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¿Qué ocurrió en Colunga entre dos veraneantes y un policía local?

Dos veraneantes, padre e hijo, se enfrentaron a un policía local en Colunga tras negarse a retirar su coche de una zona de carga y descarga.

Publicado

el

un policia de Colunga

Resumen

  • Un aviso para retirar un coche acabó en insultos y una agresión al agente
  • El policía redujo a los implicados con la ayuda de varios vecinos
  • El caso puede derivar en delitos de atentado, lesiones o desobediencia

Una orden tan corriente como retirar un coche de una zona de carga y descarga terminó el jueves 9 de julio con una intervención policial, una agresión y dos veraneantes —padre e hijo— implicados en un altercado en Colunga. El agente había pedido al más joven que moviese el vehículo para permitir trabajar a un camión de reparto. La respuesta no fue girar la llave y buscar otro hueco, sino una discusión que desembocó en insultos y, presuntamente, en un puñetazo al policía local.

Las informaciones disponibles coinciden en lo esencial, aunque difieren sobre la situación procesal exacta del padre. Una primera versión habló de la detención de ambos hombres, que cuentan con segunda residencia en el concejo; otra señaló que el hijo fue detenido y el padre quedó investigado. A falta de una comunicación oficial que despeje esa diferencia, lo prudente es hablar de dos implicados y mantener intacta su presunción de inocencia.

Un aviso de tráfico que acabó a golpes

El incidente comenzó en el centro de Colunga, donde el automóvil llevaba un tiempo ocupando una plaza reservada para operaciones de carga y descarga. Cuando llegó un camión que necesitaba utilizar ese espacio, un agente de la Policía Local se acercó al conductor y le indicó que debía retirarlo.

Hasta ahí, rutina municipal. Una escena pequeña y reconocible: el repartidor esperando, el motor del camión al ralentí, la calle perdiendo fluidez y un policía intentando liberar una plaza que no funciona como aparcamiento particular. El mecanismo habitual habría durado pocos segundos. Se mueve el coche, quizá se masculla una protesta, y cada cual continúa con su mañana.

Ocurrió lo contrario. El requerimiento habría provocado una reacción hostil del joven, a la que se sumó su padre. La discusión fue subiendo de temperatura hasta transformarse en una agresión física contra el agente, acompañada de insultos. Un trámite de tráfico, de esos que suelen terminar con una multa o una advertencia, se convirtió así en un asunto policial y posiblemente penal.

La intervención de varios vecinos

El policía consiguió reducir a los implicados con la colaboración de varias personas que presenciaron el altercado. La ayuda de los vecinos resultó determinante en un momento de evidente tensión, especialmente porque el agente se encontraba inicialmente solo ante dos hombres.

No consta que el funcionario sufriera heridas graves ni que necesitara hospitalización. Tampoco se han facilitado las edades de los implicados, el alcance preciso de las posibles lesiones o su posterior situación judicial. Conviene no rellenar esos huecos con imaginación: en los sucesos, el rumor suele correr más que el atestado y llega bastante peor peinado.

Una zona de carga y descarga no es un aparcamiento

Las plazas de carga y descarga están destinadas a garantizar el abastecimiento de comercios, establecimientos hosteleros y otros negocios. No son huecos libres con pintura de otro color ni una cortesía urbana para quien piensa ausentarse «solo cinco minutos», esa unidad de tiempo elástica que, junto a un coche mal estacionado, puede durar media hora.

La normativa de circulación contempla expresamente el estacionamiento en una zona reservada durante su horario de utilización entre los supuestos prohibidos. Los ayuntamientos también pueden regular los horarios, las condiciones y los vehículos autorizados para emplear estos espacios.

En este caso no se trataba únicamente de una ocupación teórica. Había un camión de reparto esperando para realizar su trabajo. El coche impedía utilizar la plaza para la finalidad que justificaba su existencia. La petición del agente, por tanto, formaba parte de una actuación ordinaria de regulación del tráfico, no de un capricho con gorra y silbato.

Por qué podía intervenir la Policía Local

La legislación atribuye a las policías locales la función de ordenar y dirigir el tráfico urbano, además de velar por el cumplimiento de las ordenanzas municipales. Pedir la retirada de un vehículo situado en una plaza reservada encaja de lleno en esas competencias.

El conductor puede discrepar de la interpretación del agente, solicitar información, recurrir una sanción o presentar una queja si considera que la actuación fue incorrecta. Lo que no convierte una discrepancia en argumento es el puño. La democracia dispone de formularios, recursos y juzgados; quizá no resulten tan cinematográficos, pero suelen causar menos problemas.

La posible calificación penal

Golpear a un policía mientras ejerce sus funciones puede ser investigado como delito de atentado contra un agente de la autoridad. El Código Penal incluye la agresión, el acometimiento y la resistencia grave contra autoridades, agentes o funcionarios públicos durante el desempeño de su cargo o con ocasión de este.

En los casos cometidos contra agentes que no tengan la consideración penal de autoridad, la norma contempla penas de prisión. La calificación definitiva dependerá del atestado, las declaraciones, las posibles grabaciones, los partes médicos y la decisión judicial. También podrían analizarse otros hechos, como lesiones, resistencia o desobediencia, según lo que consiga acreditarse. Una detención no es una condena, y un titular tampoco sustituye al juez.

El verano no suspende las normas del pueblo

Que los implicados tengan una segunda residencia en Colunga añade un matiz reconocible en muchos municipios turísticos. Durante el verano crece la población, se llenan las calles y aumenta la presión sobre el estacionamiento, el reparto y los servicios públicos. La convivencia se vuelve más estrecha: caben más personas, pero las aceras y las plazas de carga siguen midiendo lo mismo.

Ser propietario de una vivienda vacacional no concede una soberanía portátil sobre el espacio público. Tampoco convierte al vecino permanente en figurante ni al policía municipal en empleado incómodo del decorado. Las normas de tráfico se aplican al residente, al visitante y al que regresa cada agosto convencido de que el pueblo todavía funciona como cuando compró el apartamento.

Eso no permite construir un retrato colectivo a partir de dos personas. Dos veraneantes no representan al turismo, del mismo modo que una actuación policial no define por sí sola a todo un cuerpo. El hecho concreto, sin embargo, conserva su elocuencia: el conflicto nació de la negativa a dejar libre un espacio necesario para que otro pudiera trabajar.

El precio desmesurado de no mover un coche

La secuencia de Colunga cabe en una frase incómodamente sencilla: un automóvil ocupaba una zona reservada, un agente ordenó retirarlo y la discusión terminó en violencia física. Lo que podía haberse resuelto buscando aparcamiento desembocó en una reducción en plena calle, la intervención de vecinos y la apertura de diligencias policiales.

Queda por determinar la responsabilidad individual de cada implicado y aclarar si ambos fueron formalmente detenidos o si el padre quedó únicamente investigado. Esa precisión importa. No cambia, sin embargo, la médula del episodio: una indicación legítima de tráfico no autoriza a insultar ni a golpear a quien la comunica.

En Colunga, una plaza pintada para descargar mercancías terminó cargada de algo bastante más pesado: una mañana judicial, una imagen poco edificante y la constatación —tan vieja como las calles— de que la arrogancia puede convertir una infracción menor en un problema muy serio.

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