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Así se organizó la evacuación del MV Hondius en Tenerife
Lanchas, autobuses de la UME y vuelos de repatriación permitieron evacuar el barco sin llevarlo a puerto.

La evacuación del crucero MV Hondius se organizó en Tenerife como una operación sanitaria y logística internacional: el barco fondeó frente a Granadilla de Abona y los pasajeros y parte de la tripulación fueron trasladados en lanchas hasta tierra, en autobuses de la Unidad Militar de Emergencias y, después, en vuelos de repatriación. Los 14 españoles fueron derivados a Madrid para permanecer en cuarentena en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla. El desembarco comenzó el 10 de mayo y el dispositivo se dio por terminado al día siguiente.
La decisión de no atracar el buque hizo que el traslado se pareciera menos a una llegada ordinaria a puerto que a un relevo cuidadosamente controlado entre barco, muelle y aeropuerto. La prioridad era sacar a las personas sin perder de vista su estado de salud, separar los itinerarios según su nacionalidad y facilitar que cada país se hiciera cargo de sus ciudadanos. La evacuación no consistió en desembarcar a todos a la vez ni en trasladarlos a un único centro: cada grupo siguió un recorrido distinto.
Un barco aislado frente a Tenerife
El MV Hondius llegó a aguas de Tenerife el 10 de mayo, después de abandonar Cabo Verde rumbo a Canarias. El puerto elegido para la operación fue el de Granadilla de Abona, pero el crucero no atracó junto al muelle: quedó fondeado y los traslados se hicieron mediante embarcaciones auxiliares. Esa diferencia fue central para diseñar el desembarco, porque el acceso a tierra debía organizarse en etapas y con un control específico de los movimientos.
La operación involucró a autoridades sanitarias, organismos españoles y la Organización Mundial de la Salud (OMS), además de los países que debían recibir a sus nacionales. A bordo viajaban personas de distintas procedencias y el brote ya había activado alertas fuera del barco. El reto era coordinar una respuesta sanitaria con una repatriación multinacional, no limitarse a trasladar pasajeros desde un buque hasta una terminal.
Los datos publicados sobre el número de personas a bordo y el total desembarcado no coinciden en todos los recuentos. Las informaciones de referencia hablan de 143 personas en una descripción del dispositivo internacional, mientras otros balances mencionan cifras diferentes en momentos distintos de la travesía. También se informó de que 125 personas, entre pasajeros y parte de la tripulación, habían sido desembarcadas al completarse la operación. Esas cifras pueden reflejar cortes temporales y categorías distintas, por lo que no conviene sumarlas como si describieran necesariamente el mismo recuento.
Del barco al aeropuerto, en varios tramos
El primer tramo del traslado fue desde el crucero hasta el muelle. Los pasajeros bajaron por grupos y utilizaron lanchas para llegar a tierra, donde esperaba un dispositivo terrestre. Desde el puerto fueron conducidos en autobuses de la UME hacia el aeropuerto, en un recorrido organizado para mantener separados los desplazamientos y facilitar la salida de quienes tenían que volar a otros países.
El paso por tierra era una pieza decisiva porque el barco no estaba atracado y los vuelos no podían salir directamente desde el muelle. Cada grupo debía completar la transferencia entre medios de transporte y continuar hacia el destino que le correspondía. La secuencia fue barco, lancha, autobús y avión, aunque el último tramo dependía de la nacionalidad, la situación médica y la disponibilidad de los vuelos de repatriación.
Las primeras personas evacuadas incluyeron a los 14 españoles, que fueron trasladados a Madrid. Otros pasajeros salieron en vuelos organizados para regresar a sus países. Los reportes describen el cierre del dispositivo el 11 de mayo, cuando partió el último vuelo de repatriación mencionado en la cobertura, con 22 pasajeros rumbo a Países Bajos. El procedimiento, por tanto, no terminó cuando el último pasajero pisó tierra: también había que completar las salidas aéreas y comprobar quién permanecía a bordo.
Por qué no desembarcaron todos en Tenerife
Canarias funcionó como punto de evacuación y tránsito, no como destino final para todos los ocupantes. La solicitud de asistencia de la OMS y la aceptación española permitieron que el barco se dirigiera al archipiélago después de que Cabo Verde no autorizara el desembarco, al alegar que carecía de medios para afrontar la emergencia sanitaria. Para España, recibir el crucero se planteó como una respuesta humanitaria y conforme a sus obligaciones internacionales.
