Síguenos

Ciencia

¿Qué pasará con el cometa que roza el Sol?

Publicado

el

cometa que roza el Sol

El cometa C/2026 A1 rozará el Sol en abril y puede desintegrarse o brillar como nunca en uno de los episodios astronómicos de 2026.

El cometa C/2026 A1 (MAPS) se ha convertido en una de las historias astronómicas más llamativas de este arranque de primavera porque no va a protagonizar un simple paso cercano al Sol, sino un encuentro extremísimo con la superficie solar. Los cálculos orbitales disponibles a 20 de marzo sitúan su perihelio el 4 de abril de 2026, cuando pasará a unos 160.000 kilómetros sobre la fotosfera, una distancia ridícula en términos astronómicos y lo bastante feroz como para que el núcleo pueda fragmentarse, desintegrarse o salir disparado convertido en un cometa mucho más brillante. La noticia, bien contada, no es que “caiga” sin más dentro del Sol, sino que se meterá en una zona donde los cometas rasantes suelen jugarse la vida en cuestión de horas.

La respuesta más seria y más útil es esta: no está previsto que choque directamente con el Sol, pero sí que pase tan cerca que su destino resulta incierto. Puede morir antes de completar el giro, puede romperse durante el máximo acercamiento o puede sobrevivir parcialmente y salir del resplandor solar convertido en uno de los objetos más espectaculares del año. Esa incertidumbre es precisamente lo que ha disparado el interés científico y mediático. También conviene enfriar un poco el entusiasmo de titular fácil: la posibilidad de que llegue a verse a simple vista existe, sobre todo si resiste y si la dispersión hacia delante multiplica su brillo, pero la observación directa será muy complicada y en muchos casos el fenómeno se seguirá mejor a través de las cámaras de SOHO, el observatorio solar de NASA y ESA, entre el 2 y el 6 de abril.

El cometa que apareció demasiado pronto para ser un cometa normal

C/2026 A1 (MAPS) fue detectado el 13 de enero de 2026 desde el observatorio AMACS1, en la zona de San Pedro de Atacama, en Chile, por el equipo formado por Alain Maury, Daniel Parrott y Florian Signoret. Su designación provisional fue 6AC4721, hasta que el Minor Planet Center formalizó el nombre con el que ya ha entrado en circulación. Lo verdaderamente singular del hallazgo no fue solo el objeto en sí, sino el momento en que se lo encontró: apareció muchísimo antes de lo habitual para un cometa rasante del grupo Kreutz, a más de 2 unidades astronómicas del Sol, un margen rarísimo en esta familia. Eso dio a los astrónomos semanas extra para observar su evolución, afinar la órbita y discutir algo que en estos días se ha colado en cada conversación astronómica seria: si estamos ante un simple rasante solar más o ante un aspirante a cometa histórico.

El detalle del grupo Kreutz no es un adorno técnico, ni una coletilla para iniciados. Es la clave del caso. Los Kreutz son cometas rasantes solares, fragmentos de un gran cometa ancestral que fue rompiéndose a lo largo de los siglos y dejó una estirpe de visitantes con trayectorias casi suicidas. Algunos han dado lugar a apariciones memorables; otros se han evaporado sin dejar más que un breve fogonazo en las imágenes de los coronógrafos. MAPS pertenece a esa familia temible y glamurosa a la vez, la de los cuerpos helados que se acercan tanto al Sol que la observación se convierte en una lotería entre la gloria y el despiece. La comparación con gigantes del pasado, como Ikeya-Seki, no es casual: el mero hecho de que se haya descubierto tan pronto ya lo coloca en un territorio inhabitual para un Kreutz.

La fecha decisiva está marcada en rojo: 4 de abril

Todo el relato del cometa converge en una fecha muy concreta, el 4 de abril, porque será entonces cuando alcance su punto más cercano al Sol. El ajuste orbital publicado sitúa ese máximo acercamiento en torno a las 14.23 UTC, mientras que otros seguimientos especializados manejan franjas muy próximas, alrededor de las 13.30 UTC. En esencia, la diferencia no cambia el retrato general: el cuerpo pasará a una distancia del Sol de 0,0057 unidades astronómicas, equivalente a unos 855.000 kilómetros del centro solar y apenas 160.000 kilómetros por encima de la superficie visible. Para entender lo brutal de esa cifra basta una imagen sencilla: el radio del Sol ronda los 696.000 kilómetros, así que el cometa no va a pasearse por la periferia del sistema, sino a rozar literalmente el horno.

