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¿Por qué Cuba dejará al 63% del país sin luz este sábado?

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Cuba dejará al 63% del país sin luz este sábado

Cuba encara otro sábado de apagones masivos: hasta el 63 % del país podría quedarse sin luz por la mezcla de averías y falta de combustible.

Cuba afronta este sábado otra jornada de apagones masivos y lo hace con un dato que por sí solo retrata la magnitud del problema: en el momento de mayor consumo, hasta el 63 % del país podría quedarse a la vez sin corriente, según la previsión oficial de la Unión Eléctrica. La foto es rotunda. La isla llega al fin de semana con una disponibilidad de 1.156 megavatios frente a una demanda máxima de 3.050, una distancia gigantesca que explica por qué los cortes vuelven a repartirse durante horas por casi todo el territorio. No es una interrupción puntual, ni una avería aislada, ni el típico fallo que se corrige con un parte técnico y un poco de paciencia. Es una crisis energética estructural que ya se ha incrustado en la vida diaria cubana.

La noticia, además, llega solo un día después de que Cuba rozara otro umbral muy duro, con una previsión de apagones simultáneos que alcanzó el 68 % del país el viernes, el nivel más alto de los últimos años en los registros recientes difundidos por las autoridades eléctricas. Ese salto entre un récord y otro, casi sin respiro, deja claro que la red no está tropezando: está operando al límite, con centrales envejecidas, déficit de combustible, mantenimientos aplazados y una capacidad de reacción cada vez más estrecha. En medio de ese escenario, la avería de la termoeléctrica Antonio Guiteras, una de las piezas más sensibles del sistema, ha actuado como una grieta sobre una pared ya resquebrajada.

Un sistema eléctrico que ya no tiene margen

La previsión del sábado no se entiende solo por el porcentaje final de territorio afectado. Se entiende, sobre todo, cuando se mira la mecánica del problema. La Unión Eléctrica calcula para la franja nocturna un déficit de 1.894 megavatios y una afectación de 1.924 megavatios, cifras que describen un sistema que produce mucho menos de lo que necesita el país en las horas en que sube el consumo doméstico, se encienden equipos, se cocina, se intenta refrigerar comida y el calor todavía aprieta en muchas zonas. En papel son números. En la calle son barrios enteros en penumbra, neveras que dejan de enfriar, cocinas paradas, semáforos fuera de servicio y negocios que deben improvisar cada jornada como si estuvieran montando una guardia de supervivencia.

La situación tiene algo particularmente áspero porque no es homogénea ni ordenada. Cuba no vive un gran apagón continuo y limpio, por decirlo así, sino una combinación de cortes rotatorios, interrupciones prolongadas, reconexiones parciales y nuevas caídas que obligan a reorganizarlo todo a cada rato. La electricidad ya no funciona como una base silenciosa de la vida cotidiana, sino como una presencia inestable, un servicio que aparece y desaparece con una imprevisibilidad extenuante. En muchas ciudades la rutina empieza a medirse por otra escala: cuándo vuelve la luz, cuánto aguanta y qué puede hacerse antes de que vuelva a irse. Esa es la nueva aritmética doméstica de la isla.

El parte técnico del sábado incluía una pequeña inyección prevista desde la unidad 3 de Santa Cruz, con 50 megavatios, y desde seis motores de fuel de Mariel, con 106 megavatios más. Pero incluso sumando esas entradas, el hueco sigue siendo enorme. Ahí está el corazón del problema: cada incorporación sirve para contener un poco el golpe, nunca para resolverlo. Cuba se mueve desde hace meses en una lógica de remiendo permanente. Una central entra parcialmente, otra sale, una unidad se enfría, un motor regresa unas horas, una planta vuelve a fallar. El sistema no respira con normalidad; jadea.

La avería de Antonio Guiteras, el golpe que volvió a abrir la herida

La semana ha estado marcada por el papel de la Antonio Guiteras, ubicada en Matanzas, una de las centrales más importantes del país y, al mismo tiempo, una de las más castigadas por los años, la corrosión y el retraso de grandes intervenciones. El miércoles, una avería en esa planta provocó un corte masivo que dejó sin electricidad a millones de personas en el oeste cubano y arrastró durante horas a buena parte del sistema. La importancia de Guiteras no es teórica. Es una de las instalaciones que sostienen el equilibrio más delicado del mapa energético cubano, de modo que cuando cae, el impacto no se limita a una provincia ni a una ciudad: se proyecta sobre un arco enorme del país.

Las autoridades cubanas explicaron que la reparación avanzaba y que la central podía volver a entrar en funcionamiento durante la tarde del sábado. Félix Estrada Rodríguez, uno de los directivos técnicos citados por medios oficiales, habló de un proceso lento por las condiciones de seguridad y temperatura dentro de la instalación. Esa lentitud dice mucho. No se trata de pulsar un interruptor y esperar un par de minutos. Poner en marcha una central de este tipo, después de una avería grave, exige una secuencia compleja y delicada. Mientras tanto, el resto del país se queda pendiente de si esa pieza consigue volver a engancharse a tiempo a una red que lleva demasiado tiempo funcionando sin amortiguadores.

La Antonio Guiteras tenía previsto, además, un mantenimiento capital de varios meses a principios de año, pero la propia precariedad del sistema terminó empujando a las autoridades a aplazarlo. Ese detalle ayuda a entender por qué la crisis se agrava. Cuba no puede prescindir fácilmente de una central clave para repararla a fondo, pero precisamente por no apartarla del sistema, la mantiene en marcha en condiciones de desgaste acumulado. Es una trampa técnica casi perfecta. Se exprime una instalación porque hace falta; al exprimirla, se eleva el riesgo de fallo; cuando falla, el daño es todavía mayor porque la red tiene menos respaldo. Así se ha ido cerrando el círculo.

Del récord del viernes al gran corte del sábado

El viernes, la previsión de apagones simultáneos alcanzó el 68 % del país, un registro extraordinariamente alto incluso para una isla acostumbrada a convivir con interrupciones eléctricas desde hace años. Que el sábado esa cifra baje al 63 % no significa que la situación mejore de forma sólida. Significa solo que Cuba sigue atrapada en un nivel de déficit extremo, con pequeñas oscilaciones dentro de una zona de colapso parcial. Desde fuera, cinco puntos pueden parecer una corrección. Desde dentro, siguen siendo horas y horas de cortes, frustración y una sensación muy clara de fragilidad general.

Lo ocurrido estos días confirma algo que ya venía asomando desde mediados de 2024, cuando la crisis energética cubana empezó a endurecerse de verdad. Desde entonces, el país ha registrado varios apagones nacionales o casi nacionales, además de cortes diarios por insuficiencia de generación. El gran salto de marzo no nace de la nada; es el resultado de un desgaste largo que ahora se ha vuelto más visible, más frecuente y más difícil de contener. Lo excepcional ha dejado de parecer extraordinario. Esa es quizá una de las partes más duras de esta historia: la normalización de lo anómalo.

El apagón del miércoles afectó a una franja que iba desde Camagüey hasta Pinar del Río, es decir, a buena parte del centro y el oeste del país, y dejó además una estela de fallos en otros servicios. No se cayó solo la luz. Hubo problemas de telefonía móvil y fija, cortes en la conexión a internet, interrupciones temporales en el suministro de gas en áreas de La Habana y afectación en señales de radio y televisión. En la capital se suspendieron las clases para todos los niveles educativos, una medida que afectó a unos 300.000 menores. Cuando una red eléctrica tan débil se rompe, no cae solo el alumbrado: cae una parte del funcionamiento general del país.

La noche cubana como termómetro real de la crisis

El momento más crítico del sábado vuelve a coincidir con el horario pico nocturno, porque es ahí donde la red se enfrenta a la suma completa de tensiones. Por el día hay actividad industrial, oficinas, comercios, bombeo y transporte. Por la noche se añade el peso doméstico: cocinar, conservar alimentos, ventilar viviendas, cargar dispositivos, alumbrar espacios y sostener una vida mínima en casas que ya llevan muchas horas acumuladas de calor y desconexión. En ese punto, cada megavatio perdido se nota mucho más, y cada fallo adquiere una dimensión casi física.

En Cuba, la noche ya no es solo una franja del reloj; es el momento en que la crisis eléctrica se vuelve más visible. Las ventanas encendidas se convierten en una especie de mapa intermitente de desigualdades, resistencias y remiendos. Unos tiran de generador. Otros de paneles solares. Otros esperan. Muchos, simplemente, resisten a oscuras. Ese paisaje se repite con una mezcla de rutina y agotamiento que explica mejor que cualquier estadística la profundidad del problema. Porque un dato del 63 % impacta en un titular, sí, pero lo que realmente cuenta su significado son las horas acumuladas de vida suspendida.

No falta solo electricidad: falta combustible, mantenimiento y tiempo

La explicación oficial de las últimas jornadas ha insistido en un punto clave: la avería de Antonio Guiteras fue el desencadenante del gran corte, pero la causa de fondo sigue siendo el déficit de combustible. Lo explicó el director de Electricidad del Ministerio de Energía y Minas, Lázaro Guerra, al señalar que, si los motores de respaldo hubieran podido encenderse a tiempo, se habría reducido el riesgo de una caída en cadena. El problema es que esos sistemas rápidos necesitan diésel o fueloil, y ahí aparece otro cuello de botella decisivo. Cuba no tiene hoy suficiente combustible disponible para activar con soltura todas las piezas de respaldo que le permitirían amortiguar los golpes.

Ese estrangulamiento viene empeorando desde enero y se ha convertido en una pieza central de la crisis. Cuba depende en buena medida del petróleo y los derivados que llegan del exterior, sobre todo de Venezuela y, en menor medida, de México. Al mismo tiempo, la isla produce un crudo nacional pesado, con mucho azufre y otros metales, útil para alimentar ciertas termoeléctricas pero muy corrosivo y exigente para equipos que ya están castigados por décadas de uso. Esa combinación es explosiva: menos combustible importado para mover motores y grupos electrógenos, y más presión sobre centrales que trabajan con un crudo difícil y con escaso mantenimiento.

El experto Jorge Piñón, investigador del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, ha explicado que el país tiene una demanda de combustible superior a 100.000 barriles diarios, con un déficit cercano a 60.000 barriles que antes llegaban del exterior. Los otros 40.000 barriles proceden de su propia producción, pero no bastan para sostener con normalidad el sistema ni sustituyen la necesidad de derivados refinados para transporte, grupos electrógenos, agricultura o bombeo de agua. La consecuencia se nota en todo: menos electricidad, menos movilidad, más tensión sobre servicios públicos y una economía que se va encogiendo por falta de energía.

Las termoeléctricas viejas de una isla que ya no puede parar

El parque termoeléctrico cubano arrastra un problema de edad y de inversión. Además de la Antonio Guiteras, el país cuenta con otras plantas como la Máximo Gómez en Mariel, la Diez de Octubre en Nuevitas, la Carlos Manuel de Céspedes en Cienfuegos, la Lidio Ramón Pérez en Felton, la Antonio Maceo en Santiago de Cuba y la Ernesto Guevara en Santa Cruz del Norte. Son nombres que reaparecen una y otra vez en los partes energéticos, casi siempre ligados a averías, salidas imprevistas, limitaciones térmicas o retornos parciales. El patrón se repite demasiado como para atribuirlo al azar.

El gran problema es que muchas de esas centrales superan ya los 40 años de servicio y no han recibido el nivel de renovación profunda que exigía una infraestructura tan crítica. Los especialistas llevan tiempo señalando que el sector electroenergético cubano necesitaría miles de millones de dólares y una década de inversiones consistentes para recapitalizarse de verdad. La política cubana lleva años hablando de transición energética, fotovoltaica y nuevos proyectos, pero la realidad diaria sigue dependiendo de una base termoeléctrica envejecida. Y esa base, hoy, cruje.

La isla ha intentado abrir otras vías. China se comprometió a instalar siete parques fotovoltaicos de 5 megavatios en seis provincias y el Gobierno cubano ha anunciado planes para llegar a 92 parques solares con una capacidad cercana a 2.000 megavatios hacia 2028. También se trabaja en decenas de parques de unos 21,8 megavatios. El problema es que la energía solar, por sí sola, no resuelve la urgencia actual. Necesita almacenamiento, respaldo, redes estables y una energía de base que permita gestionar picos y caídas. En una red tan frágil como la cubana, la renovable puede aliviar, pero todavía no sustituye la función de las grandes plantas que hoy están averiadas o agotadas.

La otra cara del apagón: empresas, colas y una economía encogida

La crisis energética no solo vacía bombillas. También va reduciendo el espacio económico de la isla. Hay empresas privadas que han tenido que parar parcialmente por falta de combustible, pequeños negocios que dependen de generadores o inversores, comercios que no pueden conservar producto y transportistas que afrontan colas largas o precios disparados. En el mercado informal, el combustible se ha vuelto un bien de enorme tensión. La electricidad, en Cuba, ya no es solo un servicio público básico: es el cuello de botella que decide si una cocina funciona, si una tienda abre o si una empresa aguanta una semana más.

El Gobierno de Donald Trump ha endurecido la presión sobre el suministro energético a Cuba con amenazas arancelarias a países que vendan o suministren petróleo a la isla. A la vez, Marco Rubio ha defendido medidas que permiten a empresarios privados cubanos importar combustible para uso propio desde Estados Unidos. Esa combinación ha generado una escena extraña, casi partida en dos. Por un lado, un Estado cubano más asfixiado energéticamente. Por otro, una vía limitada para que algunas mipymes intenten salvar su actividad con importaciones privadas que muchas otras ni siquiera pueden permitirse. En 2025, Cuba contaba con unas 9.900 empresas privadas que empleaban a más del 30 % de la población trabajadora, pero una gran parte de ellas carece de músculo financiero para entrar en ese circuito.

El resultado es una desigualdad energética creciente. Quien puede pagarse paneles, baterías, un generador o una importación de combustible tiene una posibilidad de resistencia. Quien no, depende por completo de una red pública exhausta. Eso también cambia la vida urbana. Algunas zonas siguen con cierta actividad durante los cortes gracias a equipos de respaldo. Otras quedan prácticamente detenidas. La isla se va fragmentando en pequeños archipiélagos eléctricos, y esa fragmentación se ve, se oye y se sufre.

La crisis viene de lejos, pero marzo ha acelerado todo

Desde mediados de 2024, Cuba sufre una aguda crisis energética con apagones cotidianos, falta de capacidad de generación y cortes prolongados en muchas provincias. Pero las últimas semanas han dado un salto claro en severidad. Marzo ha concentrado varios factores a la vez: menos combustible importado, centrales al límite, un récord del 68 % de afectación previsto para el viernes, el gran corte del miércoles por la salida de Guiteras y, como continuación inmediata, el 63 % previsto para este sábado. Todo eso en apenas unos días. La sensación no es la de un país que atraviesa un bache puntual, sino la de uno que se está quedando sin colchón operativo.

El propio lenguaje usado por las autoridades cubanas refleja esa tensión. Se habla de disponibilidad, déficit, afectación, salidas imprevistas, limitaciones térmicas, motores de fuel, sincronización. Son términos técnicos, pero detrás de ellos hay una realidad muy simple: no hay energía suficiente para sostener con normalidad el país. Y cuando además se posterga el mantenimiento capital de una central clave porque no se puede prescindir de su generación, la crisis deja de ser una suma de problemas técnicos y pasa a convertirse en un sistema de urgencias encadenadas.

La imagen de este sábado lo resume bien. Cuba espera que una central reparada aporte alivio, que unos motores entren, que una unidad térmica sume 50 megavatios y que otra pieza no falle justo en la hora más delicada. Es una administración del filo. Un modo de operar donde cada jornada depende de que no se rompa algo más. Eso explica por qué cualquier imprevisto, por pequeño que parezca en una red robusta, aquí se transforma en un golpe nacional.

Una isla pendiente del próximo encendido

El dato del 63 % sin corriente simultánea no es solo una cifra llamativa para una noticia de sábado. Es el síntoma de una crisis más profunda que mezcla infraestructuras obsoletas, escasez de combustible, mantenimiento aplazado, presión externa sobre el suministro petrolero y una demanda que el sistema ya no consigue atender. Cuba no está ante una simple sucesión de apagones. Está ante un deterioro energético que arrastra al transporte, a la conectividad, al gas, a la actividad económica y a la vida doméstica más elemental.

La posible vuelta parcial de Antonio Guiteras puede dar un respiro. También la entrada de algunos motores y de unidades térmicas concretas. Pero el fondo del problema sigue intacto. El país continúa dependiendo de centrales viejas, de combustible que no llega en cantidad suficiente y de una red sin margen para absorber sobresaltos. Por eso el sábado no aparece como una excepción, sino como otro episodio de una misma secuencia. Una secuencia en la que la luz ya no se da por hecha, la noche se planifica como una maniobra y el enchufe vuelve a ser, en demasiadas casas cubanas, una incógnita diaria.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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