Una vez en Tenerife, la solución fue repartir la responsabilidad entre los países de origen. Los pasajeros extranjeros fueron repatriados para que las autoridades de sus respectivos lugares de destino organizaran el seguimiento sanitario. Los españoles, en cambio, fueron enviados a Madrid. La evacuación no implicó que todos quedaran bajo atención española de forma permanente: Tenerife permitió ordenar la salida y cada país asumió después el control de sus nacionales.
El número de personas trasladadas también varió según el momento de la operación. Una información dio cuenta de 94 evacuados de 19 nacionalidades en una fase del desembarco, mientras el balance final citado en otra cobertura elevó a 125 el total de pasajeros y tripulantes que dejaron el buque. La diferencia no permite afirmar que una cifra invalide automáticamente a la otra: pueden corresponder a momentos distintos, y las fuentes no ofrecen un desglose común que permita reconciliarlas con seguridad.
El recorrido de los españoles hasta Madrid
Los 14 españoles —13 pasajeros y un miembro de la tripulación— fueron trasladados desde Tenerife a Madrid y alojados en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla. Allí quedaron sometidos a vigilancia y cuarentena en habitaciones individuales, según la información difundida durante la operación. El ingreso no equivalía a que todos estuvieran enfermos: la medida respondía a la exposición posible durante el viaje y a la necesidad de observar su evolución.
El hospital era el destino previsto para mantener a este grupo separado mientras se cumplía el periodo de vigilancia. En los primeros días posteriores al desembarco, las autoridades sanitarias comunicaron resultados de pruebas y casos relacionados con contactos fuera del barco. El seguimiento no se limitó, por tanto, a quienes habían viajado en el crucero. La cuarentena buscaba cubrir el tiempo entre una posible exposición y la detección de síntomas, un margen especialmente relevante ante un virus cuyo periodo de incubación puede ser prolongado.
La OMS tomó el 10 de mayo como fecha de referencia para las cuarentenas de los evacuados y señaló una duración de 42 días. Ese plazo se aplicó dentro de un escenario de vigilancia, no como prueba de que cada pasajero estuviera contagiado. La diferencia entre aislamiento clínico y cuarentena importa: el primero se dirige a personas enfermas o con sospecha médica, mientras que la segunda restringe temporalmente la actividad de quienes pudieron exponerse, aunque no presenten síntomas.
Los pasajeros con síntomas y los vuelos médicos
La evacuación general de Tenerife fue distinta del traslado de algunos pasajeros enfermos desde Cabo Verde. Antes de que el barco pusiera rumbo a Canarias, tres personas relacionadas con el brote fueron evacuadas por vía aérea hacia Países Bajos. Dos aviones participaron en el traslado y uno de ellos comunicó un problema eléctrico en el soporte vital de uno de los pacientes. Marruecos no autorizó el aterrizaje y el aparato terminó desviándose a Gran Canaria.
Ese incidente mostró que la atención a los enfermos no podía resolverse con el mismo circuito previsto para el resto de los pasajeros. Un vuelo sanitario requiere condiciones distintas a las de una repatriación ordinaria, y una incidencia técnica puede obligar a cambiar la ruta. Tras el desvío, los dos pacientes continuaron su viaje hacia Países Bajos. La prioridad en esos traslados era mantener la atención médica durante el vuelo, mientras que el desembarco en Tenerife se organizó para grupos más amplios y con destinos nacionales diversos.
La diferencia entre ambos dispositivos ayuda a entender por qué la llegada del crucero no supuso que todos abandonaran el barco en una única operación. Los pacientes que necesitaban asistencia urgente habían sido trasladados antes; los pasajeros y tripulantes que quedaban siguieron el plan de desembarco en Canarias. La cobertura también informó de que parte de la tripulación permaneció a bordo para continuar el trayecto hasta Rotterdam, una vez que terminó la evacuación de quienes debían desembarcar en Tenerife.
La secuencia del brote que llevó a la evacuación
El crucero había zarpado de Ushuaia, Argentina, el 1 de abril, con destino a Europa y escalas en islas del Atlántico Sur. El 11 de abril murió a bordo un pasajero neerlandés de 70 años, cuyo fallecimiento se atribuyó inicialmente a dificultades respiratorias. El 24 de abril, en Santa Elena, desembarcaron su cuerpo y su esposa, que presentaba síntomas y fue trasladada a Sudáfrica. Una treintena de personas también bajó allí, sin que conste que en ese momento se les realizara un control médico.
La esposa murió en Johannesburgo y un pasajero británico con síntomas también fue trasladado a Sudáfrica. El 2 de mayo, la OMS recibió el aviso del incidente sanitario; ese mismo día se comunicó una tercera muerte, la de una pasajera alemana. Las pruebas confirmaron hantavirus y el brote dejó de ser una sospecha limitada a un barco: ya exigía rastrear contactos, atender a pacientes y decidir qué puerto podía recibir a quienes seguían a bordo.
La llegada a Cabo Verde no resolvió el problema. El crucero quedó frente a Praia, pero las autoridades no autorizaron el desembarco al considerar que no disponían de medios para gestionar la alerta. La OMS pidió a España que atendiera a las personas afectadas y el Gobierno aceptó que el barco navegara hasta Canarias. La decisión de trasladarlo a Tenerife respondió a la necesidad de encontrar un lugar capaz de organizar la asistencia y la salida de los pasajeros, después de que la primera escala prevista para desembarcar no fuera posible.
Qué ocurrió después de vaciar el barco
Tras el desembarco, el MV Hondius salió de Tenerife con parte de su tripulación a bordo y continuó rumbo a Rotterdam. Mientras tanto, los pasajeros repatriados quedaron bajo vigilancia en sus países y los equipos sanitarios rastrearon contactos que podían haber coincidido con personas infectadas, incluso fuera del crucero. La operación, por eso, tuvo una segunda fase menos visible: localizar a quienes habían compartido trayectos, vuelos o espacios con los casos identificados.
Los balances iniciales y los posteriores tampoco deben confundirse. Hasta el 13 de mayo se informaba de diez casos relacionados con el brote, incluidas las tres víctimas mortales. El recuento final comunicado por la OMS fue de 13 casos y tres fallecidos; más de 650 contactos fueron seguidos por autoridades de 33 países y territorios. La organización señaló que no se habían notificado casos vinculados al episodio desde el 25 de mayo y declaró terminado ese brote concreto el 2 de julio, después de que el último contacto expuesto completara la cuarentena y diera negativo en su última prueba.
La causa inicial del contagio no llegó a quedar establecida en la información disponible. La cepa Andes es la variedad de hantavirus vinculada a la transmisión entre personas, algo que hizo necesario vigilar no solo a quienes habían estado expuestos a roedores, sino también a sus contactos cercanos. Eso no convierte cualquier caso de hantavirus en una cadena de contagios entre humanos: la mayoría de las infecciones se adquiere por contacto con roedores infectados o con sus excreciones. La evacuación respondió a un riesgo concreto y excepcional, no a una transmisión generalizada en la población.
Una operación que dependió de coordinar cada trayecto
El episodio dejó claro que la evacuación de un barco en una emergencia sanitaria no se resuelve con abrir la pasarela y poner autobuses en fila. Hubo que decidir dónde recibirlo, mover a las personas desde un buque fondeado, distinguir a quienes necesitaban traslado médico, distribuir pasajeros entre vuelos y organizar cuarentenas en sus países. Cada cambio de etapa exigía coordinación para evitar que el traslado se convirtiera en un nuevo foco de incertidumbre.
En Tenerife, las lanchas y los autobuses de la UME conectaron el barco con el aeropuerto; los vuelos llevaron a los evacuados hacia sus destinos, mientras el grupo español fue derivado al Gómez Ulla. Otros pacientes habían sido trasladados desde Cabo Verde por vía aérea y parte de la tripulación siguió viaje con el buque. El dispositivo funcionó como una cadena de relevos entre autoridades y países, con la evacuación física como una parte de una respuesta más amplia de vigilancia y seguimiento.
El cierre del brote meses después no borra las dificultades de aquel desembarco, pero permite separar la alarma inicial de su desenlace. La operación no se basó en concentrar a todos en un solo lugar, sino en sacarlos por fases y asignar a cada grupo un destino y una forma de seguimiento. Esa combinación de logística portuaria, atención sanitaria y cooperación internacional fue lo que permitió que el MV Hondius abandonara Canarias con una parte de su tripulación y que sus pasajeros continuaran el regreso bajo control de las autoridades de sus países.

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