Ese paso no significa impacto, y aquí conviene ser quirúrgicos porque el titular exagerado se ha disparado. El cometa no está calculado para incrustarse en la fotosfera como si fuera una piedra en una hoguera. Lo que hará es ejecutar un paso rasante extremo, sometido a una combinación feroz de radiación, calor y fuerzas de marea. En la práctica, el resultado puede parecer casi igual de violento: un núcleo de hielo, polvo y roca sometido a una temperatura y una tensión estructural descomunales puede empezar a perder material a chorros, abrir grietas internas, partirse en varios fragmentos o incluso desaparecer del todo. Eso explica por qué los astrónomos no hablan del caso como un simple acercamiento orbital, sino como una prueba de resistencia al límite.

Qué puede ocurrir cuando un cometa se mete tan cerca del Sol

Hay tres grandes escenarios, todos plausibles y ninguno garantizado. El primero, bastante habitual en sungrazers, es que MAPS se desintegre antes o durante el perihelio, dejando una subida rápida de brillo y una pérdida súbita de estructura. El segundo es que sobreviva parcialmente, salga del encuentro todavía activo y desarrolle una cola mucho más vistosa, con un brillo capaz de colocarlo entre los grandes protagonistas del cielo de abril. El tercero, probablemente el más sobrio y quizá el más realista, es una combinación de ambos: que el cometa ofrezca una secuencia extraordinaria en instrumentos solares, pero que su espectáculo real para el ojo desnudo sea bastante más discreto de lo que sugieren algunos titulares. El universo no trabaja para la épica de redes sociales y los cometas, menos todavía.

La variable más delicada es el tamaño real y la cohesión del núcleo. Todavía no existe una certeza absoluta sobre cuánto material sólido conserva C/2026 A1 (MAPS) ni sobre la resistencia interna de ese bloque helado. En este tipo de objetos, el brillo previo puede engañar: un cometa puede parecer prometedor durante la aproximación y, sin embargo, venirse abajo justo cuando entra en la región decisiva; también puede ocurrir lo contrario y que, ya muy cerca del Sol, el polvo expulsado y la geometría de observación disparen su luminosidad. Esa mezcla de datos medidos y comportamiento imprevisible explica por qué la comunidad astronómica se mueve entre la cautela y la excitación contenida. No es prudencia burocrática; es que este tipo de bicho cósmico cambia de humor en horas.

El brillo puede dispararse, pero verlo será otra historia

Uno de los puntos que más interés ha despertado es la posibilidad de que el cometa alcance un brillo extraordinario al acercarse al Sol. Algunas proyecciones manejadas por medios y observadores especializados plantean que, si sobrevive y si la geometría acompaña, podría llegar a magnitudes comparables a Venus e incluso entrar fugazmente en la categoría de objeto visible a plena luz del día. Esa es la parte más seductora del relato, sí, pero también la que exige más sangre fría. Que un cometa alcance una gran magnitud no implica automáticamente que vaya a verse con facilidad: si ese brillo queda pegado al resplandor solar, la observación desde tierra se vuelve endiablada. Es como intentar distinguir una chispa brillante delante de un foco de estadio.

Aquí entra en juego la dispersión hacia delante, un fenómeno óptico muy importante en cometas polvorientos. Cuando la posición relativa entre el Sol, el cometa y la Tierra es favorable, el polvo de la cola puede reflejar la luz solar con mucha eficiencia y provocar un aumento espectacular del brillo aparente. Sobre el papel, MAPS tiene una geometría que podría beneficiarse de ese efecto. Sobre el papel, también, muchos cometas han prometido maravillas antes de pincharse en el último tramo. La diferencia entre una gran aparición y una decepción no depende de un solo factor, sino de una suma bastante ingrata: cuánto aguanta el núcleo, cuánto polvo suelta, cómo evoluciona la cola y cuánta separación angular mantiene respecto al Sol en el momento crítico. Por eso los pronósticos más prudentes siguen siendo los más fiables.

Lo que podrá verse desde España y lo que probablemente no

Desde España no se espera una observación sencilla ni cómoda, y eso es importante decirlo con todas las letras. La configuración celeste favorece mucho más al hemisferio sur, donde el cometa tendrá una posición más amable respecto al horizonte y al Sol. En el hemisferio norte, y por tanto en la Península y Baleares, el problema no es solo el brillo del objeto, sino su proximidad angular a la estrella, que complica cualquier intento de observación visual seria. No estamos ante uno de esos cometas que asoman al anochecer como una señal de humo limpia sobre el oeste. Aquí hablamos de un cuerpo pegado al resplandor solar, metido en una franja de cielo poco agradecida y, en el peor sentido, muy peligrosa de observar sin medios adecuados.

La forma más sensata y más completa de seguir el episodio será a través de SOHO, el observatorio solar conjunto de NASA y ESA, cuyos coronógrafos LASCO deberían captar el tránsito del cometa entre el 2 y el 6 de abril. Algunas previsiones publicadas sitúan su entrada en el campo de LASCO C3 el 2 de abril y el paso por regiones interiores de observación el propio 4 de abril, coincidiendo con la conjunción solar y el máximo acercamiento. Esa secuencia puede ser, de hecho, la mejor ventana para comprobar si el cometa entra entero, si empieza a romperse, si emerge por el otro lado o si deja una estructura de polvo más extensa de lo previsto. Para seguir de verdad esta historia, la pantalla va a pesar más que el telescopio doméstico.

La advertencia que no admite romanticismo

Intentar ver un cometa tan cercano al Sol con medios improvisados es una temeridad. Ni prismáticos corrientes, ni telescopios caseros apuntados “aproximadamente”, ni pruebas rápidas desde una azotea con el Sol cerca del campo visual. El riesgo de daño ocular permanente es real y no necesita dramatización extra. El problema no es el cometa, sino el Sol. Incluso aunque el objeto llegara a brillar muchísimo, la observación en un entorno tan extremo exige instrumentación adecuada, experiencia y unas condiciones muy concretas. La noticia puede sonar cinematográfica; la física, en cambio, es seca y bastante cruel. La retina no perdona el error de entusiasmo.

Por qué este paso interesa tanto a la astronomía

El valor de C/2026 A1 (MAPS) no se limita al posible espectáculo visual. Un cometa rasante solar permite estudiar cómo responde un cuerpo primitivo del Sistema Solar cuando se lo somete a condiciones extremas. Cada incremento de brillo, cada cambio de cola, cada fragmentación y cada pérdida de masa ofrecen pistas sobre la composición interna del núcleo, la proporción de polvo y volátiles, la forma en que se cohesionan sus materiales y la rapidez con la que el calor solar puede reventar una estructura que lleva siglos o milenios orbitando en el frío exterior. Dicho de manera menos solemne: es una cápsula de hielo antiguo entrando en una cámara de tortura estelar, y los datos que deje pueden ser valiosísimos.

La historia observacional del cometa también es excepcional. Haberlo descubierto tan pronto ha permitido seguirlo durante semanas, algo poco corriente en la familia Kreutz. En el momento del hallazgo rondaba la magnitud 17,8, muy débil, y a 20 de marzo ya se movía en torno a magnitud 9-10, suficiente para pequeños telescopios, aunque todavía lejos del gran público. Ese crecimiento de actividad ayuda a dibujar su curva de brillo y a discutir si estamos viendo un cuerpo relativamente robusto o uno de esos cometas que parecen responder muy bien hasta que, en el último tramo, se descosen sin remedio. Ese seguimiento largo es oro puro para los especialistas, porque no se parte de una irrupción tardía, sino de una secuencia bastante completa de evolución.

También hay un elemento histórico nada menor. Los grandes cometas rasantes del pasado dejaron imágenes y relatos que han marcado generaciones de observadores, desde el siglo XIX hasta episodios más recientes. Cada vez que aparece un nuevo Kreutz con opciones de brillo notable, la comunidad astronómica activa una memoria muy concreta: la de esos objetos que parecen insignificantes a distancia y, de repente, se convierten en una herida luminosa en el cielo. MAPS todavía no está en esa categoría, ni muchísimo menos, pero sí se ha ganado ya un sitio en la conversación seria de 2026 por una razón simple: reúne rareza orbital, descubrimiento prematuro, acercamiento extremo y una ventana de observación muy intensa en apenas unos días. Son demasiados ingredientes juntos como para mirar hacia otro lado.

Abril decidirá si hablamos de una promesa o de un cometa inolvidable

A estas alturas, el dato firme es claro y el resto sigue abierto. El cometa C/2026 A1 (MAPS) no está llamado a estrellarse de forma limpia contra el Sol, pero sí a rozarlo a una distancia brutal el 4 de abril, en uno de los pasos más extremos vistos en un objeto seguido con tanta antelación. La ventana crítica irá del 2 al 6 de abril, con especial atención a lo que muestren los coronógrafos solares y a la posible evolución posterior si el núcleo resiste. Todo lo demás —el brillo final, la forma de la cola, la supervivencia, la posibilidad de verlo mejor desde tierra— depende de un examen que todavía no ha pasado. Está entrando en la parte del cielo donde la teoría se quema y solo quedan los hechos.

Eso es lo que convierte esta noticia en algo más que una curiosidad viral. No se trata solo de un titular llamativo sobre una piedra helada que “cae” al Sol, sino de un episodio astronómico muy concreto, con nombres, fechas y una física tan dura como fascinante. Alain Maury, Daniel Parrott y Florian Signoret detectaron en enero un visitante extraño; el Minor Planet Center confirmó su identidad; las simulaciones han ido ajustando una trayectoria que lo llevará a pasar a apenas 160.000 kilómetros de la superficie solar; y ahora todo apunta a una primera semana de abril en la que MAPS puede romperse, sobrevivir o hacer ambas cosas casi al mismo tiempo. Hay noticias que se explican con una frase. Esta no. Esta se entiende mirando una órbita que parece escrita con mala leche.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído