Naturaleza
¿Qué son las seis generaciones de incendios forestales en España?
El incendio de Los Gallardos ayuda a entender cómo el abandono rural y el clima llevaron del fuego común a las tormentas de sexta generación

Resumen
- Las seis generaciones explican cómo han cambiado los incendios forestales
- Cada etapa suma un riesgo: continuidad, velocidad, intensidad o simultaneidad
- Los Gallardos reúne varios rasgos, pero no está probado que sea de sexta
El incendio declarado junto a Los Gallardos, en Almería, ha devuelto a la conversación pública una expresión cada vez más frecuente: las generaciones de incendios forestales. El balance provisional deja al menos 11 fallecidos y 19 personas sin localizar, además de heridos, viviendas evacuadas, carreteras afectadas y un amplio despliegue de emergencias. Los primeros avisos situaron la caída de un cable junto a la N-340A como posible origen del fuego, una hipótesis pendiente todavía de la investigación definitiva.
El fuego encontró viento fuerte, vegetación seca, barrancos de acceso endiablado y viviendas dispersas sobre el territorio. Una combinación que ayuda a comprender su rapidez y su impacto, pero que no permite denominarlo automáticamente incendio de sexta generación. El tamaño, las víctimas o el número de medios movilizados no determinan por sí solos la categoría: hay que estudiar cómo se propagaron las llamas, qué factor superó a los equipos y si el incendio llegó a modificar la atmósfera que lo rodeaba.
Las seis generaciones de incendios forman una clasificación profesional creada para explicar cómo los cambios sociales, forestales y climáticos han producido fuegos cada vez más complejos. No son una escala oficial de gravedad ni funcionan como las versiones de un teléfono, donde la sexta manda a la primera al cajón. Pueden coincidir incendios de generaciones distintas durante una misma jornada e incluso superponerse varios comportamientos dentro de un solo perímetro.
Una clasificación nacida entre humo, mapas y decisiones
El concepto fue formulado por Marc Castellnou y desarrollado junto con otros especialistas vinculados al Grupo de Refuerzo de Actuaciones Forestales, el GRAF, de los Bomberos de la Generalitat de Cataluña. Castellnou es ingeniero forestal, inspector de bomberos y profesor universitario. Su intención no era poner nombres aparatosos a las catástrofes, sino entender por qué las técnicas que habían funcionado durante años empezaban a quedarse cortas.
Cada generación identifica el elemento dominante que desborda la capacidad de extinción disponible en una determinada época. Primero fue la continuidad de la vegetación; después llegaron la velocidad, la intensidad, la entrada del fuego en zonas habitadas, la coincidencia de varias emergencias y, por último, la interacción extrema entre el incendio y la atmósfera.
Las fechas son aproximadas. Marcan el momento en que cada fenómeno comenzó a reconocerse con claridad en España y otros territorios mediterráneos, no el año exacto en que apareció por primera vez. Los montes, por fortuna, todavía no expiden certificados de nacimiento.
Las seis generaciones y la transformación del paisaje
Del abandono de los campos a los incendios incontrolables
Primera generación: años cincuenta y sesenta, la continuidad
La primera generación nació hace unos 70 años, durante las décadas de 1950 y 1960. El éxodo rural vació campos y pueblos, redujo el pastoreo, frenó la recogida de leña y borró poco a poco el mosaico formado por cultivos, caminos, bancales y pequeñas manchas forestales. Allí donde antes había parcelas trabajadas apareció una alfombra continua de hierba y matorral.
Su rasgo principal es la continuidad horizontal del combustible. No tenían que ser incendios especialmente explosivos: bastaba con que avanzaran durante kilómetros sin encontrar cultivos, pastizales o claros capaces de frenarlos. Los perímetros se hacían demasiado largos para los retenes existentes y el agua solo servía allí donde conseguía llegar.
La respuesta consistió en profesionalizar las brigadas, abrir cortafuegos, mejorar los accesos y crear infraestructuras desde las que anclar los trabajos de extinción. Era una batalla contra la superficie: demasiada vegetación conectada y pocas interrupciones sobre el terreno.
Segunda generación: años setenta y ochenta, la velocidad
Durante las décadas de 1970 y 1980, aquella vegetación abandonada siguió creciendo. El paisaje no solo era continuo; también acumulaba más material fino, seco e inflamable. Los fuegos comenzaron a avanzar con una rapidez que superaba el ataque inicial y podían saltar las líneas preparadas para los incendios anteriores.
La segunda generación, con alrededor de medio siglo de historia, se reconoce por la velocidad de propagación. El calor del frente seca la vegetación situada delante, el viento inclina las llamas y el incendio gana terreno mientras las cuadrillas todavía despliegan mangueras. Cuando los equipos terminaban de llegar, el fuego ya estaba jugando otro partido.
Para combatir estos episodios se reforzaron la vigilancia, la detección temprana y los medios aéreos. Había que encontrar el humo cuanto antes, movilizar recursos de manera automática y atacar con contundencia durante los primeros minutos. El margen entre un conato y un gran incendio empezaba a estrecharse.
Tercera generación: años noventa, la intensidad
En la década de 1990, la acumulación de combustible llevaba varias décadas cocinándose. Arbustos, ramas, árboles jóvenes y copas formaban una escalera vertical por la que las llamas podían subir desde el suelo hasta la parte superior del bosque. El incendio dejaba de arrastrarse y comenzaba a correr por las copas.
La tercera generación, con unos 30 años de recorrido, está marcada por la intensidad: la cantidad de energía que libera el fuego. Aparecen columnas convectivas, llamas de gran longitud y pavesas capaces de viajar a distancia y originar nuevos focos por delante del frente principal.
Aunque llegaran autobombas, helicópteros y cuadrillas, el ataque directo podía resultar inútil o demasiado peligroso durante las fases más violentas. Los equipos tuvieron que estudiar con mayor precisión el relieve, el viento y las oportunidades futuras: trabajar sobre un flanco al perder fuerza, aprovechar una carretera o esperar a que un cambio de pendiente redujera el comportamiento.
Nació así una extinción más estratégica. Menos obsesionada con echar agua sobre cualquier llama visible y más pendiente de anticipar dónde podría detenerse el incendio sin poner a los profesionales delante de una pared de fuego.
De la interfaz urbana a las tormentas de fuego
Cuarta generación: comienzos de siglo, el incendio entra en casa
Desde los primeros años del siglo XXI, los incendios comenzaron a penetrar con frecuencia en la interfaz urbano-forestal, esa franja confusa donde se mezclan monte, chalés, jardines, cobertizos, campings, carreteras y pequeñas urbanizaciones. Tiene alrededor de un cuarto de siglo como categoría, aunque el problema ya había aparecido antes en distintos territorios.
En estos episodios, una vivienda mal protegida puede transformarse en combustible. Las brasas saltan de la vegetación a un porche, del porche a un seto y del seto al tejado vecino. El incendio forestal se convierte también en una emergencia urbana y amenaza a personas que quizá nunca imaginaron vivir dentro del monte, aunque el monte estuviera justo detrás de la piscina.
La prioridad deja de ser únicamente cerrar el perímetro. Hay que evacuar o confinar, defender viviendas, mantener carreteras abiertas, atender a personas vulnerables y evitar que el sistema de mando se ahogue bajo una catarata de llamadas, rumores y órdenes contradictorias. Más información, por cierto, no siempre significa mejor información.
Quinta generación: dos décadas de incendios simultáneos
La quinta generación apareció durante los primeros años del siglo y se consolidó a lo largo de las décadas siguientes. Su factor diferencial no es un solo frente gigantesco, sino la simultaneidad de varios grandes incendios intensos, rápidos y próximos a poblaciones.
El problema pasa a ser territorial. Un helicóptero enviado a un municipio deja de estar disponible para otro; una carretera cortada retrasa los refuerzos; un centro de coordinación debe decidir qué incendio amenaza más vidas y cuál tendrá que esperar. No es una decisión cómoda. A veces ni siquiera hay una decisión buena.
Estos episodios pueden provocar el colapso del sistema de emergencias. Los medios continúan trabajando, pero ya no alcanzan para responder a todos los escenarios con la misma rapidez. La extinción se ve obligada a priorizar personas, infraestructuras esenciales y núcleos de población, mientras algunas zonas forestales quedan temporalmente sin capacidad de ataque.
La quinta generación suele relacionarse con los megaincendios, aunque ambos conceptos no son exactamente sinónimos. El cambio climático actúa aquí como multiplicador, junto con el abandono rural, la acumulación de biomasa y la expansión de viviendas dentro de zonas forestales.
Sexta generación: una década de incendios atmosféricos
La sexta generación apenas tiene una década como concepto consolidado. Comenzó a reconocerse a partir de 2016 y cobró especial fuerza tras los incendios registrados en Portugal y Chile durante 2017. Requiere vegetación extremadamente seca, bosques estresados, una atmósfera cálida e inestable y una liberación descomunal de energía.
El incendio genera columnas convectivas capaces de elevar humo, ceniza y vapor a varios kilómetros. Cuando esas columnas evolucionan hasta formar pirocúmulos o pirocumulonimbos, pueden aparecer corrientes violentas, cambios repentinos del viento, desplomes de aire y lluvias de brasas que abren focos lejos del frente principal.
