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¿Por qué Cocituber acusa a Ayuso de banalizar el alcohol en pandemia?
Cocituber critica el discurso de las cañas de Ayuso y abre un debate incómodo sobre alcohol, libertad política y apoyo real a la hostelería.

Resumen
- Cocituber acusa a Ayuso de convertir la cerveza en símbolo de libertad
- Su crítica separa el apoyo a la hostelería de la promoción del alcohol
- El debate revela la presión social sobre quienes deciden dejar de beber
Cocituber ha cargado contra Isabel Díaz Ayuso porque considera que, durante la pandemia, la presidenta madrileña convirtió la cerveza y las cañas en un atajo visual para hablar de libertad. Alfonso Ortega, nombre real del creador gastronómico, explicó en el programa A las bravas que entonces estaba dejando el alcohol y que le irritaba ver a una dirigente pública exhibir una cerveza como emblema de normalidad, ocio y resistencia económica.
El reproche es bastante concreto. Cocituber no sostiene que haya que cerrar los bares, perseguir a quien bebe ni vestir la sobremesa de funeral. Dice otra cosa: la defensa de la hostelería no obliga a promocionar el consumo de alcohol. Un refresco, un pincho, un café o una cerveza sin alcohol también mantienen encendida la barra. Y el contexto importa: los últimos datos oficiales estiman que alrededor de 1,87 millones de personas de 15 a 64 años presentaban en España un consumo de riesgo en 2024.
La polémica ha prendido porque toca dos fibras muy españolas. La primera es el bar como plaza pública, comedor improvisado y refugio contra la intemperie cotidiana. La segunda, bastante más incómoda, es la facilidad con la que la bebida se vuelve invisible precisamente por estar en todas partes. Entre ambas aparece la política, copa en mano y eslogan preparado.
La frase que encendió la conversación
La intervención se produjo en A las bravas, el espacio conducido por Raúl Pérez en la Cadena SER. Entre bromas y comida picante, Alfonso Ortega dejó el tono gastronómico y recordó su experiencia personal durante la COVID-19. Definió como una “mamarrachada” la imagen recurrente de Ayuso vinculada a la cerveza y calificó de “discurso súper cutre” la idea de presentar la bebida casi como una contraseña nacional.
Su argumento nació de una vivencia, no de un informe técnico. Mientras él trataba de apartarse del alcohol, observaba una comunicación política que, a su juicio, celebraba la caña como prueba de que Madrid seguía vivo. Esa colisión explica la dureza. Para quien intenta dejar de beber, una botella no es un decorado inocente; puede ser ruido, presión social, memoria y tentación, todo junto.
Cocituber propuso una escena alternativa: un refresco y un pincho. Parece poca cosa, pero ahí está el corazón del mensaje. El bar no pierde su alma porque la copa no lleve alcohol, ni la economía madrileña se derrumba porque un político pose con café. Confundir el negocio hostelero con una sola sustancia es reducir un sector enorme a la espuma de un vaso.
De la hostelería a una identidad política
Durante la pandemia, el Gobierno de la Comunidad de Madrid defendió un modelo con menos restricciones que otros territorios y presentó la apertura de la hostelería como parte de una estrategia de convivencia con el virus, responsabilidad individual y protección de la economía. Ayuso agradeció públicamente a bares y restaurantes que ayudasen a conservar la identidad madrileña, y más tarde describió aquella gestión como un “modelo de libertad”.
Ese marco tuvo un enorme rendimiento político. En la campaña de 2021, Madrid, libertad, bares y cerveza quedaron unidos en una misma fotografía mental. No fue una ley escrita ni una doctrina sanitaria; fue algo más eficaz en tiempos de ansiedad: un relato simple. Frente al encierro, la terraza. Frente a la prohibición, la caña. Frente al miedo, una ciudad que seguía haciendo ruido.
Una campaña que cabía en una caña
La simplificación tenía potencia porque partía de una verdad reconocible. Miles de hosteleros estaban ahogados, muchos trabajadores vivían pendientes de un expediente de regulación temporal de empleo y la ciudadanía deseaba recuperar el contacto social. El bar representaba empleo, barrio y vida compartida. Ayuso leyó ese estado de ánimo mejor que sus adversarios y lo convirtió en identidad política.
El problema aparece cuando el símbolo engulle todo lo demás. La libertad cabe en una Constitución, en un contrato digno, en una UCI disponible, en poder abrir un negocio y también en poder rechazar una copa sin que nadie te mire como si hubieras traicionado a la patria. Reducirla a cerveza fría es una pirueta publicitaria brillante, sí; filosóficamente, deja el concepto a la altura de un posavasos.
El matiz que conviene conservar
La crítica de Cocituber no demuestra que Ayuso diseñara una campaña institucional para fomentar el consumo abusivo de alcohol. Su defensa se centró en mantener actividad económica, apoyar a la hostelería y reivindicar la autonomía personal. Otra cosa es el envoltorio elegido: las imágenes, los brindis y la asociación repetida entre ocio, bares y libertad podían producir un mensaje más amplio que la intención declarada.
Ahí su reproche resulta más sólido. No establece con datos una relación causal entre una fotografía y una adicción; señala el efecto cultural de la escenografía. Un cargo público no es un cliente cualquiera. Cuando alza un vaso, el gesto viaja más lejos, se recorta, se comparte y acaba funcionando como propaganda involuntaria.
El punto ciego del alcohol cotidiano
España no necesita una ley seca para admitir que existe un problema. Según el Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones, el 6% de la población de 15 a 64 años presentaba consumo de riesgo en 2024, unas 1,87 millones de personas. Entre quienes habían bebido durante el último año, la proporción alcanzaba el 8,6%, y el consumo de riesgo era especialmente relevante entre los grupos jóvenes.
La Organización Mundial de la Salud recuerda que no existe un nivel de consumo completamente libre de riesgo y que el daño aumenta con la cantidad ingerida. Eso no convierte cada caña en una tragedia ni obliga a tratar al adulto como menor de edad. Significa algo menos teatral: el alcohol tiene efectos sanitarios reales, aunque llegue en una copa bonita, con aceitunas y conversación amable.
El alcohol disfruta de una ventaja cultural que otras drogas no tienen. Está en celebraciones, derrotas, cenas de empresa, estadios, bautizos y despedidas. Se ofrece antes de preguntar. Quien no bebe suele tener que explicarse; quien bebe, casi nunca. Esa asimetría es el territorio que Cocituber coloca bajo el foco.
La presión social no siempre parece presión. A veces llega con una sonrisa, una ronda pagada o el clásico “por una no pasa nada”. Para muchas personas, nada ocurre. Para otras, esa frase abre una puerta que costó meses cerrar. La política debería conocer esa diversidad, sobre todo cuando utiliza hábitos privados para construir una identidad colectiva.
Apoyar los bares no exige anunciar cerveza
La hostelería es mucho más que alcohol. Incluye cocina, empleo, proveedores, alquileres, turismo, patrimonio gastronómico y una red de sociabilidad difícil de sustituir. Defenderla durante la pandemia tenía sentido económico y humano. Presentarla como víctima prescindible habría sido una frivolidad; presentarla como sinónimo de cerveza fue otra simplificación.
Cocituber conoce ese terreno. Su contenido se ha construido alrededor de restaurantes, tabernas y comida de barrio, lejos de la idea de que criticar el alcohol equivale a despreciar los bares. Precisamente por eso su golpe tiene algo de discusión familiar: defiende la barra, pero rechaza que la barra tenga una única bebida oficial.
La diferencia no es menor. Promocionar la hostelería consiste en poner en valor el trabajo de camareros, cocineros y pequeños empresarios. Promocionar el alcohol consiste en hacer deseable una sustancia concreta. Ambas cosas pueden coincidir, claro, pero no son idénticas. La política mezcló los vasos y Cocituber ha decidido separarlos.
Lo que acierta Cocituber y lo que exagera
Cocituber acierta al recordar que los mensajes públicos no caen en el vacío. La imagen de una presidenta con cerveza tiene otra capacidad de difusión que la de cualquier cliente. También acierta al romper una equivalencia perezosa: ocio no significa alcohol, igual que libertad no significa consumo.
Exagera cuando su recuerdo de Ayuso con una cerveza “todos los días” se interpreta de manera literal. Es una hipérbole nacida del hartazgo, no un inventario documental de apariciones públicas. La dirigente madrileña sí convirtió la hostelería y la vida nocturna en piezas centrales de su marca, pero eso no demuestra por sí solo una voluntad consciente de empujar a la población a beber.
La lectura más justa se encuentra en medio, ese lugar poco frecuentado por las redes sociales. Ayuso defendió empleos, negocios y margen individual en un momento excepcional. Cocituber señala el coste simbólico de envolver ese proyecto con tanta espuma. Una cosa no borra la otra.
La libertad no cabe en un vaso
La bronca viral deja una discusión seria: qué debe hacer un representante público cuando una costumbre popular también es un factor de riesgo. Prohibirlo todo sería infantil y autoritario. Fingir que no existe daño porque la bebida forma parte del paisaje resulta igual de torpe. La responsabilidad individual necesita información honesta y un entorno que permita elegir sin presión.
Ayuso entendió que el bar condensaba el deseo de recuperar la vida y convirtió esa intuición en una victoria política. Cocituber recuerda el reverso: había personas atravesando duelo, enfermedad, ansiedad o procesos de abandono del alcohol mientras la cerveza aparecía iluminada como símbolo de resistencia. En la misma terraza convivían ambas realidades.
La libertad adulta consiste en poder beber una caña, no beberla, pedir agua, cerrar un bar o abrirlo con reglas razonables. Todo lo demás es marketing. Y cuando un concepto tan grande termina reducido a un brindis electoral, la democracia queda un poco aguada.

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