Síguenos

Naturaleza

¿Qué deja el cuarto febrero más cálido en España desde 1961?

Publicado

el

cuarto febrero más cálido en España desde 1961

Febrero dejó en España calor fuera de temporada, lluvias disparadas y una señal inquietante: el invierno se parece cada vez menos a sí mismo.

Febrero de 2026 no ha sido un mes templado sin más, una de esas falsas primaveras que duran dos tardes y luego se deshinchan con una helada al amanecer. Ha sido el cuarto febrero más cálido desde 1961 en la España peninsular y el tercero del siglo XXI, con una temperatura media de 9,5 grados, es decir, 2,4 grados por encima del promedio del periodo 1991-2020. Solo quedaron por delante 2020, 1990 y 2024. El dato no se sostiene en una impresión de calle ni en la memoria tramposa de un invierno amable: sale de la serie climática de AEMET y encaja, además, en una secuencia cada vez más reconocible, la de meses que siguen empujando el termómetro hacia arriba incluso cuando el calendario insiste en llamar invierno a lo que ya empieza a parecer otra cosa.

La otra mitad de la noticia redondea el retrato y lo vuelve todavía más expresivo. Febrero fue también muy húmedo, con 123,9 milímetros de precipitación media en la España peninsular, un 241 % del valor normal del mes. Dicho en lenguaje llano, llovió casi dos veces y media más de lo habitual y aun así el mes cerró entre los más cálidos de toda la serie. Fue el quinto febrero más lluvioso desde 1961 y el segundo del siglo XXI, prácticamente empatado con 2010. Ahí está la clave de fondo: no fue un febrero seco, quieto y despejado, el escenario clásico que cualquiera asociaría con un repunte térmico. Fue un febrero de paraguas, borrascas, suelos empapados y, al mismo tiempo, un febrero descolocado térmicamente. Ese choque entre lluvia abundante y calor anómalo resume bastante bien el momento climático en el que está España.

Un febrero que cambió el tono del invierno

Lo más relevante no es solo el puesto en el ranking. Lo realmente importante es el tipo de invierno que dibuja este febrero. AEMET subraya que el mes tuvo carácter muy cálido en la España peninsular, con subidas y bajadas de temperatura pero sin episodios fríos de entidad. Ese matiz importa mucho. No se trata de que hubiera una racha suave entre dos entradas polares, ni de que una ciudad concreta viviera un episodio raro. Se trata de que, al mirar el conjunto del mes y del país peninsular, el frío duro prácticamente no llegó a mandar. Hubo días de lluvia, viento, cielos espesos, cambios bruscos, sí; lo que no hubo fue una fase fría capaz de compensar el desvío térmico. El resultado fue una especie de invierno rebajado, recortado, con menos continuidad y con un tono general más propio de finales de marzo que de pleno febrero.

Esa impresión gana peso cuando se amplía el foco al trimestre completo. El invierno meteorológico 2025-2026 terminó como el noveno más cálido desde 1961 en la España peninsular, con una anomalía de +1 grado respecto al promedio 1991-2020 y carácter muy cálido. AEMET ha destacado además un detalle que dice bastante sobre la velocidad del cambio: de los ocho inviernos con mayor temperatura media que el de 2025-2026, cuatro se han registrado desde 2019-2020. Ya no se trata de un accidente aislado metido a presión en una estadística larga. La repetición empieza a ser demasiado frecuente. El dato de febrero no cae en un paisaje estable; cae en un sistema que lleva varios años acumulando meses y estaciones fuera de sitio, como si el invierno fuera perdiendo piezas por el camino.

Las cifras que convierten el mes en una anomalía seria

Hay noticias climáticas que parecen llamativas solo por el titular, pero se desinflan cuando uno baja al detalle. Aquí ocurre justo lo contrario. Las cifras hacen el caso más sólido cuanto más se miran. La temperatura media de 9,5 grados en la España peninsular no solo coloca a febrero de 2026 entre los más cálidos de la serie, sino que lo hace sobre un periodo de referencia, 1991-2020, que ya es de por sí bastante cálido si se compara con décadas anteriores. En otras palabras, febrero no ha batido a una España vieja y fría de archivo en blanco y negro; ha sobresalido incluso frente a una normalidad reciente que ya venía muy recalentada. Esa es la parte más incómoda del dato. La línea base sube, y aun así los picos siguen destacando.

A eso se suma otra pieza que obliga a leer el mes con seriedad. Durante febrero se registraron seis récords de días cálidos en el conjunto de España, concretamente los días 10, 11, 23, 24, 25 y 26. No son anécdotas locales ni máximas sueltas en una estación escondida. Son jornadas que, en promedio nacional, fueron las más cálidas para su fecha desde al menos 1950. AEMET añadió una comparación demoledora: en un clima no alterado, serían esperables unos cinco récords de este tipo a lo largo de todo un año, no concentrados dentro del mismo mes. Ahí el relato cambia de escala. Ya no se habla solo de un febrero muy cálido; se habla de una acumulación de extremos que, por frecuencia y densidad, encaja mal con la idea de simple variabilidad meteorológica.