Son las llamadas tormentas de fuego. El incendio no crea un clima propio —el clima se mide durante periodos mucho más largos—, pero sí puede alterar la meteorología inmediata y construir a su alrededor una atmósfera local caótica. El fuego deja de obedecer únicamente al viento y al relieve; empieza también a influir sobre ellos.
Durante las fases críticas, los modelos pierden precisión, las aeronaves pueden tener que retirarse y el ataque directo se vuelve imposible. La extinción pasa a gestionar la incertidumbre, proteger vidas y esperar ventanas en las que el incendio regrese a un comportamiento abordable. Ya no se trata solo de saber por dónde avanzará, sino de admitir que puede hacer algo que nadie había previsto.
Los Gallardos no debe etiquetarse antes de estudiarlo
Los datos conocidos del incendio almeriense muestran continuidad de combustible, propagación rápida, elevada intensidad y contacto con zonas habitadas. El terreno quebrado, los barrancos, el viento y la dispersión de las viviendas complicaron la intervención y las evacuaciones. El perímetro provisional se situó alrededor de las 3.150 hectáreas mientras centenares de profesionales trabajaban sobre distintos sectores.
Estos elementos permiten reconocer rasgos asociados a varias generaciones, especialmente a la segunda, la tercera y la cuarta. Sin embargo, no se ha difundido información técnica suficiente para afirmar que produjo una tormenta de fuego, un pirocumulonimbo desarrollado o una alteración atmosférica característica de la sexta generación.
Llamarlo así únicamente porque fue rápido, mortal y difícil de controlar sería confundir el impacto humano con el comportamiento físico del incendio. La etiqueta puede sonar poderosa en un titular, pero las llamas no cambian de naturaleza porque una palabra resulte más vistosa.
Tampoco tendría por qué encajar en la quinta generación, que alude sobre todo a la coincidencia de varios grandes incendios capaces de tensar o colapsar el dispositivo de emergencias. Las clasificaciones deben llegar después del análisis. El fuego ya produce bastante humo por sí mismo como para añadir el del vocabulario apresurado.
Una chispa explica el inicio, no explica la catástrofe
La posible caída de un cable puede aclarar dónde y cómo comenzó el incendio de Los Gallardos. No basta, sin embargo, para explicar por qué avanzó con tanta rapidez, atravesó un territorio difícil y alcanzó unas consecuencias tan graves. La ignición es el fósforo; el desastre se construye con combustible, meteorología, relieve, urbanismo y decisiones humanas.
Ahí reside la utilidad de las generaciones. Obligan a mirar más allá de la causa inmediata y muestran cómo ha cambiado el paisaje español: menos agricultores y ganaderos, más superficie forestal continua, urbanizaciones incrustadas en el monte, veranos más largos y vegetación sometida a sequías cada vez más intensas.
Todo ello convive con unos servicios de extinción mucho más profesionales y eficaces que hace medio siglo. La paradoja resulta incómoda: apagar casi todos los incendios pequeños no sustituye la gestión del territorio y puede dejar más combustible disponible para los pocos fuegos que consiguen escapar.
Eso no significa que limpiar indiscriminadamente el monte sea la solución. Un bosque no es un salón al que se pasa la aspiradora cada viernes. La reducción del riesgo exige recuperar paisajes diversos, con agricultura, ganadería extensiva, aprovechamientos forestales, quemas prescritas y franjas de protección bien diseñadas.
También hacen falta viviendas preparadas para soportar el paso de las llamas, rutas de evacuación comprensibles y planes que contemplen cuándo conviene abandonar una zona y cuándo resulta más seguro permanecer confinado. Frente a un incendio extremo, improvisar una salida puede llevar directamente hacia el frente.
La década en la que el cielo también empieza a arder
Los años veinte están normalizando condiciones que antes parecían excepcionales: olas de calor más largas, humedad muy baja, combustibles exhaustos y episodios en los que el incendio asciende hasta dialogar, de la peor manera posible, con la atmósfera. Esa es la sexta generación. Debajo de ella, sin embargo, continúan vivas todas las anteriores.
España no ha entrado en una nueva era borrando las viejas. Conserva montes continuos de primera generación, matorrales rápidos de segunda, masas intensas de tercera, urbanizaciones vulnerables de cuarta y dispositivos amenazados por la simultaneidad de la quinta. Son seis capas de riesgo colocadas una encima de otra, como yesca cuidadosamente apilada.
Los Gallardos recuerda algo todavía más áspero: un incendio no necesita levantar una nube de 14 kilómetros para convertirse en una tragedia. A veces bastan una ladera, una ráfaga, una carretera equivocada y unos minutos. La generación ayuda a entender el fuego; la prudencia consiste en no permitir que la palabra tape lo ocurrido.

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