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La guerra sigue dentro de los hogares iraníes

El daño no termina cuando callan las bombas: también se mide en salarios, compras y vínculos que se interrumpen.

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mujer irani hace la compra

En Teherán, el regreso de los clientes a los mercados no significa que la vida haya recuperado su ritmo. Hay puestos abiertos y calles con movimiento, pero muchas familias compran menos, numerosos negocios dudan antes de reponer mercancía y el trabajo se ha vuelto más incierto. La guerra ha golpeado a los iraníes en dos tiempos: primero, con explosiones, huidas y miedo; después, con precios más altos, empleos que desaparecen y una rutina que no vuelve a ser la de antes.

Los testimonios recogidos en la capital muestran una experiencia desigual, pero atravesada por una misma sensación de fragilidad. Hay quienes permanecen en casa para cuidar a sus animales, quienes intentan seguir trabajando y quienes pierden a familiares bajo los escombros. A ese coste humano se suma una economía debilitada por años de sanciones y agravada por los ataques, las restricciones comerciales y los cortes de internet. Que una ciudad siga funcionando no quiere decir que sus habitantes estén viviendo con normalidad.

El miedo se instala en los trayectos y en las noches

Los primeros ataques trastocaron incluso desplazamientos que antes parecían rutinarios. Salemeh, una gerente de recursos humanos de 35 años, estaba en el trabajo cuando oyó una explosión y vio humo desde la azotea. Al salir, encontró calles abarrotadas, madres llorando y escolares visiblemente angustiados. El camino a casa, que solía llevarle unos 40 minutos, se prolongó casi tres horas. La guerra convirtió un trayecto cotidiano en una escena de miedo y confusión.

El efecto no desapareció al llegar a casa. Salemeh empezó a sobresaltarse con los ruidos, incluso con las obras cercanas, porque cada golpe podía parecer el anuncio de otro ataque. Rezvaneh, de 22 años, instructora de coreano, se quedó sin conexión a internet justo antes de una clase en línea. Después llegaron las explosiones y la suspensión de sus lecciones. Por la noche, el sonido de los aviones y las ventanas temblando le impedían dormir. La amenaza se prolonga en el cuerpo, en el descanso y en la dificultad de distinguir un ruido corriente de un peligro.

Sadra, artista de 33 años, también describió consecuencias que no se limitan al instante del impacto: las ondas expansivas le afectaron la audición y el miedo permaneció después de las explosiones. Para Akram, de 63 años, la destrucción en Teherán evocó la guerra entre Irán e Irak de la década de 1980 y las escenas de niños separados de sus familias. La tecnología ha cambiado desde entonces: ahora la información llega al teléfono en segundos, aunque eso no siempre disipe la incertidumbre. La memoria de una guerra anterior puede hacer que la nueva se sienta como una herida que se abre otra vez.

Quedarse también es una forma de afrontar la guerra

Parte de la población decidió permanecer en la capital, aunque eso no suponga sentirse a salvo. Sara, de 39 años, estaba cerca de su universidad cuando oyó las primeras explosiones. El trayecto de vuelta, normalmente de unos 20 minutos, se alargó hasta dos horas entre calles bloqueadas y humo. Su madre le pidió que no regresara, pero Sara se quedó por su apego a Teherán y a la vida que había construido allí. En su decisión pesaban tanto el miedo como el deseo de no abandonar su hogar.

Otros motivos son menos simbólicos y más inmediatos. Azadeh, de 50 años, permaneció en casa para cuidar a sus mascotas y alimentar a los pájaros. Cada noche, ella y su marido comprobaban por mensajes que sus familiares y amigos estuvieran bien. Ali, un afgano de 69 años que llevaba cuatro décadas en Irán, vio marcharse a vecinos y se ocupó de regar sus flores. Ese gesto le ofrecía un pequeño consuelo ante calles más silenciosas y rostros preocupados. Las responsabilidades domésticas y los vínculos con el vecindario también condicionan quién puede irse y quién se queda.

La guerra altera además planes que parecían a punto de cumplirse. Mahtab, de 35 años, acababa de obtener el visado para reunirse con su hermana en Dubái y continuar después hacia Inglaterra. Al comenzar los ataques, aquel futuro quedó en suspenso. Mobina, de 26 años, esperaba poder reunirse con su marido, que se había marchado a Alemania en enero. Durante los bombardeos, apretaba su anillo y buscaba mantenerse en contacto con él. Para quienes tenían una salida prevista, el conflicto no solo interrumpió el presente: también deshizo calendarios personales.

Las respuestas tampoco se reducen a huir o resistir. Mahtab contó que, con el paso de los días, empezó a reconocer los sonidos de los ataques; esa familiaridad le resultó inquietante porque el miedo no se había ido, sino que se había convertido en parte del paisaje. Aun así, volvió a salir y participó en preparativos para Nowruz, el Año Nuevo persa. Hacer mermelada o comprar algo para la celebración no restablece la seguridad, pero crea una pequeña continuidad. En medio de la incertidumbre, algunas costumbres sirven para sostener la sensación de que la vida no ha quedado reducida a la guerra.

Los daños llegan a la mesa a través de los precios

La crisis económica no empezó con los bombardeos. Irán llevaba años sometido a sanciones y afrontaba inflación persistente, aislamiento financiero y una moneda debilitada. El conflicto ha agravado esas presiones al dañar infraestructuras, complicar las exportaciones y aumentar la incertidumbre para empresas y consumidores. La guerra no creó todas las dificultades, pero profundizó muchas de las que ya estaban presentes.

En los comercios de Teherán puede haber productos en las estanterías y, al mismo tiempo, hogares incapaces de comprarlos con regularidad. Los datos recogidos en la información de referencia señalan que el arroz costaba un 60% más que antes de la guerra y la carne de vacuno, un 150% más. La inflación general se situaba en torno al 71% según cifras oficiales citadas en el artículo original, mientras que otras previsiones apuntaban a una subida anual cercana al 70%. El efecto se nota en la cesta de la compra: se reduce la cantidad, se sustituye un alimento por otro o se deja de comprar lo que antes era habitual.

Un testimonio recogido por la prensa describió cómo una familia prescindía de la carne para poder comprar leche, huevos y otros productos básicos. Ese tipo de elección tiene un coste emocional que una tasa de inflación no refleja: cada compra obliga a decidir qué necesidad puede esperar. En otros hogares se han recortado el ocio, las proteínas o las actividades de los hijos. La carestía no es solo una suma más alta en caja; también estrecha las opciones familiares y multiplica las renuncias pequeñas.

La gasolina, fuertemente subvencionada, ha sido una excepción relativa frente al encarecimiento de otros bienes. Sin embargo, un asesor presidencial dijo a la televisión estatal que el país consumía más combustible del que producía y que podía verse obligado a subir los precios. La posibilidad importa porque el transporte atraviesa el coste de casi todo: desde llevar mercancías al bazar hasta desplazarse al trabajo. Cuando se encarece un recurso básico, el impacto puede extenderse mucho más allá del surtidor.

El empleo se resiente más allá de las fábricas

Las cifras laborales divulgadas describen la magnitud de la sacudida, aunque no todas miden lo mismo. Las autoridades iraníes reconocieron la pérdida de un millón de empleos directos y dos millones indirectos, según el artículo original. Otra información citó a un funcionario del Ministerio de Trabajo que habló de más de un millón de puestos perdidos hacia finales de mayo, mientras la tasa oficial de desempleo era del 9,1%. Las diferencias entre esas estimaciones aconsejan no tratarlas como una única cuenta cerrada, pero todas señalan una fuerte presión sobre el trabajo.

Los empleos indirectos suelen ser menos visibles que los de una planta industrial, aunque sostienen redes enteras: transportistas, proveedores, talleres, comercios, repartidores y servicios que dependen de que la producción continúe. Si una fábrica reduce turnos o deja de funcionar, el golpe no se queda dentro de sus muros. Llega a quien vende comida cerca, repara maquinaria o transporta sus productos. Una cadena de trabajo puede romperse en lugares alejados del objetivo atacado.

La falta de ingresos también modifica decisiones que no suelen aparecer en las estadísticas. Una familia puede aplazar una mudanza, una matrícula o una boda; un comercio, evitar contratar; una empresa, detener inversiones porque no sabe si tendrá piezas, clientes o acceso a financiación. En el bazar de Tajrish, algunos vendedores describieron una actividad que había mejorado tras la tregua, pero sin recuperar la normalidad: había compradores, aunque gastaban menos. Una persiana levantada es una señal de actividad, no una prueba de recuperación.

Antes de la guerra, el desempleo y las dificultades económicas ya alimentaban el malestar social. Las protestas extendidas a comienzos de año fueron reprimidas, con miles de muertos y decenas de miles de detenidos según las cifras citadas en la información de referencia. La activista Narges Mohammadi afirmó que la presión económica y la represión han dejado a la población con poco margen para respirar. El empobrecimiento se suma a una tensión política previa, no cae sobre una sociedad aislada de otros conflictos internos.

Las industrias dañadas afectan a toda la economía

La petroquímica y la siderurgia son sectores centrales para las exportaciones y para numerosas cadenas de suministro. La primera generó alrededor de 13.000 millones de dólares en exportaciones el año anterior a los ataques y la segunda, unos 6.000 millones. Según los datos atribuidos a las autoridades iraníes, los bombardeos causaron daños estimados en 270.000 millones de dólares y afectaron a casi 3.000 infraestructuras industriales. Estas cifras oficiales describen una escala de daños que alcanza mucho más que los lugares impactados de forma directa.

La información de referencia señala que 50 plantas petroquímicas cerraron y que la acería de Mobarakeh, la mayor del país y una de las más importantes de Oriente Medio, necesitaría al menos un año para recuperar su capacidad normal. También se prohibió la exportación de productos petroquímicos y siderúrgicos hasta nuevo aviso. Cuando cae la producción y se interrumpen las ventas al exterior, se reducen los ingresos y se complica financiar tanto las importaciones como la reconstrucción.

El efecto se extiende a bienes que parecen alejados de la industria pesada. El acero y los productos petroquímicos forman parte de materiales de construcción, tuberías, envases, vehículos y otros artículos. La construcción da trabajo a unos 3,8 millones de iraníes, por lo que la escasez o el encarecimiento de materiales puede afectar a albañiles, electricistas, transportistas y fabricantes, además de a quienes esperan una vivienda. Una obra detenida deja sin actividad a muchas personas que nunca trabajaron en una planta siderúrgica.

La fabricación y reparación de automóviles también depende de componentes, plásticos y metales que pueden escasear o encarecerse. Para el consumidor, eso puede traducirse en demoras para encontrar recambios y costes más altos para mantener un vehículo antiguo. En un taller, la crisis se presenta de una manera sencilla: el coche espera una pieza y el cliente no sabe cuánto tardará ni cuánto terminará pagando. La economía de guerra también se reconoce en esas averías que ya no se resuelven con rapidez.

Sin internet, trabajar y comunicarse cuesta más

El corte del internet global impuesto desde el 28 de febrero añadió un daño menos visible que la destrucción física, pero relevante para la actividad cotidiana. El Gobierno iraní cifró su coste en 3,3 millones de dólares diarios. Para quienes dependen de la red, la interrupción puede significar pedidos perdidos, pagos retrasados, clases canceladas o la imposibilidad de contactar con clientes y familiares. La conexión es una infraestructura de trabajo y comunicación, no un accesorio prescindible.

Rezvaneh perdió sus clases cuando dejó de funcionar internet. Mobina, en cambio, asumió el coste que hiciera falta para mantenerse conectada: llamaba a familiares, enviaba novedades y compartía fotografías para tranquilizar a quienes buscaban información de sus seres queridos. La fotoperiodista Maryam Rahmanian, que trabajaba en Teherán con permiso del Gobierno, tenía acceso a internet, una diferencia que no compartían muchos ciudadanos. En una emergencia, la desigualdad de acceso también determina quién puede informar y quién queda aislado.

Los pequeños negocios suelen tener menos recursos para sortear una desconexión prolongada que las grandes compañías. Una tienda que vende por redes sociales puede perder su escaparate; un profesor, sus alumnos; un profesional independiente, el vínculo con sus clientes. Cuando los contactos y los pagos dependen de plataformas digitales, la interrupción puede dejar a una persona sin ingresos aun cuando su local siga en pie. El apagón digital ensancha la distancia entre tener una actividad y poder ejercerla.

También cambia cómo circulan las noticias sobre ataques, daños y familiares. Sin canales fiables, la información puede depender de llamadas, mensajes que llegan tarde o conversaciones de boca en boca. Akram observó el contraste con la guerra de su juventud, cuando las noticias se transmitían de persona a persona; hoy pueden llegar más deprisa, pero la rapidez no garantiza que sean completas. La incertidumbre informativa añade otra carga a una población que necesita saber qué ocurre para decidir cómo moverse y a quién buscar.

El bloqueo y las sanciones limitan el margen de recuperación

La presión sobre las exportaciones de petróleo añade una dimensión económica de alcance nacional. Irán obtuvo unos 80.000 millones de dólares por sus ventas petroleras el año anterior, según el artículo original. El bloqueo naval anunciado el 13 de abril contra puertos y buques iraníes buscaba frenar esas ventas. La cifra petrolera puede parecer distante de la vida diaria, pero los ingresos exteriores influyen en la capacidad del Estado para financiar importaciones, subsidios y servicios. Cuando se reduce la entrada de divisas, el problema puede terminar reflejándose en los hogares.

Irán ya había desarrollado mecanismos para sortear parcialmente las sanciones: producción nacional, comercio transfronterizo informal, compras a través de terceros países y redes marítimas opacas. Esa capacidad puede ayudar a evitar un colapso inmediato, pero no elimina el coste de comerciar con restricciones ni garantiza que lleguen los bienes necesarios. A medida que se encarecen las operaciones y se reduce la confianza, las empresas tienden a contener gastos y las familias a posponer compras. Resistir una presión económica no significa que la población no la esté pagando.

La estimación del Fondo Monetario Internacional citada en la información de referencia anticipaba una contracción de la economía iraní superior al 5%. También se advertía de que la inflación podía acercarse al 70% al final del año. Son previsiones, no un balance definitivo, y dependen de cómo evolucionen el conflicto, las restricciones y la producción. La incertidumbre sobre el futuro es, por sí misma, una fuerza que frena decisiones de consumo y de inversión.

En los hogares, esa cautela puede parecer prudente: guardar dinero, comprar solo lo indispensable o aplazar una reparación. Pero, si muchas familias hacen lo mismo, los comercios venden menos y las empresas reducen aún más su actividad. Así se forma un círculo en el que la pérdida de ingresos debilita el consumo y el consumo más débil amenaza nuevos empleos. Lo que cada familia hace para protegerse puede convertirse, a escala nacional, en otro freno para la recuperación.

Una guerra que deja pérdidas distintas y recuerdos duraderos

El daño no se reparte de manera uniforme. Bahareh, de 26 años, perdió a 12 familiares cuando un ataque destruyó la casa de Teherán en la que vivían. Entre ellos estaba su hermano de 17 años, que soñaba con estudiar para convertirse en astronauta. La familia pudo identificar a las víctimas mediante pruebas de ADN. El edificio, construido por su abuelo y el hermano de este, quedó reducido a polvo. Para Bahareh, la destrucción material y la pérdida de sus seres queridos ocurrieron en el mismo lugar.

También se han dañado lugares históricos. Mahtab lloró al saber que algunos sitios patrimoniales habían sido alcanzados: para ella, no eran estructuras intercambiables, sino espacios que conservaban memoria e identidad. La pérdida de un edificio histórico no equivale a la de una vivienda, pero ambas revelan que los ataques pueden afectar tanto a los espacios íntimos como a los símbolos compartidos. Reconstruir paredes no siempre significa recuperar aquello que esas paredes representaban.

Las experiencias de Akram y Ali muestran, además, que la guerra actual se interpreta a través de otras vividas antes. Akram recordó la destrucción de Khorramshahr durante la guerra entre Irán e Irak; Ali, nacido en Afganistán, volvió a sentir el miedo y la incertidumbre de su juventud. Para otros, la memoria es menos distante: Sama, una escritora de 45 años, decía haber temido el conflicto durante meses y sentía que la guerra podía convertirse en algo constante. La historia personal modifica el modo en que cada persona soporta el presente.

Las posturas políticas tampoco caben en una división sencilla entre apoyo y rechazo. Algunas personas expresan orgullo por la resistencia del país frente a potencias extranjeras; otras dirigen su enfado tanto contra quienes lanzaron los ataques como contra las autoridades iraníes. Hay quienes desean unidad y, al mismo tiempo, rechazan la represión; quienes permanecen por apego a su ciudad y quienes no tienen adónde ir. Temer los bombardeos no equivale a respaldar al Gobierno, del mismo modo que denunciar la represión no implica desear una intervención militar.

La vida cotidiana, mientras tanto, se recompone con gestos pequeños y con pérdidas enormes. Ali cuida las flores de sus vecinos; Mahtab se prepara para el Año Nuevo persa; Mobina intenta sostener el contacto entre familiares separados. Esas escenas no borran el desempleo, los precios ni el duelo, pero impiden que la experiencia quede reducida a cifras de exportación o mapas de objetivos. La guerra también se mide por lo que las personas intentan conservar cuando casi todo lo demás se vuelve incierto.

El silencio de las bombas no basta para reparar la vida

La tregua anunciada el 8 de abril, después de 39 días de ataques, podía reducir el peligro inmediato, pero no devolver automáticamente empleos, ingresos ni seguridad. El cierre de plantas, los daños industriales, la interrupción de las comunicaciones y la presión sobre el comercio dejan consecuencias que duran más que una ofensiva. Algunas instalaciones necesitarán tiempo para recuperarse; muchas familias, además, afrontan deudas, separaciones o pérdidas que no desaparecen cuando bajan los precios de la energía en los mercados internacionales. El fin de los ataques y la recuperación de una sociedad son procesos distintos.

Desde fuera, el conflicto suele explicarse con el precio del petróleo, el estrecho de Ormuz o los cálculos militares. Esas dimensiones tienen consecuencias internacionales, pero no sustituyen la experiencia de quienes calculan cuánto pueden gastar en comida, intentan reparar un coche o esperan noticias de un familiar. En Irán, el golpe se hace visible en comercios abiertos con menos ventas, en trabajos que no vuelven y en personas que han aprendido a dormir entre sobresaltos. La normalidad no se reconoce solo porque haya vuelto el movimiento a las calles, sino porque las familias puedan volver a hacer planes sin que el miedo y la carestía decidan por ellas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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