Síguenos

Actualidad

¿Cuánto territorio controla Rusia en Ucrania? El mapa hoy

La fotografía del frente es nítida y cruda: a diciembre de 2025, Rusia mantiene bajo ocupación alrededor del 19% del territorio ucraniano, un arco que incluye Crimea, buena parte de Lugansk, amplias zonas de Donetsk, áreas del sur de Zaporiyia y el margen oriental de Jersón.

Publicado

el

Cuánto territorio controla Rusia en Ucrania

Mapa y análisis de la guerra en Ucrania: evolución 2022–2025, territorio ocupado, claves del frente y cifras humanas para entender qué pasa.

La fotografía del frente es nítida y cruda: a diciembre de 2025, Rusia mantiene bajo ocupación alrededor del 19% del territorio ucraniano, un arco que incluye Crimea, buena parte de Lugansk, amplias zonas de Donetsk, áreas del sur de Zaporiyia y el margen oriental de Jersón. La línea de contacto se extiende a lo largo de unos 1.200 kilómetros, con focos de combate que se han vuelto rutinarios en el Donbás y con zarpazos intermitentes en el noreste, junto a la frontera de Járkov y Sumy. Es la geografía que condiciona la política, la economía y la vida diaria de millones de personas.

Ese mapa no es estático. En 2025, Moscú consolidó avances lentos pero acumulativos, apoyados en artillería, drones FPV y asaltos de infantería de corta profundidad. Kiev, bajo el mando del general Oleksandr Syrskyi y con Rustem Umerov al frente de Defensa, ha gestionado un frente más largo del que le gustaría, con carencias de munición y necesidad constante de defensa aérea. Los nombres propios del año —Avdiivka, Chasiv Yar, la ruta hacia Pokrovsk, la franja de Kupyansk–Svatove–Kreminna— dibujan un patrón: Rusia desgasta, Ucrania aguanta y golpea en profundidad cuando puede, desde Jersón hasta Crimea, con operaciones quirúrgicas sobre puentes, depósitos y radares.

Un país partido desde 2014: el punto de partida

Para entender el ahora conviene recordar el “antes”. Desde 2014, con la anexión de Crimea y la irrupción de fuerzas respaldadas por Moscú en partes de Donetsk y Lugansk, Ucrania vivía ya con un frente bajo. Era una línea de contacto relativamente corta, incrustada en los extrarradios industriales del Donbás, que partía en dos comarcas mineras, dejaba Mariúpol como ciudad de vanguardia y obligaba a Kiev a una reorganización militar a contrarreloj. Aun así, el Estado ucraniano conservaba la gestión del grueso de su territorio, su administración civil y sus puertos del mar Negro.

El 24 de febrero de 2022 cambió la escala. Columnas rusas desde Bielorrusia avanzaron sobre Kiev, el ejército irrumpió desde Bélgorod hacia Járkov y Sumy, y desde Crimea se proyectó un golpe hacia Jersón y Zaporiyia. Aquello estiró la guerra a formato continental. Pocos meses después, los repliegues rusos del norte, la defensa de Kiev y la contraofensiva relámpago en Járkov alteraron de nuevo las coordenadas. En noviembre de 2022, la retirada rusa de la ciudad de Jersón consolidó un frente volcado al este y al sur, con Melitópol y Tokmak en el centro del tablero logístico del invasor.

[Imagen 1: Mapa de Ucrania antes del 24 de febrero de 2022. Crimea y zonas de Donetsk y Lugansk bajo control ruso o prorruso desde 2014.]

El primer año: retirada del norte y corredor del Azov

El primer aniversario, febrero de 2023, dejó una geografía clara: Rusia había perdido ambición en el eje Kiev–Chernígiv–Sumy y trataba de asegurar un corredor terrestre hacia Crimea a través de Mariúpol, Berdyansk, Melitópol y el sur de Zaporiyia. Ucrania había recuperado centenares de localidades en el oblast de Járkov y había demostrado que podía desmontar logísticas expuestas cuando actuaba con precisión y sorpresa.

Ese mismo 2023, la caída de Bajmut tras una batalla de desgaste feroz —la más larga de la guerra hasta ese momento— fue el preludio del cambio táctico ruso: menos irrupciones mecanizadas a campo abierto y más oleadas cortas de asalto, cuadros de zapadores, trincheras a tres líneas, campos de minas profundos y uso masivo de drones de reconocimiento y merodeo. Ucrania respondió con creatividad tecnológica —guerra electrónica, FPV propios, misiles de largo alcance— y con golpes a la retaguardia: posiciones antiaéreas, aeródromos, almacenes de munición en Crimea y la costa del mar de Azov. Pero el esfuerzo reclamaba más munición occidental y una defensa aérea capaz de filtrar los Shahed y misiles Iskander o Kh-101.

[Imagen 2: Mapa tras el primer año (febrero de 2023): retirada rusa del norte, Ucrania recupera Járkov y la ciudad de Jersón; corredor ruso del Azov consolidado.]

2023–2025: la guerra de desgaste y el frente de 1.200 km

A partir de la primavera de 2024, con la toma rusa de Avdiivka, la guerra entró en una fase más lenta y terca. Vladímir Putin cambió a su ministro de Defensa —Andréi Belousov, economista con encargo de poner la industria al servicio del frente— y Moscú redobló un esquema que ya funcionaba: artillería por saturación, dronización de la primera línea, unidades de asalto que avanzan manzana a manzana, y rotaciones intensas para compensar bajas elevadas. El Estado Mayor ruso, con Valeri Guerásimov al timón, privilegió avances de pocos cientos de metros sostenidos durante semanas. No luce, pero suma.

Kiev, por su parte, fortaleció defensas en profundidad, mantuvo la presión en el Dniéper —esas cabezas de puente en la orilla oriental, como la de Krynky, se volvieron un quebradero logístico para Moscú— y apostó por golpes de precisión contra la retaguardia ocupada, incluidas bases en Crimea y depósitos en la costa del Azov. Volodímir Zelenski intensificó la diplomacia de armamento y financiación, mientras Oleksandr Syrskyi y su equipo movían reservas con cuidado: cada brigada liberada en un sector crítico se echaba de menos en otro. El resultado ha sido un frente elástico, con unas 160–190 acciones de combate diarias en los picos de actividad y una pauta que se repite: el que se defiende agranda el coste, el que ataca compra tiempo con recursos.

El noreste merece párrafo aparte. En Járkov y Sumy, ataques de fijación e incursiones por la frontera empujaron a Ucrania a dispersar medios. La cuña rusa al noreste de Kupyansk, alternando golpes hacia Svatove y Kreminna, mantuvo en tensión una sección de bosque y colinas donde la artillería y la observación con dron deciden cada punto fuerte. En el Donbás, la presión avanzó hacia Chasiv Yar y a lo largo de la carretera a Pokrovsk, ciudad nudo que se ha convertido en el nombre del año para muchos combatientes ucranianos.

Qué control territorial hay hoy y dónde se concentra

Con los datos consolidados de otoño y principios de invierno, el control efectivo ruso ronda una quinta parte de Ucrania. No es una cifra redonda de propaganda: es la suma de superficies bajo ocupación que no dependen de una sola fuente estatal y que se verifican metro a metro con cartografía de código abierto, imágenes satelitales y reportes locales. La horquilla más repetida —18–20%— no ha variado sustancialmente desde verano, aunque la línea de frente sí se ha movido: pequeñas ganancias rusas en Donetsk, estabilidad relativa en el eje Robotyne–Verbove (Zaporiyia) y peleas de desgaste en el noreste.

Región por región, el cuadro es el siguiente. Lugansk está prácticamente controlada por Rusia, con la línea de contacto encajada en sus bordes oeste y suroeste. Donetsk presenta una ocupación mayoritaria, aunque Kramatorsk y Sloviansk siguen bajo control ucraniano y continúan siendo la retaguardia operativa de ese sector. En Zaporiyia, la ruptura ucraniana de Robotyne en 2023 no alcanzó la profundidad necesaria para cortar el corredor del Azov; Moscú todavía controla Melitópol y la plataforma logística que une Tokmak con la costa. Jersón está partida por el Dniéper: la ciudad y la orilla occidental son ucranianas; la oriental, clave para la artillería rusa, sigue ocupada, con permeabilidad variable por las acciones de asalto cruzado. Crimea, anexionada desde 2014, funciona como retaguardia militar del entramado ocupante, golpeada por ataques ucranianos que persiguen degradar radares, S-300/S-400 y bases aéreas.

Las poblaciones clave del momento —por logística e industria— tienen nombres sobrios: Pokrovsk (cruce, talleres, almacenes), Kostiantynivka, Toretsk; y en el sur, Tokmak y Vasylivka. En el noreste, Kupyansk es el eje de una pelea que no termina. En todas, el patrón se repite: artillería, dron, zapadores, infiltraciones. Un avance se mide en un bosquecillo, un promontorio, una línea de trincheras.

Víctimas, desplazamiento y economía de guerra

No hay guerra sin contabilidad humana. En el terreno civil, el registro más fiable es el de Naciones Unidas, que documenta víctimas verificadas una a una. A cierre de otoño de 2025, los balances acumulados superan los 14.000 civiles muertos y decenas de miles de heridos desde la invasión a gran escala. Son cifras mínimas, porque hay áreas bajo fuego o bajo ocupación donde documentar es casi imposible. El patrón de 2025 añade un matiz: los drones de corto alcance han incrementado su peso en la estadística, con un goteo constante de impactos en mercados, paradas de autobús, colas de distribución y zonas residenciales próximas al frente.

En lo militar, las cifras son reservadas y plagadas de ruido. Los servicios de inteligencia occidentales y centros de estudio que modelizan pérdidas con fuentes abiertas estiman centenares de miles de bajas por bando si se suman muertos y heridos de larga duración desde 2022. El consenso es limitado en los números finos, pero amplio en lo cualitativo: Rusia ha sostenido pérdidas cuantiosas y, aun así, ha logrado taponar huecos con nuevas oleadas de movilizados y contratados; Ucrania acusa un desgaste que complica operaciones profundas y obliga a priorizar ejes, rotaciones y munición.

El desplazamiento de población sigue siendo un seísmo silencioso. En 2025, entre 5 y 6 millones de ucranianos permanecen refugiados fuera del país y más de 3 millones siguen desplazados dentro. Hay retornos parciales y salidas nuevas, según el pulso del frente y los ataques a infraestructuras. Hablando de infraestructuras: el sistema eléctrico vive bajo campaña cada invierno, con ondas de misiles y drones sobre subestaciones, centrales y redes de distribución. Cada megavatio que cae encarece la economía doméstica, afecta a hospitales, escuelas, industrias y obliga a encender generadores.

La reconstrucción, mientras, acumula ceros. Las evaluaciones conjuntas del Gobierno de Ucrania, el Banco Mundial, la Comisión Europea y la ONU sitúan el coste de reparar y reconstruir en el orden de medio billón de dólares para la próxima década. Es una cifra descomunal para un país en guerra, que explica debates muy concretos en Bruselas y Washington: cómo financiar 2026–2027 si los beneficios de los activos rusos congelados se convierten en una palanca estable; cómo blindar proyectos críticos —energía, vivienda, transporte, sanidad— para que resistan otra campaña de invierno. Ucrania necesita dinero, defensa aérea y munición para sobrevivir al corto plazo; y necesita capital paciente para que el día después sea algo más que un deseo.

Víctimas civiles y bajas militares: lo que se puede afirmar

En víctimas civiles, el método manda: conteo verificable, conservador, con advertencia constante de subregistro. Las ciudades y oblasts más golpeados en 2025 vuelven a ser Donetsk y Jersón, con Zaporiyia y Járkov expuestos a series de misiles y a drones que esquivan, a veces, la cobertura antiaérea. En bajas militares, solo cabe hablar de órdenes de magnitud y tendencias: Rusia ha pagado caro cada kilómetro, pero su base demográfica y su industria —reestructuradas bajo Belousov— han cubierto huecos; Ucrania ha profesionalizado cuadros, ha mejorado su guerra electrónica y su parque de FPV, y ha aprendido a economizar artillería con fuego de contrabatería más eficaz.

Reconstrucción y la factura financiera

Los 524.000 millones de dólares que ya se han puesto sobre la mesa como referencia —según el corte metodológico— condensan carreteras, puentes, hospitales, escuelas, redes eléctricas, viviendas y tejido industrial. La prioridad inmediata se llama energía: reponer transformadores, segmentar redes, soterrar puntos críticos cuando sea viable, proteger subestaciones y ampliar capacidad de generación distribuida. La segunda es vivienda: reparar lo reparable, demoler lo inhabitable, levantar bloques modulares para acelerar retornos. La tercera, puertos y logística: el grano, el acero, los fertilizantes y los productos industriales necesitan salidas confiables por Odesa y por rutas terrestres hacia la UE.

Diplomacia, líneas rojas y el tablero europeo

La política internacional ha girado alrededor de dos preguntas persistentes: qué mapa aceptaría cada parte para un alto el fuego y qué garantías impedirían que una pausa se convierta en rearmarse para volver a atacar. Vladímir Putin ha reiterado su objetivo de control total del Donbás y el reconocimiento de anexiones; Volodímir Zelenski rechaza cualquier fórmula que legitime la conquista por la fuerza. Entre medias, capitales europeas discuten formatos de seguridad a largo plazo para Ucrania, mientras Estados Unidos calibra el grado y ritmo de su apoyo militar y financiero en un año volátil.

La conversación ha incorporado piezas nuevas en 2025: utilizar los beneficios generados por activos rusos congelados para sostener el presupuesto ucraniano y financiar reconstrucción prioritaria; acuerdos bilaterales de seguridad con países europeos, con defensa aérea como palabra clave; y un marco de sanciones ajustado para cerrar evasiones que han permitido sostener cadenas de suministro críticas para la industria armamentística rusa. Cualquier documento —cualquiera— que no plasme verificación robusta, reposición de capacidades y mecanismos de respuesta corre el riesgo de ser papel mojado.

Tres fotogramas para entender el ahora

Hay tres imágenes que resumen la evolución territorial desde 2022 hasta hoy. La primera es el antes: un país reconocido internacionalmente, con Crimea anexionada y partes de Donetsk y Lugansk bajo control prorruso. La segunda es febrero de 2023: retirada rusa del norte, Járkov recuperada por Kiev, Jersón replegada al margen oriental del Dniéper, corredor ruso al mar de Azov engrasado. La tercera es diciembre de 2025: casi una quinta parte de Ucrania ocupada, frente muy largo, presión principal en Donetsk y golpes ucranianos a la retaguardia rusa en Crimea y en el sur de Zaporiyia.

[Imagen 3: Mapa a diciembre de 2025. Control aproximado del 19% por Rusia; sectores calientes en Donetsk; presión intermitente en Járkov/Sumy; cabezas de puente ucranianas en la orilla oriental del Dniéper.]

Los mapas “vivos” —con actualizaciones diarias— permiten ver microcambios que un artículo no recoge: una cota que cambia de manos, una línea de árboles limpia por zapadores, un pueblo agrícola que se queda sin cobertura antidrón y cae en dos días. En 2025, esos microcambios han sumado kilómetros cuadrados en Donetsk y han tensionado cada rotación ucraniana.

Mirar al invierno que viene y a lo que ya es irreversible

El invierno 2025–26 llega con dos incógnitas principales. La primera es la capacidad rusa de sostener su modelo de asalto —pequeños empujes constantes, drones y artillería— sin agotar reservas de personal y munición en sectores de alto coste. La segunda es la resiliencia ucraniana: cuánta munición de artillería y misiles antiaéreos llegarán a tiempo para frenar los drones y misiles que cada invierno buscan dejar a oscuras ciudades y fábricas; cuánto relevo de personal podrá rotar el Estado Mayor para no quebrar brigadas que llevan demasiados meses a pie de trinchera.

Lo irreversible ya está sobre la mesa. La ocupación de alrededor del 19% del país ha reconfigurado cadenas logísticas, ha expuesto a millones de civiles a una vida de sirenas y cortes de luz, y ha impuesto en el sur y el este un aparato de control —pasaportes, rublos, currículos escolares— que dejará cicatrices. La industria ucraniana se ha reconvertido a ritmo de guerra, con una capa tecnológica —drones, guerra electrónica, software de tiro— que en 2022 parecía ciencia ficción. Rusia ha ensamblado una economía de guerra con una mezcla de movilización, contratos y presión industrial que recuerda a manuales viejos, pero con tecnología de 2025.

Si las negociaciones se acercan, lo harán empujadas por ritmos logísticos y no por gestos. El precio lo marcarán Pokrovsk, Tokmak, Kupyansk y los cielos sobre Odesa y Kiev. La garantía se medirá en baterías antiaéreas, munición, financiación estable y verificación. Y el mapa —ese mapa que manda desde 2014— seguirá siendo la clave. Porque, hoy, la respuesta a la pregunta que titula este artículo cabe en una cifra: Rusia controla cerca del 19% de Ucrania. Lo demás es el combate diario por cambiar un número que, a base de metros, decide destinos.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído