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¿Cómo serán los 28.000 misiles de crucero baratos que comprará EEUU?

Estados Unidos prepara 28.000 misiles baratos para multiplicar su capacidad de ataque y evitar que sus arsenales se agoten demasiado pronto.

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misiles baratos que comprará EEUU

Estados Unidos prepara una de las mayores adquisiciones de armamento de precisión de su historia reciente: cerca de 28.000 misiles de crucero de bajo coste durante los cinco ejercicios comprendidos entre 2027 y 2031. El plan, valorado en unos 12.600 millones de dólares, pretende elevar la producción hasta casi 8.000 proyectiles anuales y multiplicar la capacidad para lanzar ataques prolongados sin vaciar el arsenal en cuestión de días.

La decisión no significa, pese a la contundencia de algunos titulares, que el Pentágono haya encargado ya 28.000 armas listas para entregar. Lo firmado con Anduril Industries, CoAspire y Zone 5 Technologies son acuerdos marco para terminar las pruebas, certificar los diseños y preparar contratos de producción plurianuales. Las compras dependerán todavía de la validación técnica, de la competición entre fabricantes y, pequeño detalle institucional que suele estropear los grandes anuncios, de que el Congreso apruebe el dinero.

El programa se denomina FAMM, siglas de Family of Affordable Mass Missiles, algo así como familia de misiles asequibles para empleo masivo. Su filosofía es sencilla y bastante menos elegante que las presentaciones corporativas: fabricar armas precisas, de largo alcance y suficientemente baratas como para lanzarlas por centenares. La guerra industrial ha regresado con sus hangares, sus turnos de fábrica y su áspera contabilidad. El misil perfecto, si tarda años en llegar y apenas existen unas decenas, acaba siendo una pieza de museo extraordinariamente cara.

Un acuerdo enorme que todavía no es una compra

El Gobierno estadounidense ha alcanzado acuerdos con las tres compañías para completar las fases de ensayo y homologación. La intención es convertirlos después en contratos de hasta siete años, con precios fijos, cantidades mínimas garantizadas y reparto de pedidos entre todos los proveedores que superen las pruebas. Quienes fabriquen antes de lo previsto podrán recibir más encargos; quienes fallen conservarán, al menos, una magnífica presentación en PowerPoint.

El sistema rompe parcialmente con el modelo habitual de adjudicar un programa gigantesco a un único contratista tradicional. El Pentágono pretende mantener varias líneas de producción abiertas para evitar que una avería, una escasez de motores o la quiebra de un proveedor paralicen todo el programa. También ofrece a las empresas una demanda estable, condición imprescindible para que inviertan en fábricas, personal y cadenas de suministro sin depender de una compra anual de pocas unidades.

La Fuerza Aérea prevé iniciar el programa en el ejercicio fiscal de 2027. El presupuesto presentado reserva 300 millones de dólares para adquirir hasta 1.000 misiles y otros 51 millones para completar el desarrollo de la variante aérea. Las proyecciones posteriores elevan progresivamente los pedidos hasta rozar los 8.000 proyectiles durante el último año del plan.

Ese calendario explica por qué conviene hablar de una intención de compra y no de 28.000 misiles almacenados en algún desierto de Nevada. Antes tendrán que volar, navegar con precisión, resistir interferencias electrónicas, separarse del avión sin provocar una desgracia y demostrar que su motor funciona algo más de una vez durante una exhibición. Solo entonces llegará la producción masiva.

Qué es FAMM y cómo cambia el ataque aéreo

Los FAMM serán misiles de crucero subsónicos concebidos para atacar desde fuera del alcance inmediato de las defensas enemigas. Las versiones conocidas apuntan a autonomías aproximadas de entre 400 y 800 kilómetros, aunque el alcance, la carga explosiva y los sensores cambiarán según el fabricante y la configuración elegida. No tendrán necesariamente el sigilo, la resistencia electrónica ni la potencia destructiva de los sistemas más sofisticados, pero tampoco costarán varios millones de dólares por lanzamiento.

La idea no es reemplazar al AGM-158 JASSM, al LRASM antibuque ni a otros misiles avanzados. FAMM ocupará el escalón inferior de una arquitectura de ataque mixta: muchas armas económicas para blancos menos protegidos, señuelos, radares, depósitos o concentraciones logísticas, y un número menor de proyectiles de altas prestaciones contra buques, búnkeres y centros de mando endurecidos.

Es una lógica de cantidad contra escasez. Una defensa aérea puede detectar y destruir amenazas, pero sus radares solo procesan cierto número de objetivos y sus lanzadores llevan una cantidad limitada de interceptores. Una oleada amplia obliga a decidir qué derribar, consume munición defensiva y abre corredores para los misiles más caros. No hace falta que cada proyectil barato atraviese la defensa; basta con que convierta su saturación en un problema matemático.

De los cazas a los aviones de carga

El programa contempla dos configuraciones. La denominada FAMM-L viajará bajo las alas o el fuselaje de cazas y bombarderos, como cualquier otra munición lanzada desde un soporte exterior. La FAMM-P irá dentro de módulos colocados sobre palés y podrá ser arrojada desde aviones de transporte. El contenedor descenderá con paracaídas, liberará los misiles y estos encenderán sus motores en el aire.

Esta segunda variante amplía de golpe el número de aeronaves capaces de efectuar ataques a distancia. Un C-130 o un C-17 no se convierte realmente en un bombardero —sigue careciendo de sus sensores, protección y procedimientos tácticos—, pero puede actuar como lanzador provisional sin sufrir una modificación estructural permanente. Transporta palés un lunes; dispara misiles el martes. La logística, que suele caminar con botas embarradas detrás de la estrategia, entra así por la puerta principal.

El concepto resulta especialmente atractivo en el Indo-Pacífico. Las enormes distancias, el reducido número de bases seguras y la amenaza contra las pistas obligan a dispersar los medios de ataque. Repartir misiles entre cargueros, bombarderos y cazas complica la planificación del adversario y permite concentrar una salva sin reunir todos los aviones de combate en el mismo aeródromo.

Tres misiles, tres fábricas y una misma obsesión

Anduril, CoAspire y Zone 5 representan esa nueva industria militar estadounidense que mezcla ingenieros aeronáuticos, capital tecnológico y métodos de producción más próximos al automóvil que a los programas armamentísticos de varias décadas. El Pentágono no ha proclamado un ganador; mantendrá a los tres dentro de la competición mientras sus armas superen las pruebas y respeten los precios y plazos comprometidos.

La apuesta contiene una cierta rebelión contra los grandes contratistas históricos. No porque Washington haya dejado de comprarles —los presupuestos de JASSM, Tomahawk, Patriot o LRASM dicen exactamente lo contrario—, sino porque necesita proveedores capaces de fabricar miles de unidades, no varios centenares, con componentes disponibles y procesos más sencillos.

Ese cambio exige aceptar una herejía dentro de la contratación militar: no todas las armas tienen que incorporar la tecnología más sofisticada concebible. Un misil destinado a destruir un almacén o agotar defensas no necesita las mismas prestaciones que otro encargado de penetrar hasta un centro de mando protegido. La excelencia absoluta es magnífica hasta que se comprueba que apenas quedan doce unidades.

Barracuda, RAACM y Rusty Dagger

Anduril presenta el Barracuda-500, integrante de una familia de vehículos aéreos autónomos diseñada expresamente para la fabricación a gran escala. La compañía también trabaja en una versión lanzada desde tierra, el Barracuda-500M, y ha construido instalaciones dedicadas a producir esta clase de armas en volúmenes muy superiores a los habituales.

CoAspire concurre con el RAACM, un misil de crucero asequible y rápidamente adaptable. Utiliza fabricación aditiva —impresión industrial de componentes— para reducir herramientas, operaciones manuales y tiempos de rediseño. La empresa plantea variantes aéreas, terrestres y navales modificando el tamaño, el combustible o el sistema de lanzamiento sin desmontar toda la cadena industrial.

Zone 5 aporta el AGM-188A Rusty Dagger, nacido de los programas estadounidenses para obtener una munición de alcance extendido que pudiera desarrollarse con rapidez. Su diseño ya ha sido integrado y probado desde un F-16, un precedente relevante porque ese caza opera en numerosos países aliados. La compañía sostiene que podrá fabricar miles de unidades al año, aunque esa capacidad tendrá que demostrarse fuera del folleto comercial, donde todas las fábricas son veloces y ningún tornillo llega tarde.

El precio real y la letra pequeña del bajo coste

La cifra más repetida sitúa cada FAMM cerca de los 218.000 dólares, frente a más de 1,3 millones por un JASSM. Es un objetivo referido al proyectil y a una producción madura, no necesariamente la factura completa que pagará el contribuyente por cada arma almacenada y preparada para el combate.

El programa global asciende a unos 12.600 millones para 28.000 unidades. Una división elemental arroja 450.000 dólares por misil, pero ahí aparecen costes de desarrollo, integración en aeronaves, ensayos, equipos terrestres, repuestos, apoyo logístico y ampliación de fábricas. Dicho de otro modo: 218.000 dólares sería el precio perseguido del proyectil, mientras que unos 450.000 representan el promedio presupuestario completo al distribuir toda la inversión entre las unidades previstas.

Sigue siendo barato dentro del mercado de las armas de largo alcance, aunque el adjetivo requiere cierta perspectiva. Por el precio de uno de estos misiles se compran varias viviendas en algunas ciudades estadounidenses; por el de un JASSM, una pequeña calle. La industria militar llama asequible a lo que permite lanzar cinco o seis proyectiles en lugar de uno, no a lo que cabe pagar con calderilla.

También habrá concesiones. Los FAMM probablemente transportarán ojivas menores, serán más visibles para los radares y ofrecerán menos capacidad de penetración que un misil furtivo. Su eficacia dependerá de la navegación, de la resistencia frente a interferencias y de que las empresas mantengan la calidad mientras multiplican el ritmo de ensamblaje. La producción masiva continúa siendo una tarea industrial compleja. El bajo coste no deroga la física ni convierte una línea de montaje en una lámpara maravillosa.

La aritmética de una guerra larga

La guerra de Ucrania ha demostrado que incluso los ejércitos tecnológicamente avanzados consumen munición a una velocidad que las fábricas occidentales no siempre pueden seguir. Las operaciones en Oriente Próximo y la posibilidad de un enfrentamiento prolongado en el Pacífico han reforzado la misma advertencia: los arsenales de precisión, diseñados durante décadas para campañas relativamente breves, pueden agotarse antes de que termine una guerra de alta intensidad.

FAMM no inaugura una era de misiles desechables e infalibles. Inaugura algo más prosaico: el intento de recuperar profundidad industrial, la capacidad de reemplazar lo disparado y sostener operaciones durante meses. Esa es la auténtica noticia detrás de los 28.000 proyectiles. Estados Unidos no solo quiere atacar más; quiere evitar que su poder militar dependa de un almacén limitado de armas exquisitas que cuestan una fortuna y necesitan años para reponerse.

La doctrina mezcla misiles baratos y sistemas avanzados, producción privada e intervención pública, competencia y pedidos garantizados. Una combinación bastante estadounidense, con mercado hasta donde resulte posible y presupuesto federal cuando deja de serlo. Falta comprobar si las empresas entregarán a tiempo, si el Congreso mantendrá la financiación y si las armas cumplirán lo prometido. Pero el rumbo está claro: en la próxima guerra, calcula Washington, la precisión seguirá importando. La cantidad también.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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