Naturaleza
¿Por qué el 45 % de ciudades europeas bate récords de estrés térmico?
El 45 % de las ciudades europeas bate récords de estrés térmico y revela cuánto han empeorado el calor diurno y las noches cálidas desde 2003

Resumen
- El 45 % de 854 ciudades europeas bate récords de estrés térmico
- Roma, París y Madrid encabezan el fuerte aumento del calor desde 2003
- Las noches más cálidas elevan el riesgo sanitario, sobre todo en mayores
Casi el 45 % de 854 ciudades europeas ha registrado o se encaminaba a registrar su mayor nivel de estrés térmico durante la ola de calor de finales de junio de 2026. Son unas 385 localidades de 30 países. No se trata únicamente de máximas elevadas: el indicador utilizado combina temperatura y humedad para estimar cuánto le cuesta al cuerpo humano desprenderse del calor.
La comparación histórica resulta todavía más elocuente. Desde 2003, los episodios extremos de junio han ganado 2,7 °C en Roma, 2,5 °C en Liubliana, 2,4 °C en París, Viena y Luxemburgo, y 2,3 °C en Madrid. Durante las noches más cálidas, Madrid ha sumado alrededor de 2 °C en apenas 23 años. Es un desplazamiento del clima, no una anécdota meteorológica con fecha de caducidad.
El estudio de World Weather Attribution examina el episodio ocurrido entre el 18 y el 29 de junio mediante datos observados y previsiones meteorológicas. Su conclusión es contundente: en la zona occidental analizada, esta es la ola de calor más severa registrada, y un fenómeno semejante habría sido prácticamente imposible en el clima de 1976.
La frase «en verano hace calor» puede resolver una tertulia perezosa, pero no explica que tantas ciudades estén pulverizando simultáneamente sus referencias históricas. Europa no está descubriendo el verano. Está entrando en otro.
El récord no está solo en el termómetro
La magnitud de una ola de calor suele resumirse con una cifra grande y roja: 38, 40 o 43 grados. Es comprensible, pero incompleto. Dos lugares con idéntica temperatura pueden representar riesgos muy distintos cuando cambian la humedad, el viento, la radiación solar o la capacidad del organismo para evaporar el sudor.
El análisis detectó récords de estrés térmico en todas las ciudades estudiadas de Chequia, Luxemburgo y Lituania. En Alemania, Países Bajos y Polonia, la proporción superó el 90 %. Más de la mitad de las localidades analizadas en Dinamarca, Eslovaquia, Bélgica, Irlanda, Reino Unido y Austria también alcanzaron o podían alcanzar sus máximos históricos.
La extensión geográfica es lo excepcional. No hablamos de una estación meteorológica aislada, situada junto a una pista de asfalto o en un valle recalentado, sino de centenares de núcleos urbanos bajo una misma cúpula de aire persistente. Calles minerales, edificios antiguos, tejados oscuros y pocas zonas verdes completan el trabajo: la isla de calor urbana retiene durante la noche parte de la energía acumulada durante el día.
Qué mide realmente el WBGT
El índice de temperatura de globo y bulbo húmedo, conocido como WBGT, intenta representar el esfuerzo térmico que soporta el cuerpo. Su versión completa considera temperatura, humedad, radiación y movimiento del aire; por eso se utiliza en prevención laboral, deporte y actividades físicas al aire libre.
En esta investigación se empleó una aproximación calculada principalmente con temperatura máxima y punto de rocío. Los resultados representan mejor una zona resguardada y a la sombra, sin incorporar plenamente el calentamiento del sol directo ni el alivio que podría aportar el viento. Es una precisión importante: el WBGT no equivale a la temperatura del aire ni debe confundirse con el número que aparece en una aplicación meteorológica.
El indicador ayuda, sin embargo, a entender algo elemental. Cuando el ambiente contiene mucha humedad, el sudor se evapora peor. El cuerpo conserva más calor, aumenta la carga cardiovascular y puede perder su capacidad de mantener una temperatura interna segura. Ahí empiezan el agotamiento, la deshidratación, los golpes de calor y el agravamiento de enfermedades previas.
Veintitrés años después: las capitales se recalientan
Los investigadores estudiaron 19 capitales europeas mediante cuatro grandes conjuntos de datos climáticos, entre ellos ERA5, la reconstrucción atmosférica del Centro Europeo de Predicción Meteorológica a Medio Plazo. Compararon el clima de 2026 con el de 2003, cuando la temperatura mundial era aproximadamente 0,6 °C inferior.
No es una resta simple entre el termómetro de un día de 2003 y otro de 2026. El cálculo estima cuánto ha cambiado el nivel climático de los episodios extremos: la media de las máximas durante los tres días más calurosos de junio y la media de las mínimas durante sus tres noches más cálidas.
| Capital | Máxima media de los 3 días más cálidos | Aumento desde 2003 | Mínima media de las 3 noches más cálidas | Aumento desde 2003 |
|---|---|---|---|---|
| Oslo | 25,84 °C | +0,5 °C | 15,88 °C | +0,5 °C |
| Estocolmo | 28,07 °C | +0,7 °C | 18,45 °C | +0,9 °C |
| Copenhague | 29,27 °C | +0,7 °C | 19,40 °C | +0,7 °C |
| Londres | 32,73 °C | +1,7 °C | 21,07 °C | +1,0 °C |
| Dublín | 25,37 °C | +1,1 °C | 15,76 °C | +1,0 °C |
| París | 38,08 °C | +2,4 °C | 25,57 °C | +1,7 °C |
| Bruselas | 35,81 °C | +1,9 °C | 23,71 °C | +1,3 °C |
| Ámsterdam | 32,21 °C | +1,7 °C | 20,85 °C | +1,3 °C |
| Luxemburgo | 36,36 °C | +2,4 °C | 23,07 °C | +1,4 °C |
| Berna | 34,08 °C | +2,1 °C | 20,83 °C | +1,8 °C |
| Berlín | 38,23 °C | +1,7 °C | 22,99 °C | +1,2 °C |
| Viena | 38,35 °C | +2,4 °C | 24,52 °C | +1,7 °C |
| Praga | 37,47 °C | +1,9 °C | 21,85 °C | +1,3 °C |
| Bratislava | 38,08 °C | +1,9 °C | 24,38 °C | +1,6 °C |
| Budapest | 38,74 °C | +1,8 °C | 26,08 °C | +1,5 °C |
| Zagreb | 35,55 °C | +2,2 °C | 23,53 °C | +1,8 °C |
| Liubliana | 34,51 °C | +2,5 °C | 19,91 °C | +1,8 °C |
| Roma | 36,63 °C | +2,7 °C | 23,47 °C | +1,6 °C |
| Madrid | 39,03 °C | +2,3 °C | 23,10 °C | +2,0 °C |
Las cifras de 2026 corresponden al promedio del trío más extremo de días y noches, no a la máxima absoluta de una estación concreta. Parte del episodio aún se encontraba en desarrollo cuando se realizó el análisis, de modo que algunos valores incorporaban previsiones. La fotografía es provisional en sus decimales, pero muy nítida en su tendencia.
En 18 de las 19 capitales, el periodo de tres días fue el más cálido registrado en junio desde 1950. En nueve también fue el más cálido de cualquier momento del año. Las noches ofrecieron una señal parecida: 16 capitales alcanzaron su trío nocturno más caliente de junio y diez batieron incluso su referencia anual.
Madrid, Roma y París encabezan el salto diurno
Roma presenta el mayor incremento estimado de las temperaturas diurnas extremas de junio: 2,7 °C desde 2003. Le siguen Liubliana, con 2,5 °C; París, Viena y Luxemburgo, con 2,4 °C; y Madrid, con 2,3 °C. El planeta se ha calentado unos 0,6 °C durante ese intervalo, pero estos extremos urbanos han aumentado tres o cuatro veces más.
Madrid alcanzó una media de 39,03 °C durante sus tres jornadas más calurosas. Una secuencia así en junio tiene un periodo estadístico de retorno de unos siete años en el clima actual. Si se contempla todo el verano, puede repetirse aproximadamente cada dos años y medio. Lo extraordinario se está volviendo familiar; no menos peligroso, solo más habitual.
En Berlín, una media de 38,23 °C durante tres días sería un episodio excepcional incluso en el clima presente: el cálculo le asigna un retorno de varios siglos si se limita a junio. París registró 38,08 °C, mientras que Budapest llegó a 38,74 °C. Los periodos de retorno tienen amplios márgenes de incertidumbre cuando se examinan récords sin precedentes, pero permiten distinguir la rareza de cada episodio respecto a su clima local.
Ahí está una de las paradojas. Treinta y nueve grados en Madrid y treinta y ocho en Berlín no significan lo mismo. La población, los edificios, la vegetación y los servicios públicos están adaptados a referencias diferentes. El riesgo aparece cuando una ciudad recibe temperaturas muy alejadas de aquello para lo que fue diseñada.
La noche ha dejado de ser refugio
El dato más inquietante puede no ser la máxima de la tarde, sino la mínima de madrugada. Una noche tropical —aquella en la que el termómetro no baja de 20 °C— impide que viviendas, calles y organismos descarguen el calor acumulado. Si se encadenan varias, el cansancio crece como una deuda mal pagada.
Budapest registró una media mínima de 26,08 °C durante sus tres noches más cálidas. París alcanzó 25,57 °C; Viena, 24,52 °C; Bratislava, 24,38 °C, y Bruselas, 23,71 °C. Son temperaturas a las que muchos dormitorios europeos, construidos para conservar calor durante el invierno, apenas pueden responder.
Madrid destaca por la velocidad del cambio nocturno. Sus noches extremas de junio son alrededor de 2 °C más cálidas que en el clima de 2003, el mayor incremento entre las capitales estudiadas. En París y Viena el aumento llega a 1,7 °C; en Berna, Zagreb y Liubliana ronda 1,8 °C.
La temperatura nocturna importa porque el organismo necesita reducir su carga térmica para recuperarse. Las personas mayores, los niños pequeños, quienes trabajan al aire libre y quienes padecen enfermedades cardiovasculares, respiratorias o renales soportan un riesgo superior. También quienes viven solos, en habitaciones mal ventiladas o sin recursos para refrigerarlas. El calor, como casi todos los desastres, no reparte sus daños democráticamente.
Europa estimó entre 60.000 y 70.000 muertes relacionadas con el calor durante 2022 y cerca de 48.000 en 2023. Estas cifras no se obtienen contando certificados en tiempo real, sino mediante modelos epidemiológicos que comparan temperaturas y exceso de mortalidad semanas o meses después. Conviene recordarlo cuando una ola todavía está activa: el balance inicial suele ser apenas la sombra del impacto real.
Entre 1980 y 2023, alrededor del 95 % de las muertes europeas asociadas a fenómenos meteorológicos y climáticos extremos estuvo relacionado con las olas de calor. Inundaciones y tormentas producen imágenes más rotundas; el calor trabaja de otra manera, silencioso, detrás de una persiana bajada o en un turno laboral que no puede detenerse.
La misma atmósfera, un suelo climático más alto
La ola de junio estuvo asociada a una zona persistente de altas presiones y a un flujo de aire cálido procedente del sur. Es el patrón que suele describirse como bloqueo atmosférico o cúpula de calor: el aire permanece sobre una región, desciende, pierde nubosidad y se recalienta bajo el sol.
Ese mecanismo no es nuevo. Lo nuevo es la temperatura de partida. Al comparar configuraciones atmosféricas similares de 1950-1979 con las de 1994-2023, los investigadores encontraron máximas entre 1 y 4 °C superiores en buena parte de Francia, Alemania, Europa central y el este del continente. Las mínimas nocturnas resultaron entre 1 y 3 °C más elevadas, con zonas cercanas a los cuatro grados.
El estudio observó que este tipo de circulación meridional puede haberse vuelto más frecuente, aunque el cambio no alcanzó la solidez estadística necesaria para afirmarlo con seguridad. La atribución más firme está en otro lugar: una misma configuración meteorológica produce hoy mucho más calor porque la atmósfera y la superficie ya se han calentado.
Tampoco puede cargarse esta ola en la cuenta de El Niño. La oscilación del Pacífico influye en la temperatura global, pero el análisis no detectó que explicara la severidad del episodio europeo. El combustible principal es la acumulación de gases de efecto invernadero procedentes de la quema de carbón, petróleo y gas.
Una ola comparable habría sido aproximadamente 2 °C más fresca durante el día y 1,3 °C durante la noche en 2003. Trasladada al clima de 1976, habría perdido cerca de 3,5 °C en las máximas y 2,4 °C en las mínimas. No parecen cifras enormes escritas en una pantalla; sobre una ciudad entera y durante varios días separan el malestar del colapso sanitario.
Europa ya vive en otro verano
La ola de finales de junio llegó apenas unas semanas después de un episodio extraordinariamente temprano en mayo. En el oeste de Francia, Inglaterra y Gales se midieron entonces anomalías diarias superiores a 10 °C respecto a la media de 1991-2020. El calendario conserva sus estaciones; la temperatura, menos obediente, está ensanchando el verano por ambos extremos.
Europa es el continente que más rápidamente se calienta. Desde mediados de los años noventa, su temperatura ha aumentado cerca de 0,56 °C por década, más del doble del promedio mundial. En amplias zonas occidentales, junio se calienta incluso más deprisa que el resto de los meses y las máximas extremas avanzan a un ritmo próximo al triple del calentamiento global.
Las ciudades se encuentran en primera línea porque concentran población, asfalto, tráfico, edificios envejecidos y desigualdad. Cerca de la mitad de los hospitales y colegios urbanos europeos está situada en zonas donde la isla de calor añade más de 2 °C. Un patio sin sombra, una residencia mal aislada o un autobús detenido al sol convierten una estadística continental en algo muy físico: aire espeso, sueño roto, pulso acelerado.
Reducir las emisiones determinará cuánto seguirá elevándose este suelo térmico. Adaptar viviendas, escuelas, hospitales, calles y horarios decidirá cuántas personas sufrirán sus consecuencias. No son debates rivales. Una política limita el incendio; la otra evita que la casa arda mientras llega el resultado.
El 45 % de ciudades con récords de estrés térmico no describe una extravagancia de junio de 2026. Describe una Europa que ha cambiado de clima durante la vida adulta de una sola generación. Los veranos del pasado siguen presentes en fotografías familiares, parques sin toldos y pisos concebidos para guardar cada brizna de calor. Fuera, entretanto, el termómetro ya habita otro continente.

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