Seis días que ya no parecen casualidad

Conviene detenerse en eso porque resume mejor que ninguna otra cifra lo que está pasando. Cuando los récords se apelotonan, la excepción empieza a comportarse como norma. El 10 y el 11 de febrero dispararon las medias; luego llegó otro bloque casi seguido entre el 23 y el 26. Son demasiados golpes en muy poco tiempo. En un contexto climático estable, los récords diarios se reparten, se dispersan, aparecen de forma salteada. Aquí se han amontonado como coches en una salida de autopista. No es una imagen exagerada: es exactamente lo que reflejan los datos cuando se colocan uno junto a otro.

Por eso este febrero no debería leerse como una rareza pintoresca, el típico “qué buen tiempo hizo” que se comenta sin más. Lo que refleja es un desplazamiento del fondo térmico, algo más pegajoso y menos vistoso que una ola de calor veraniega, pero quizá más decisivo. Las medias mensuales cambian más despacio, con menos fuegos artificiales, y cuando se mueven de esta forma suelen delatar una tendencia más profunda. España ya venía de un 2025 extremadamente cálido, el tercer año más cálido de la serie, empatado con 2024 y solo por detrás de 2022 y 2023. Además, los once años más cálidos desde 1961 pertenecen al siglo XXI. Febrero no ha abierto un capítulo nuevo; ha escrito otra página dentro del mismo libro.

La lluvia no enfrió nada

Uno de los errores más repetidos cuando aparece una noticia así es suponer que un mes lluvioso rebaja automáticamente el significado del calor. No es verdad. Febrero fue muy húmedo y, precisamente por eso, su anomalía térmica resulta aún más elocuente. La precipitación media de 123,9 milímetros situó al mes como el quinto febrero más lluvioso desde 1961 y el segundo del siglo actual, solo por detrás de 2010 y con registros prácticamente calcados. En muchas zonas de la Península el paraguas fue rutina, no excepción. Hubo frentes, borrascas, jornadas muy cubiertas, temporales de viento, acumulados importantes. Y aun así el balance térmico se disparó. Eso desmonta de un golpe la idea simplista de que el calentamiento solo se expresa con sequía, sol y cielos limpios.

De hecho, la combinación de aire templado, entradas de viento del oeste y una sucesión muy activa de borrascas explica parte de ese comportamiento. En la Comunitat Valenciana, por ejemplo, AEMET atribuyó buena parte del episodio a varios temporales de poniente asociados al paso de Leonardo, Marta, Nils, Oriana y Pedro, capaces de arrastrar masas de aire templadas e incluso de origen subtropical. Allí, febrero fue el tercer más cálido desde 1950, con una temperatura media de 11,8 grados y una anomalía de +2,9. El día 11 de febrero terminó siendo el más cálido de invierno en el promedio autonómico desde, al menos, 1950, y las mínimas en las tres capitales se dispararon hasta niveles que parecen más de junio que de febrero: 19,5 grados en Castelló de la Plana-Almassora, 19,1 en València y 18,5 en Alicante. Lo llamativo no es solo la cifra; es el momento del año en que apareció.

El mapa territorial deja pocas dudas

Como siempre ocurre con la meteorología española, el detalle territorial introduce matices. España no vivió un febrero calcado de punta a punta, y reducir el país a una única postal sería una simplificación torpe. Pero una cosa es el matiz y otra la señal de fondo. En Baleares, febrero fue extremadamente cálido, con una temperatura media de 13,2 grados y una anomalía de +2,9, hasta convertirse en el tercer febrero más cálido desde 1961. En la Región de Murcia, el mes cerró con 12,6 grados de media, 2,8 por encima de lo normal, y se situó como el tercer febrero más cálido de los últimos 66 años. Allí, las temperaturas máximas medias se quedaron 3,3 grados por encima del promedio y la media de las mínimas, 6,9 grados, fue récord en la serie regional. El día más cálido se registró el 11 de febrero, con 27,5 grados en Águilas.

En el centro peninsular, el agua disparó también varios registros. Castilla-La Mancha cerró febrero con una precipitación media de 113,6 litros por metro cuadrado, un 305 % del valor normal, lo que convirtió al mes en el segundo febrero más húmedo de la serie desde 1961 en la comunidad. Esa fotografía ayuda a entender algo fundamental: el comportamiento térmico anómalo no fue incompatible con una circulación muy activa de borrascas ni con lluvias extraordinarias en varias autonomías. El mes no fue homogéneo, desde luego, pero sí dibujó un patrón muy reconocible: mucha lluvia en amplias zonas, calor claramente por encima de lo normal y una notable ausencia de frío persistente. Es un retrato mucho más complejo que el tópico de “febrero primaveral”, y precisamente por eso mucho más revelador.

