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¿Cuba al límite? Sin vuelos, sin petróleo y peso a 500
Vuelos cancelados por falta de queroseno, apagones del 64% y peso a 500 por dólar: la isla se queda sin energía y sin divisas turismo tocado.

Vuelos cancelados por falta de queroseno, apagones del 64% y peso a 500 por dólar: la isla se queda sin energía y sin divisas turismo tocado.
Cuba llegó a este miércoles con la crisis en primer plano, sin cortinas: cancelaciones de vuelos, apagones récord, racionamiento de combustible y un peso cubano que en el mercado informal marcó un nuevo mínimo histórico, en torno a 500 pesos por dólar. No es una tormenta aislada, es un encadenado de fallos y escasez que se retroalimenta: si falta combustible, cae la electricidad; si cae la electricidad, se frena la economía; si se frena la economía, la moneda se deprecia todavía más, y el círculo vuelve a empezar, cada vez con menos aire.
La presión de Estados Unidos aparece como telón de fondo en el relato de estos días, con un endurecimiento que coincide con el fin del petróleo desde Venezuela y con una orden presidencial que amenaza con aranceles a quien suministre crudo a la isla. A la vez, el impacto se ve en lo inmediato: aerolíneas que no despegan porque no pueden repostar queroseno, un sector turístico que se tambalea justo cuando más divisas necesita el país, y un sistema eléctrico que, en el momento de máxima demanda, dejó a más del 64% de Cuba sin corriente de forma simultánea, según datos oficiales.
Un país sin combustible: la crisis que se ve en los aeropuertos
La fotografía más directa de la situación es casi física: un avión necesita queroseno y Cuba, ahora mismo, no puede garantizarlo. Las aerolíneas rusas Rossiya y Nordwind suspendieron temporalmente sus vuelos hacia la isla “debido a las dificultades de abastecimiento” y dejaron claro que no retomarán esas rutas “hasta que la situación cambie”. El matiz importa: no es un ajuste de calendario, suena a un parón condicionado por algo tan básico como tener, o no tener, combustible en el depósito.
El golpe crece cuando se suma el bloque canadiense. Cuatro aerolíneas de Canadá anunciaron también la cancelación de sus operaciones después de que las autoridades cubanas les comunicaran que no podían surtir queroseno en ninguno de los nueve aeropuertos internacionales del país. Es una frase que, leída despacio, da vértigo: ni un aeropuerto, ni una excepción, ni un “con cupo limitado”. En turismo, esa clase de incertidumbre es veneno puro, porque no afecta solo a la semana en curso; mancha la confianza de los próximos meses y obliga a rearmar rutas, contratos y planificación a contrarreloj.
En Cuba, el turismo no es decoración económica: es divisa, es caja, es la válvula que permite pagar importaciones cuando la producción interna no alcanza para sostener lo básico. Por eso el impacto de las cancelaciones es tan duro. Las habitaciones vacías no son solo un problema hotelero; son menos dólares circulando, menos capacidad de comprar fuera alimentos, medicinas y, de nuevo, combustible. El Estado, además, ha reaccionado con medidas de emergencia: cierre de algunos hoteles y traslado de turistas a otras instalaciones para ahorrar, como si intentara mantener encendido un edificio bajando interruptores planta por planta.
Canadá y Rusia, los dos termómetros del turismo
Los números explican por qué estas cancelaciones hacen tanto ruido. El año pasado, casi la mitad de los visitantes internacionales procedían de Canadá, con 754.000 personas, o de Rusia, con 131.000. Si esas dos corrientes se estrechan al mismo tiempo, el turismo cubano pierde justo las entradas más voluminosas y, también, las más estratégicas por su capacidad de captación de divisas. Y esto ocurre en un momento delicado: 2025 ya había sido el peor año para el sector desde 2002, dejando fuera el paréntesis excepcional de la pandemia. Con ese antecedente, cualquier golpe adicional llega sin amortiguador.
La crisis de los vuelos también revela algo incómodo: cuando la isla tiene que priorizar recursos, los aeropuertos dejan de ser intocables. El queroseno compite con el diésel de los generadores, con el combustible del transporte estatal, con la logística de los hospitales, con la agricultura que intenta sacar adelante cultivos básicos. En un país donde la energía se ha convertido en un bien escaso, cada litro tiene dueño antes de llegar… y aun así no llega para todos.
El peso en mínimos: 500 por dólar y lo que significa
Mientras los vuelos se cancelan, el otro termómetro se mueve en la calle. El tipo de cambio informal se situó este miércoles en torno a 500 pesos cubanos por dólar, un mínimo histórico según el indicador que publica diariamente el medio independiente El Toque. La cifra impresiona por sí sola, pero sobre todo por lo que arrastra: precios que se recalculan, salarios que se quedan pequeños incluso antes de cobrarse, y una sensación extendida de que el peso se deshace en la mano.
Ese indicador refleja además una tendencia: una caída del 15% en lo que va de año. No es solo “está mal”, es “está empeorando rápido”. Y coincide con el periodo en el que se describe un salto cualitativo en la presión de EE.UU. sobre Cuba, con el corte del petróleo venezolano y el aviso de posibles aranceles a quienes suministren crudo a la isla. Cuando una economía depende de importaciones y se le aprieta la entrada de energía, la moneda suele ser la primera en acusarlo: anticipa escasez futura incluso antes de que la escasez se vea en los estantes.
La depreciación, además, viene de atrás y tiene fecha marcada en la memoria reciente: la reforma monetaria de 2021, la llamada Tarea Ordenamiento, fijó un cambio oficial de un dólar por 24 pesos. Desde entonces, el derrumbe acumulado es cercano al 2.000% si se compara con el cambio informal actual. El dato es más que un porcentaje: es la manera de medir una pérdida de poder adquisitivo brutal, en un contexto de inflación alta y escasez de básicos que obliga a muchas familias a moverse entre precios que parecen escritos en otro planeta.
En Cuba conviven varios mundos monetarios al mismo tiempo, y esa convivencia suele ser áspera. El mercado informal manda en la práctica porque es el que resuelve urgencias, el que sirve para comprar lo que aparece y el que marca el valor “real” del peso cuando el sistema oficial no logra contener la realidad. Esa fricción se nota en todo: en cuánto cuesta un producto importado, en el precio de una reparación, en el coste de un transporte, en la capacidad de sostener una casa cuando la electricidad falla y hay que improvisar. El tipo de cambio, aquí, es casi un parte meteorológico diario: anuncia tormenta antes de que caiga.
Apagones récord: 64% del país a oscuras en hora punta
El martes, Cuba vivió el apagón más extenso del que se tiene registro, siempre según datos oficiales. En el momento de máxima demanda, en la franja tarde-noche, más del 64% del país quedó simultáneamente sin corriente. Es una cifra descomunal en cualquier lugar, pero en una isla con el sistema eléctrico ya estresado equivale a paralizar la vida cotidiana: hospitales tirando de generadores, comercios cerrados, fábricas que paran, barrios enteros a oscuras, alimentos que se estropean, agua que deja de subir a los pisos altos cuando fallan bombas y presión.
Las causas se repiten, pero ahora pesan más. Por un lado, las centrales termoeléctricas obsoletas, con averías recurrentes y una capacidad de respuesta limitada. Por otro, un elemento que el Gobierno ha señalado con insistencia: la falta de diésel y fueloil para alimentar motores de generación distribuida, esos equipos repartidos por el país que sirven como apoyo cuando las grandes plantas no aguantan. Según la versión oficial, esos motores llevan alrededor de cuatro semanas parados por el cerco petrolero, y esa ausencia deja el sistema desnudo justo cuando más necesita flexibilidad.
El factor tiempo también importa. El último petrolero, de tamaño medio, atracó el 9 de enero. En una economía que depende de barcos para respirar, esa fecha se convierte en referencia constante, casi obsesiva, porque marca el inicio de un tramo sin reposición clara. En ese contexto, el experto cubano Jorge Piñón, del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, ha anticipado una “grave crisis” si para marzo no entran nuevos petroleros en la isla. No hace falta adornar esa advertencia: un país que ya sufre apagones masivos y recortes en transporte y servicios no tiene mucho margen para un mes más sin combustible.
El petróleo que dejó de llegar y el nuevo cerco
La presión de Estados Unidos aparece en el centro de esta fase por un motivo concreto: la energía. El relato de estos días sitúa el punto de inflexión en el fin del petróleo desde Venezuela y en una orden presidencial que amenaza con aranceles a quien suministre crudo a Cuba. Esa combinación tiene un efecto práctico incluso sin necesidad de detallar cada medida: encarece el riesgo, enfría a posibles intermediarios, dificulta acuerdos y, sobre todo, convierte cada cargamento en una operación más complicada. Para un país que ya tenía una estructura energética frágil, el encarecimiento y la incertidumbre son casi tan dañinos como la falta física de crudo.
Cuba, además, produce algo de energía propia, pero no la suficiente. La producción nacional apenas cubre un tercio de las necesidades energéticas, según lo descrito por las autoridades en el marco del plan de contingencia. Eso obliga a importar y, cuando importar se vuelve un laberinto, la isla se queda sin capacidad de sostener el consumo normal. Por eso los apagones no son un fenómeno técnico aislado; son la expresión visible de una crisis más amplia: escasez, decrecimiento, déficit fiscal, migración masiva, inflación y una sensación de deterioro que ya dura seis años y que ahora se acelera por el frente energético.
El país en modo contingencia: recortes, teletrabajo y servicios mínimos
La respuesta interna ha sido, en esencia, racionar supervivencia. El Gobierno desplegó un plan de contingencia duro para subsistir con menos petróleo importado y con un suministro que llega a trompicones. La lista de ajustes es larga, pero la idea es simple: priorizar lo imprescindible y recortar todo lo demás. Los hospitales y el transporte estatal se limitan a servicios esenciales; la gasolina se raciona con severidad; la venta de diésel se ha suspendido; la agricultura concentra recursos en cultivos básicos; las universidades pasan a modo remoto o híbrido, y muchos trabajadores cambian a teletrabajo o a horarios restringidos.
Ese tipo de medidas, sobre el papel, parece ordenado; en la calle, se vive con fricción. Menos transporte significa menos movilidad para trabajar, para buscar alimentos, para cuidar a familiares. Menos diésel significa menos capacidad de mover mercancía y menos resiliencia eléctrica cuando los grandes bloques fallan. Menos presencia universitaria significa menos actividad en barrios que viven del movimiento de estudiantes y servicios. Y, de fondo, el apagón no se queda en una molestia: es una interrupción que condiciona el día completo, desde la comida hasta la comunicación, desde el descanso hasta la seguridad.
La decisión de priorizar “lo básico” también revela algo que pocas veces se dice en voz alta: cuando falta combustible, el Estado compite consigo mismo. El litro que va a un generador no va a un autobús; el que va a un hospital no va a una cadena logística; el que sostiene un aeropuerto no sostiene una termoeléctrica. Cuba está haciendo malabares con recursos escasos, y cada movimiento deja un área desprotegida. Ese equilibrio precario se vuelve aún más difícil cuando, al mismo tiempo, se hunde el turismo y el peso cae a mínimos, porque la crisis energética ya no es solo energética: se vuelve financiera y social.
En paralelo, algunos países han actualizado recomendaciones de viaje. Alemania y Suiza señalaron los efectos del déficit agudo de combustibles y desaconsejaron desplazamientos no necesarios. Es un detalle que puede parecer secundario frente a los apagones, pero impacta en reputación y en operadores turísticos: cuando un ministerio eleva el tono, el destino se percibe como más incierto, y en turismo la incertidumbre cuesta dinero incluso antes de que haya cancelaciones.
Resistencia oficial, desgaste en la calle y un futuro inmediato incierto
En el discurso político, el Gobierno mantiene dos ideas a la vez: disposición al diálogo con Estados Unidos, aunque “en términos de igualdad” y sin abordar asuntos internos, y convicción de que no hay otra vía que la resistencia. El secretario de organización del Partido Comunista de Cuba (PCC), Roberto Morales Ojeda, lo expresó con el tono clásico de plaza y consigna, rematando con un “Cuba Vencerá” que funciona como cierre simbólico. Ese lenguaje tiene una lógica interna y una tradición, pero choca con una realidad diaria donde la épica no llena un tanque ni enciende una bombilla.
La distancia entre el mensaje institucional y lo que se respira en la calle se agranda cuando el cansancio se vuelve estructural. La escasez de básicos —alimentos, combustible, medicinas—, la inflación sostenida, los apagones prolongados y la incertidumbre constante alimentan un descontento que no necesita grandes discursos para existir: se construye con pequeñas frustraciones repetidas, con horas perdidas en gestiones, con alimentos que desaparecen, con salarios que no alcanzan, con la sensación de que todo se hace cuesta arriba. Y esa presión emocional y material se nota incluso sin protestas visibles: en el modo en que la gente habla del día siguiente, en la manera en que planifica con margen cero, en ese “a ver si hay” que se cuela en cada conversación.
El punto crítico de esta semana es que varias piezas estallan a la vez. Las cancelaciones de vuelos por falta de queroseno golpean la entrada de divisas; el peso a 500 por dólar refleja la pérdida de confianza y la inflación que aprieta; el apagón con 64% del país sin corriente muestra que la red eléctrica está al límite; y el plan de contingencia confirma que no se espera una solución inmediata. Si no entran nuevos cargamentos en las próximas semanas, el pronóstico de Jorge Piñón sobre una crisis “grave” hacia marzo deja de ser una advertencia para convertirse en un calendario.
En Cuba, la crisis no se anuncia con un comunicado; se oye en el sonido de los generadores cuando arrancan, se ve en los aeropuertos cuando un vuelo no sale, se mide en el tipo de cambio informal cuando sube otro escalón, se siente cuando cae la noche y el barrio se queda a oscuras. Estos días han puesto nombre y cifras a esa suma: Rossiya y Nordwind suspendiendo rutas, aerolíneas canadienses cancelando operaciones, nueve aeropuertos sin queroseno, 754.000 visitantes canadienses y 131.000 rusos como pilares del turismo reciente, 2025 como año negro para el sector, 500 pesos por dólar como mínimo histórico en la calle, 15% de caída en lo que va de año, 2021 como origen de una reforma monetaria que fijó 24 por dólar y acabó desbordada, y un apagón con 64% del país sin corriente. No es un titular suelto: es una radiografía que, ahora mismo, no tiene margen para maquillajes.

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