método Ithier: disciplina, sonido y empresa

Dirigir una orquesta de salsa durante seis décadas sin caer en caricatura requiere algo más que buen gusto. Ithier lo resumía a su manera: “Me considero más organizador que músico”. Organizador de ensayos, de repertorios, de egos. La batuta invisible se notaba en los cortes secos de los trombones, en el respiro que dejaba al sonero para el soneo, en el montuno que jamás se diluía. La sección rítmica —Richie Bastar en el güiro y Domingo “Cuqui” Santos en las congas, por citar dos referentes de etapa larga— conocía la partitura emocional del público: primero el anzuelo, luego la descarga, después el cierre.

En los setenta, el Combo consolidó su sonido internacional con giras por Latinoamérica y Estados Unidos. Temas como “Ojos chinos” (1964) y “Acángana” abrieron la pista; “Un verano en Nueva York” (1975, voz de Andy Montañez) se convirtió en crónica de barrio y postal del exilio; al final de la década, “Brujería” (1979) cerró filas alrededor de un coro que aún hoy se corea en cada feria. Llegaron los ochenta con “El menú” (1981) y la era televisiva a todo color; “Y no hago más ná’” (1983) —con su humor costumbrista— terminó por sellar el pacto del Combo con la cultura popular.

La maquinaria no era solo música; también organización. A comienzos de los setenta, Ithier impulsó sello propio y acuerdos de distribución que blindaban catálogo y giras. Ya en los 2000, entendió que debía delegar el piano para concentrarse en dirección y gestión. El 2006 marcó ese punto de inflexión; la orquesta no perdió pulso. Siguieron discos —“Arroz con habichuela” (2006), “Sin salsa no hay paraíso” (2010), “Alunizando” (2016), “En cuarentena” (2021)— y reconocimientos mayores: en 2007 el Combo ganó el Latin Grammy al Mejor Álbum de Salsa por “Arroz con habichuela” y, en 2015, la Academia Latina de la Grabación le otorgó el Premio a la Excelencia Musical. La escena lo entendía: detrás de ese palmarés había un jefe que no dejaba cabos sueltos.

Canciones que cuentan una época

La historia de Ithier también se puede leer en cinco títulos y sus contextos. “Ojos chinos” es la chispa de los sesenta, cuando el conjunto todavía se afinaba en el estudio y buscaba su sitio en televisión. “Un verano en Nueva York” fija el mapa emocional del migrante latino a mediados de los setenta: baile, trabajo, calor, nostalgia. “Brujería” juega con el doble sentido y el embrujo de la pista; “El menú” se ríe de sí mismo con la carta de un restaurante como excusa para acelerar el montuno; “Y no hago más ná’” ironiza sobre la pereza cotidiana con un coro que se instaló en el habla popular. Detrás, una idea que Ithier no traicionó: el arreglo al servicio de la frase, nunca al revés.

La huella cultural: del Palladium a la playlist

Pocas marcas latinas han resistido tanto sin perder identidad. El Gran Combo actuó en los salones neoyorquinos donde se consolidó la salsa dura —Palladium Ballroom, Manhattan Center— y, décadas después, siguió llenando plazas en Madrid, Cali, Lima o Milán. El apodo “La Universidad de la Salsa” no es antojo publicitario: por sus filas pasaron voces como Pellín Rodríguez, Andy Montañez, Charlie Aponte y Jerry Rivas, y una escuela de percusionistas y vientos capaces de resistir cualquier moda.

Ese legado ha dialogado con la cultura popular más reciente. En enero de 2025, la canción “Nuevayol” reactivó para un público joven el estribillo histórico de “Un verano en Nueva York”, confirmando que el catálogo Ithier sigue vigente en una playlist donde conviven son, trap y reguetón. La relectura no devalúa el original: lo resignifica. En parte, porque el original —esa banda de metales y percusión que entra como una locomotora— sigue estando disponible en vinilo, CD, plataformas y, sobre todo, en el recuerdo de baile de varias generaciones.

En cifras, el legado impresiona. Más de setenta discos entre estudios, directos y recopilaciones; giras por cinco continentes; un repertorio que hoy forma parte de cualquier antología seria del Caribe urbano. Pero la cifra, por sí sola, dice poco. Lo sustantivo es cómo suena: esa afinación de trombones y el piano que no pretende lucirse son, todavía, atajos de memoria colectiva.

Qué cambia ahora para El Gran Combo

La muerte de Ithier abre un capítulo delicado pero no paralizante. Desde hace años, la dirección musical y la administración funcionan con equipos capaces de sostener la marca en gira, grabación y comunicación. La orquesta ha sabido renovar voces —de Andy Montañez a Charlie Aponte, de ahí a Anthony García o Joselito Hernández— y resolver relevos en los metales y la percusión sin desdibujarse. La filosofía está escrita: disciplina, repertorio, respeto al baile.

La agenda de 2026 —a las puertas del 64.º aniversario del conjunto— se reordenará para incorporar homenajes en plazas históricas de la banda. Es de esperar que se programen conciertos tributo y que algún registro en directo cierre el ciclo luctuoso con una grabación digna. El nombre Rafael Ithier aparecerá, como debe ser, en los créditos y en el relato de escenario. Lo esencial, sin embargo, será reconocer que su método es perfectamente replicable porque él lo convirtió en método: ensayo, arreglo, tono, coro. Y a tocar.

Un retrato íntimo del jefe

No era fácil trabajar décadas al lado de alguien tan exigente. Muchos músicos lo describen con dos palabras: recto y leal. Recto, porque no negociaba los cortes ni el pulso de los bongós. Leal, porque sabía proteger a los suyos en épocas flacas. Ese liderazgo, que a veces sonaba duro, permitió que El Gran Combo atravesara crisis económicas, cambios de industria (del vinilo al streaming) y modas. Ithier cuidó también los símbolos: el traje impecable en tarima, el saludo al público, la broma justa del sonero. Todo estaba pensado.

En entrevistas repetía que un director de orquesta de salsa debe saber escuchar. Parece obvio. No lo es tanto. Escuchar al timbalero para entrar con los metales donde el cuerpo lo pide; escuchar al público para estirar el coro un minuto más; escuchar al cantante cuando el tono no le sienta y hay que bajar medio. Ese oído de artesano explica buena parte del sonido uniforme que ha hecho al Combo reconocible en un mundo saturado de oferta.

La última lección de Ithier

La noticia de la neumonía que se lo llevó se cruzó con un calendario que ya tenía su nombre subrayado por méritos propios: doctor honoris causa en 2024, condecoraciones como veterano, homenajes en vida. Da la impresión de que logró lo más raro en la música: llegar muy lejos sin traicionar el punto de partida. En su caso, un barrio de San Juan, una madre que cosía para sostener la casa, un piano humilde y una ética de trabajo que imponía silencio. Lo contrario del ruido.

Al cerrar estas líneas, queda el dato duro —99 años, 6 de diciembre, complicaciones respiratorias— y un puñado de escenas: Ithier midiendo con el gesto la entrada de trombones en “Brujería”; sonriendo a la banda antes del primer golpe de “Acángana”; dejando que la gente cante a capela “Un verano en Nueva York” cuando la nostalgia apretaba en el Madison. Nada de eso es solo pasado. Seguirá ocurriendo cada vez que alguien le dé al play o que una orquesta joven haga suyo un arreglo del Combo. Así funciona la herencia cuando ha sido bien trabajada.

El eco que queda en cada tarima

Rafael Ithier murió por complicaciones de una neumonía. Esa es la información, nítida y comprobable. Lo demás —y es mucho— pertenece al terreno del legado: una orquesta que codificó la salsa de Puerto Rico para el mundo, una manera de dirigir que priorizó el conjunto por encima del lucimiento, una lista de canciones que narran migraciones, fiestas y nostalgias, y una ética que todavía se aprende: llegar a tiempo, estudiar la partitura, escuchar al compañero. Mientras El Gran Combo de Puerto Rico siga sonando, el apellido Ithier no saldrá de cartel. Y seguirá marcando, a compás de clave, el paso de la música caribeña en los escenarios del mundo.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído