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¿Por qué Cuba sufre hoy su mayor apagón simultáneo?

Cuba afronta este lunes, 1 de diciembre de 2025, una jornada de cortes eléctricos sin precedentes recientes: la estatal Unión Eléctrica (UNE) prevé que el 59 % del país quede desconectado de manera simultánea en el tramo de máxima demanda vespertina.

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Cuba mayor apagón simultáneo

Apagones sin precedentes en Cuba: la UNE prevé cortes simultáneos del 59% y un déficit de 1.995 MW; causas, efectos y contexto explicado útil

Cuba afronta este lunes, 1 de diciembre de 2025, una jornada de cortes eléctricos sin precedentes recientes: la estatal Unión Eléctrica (UNE) prevé que el 59 % del país quede desconectado de manera simultánea en el tramo de máxima demanda vespertina. La foto técnica es inequívoca: 1.325 megavatios (MW) disponibles frente a 3.250 MW de demanda pico, con un déficit de 1.925 MW y una afectación programada de 1.995 MW. Las cifras no son una proyección abstracta; describen la magnitud de un sistema que hoy trabaja fuera de su zona de seguridad.

La explicación inmediata combina tres fallos encadenados. Por un lado, seis de las 16 unidades termoeléctricas operativas siguen paradas por averías o mantenimiento. Por otro, una de las dos plantas de gas permanece desconectada, lo que reduce un aporte clave para estabilizar el sistema. La tercera pata es la generación distribuida (motores diésel y de fueloil): 96 centrales no arrancan por falta de combustible y casi una decena están detenidas por ausencia de lubricante. Con menos máquinas, menos combustible y menos respaldo, el SEN (Sistema Eléctrico Nacional) no tiene margen para amortiguar la hora crítica del día.

Lo que se espera hoy en la red: rotaciones largas y escaso colchón

La jornada arranca, ya desde la mañana, con una disponibilidad que ronda poco más de 1.300 MW, insuficiente para cubrir una demanda que en horas laborales tiende a subir conforme avanza el día. El mediodía, a veces apoyado por la producción solar, alivia mínimamente la curva, pero el problema verdadero llega con el atardecer, cuando el consumo residencial se dispara y las industrias que siguen operativas rematan turnos. La UNE ha marcado 3.250 MW como techo probable del pico nocturno; ante esa cifra, y con la disponibilidad estancada, solo queda desconectar carga de manera planificada para evitar que el sistema colapse en cascada.

En términos prácticos, esto significa que barrios enteros, municipios y tramos rurales entrarán en rotaciones más prolongadas, con reconexiones intermitentes para repartir la afectación entre zonas. El despacho eléctrico priorizará servicios esenciales —hospitales, bombeo de agua, algunas dependencias críticas—, pero ese blindaje nunca es total y varía por región. La capacidad de reacción ante una avería adicional es mínima: con tantos motores fuera por falta de diésel o fueloil, el SEN pierde arranque rápido, ese impulso que en condiciones normales permite cubrir un bache sin apagar a nadie.

El lenguaje técnico que la UNE usa en sus partes —“disponibilidad”, “demanda”, “déficit”, “afectación”— se traducirá hoy en algo muy claro para millones de cubanos: más horas sin luz y reconexiones inestables. La afectación prevista de 1.995 MW en el pico equivale a sacar de la red casi dos gigavatios de consumo para sostener la frecuencia (50 Hz) y evitar disparos de protección que harían el daño mayor. A falta de colchón térmico y sin el socorro de los motores, cualquier desajuste de tensión o caída de una unidad añadirá presión a un entramado ya exigido.

Anatomía de una crisis: máquinas viejas, combustible escaso y demanda rígida

La crisis eléctrica cubana no nace este lunes, aunque hoy muestre su imagen más severa. Desde mediados de 2024, la isla encadena averías en un parque térmico envejecido, mantenimientos que se alargan por falta de repuestos y un suministro de combustibles intermitente. A esa fragilidad se suma una demanda que, sobre todo por la tarde-noche, es rígida: con temperaturas altas y hogares electrificados, el consumo residencial apenas cede aunque se pidan medidas de ahorro.

El parque termoeléctrico es el pilar de la generación en Cuba y allí se cuece la primera parte del problema. Muchas calderas y turbinas superan con holgura su vida útil de diseño; su eficiencia cae, los consumos específicos suben y cada megavatio-hora sale más caro en combustible y mantenimiento. Cuando una máquina de esa edad se detiene, volver a ponerla en marcha exige tiempo, piezas y personal cualificado. Hoy, con seis bloques térmicos fuera a la vez, el sistema funciona encogido, obligado a repartir esfuerzos entre unidades que también están gastadas.

El gas compone la segunda pieza del rompecabezas. Cuba opera centrales y motores que dependen del gas natural —una fuente más limpia y, sobre todo, más estable para sostener cargas base—. La desconexión de una de las dos plantas de gas deja un vacío que no se suple fácilmente. Menos gas obliga a encender diésel o fueloil en motores y calderas que, además de rendir menos, consumen un combustible más caro y ahora escaso.

Ese combustible —tercera pieza— no aparece. La generación distribuida, que funcionó durante años como amortiguador del pico y respaldo de la red, se ha quedado sin su alimento: 96 centrales de motores no están operando por falta de diésel y fueloil y casi una decena se han detenido por falta de lubricante. La ausencia de estos “bomberos” eléctricos deja al SEN sin capacidad de respuesta rápida, justamente cuando más falta hace. Sin diésel, no hay milagros técnicos.

Qué hay detrás de la “afectación”: el concepto y su impacto

En la jerga de la UNE, “afectación” no es un eufemismo: es la carga que hay que desconectar para que la red no se desordene. No todos los cortes se aplican a la vez ni a las mismas zonas, pero cuando el déficit es persistente, las ventanas se alargan y se vuelve difícil cumplir con los calendarios de rotación que se anuncian. Hoy, esa afectación se ha cuantificado en 1.995 MW durante la franja de máxima demanda, una cifra que condiciona el día entero: para salvar la noche, el despacho suele reservar un margen ya desde la tarde, y a veces desde el mediodía.

El equilibrio entre generación y demanda es delicado. Cuando hay déficit, la única salida operativa inmediata es bajar la demanda (ahorro forzoso y cortes rotativos) o subir generación. Lo segundo, hoy, no está al alcance: seis térmicas paradas, una planta de gas fuera y motores sin combustible. Queda regular el consumo con apagones programados. Técnicamente, la prioridad es sostener la frecuencia y la tensión para que no actúen protecciones que precipiten una caída de mayor alcance. Socialmente, eso se traduce en hogares sin ventilación, comercios a oscuras y cadenas de frío comprometidas.

Hay además una asimetría que duele: la afectación no golpea igual a todas las provincias ni a todos los sectores. Hospitales, plantas de agua, telecomunicaciones y otros servicios críticos reciben protección, pero no siempre total; la industria que trabaja con hornos, bombas y líneas continuas sufre la parada y el reencendido; el pequeño comercio ve truncada su jornada; los centros educativos reordenan horarios a última hora. Cuando el déficit dura semanas o meses, el daño deja de ser coyuntural y pasa a ser estructural.

Contexto económico y político: entre la infrafinanciación y las sanciones

Los apagones no son solo un síntoma técnico. Acaban filtrándose a la macroeconomía. En los últimos cinco años, la economía cubana se ha contraído en torno al 11 %, un dato que tiene múltiples causas pero en el que la crisis energética pesa por su efecto sobre la productividad, la logística y los costes. Sin electricidad confiable, los planes de inversión se vuelven inciertos, los plazos de producción no se cumplen y los precios encuentran excusas para subir.

¿De dónde viene esta situación? Expertos independientes apuntan a una infrafinanciación crónica del sistema eléctrico, que está en manos del Estado desde 1959. En su diagnóstico, durante años se pospusieron inversiones ineludibles y hoy se acumula una factura inasumible: entre 8.000 y 10.000 millones de dólares serían necesarios para “reflotar” el sistema con una modernización mínima de plantas, redes y control. Con la caja fiscal bajo presión y dificultades de acceso a financiación internacional, ese monto parece fuera de alcance inmediato.

El Gobierno cubano, por su parte, subraya el impacto de las sanciones estadounidenses: encarecen y dificultan la compra de combustibles, repuestos, equipos y servicios; traban pagos, fletes y aseguramiento; complican el acceso a la banca corresponsal. Ese entorno hostil no explica cada avería ni cada retraso de mantenimiento, pero sí agrava y prolonga las tensiones de un sistema que ya estaba debilitado. Ambas dimensiones —infrafinanciación y sanciones— coexisten y se retroalimentan, dejando poco espacio de maniobra.

Termoeléctricas, gas y motores: el detalle operativo que marca la diferencia

En el mapa de la generación cubana, las grandes termoeléctricas siguen aportando la mayor parte de la potencia, aunque con rendimientos decrecientes. Cuando un bloque cae por rotura —un generador, una caldera fisurada, un problema de turbina—, arreglarlo exige piezas que a veces no están disponibles y técnicos que tienen que improvisar con lo que hay. La UNE acostumbra a anunciar entradas parciales de 25, 50 o 100 MW tras un mantenimiento, insuficientes cuando simultáneamente otras unidades salen por un fallo imprevisto.

El gas natural es, en teoría, la pieza que da estabilidad y permite generar con menor coste y emisiones. Su caída pesa más de lo que su cuota sugiere, porque habilita ciclos y motores que sostienen la base del sistema y liberan diésel para la hora punta. Si una planta de gas queda fuera, el efecto rebote es inmediato: se queman más combustibles líquidos, que rinden menos en equipos no optimizados y además escasean.

En la generación distribuida, el retrato es aún más árido. Esos motores —cientos, repartidos por la isla— están diseñados para entrar en minutos y seguir la carga con precisión. Sin diésel o fueloil, no hay respuesta posible. La parada por falta de lubricante añade un matiz: incluso si apareciera combustible, no se pueden forzar máquinas sin aceite sin arriesgar daños mayores. Cuando 96 centrales quedan fuera por combustible y otras por lubricación, la red pierde su última línea de defensa, esa que permite pasar el pico sin desconectar barrios completos.

La vida con apagones: cadena de frío, seguridad y trabajo

El impacto social de apagones prolongados va más allá de la incomodidad. La cadena de frío se rompe en frigoríficos domésticos y tiendas, la iluminación pública se apaga por horas y la seguridad se resiente en zonas con calles oscuras. Los electrodomésticos sufren: compresores, placas y fuentes de alimentación no llevan bien los microcortes ni las variaciones de tensión. En el trabajo, los talleres detienen líneas, los pequeños negocios cancelan turnos y la administración pospone trámites.

En hospitales y centros de salud, los grupos electrógenos sostienen quirófanos, UCI y equipos críticos, pero no cubren todo el edificio ni todas las necesidades. En escuelas, el calor y la falta de iluminación fuerzan la suspensión de clases o su recorte. El transporte nota el golpe de forma indirecta: estaciones y terminales sin luz, bombeo de combustible ralentizado, señalización que depende de equipos eléctricos. Nada de esto es nuevo en Cuba, pero la persistencia de los cortes vuelve crítico lo que antes era un mal trago pasajero.

Qué puede cambiar en los próximos días: escenarios y límites reales

En el muy corto plazo, hay tres variables a observar. La primera, si alguna unidad térmica completa mantenimiento o reparación y entrega MW adicionales a tiempo para el pico; aunque sean 25 o 50 MW, en márgenes tan finos se notan. La segunda, si reaparece combustible para reactivar una fracción de la generación distribuida; unos cuantos motores podrían suavizar la rotación de cortes. La tercera, si la demanda se comporta por debajo de la previsión por medidas de ahorro o reducción de actividad; ese alivio no soluciona el fondo, pero modula la severidad de la noche.

Más allá de esta semana, no hay atajos. Sostener el sistema exige acortar mantenimientos, estabilizar el gas y garantizar diésel para los motores. Son paliativos que evitan el colapso en cascada y rebajan la cota de la afectación desde el 59 % a porcentajes más tolerables. Pero la salida estructural requiere inversión: modernizar plantas, reforzar redes, desplegar control y protecciones modernas, integrar renovables con almacenamiento y gestión de demanda. Incluso con un despliegue acelerado de fotovoltaica, la hora punta vespertina seguirá pidiendo respaldo térmico o baterías de gran escala.

La transición energética en Cuba no se encenderá con un interruptor. El mix de la isla —muy fósil, con redes justas y poca capacidad de inversión— obliga a resolver primero fiabilidad y suministro. Mientras eso llega, la UNE deberá administrar escasez: rotaciones más finas, priorización quirúrgica de servicios esenciales, y una comunicación más precisa para que empresas y hogares planifiquen sus jornadas con la mayor certeza posible dentro de la incertidumbre.

Lo que deja esta jornada eléctrica

La previsión de la UNE para este 1 de diciembre resume en una línea la profundidad de la crisis: 59 % del país sin luz a la vez en el pico, 1.325 MW de disponibilidad frente a 3.250 MW de demanda, 1.925 MW de déficit y 1.995 MW de afectación prevista. No es un simple mal día; es la confirmación de que el sistema trabaja por debajo de los mínimos operativos que garantizarían estabilidad. La cadena causal —seis térmicas fuera, una planta de gas desconectada, 96 centrales de motores sin combustible y otras paradas por lubricación— no deja espacio para interpretaciones blandas.

¿Puede aliviar la situación de forma inmediata? Sí, en el margen: una entrada parcial aquí, un lote de motores reabastecidos allá, un pico con demanda algo más baja. Pero el diagnóstico de fondo no cambia. La crisis energética arrastra infrafinanciación y restricciones externas que hacen intermitente el combustible y difícil el mantenimiento profundo, y la economía —con una caída acumulada cercana al 11 % en cinco años— no ofrece una base cómoda desde la que acometer la renovación que todos los actores dan por necesaria.

El día terminará dejando una sensación conocida: cenas a oscuras, barrios que esperan la reconexión, negocios que calculan pérdidas, hospitales que confían en grupos electrógenos. A falta de margen técnico y financiero, la isla seguirá dependiendo de que un bloque vuelva, otro no caiga y aparezca combustible para los motores. Es una forma áspera de transitar la electricidad, pero es la que hoy tiene Cuba. Y explica, sin adornos, por qué el apagón simultáneo más alto de los últimos tiempos no es una anomalía aislada, sino el síntoma visible de un sistema que necesita una reparación mayor.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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