Del poniente valenciano a las noches raras de Murcia

Hay detalles regionales que parecen secundarios y, sin embargo, ayudan a comprender mejor el conjunto. En la Comunitat Valenciana, el protagonismo no estuvo solo en las máximas altas; estuvo también en las noches, en esas temperaturas mínimas que deberían enfriar el cuerpo del mes y que esta vez se quedaron muy arriba. Que una mínima del 11 de febrero se pareciera más a la de un 8 de junio normal da una idea bastante física del desfase. En Murcia ocurrió algo parecido: el mes fue muy cálido en el promedio general, pero el comportamiento de las mínimas resultó especialmente significativo porque confirma que el calor no fue solo un fogonazo de sobremesa, sino una alteración de fondo, más completa, más redonda, más persistente.

Esa insistencia en las temperaturas nocturnas es importante porque suele marcar la diferencia entre un episodio llamativo y una anomalía climática más consistente. Cuando no refresca ni de noche, la media se eleva con facilidad y el mes entero cambia de categoría. Es una pieza menos vistosa que una máxima de casi 30 grados, pero climatológicamente pesa muchísimo. Y explica por qué tantas zonas han sentido este febrero como un invierno deshilachado, con la ropa de abrigo entrando y saliendo del armario a destiempo y con una sensación muy rara, casi de estación mal etiquetada.

Lo que explica este febrero y lo que no conviene confundir

Hay un malentendido que reaparece cada vez que se publican balances así. Un febrero extraordinariamente cálido no significa que todos y cada uno de sus días hayan sido abrasadores, ni que no haya llovido, ni que no haya habido ratos fríos. Significa algo más serio: que al sumar máximas, mínimas y evolución diaria, el conjunto del mes queda muy por encima de la climatología normal. Tampoco lo desmiente que marzo arranque con una DANA y con avisos por lluvia, nieve y granizo en varias zonas de la Península. AEMET ha advertido este 9 de marzo de un episodio de inestabilidad que atraviesa el país de norte a sur, con precipitaciones fuertes en el este peninsular y Baleares, nevadas copiosas en montaña y un descenso térmico transitorio. Eso describe el tiempo de unos días. El balance de febrero describe otra cosa: el clima reciente de una estación entera.

Conviene no mezclar ambos planos porque ahí suelen colarse las lecturas más tramposas. Una semana fría en marzo no borra un febrero 2,4 grados más cálido de lo normal, igual que una tarde de lluvia no cambia un verano seco. El tiempo es el ruido de fondo del día a día; el clima aparece cuando las piezas se repiten y dejan huella en la serie. Y las piezas llevan tiempo repitiéndose. El propio balance de 2025 es elocuente: tercer año más cálido desde 1961, empatado con 2024, con los once años más cálidos de la serie concentrados en este siglo. Por eso febrero de 2026 importa tanto. No porque sea un accidente espectacular, sino porque se suma con demasiada naturalidad a una secuencia que ya no parece excepcional.

Cuando el invierno pierde su forma

Todo esto tiene consecuencias muy concretas, aunque no siempre se vean de inmediato. Los inviernos menos fríos afectan al campo, sobre todo a los cultivos que necesitan acumular horas de frío para completar bien su reposo y su floración. En Aragón, el proyecto ADAPFRUTCC del CITA ha estudiado justamente eso: cómo el aumento de las temperaturas invernales condiciona la producción de fruta y obliga a pensar en variedades mejor adaptadas a inviernos más templados. No es un debate teórico ni una alarma de laboratorio. Es una señal agrícola real en un país donde la meteorología manda mucho más de lo que a veces parece desde la ciudad. A la vez, un invierno más templado y húmedo cambia la persistencia de la nieve, altera calendarios biológicos y mueve el tablero de plagas, polen y reservas de agua de una forma menos visible, pero muy poco inocente.

Por eso la noticia de este febrero no debería leerse como una curiosidad para la sobremesa ni como un simple apunte de observatorio. Habla del estado del invierno en España, de su pérdida de consistencia, de cómo puede llover muchísimo y aun así hacer demasiado calor para la época, de cómo las medias se desplazan y los récords diarios se amontonan con una frecuencia que hace solo unas décadas habría parecido inverosímil. El calendario sigue diciendo febrero, el paisaje a veces también, pero los datos cuentan otra historia. Una historia bastante menos cómoda: el invierno aún existe, claro, pero cada vez se parece menos a lo que fue.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído