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¿Por qué marroquíes votan izquierda y colombianos derecha?

El CIS retrata el voto de nacidos fuera: marroquíes a la izquierda y colombianos a la derecha, con PSOE y Vox en el centro del debate social.

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cómo votan marroquíes y colombianos

El CIS retrata el voto de nacidos fuera: marroquíes a la izquierda y colombianos a la derecha, con PSOE y Vox en el centro del debate social.

El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que incluye un desglose por país de nacimiento para personas nacidas fuera de España con derecho a voto ha encendido una conversación incómoda y muy española: quién se coloca a la izquierda, quién se va a la derecha y qué partidos capitalizan ese gesto. En esa fotografía, los nacidos en Marruecos aparecen más próximos al bloque progresista —con el PSOE como opción más citada, por delante de Sumar y del PP—, mientras que los nacidos en Colombia destacan por una inclinación mucho más marcada hacia la derecha, con Vox como partido más mencionado, seguido de PSOE, PP y Sumar.

La escena viene del Barómetro de febrero de 2025 (estudio 3496), con trabajo de campo en enero-febrero de 2025, y trae una advertencia pegada al dato como la etiqueta del precio: el bloque “nacidos fuera” es una submuestra pequeña dentro del conjunto, útil para observar señales pero delicada si se usa como martillo para clavar certezas. Aun así, la imagen existe, tiene números y sirve para algo muy concreto: desmontar el tópico de que “la inmigración vota en bloque”, porque aquí, de bloque, poco; más bien hay patrones distintos según origen y un mapa con curvas, escalones y silencios.

La foto del CIS: cómo votan marroquíes y colombianos

El barómetro en cuestión es un estudio general de opinión pública que, además de estimación de voto y clima político, incorpora variables sociodemográficas y cruces. En este caso, la pieza que ha saltado a titulares es el recorte de quienes dicen haber nacido fuera de España: una submuestra de 230 entrevistados, equivalente a aproximadamente un 5,7% del total del estudio. Es un número suficiente para asomar tendencias, pero lo bastante reducido como para que la prudencia no sea postureo: es método, no timidez.

Y dentro de ese grupo de 230, la distribución por país tampoco es uniforme. En la tabulación por país de nacimiento aparecen con más peso los nacidos en Colombia (16,4%), seguidos de Venezuela (10,1%), Ecuador (7,1%), Cuba (6,4%), Suiza y Uruguay (5,2% cada uno), Argentina (4,6%), Perú (4,3%) y Marruecos (4,2%), entre otros orígenes. Dicho sin maquillaje: cuando se baja al detalle “por país”, algunos grupos quedan con tamaños tan pequeños que una variación mínima puede mover porcentajes como si fueran piezas ligeras en una mesa de aire.

Qué mide exactamente cuando habla de “izquierda” y “derecha”

Una de las claves de esta noticia —y también una de las trampas habituales— es que el CIS cruza dos planos que la conversación pública mezcla sin cuidado: por un lado, la autoubicación ideológica (la gente se coloca en categorías como izquierda/derecha/centro, con opciones de no respuesta) y, por otro, el voto o simpatía por partidos (lo que suele llamarse “voto+simpatía”). Son dos lenguajes que se rozan, sí, pero no siempre coinciden; hay quien se define de centro y vota a un extremo, y hay quien se dice de derechas y vota a un partido socialdemócrata por motivos prácticos, o viceversa.

En el caso concreto de este barómetro, los datos que se han difundido con más claridad señalan que la autoubicación ideológica de los nacidos en Marruecos se inclina hacia la izquierda, mientras que la de los nacidos en Colombia se desplaza con fuerza a la derecha. La noticia, además, añade el escalón partidista: PSOE, Sumar y PP en el caso marroquí; Vox, PSOE, PP y Sumar en el caso colombiano. Eso es el corazón del asunto, lo demás son matices… pero los matices aquí son el freno de mano.

Marruecos: más cercanía a la izquierda y un PSOE por delante

En los cruces difundidos, el grupo de personas nacidas en Marruecos con derecho a voto aparece con una autoubicación ideológica en la que la “izquierda” registra el valor más alto, alrededor de 12,2, mientras que el “centroderecha” se sitúa cerca, en torno a 10,9; la “derecha” baja a 3,4 y el “centro” queda en torno a 1,2. No es un bloque monolítico, y ese detalle importa: la misma foto que se usa para decir “se inclinan a la izquierda” también muestra un peso apreciable de posiciones de centroderecha, que rompe el relato simple.

La lectura partidista que se ha divulgado dibuja una preferencia clara: el PSOE como primer partido citado entre los nacidos en Marruecos, con Sumar en segundo lugar y el PP después. En clave política española, esto se suele traducir a un comportamiento de voto o simpatía más cercano a opciones percibidas como integradoras o con mayor presencia en redes institucionales y municipales, aunque conviene no convertir esa intuición en sentencia: el barómetro muestra el “qué”, no certifica el “por qué” con acta notarial.

Por qué el dato marroquí no es un bloque, ni una etiqueta fácil

Decir “marroquíes” como si fuera una sola cosa es una costumbre de tertulia: rápida, pegadiza y a menudo injusta. Dentro de esa etiqueta caben trayectorias muy diferentes: nacionalizados, dobles nacionalidades, segundas generaciones, personas con décadas de residencia, otras que han llegado hace menos tiempo, perfiles laborales dispares, edades que cambian por completo la relación con la política. El barómetro no entra a ese nivel de detalle cuando el foco está en país de nacimiento, pero el propio dibujo —ese reparto entre izquierda y centroderecha— ya sugiere diversidad interna.

Además, aquí hay una palabra que suele pasar por debajo del radar y lo cambia todo: “con derecho a voto”. No es lo mismo nacer fuera y residir en España que nacer fuera y poder votar en determinadas elecciones; el barómetro, al presentarse en titulares, condensa realidades jurídicas y biográficas distintas en una frase corta. Y cuando la frase es corta, el público suele rellenar huecos con suposiciones largas.

Colombia: la derecha destaca y Vox aparece como primera referencia

En el caso de Colombia, el barómetro dibuja una inclinación ideológica mucho más marcada. La “derecha” aparece con un valor de 40,4, frente a 5,5 en “izquierda”. Entre medias, el “centro” se sitúa alrededor de 17,6, y el bloque de “no sabe” alcanza aproximadamente 27,2. Ese último número es un dato con mala prensa —porque estropea titulares— pero es central para entender el cuadro: una parte considerable no se ubica ideológicamente, y eso sugiere distancia, cansancio, prudencia o simplemente falta de hábito en ese tipo de categorización.

A nivel de partidos, el elemento más llamativo es que Vox aparezca como el partido más citado entre los nacidos en Colombia, por delante de PSOE, PP y Sumar. Que el segundo sea el PSOE y el tercero el PP ya anticipa una dispersión: no es “todos con Vox”, sino un primer puesto que destaca dentro de una distribución más amplia. Aun así, el titular se entiende solo: en esta foto, Colombia se mueve a la derecha con un salto que, por intensidad, contrasta con otros orígenes.

Un patrón que encaja con debates recientes, pero no autoriza caricaturas

En España, la conversación sobre inmigración y voto suele ir con piloto automático: o se presume una afinidad “natural” con la izquierda, o se responde con la idea de que los migrantes “también votan duro”. El dato colombiano, al menos en este barómetro, alimenta el segundo guion. Pero sería un error convertirlo en caricatura, porque el mismo conjunto de cifras incluye un centro nada despreciable y un no sabe enorme. Si la política fuera un mapa de carreteras, aquí no hay autopista de un carril: hay rotondas, desvíos y gente que todavía no ha mirado el GPS.

Y luego está el contexto, que a veces pesa más que la etiqueta ideológica. En comunidades migrantes latinoamericanas, la experiencia previa con discursos políticos muy polarizados, el rechazo a ciertas palabras cargadas (“socialismo”, “populismo”), o el impacto de debates sobre seguridad y orden público pueden influir en simpatías partidistas. Pero eso ya es terreno resbaladizo si no se acompaña de más evidencia: el barómetro sugiere una orientación, no escribe una biografía colectiva.

El resto del mapa: uruguayos, cubanos, belgas… y los contrastes con venezolanos y dominicanos

Más allá del choque Marruecos-Colombia, el barómetro introduce otros trazos que han circulado en la misma ola informativa. Entre los nacidos en Uruguay, Cuba y Bélgica con derecho a voto, la identificación se inclina principalmente hacia la izquierda. En cambio, los nacidos en Venezuela y República Dominicana tienden a posicionarse más hacia la derecha. No se trata de una alineación perfecta —ninguna lo es—, pero sí de un mosaico donde el país de origen parece correlacionar con la autoubicación ideológica en esta muestra.

Este punto es importante por una razón casi obvia: desmonta la idea de que “los extranjeros” —así, en bloque— tienen un comportamiento político homogéneo. Aquí aparecen varios patrones y, sobre todo, aparece una noción más realista: el voto, la simpatía política y la ideología se moldean por experiencias previas, por inserción social en España, por redes, por temas del momento y por el tipo de conversación pública que se consume y se comparte. El país de origen puede marcar una memoria política, pero no determina una conducta automática, y menos aún cuando hablamos de personas que ya están dentro del sistema electoral español en alguna de sus formas.

País de nacimiento, ciudadanía y derecho a voto: el triángulo que se confunde

La noticia se ha difundido en términos de “extranjeros con derecho a voto”, pero el barómetro trabaja con el país de nacimiento, que no siempre coincide con la nacionalidad actual ni con el tipo de derecho de sufragio. En España, el derecho a voto se organiza por niveles: el voto en generales es para ciudadanía española; en municipales, los ciudadanos de la Unión Europea pueden votar, y también ciertos países con acuerdos de reciprocidad bajo condiciones concretas; en autonómicas y europeas, el encaje varía según el caso. En el lenguaje de titulares, todo eso se comprime en una frase que parece simple y no lo es.

Por eso, cuando se leen estas cifras, conviene mantener dos ideas a la vez, aunque no sea cómodo: que la foto tiene valor porque muestra diferencias nítidas en esta muestra, y que la foto tiene límites porque el universo “nacidos fuera con derecho a voto” es una mezcla de trayectorias jurídicas y vitales que el titular no despieza. El dato existe, sí, pero no debe convertirse en identidad obligatoria.

Lo que significa políticamente en España: relatos, campañas y un debate con filo

Este tipo de barómetros suele tener dos vidas. La primera es la vida demoscópica, más discreta: tablas, cruces, márgenes, notas metodológicas, advertencias. La segunda es la vida pública, mucho más ruidosa: titulares, vídeos cortos, recortes de pantalla, indignaciones que viajan rápido. La noticia del CIS ha caído en un terreno especialmente sensible porque mezcla tres ingredientes explosivos en el debate español: inmigración, ideología y partidos.

Para el PSOE y el espacio a su izquierda, la lectura tentadora es subrayar que una parte de los nacidos en Marruecos se inclina hacia opciones progresistas, algo que puede encajar con un discurso de integración y políticas sociales. Para la derecha, el dato colombiano ofrece munición para decir que la inmigración no es un terreno “propiedad” de la izquierda y que hay colectivos nacidos fuera que se sienten cómodos con discursos duros. Y para Vox, aparecer como primera referencia en Colombia funciona como un sello de expansión simbólica: “no es solo un voto nativo, también atrae a quienes llegaron de fuera”. La política, cuando ve un número, lo convierte en relato casi sin respirar.

Pero aquí conviene frenar: usar estas cifras como etiqueta colectiva por nacionalidades tiene un riesgo claro. Puede alimentar una forma de discusión donde la identidad de origen se transforma en argumento político y donde se habla “de” colectivos como si fueran piezas electorales, no ciudadanos con intereses múltiples. Ese riesgo, además, se multiplica en redes, donde la simplificación es la moneda y el matiz es un estorbo.

El tamaño del grupo y el “no sabe”: dos detalles que cambian la lectura

Hay dos elementos que deberían acompañar siempre a esta noticia, aunque no sean los más virales. El primero es el tamaño de la submuestra: 230 nacidos fuera dentro de un barómetro general, y dentro de esos 230, porcentajes por país que en algunos casos son reducidos. El segundo es el peso del “no sabe/no contesta” en autoubicación ideológica, especialmente visible en el caso colombiano con ese 27,2. Cuando una parte tan significativa no se coloca, hablar de “inclinación” es correcto; hablar de “identidad ideológica cerrada” ya es otra cosa.

Ese “no sabe” puede significar muchas cosas y no hay que inventarse una sola. Puede ser distancia respecto al eje izquierda-derecha tal como se entiende en España, puede ser desconfianza, puede ser cansancio, puede ser falta de interés, puede ser que la vida cotidiana esté en otra pantalla. En todo caso, funciona como recordatorio: incluso cuando hay una inclinación fuerte, hay también un espacio de ambivalencia que el debate público suele borrar.

La letra pequeña que no cabe en un titular, pero sostiene la historia

El Barómetro de febrero de 2025 se publicó en un momento de alta temperatura política y con temas recurrentes que suelen dominar la conversación pública en España, como la vivienda y la economía cotidiana. En ese clima, cualquier dato que toque identidades colectivas se amplifica. El CIS, además, es una institución que genera debate por su papel y por la lectura que se hace de sus barómetros: hay quienes lo tratan como brújula imprescindible y quienes lo miran con desconfianza. En ese contexto, un cruce por país de nacimiento se convierte en gasolina para discusiones preexistentes.

Sin embargo, el valor informativo aquí es bastante concreto y no requiere grandilocuencia: el barómetro aporta una pista sobre cómo se ubican ideológicamente, en esta muestra, algunos grupos nacidos fuera con derecho a voto en España, y señala preferencias partidistas que rompen estereotipos. Marruecos aparece con un perfil más cercano a la izquierda y con el PSOE en cabeza; Colombia aparece más a la derecha y con Vox como primera referencia. Uruguayos, cubanos y belgas tienden más a la izquierda; venezolanos y dominicanos se sitúan más a la derecha. Todo eso, junto, dibuja un mapa más plural de lo que suele asumirse.

También hay un detalle metodológico que suele olvidarse: una encuesta mide opiniones y autodefiniciones en un momento dado. No es un registro administrativo, no es un recuento electoral, no es un pronóstico de lo que ocurrirá en la próxima cita con las urnas. Es una fotografía con luces y sombras. Y aun así, las fotos importan, porque muestran gestos que de otra manera se discutirían solo con prejuicios y anécdotas.

Un mapa menos cómodo, pero más real

Lo más interesante de esta noticia no es el morbo del “quién vota a quién”, sino el desmentido silencioso que trae dentro. En España se habla mucho de inmigración y poco de ciudadanía, y cuando se habla de ciudadanía, se tiende a simplificar. Este barómetro, con todas sus limitaciones, sugiere que las personas nacidas fuera que forman parte del cuerpo electoral no encajan en un único molde: se reparten, se contradicen, se mueven, guardan distancias, se ubican con firmeza o no se ubican en absoluto.

La fotografía del CIS deja una conclusión factual —sin necesidad de adornos—: en este estudio, los nacidos en Marruecos aparecen más próximos a la izquierda y citan más al PSOE (por delante de Sumar y PP), mientras que los nacidos en Colombia se ubican mayoritariamente en la derecha, con Vox como primera referencia partidista, seguido de PSOE, PP y Sumar. En el resto del mosaico, uruguayos, cubanos y belgas tienden más hacia la izquierda, y venezolanos y dominicanos más hacia la derecha. El dato es lo bastante claro como para sostener una noticia y lo bastante frágil como para exigir cautela cuando se convierte en consigna.

Y quizá ese sea el punto final más útil —sin solemnidad—: si el debate español quiere entender el voto y la integración con algo de rigor, tendrá que acostumbrarse a mapas complejos, donde el origen no dicta el destino y donde la política, incluso cuando se mide, sigue siendo humana: irregular, cambiante, a veces contradictoria, casi siempre más rica que el titular.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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