Síguenos

Naturaleza

¿Por qué China logra árboles del desierto más rápidos que un bosque?

China reverdece el desierto con 66.000 millones de árboles y un hallazgo inesperado: crecen más rápido que muchos bosques naturales de China

Publicado

el

China logra árboles del desierto

Resumen

  • China ha plantado 66.000 millones de árboles contra la desertificación
  • El estudio observa que sus bosques plantados ganan masa foliar más rápido
  • El avance ayuda al clima, pero no sustituye a los bosques naturales

China ha plantado unos 66.000 millones de árboles desde 1978 dentro de su gran cinturón verde contra la desertificación, una obra de ingeniería ecológica tan descomunal que parece escrita por un ministerio con fiebre de grandeza. Lo nuevo, y aquí está la sorpresa seria, es que esos bosques creados por la mano humana están aumentando su masa foliar más deprisa que los bosques naturales de China: un 65,8% más rápido, según un estudio publicado en Geophysical Research Letters por un equipo encabezado por Yuhang Luo, de la Universidad de Pekín.

No conviene leerlo como un cuento infantil de “plantemos árboles y salvemos el planeta antes de merendar”. El hallazgo habla del índice de área foliar, es decir, de la cantidad de hojas que cubren una superficie y de la densidad de la copa vista desde satélite. Más hojas suelen implicar más capacidad de capturar dióxido de carbono, sí, pero no equivalen automáticamente a un bosque maduro, biodiverso, resistente y feliz. La naturaleza, por desgracia para los burócratas impacientes, no funciona como una hoja de cálculo.

La gran muralla verde que China levantó contra la arena

El proyecto se conoce como Three-North Shelterbelt Program, aunque fuera de China se ha popularizado como la Gran Muralla Verde. Nació en 1978 para frenar la expansión de los desiertos del Gobi y el Taklamakán, reducir tormentas de arena, proteger suelos agrícolas y levantar una barrera vegetal en el norte, noroeste y noreste del país. No es una hilera romántica de árboles en mitad de la nada. Es una intervención territorial gigantesca, con provincias enteras afectadas, millones de hectáreas y una lógica muy china: escala industrial, planificación larga y una confianza casi olímpica en que el Estado puede discutirle al viento.

Según datos oficiales chinos, el país superó en 2024 el 25% de cobertura forestal, completó 4,446 millones de hectáreas de forestación ese año y recuperó 2,783 millones de hectáreas de tierras desertificadas o arenosas. También terminó un cinturón verde de bloqueo de arena de 3.046 kilómetros alrededor del Taklamakán, el mayor desierto de China. La cifra impresiona. También intimida un poco, como todo lo que mezcla ecología, ingeniería, propaganda y desierto.

Por qué estos árboles crecen más deprisa

El estudio no dice simplemente que “los árboles chinos crecen más”, como si hubieran desayunado cemento y disciplina confuciana. Dice algo más concreto: los bosques plantados han aumentado su área foliar alrededor de dos tercios más rápido que los bosques naturales. Incluso al comparar zonas con edades y condiciones ambientales similares, los bosques artificiales seguían creciendo un 4,6% más rápido, una diferencia menor, pero relevante.

Hay una explicación bastante terrenal. Muchos de esos bosques son más jóvenes, y los árboles jóvenes crecen con más hambre, como adolescentes con clorofila. También suelen utilizarse especies de crecimiento rápido, como álamos o eucaliptos, y en algunas zonas hay manejo activo: se retira vegetación competidora, se controla la densidad, se fertiliza. El resultado es un bosque más entrenado que silvestre, más vivero que catedral vegetal. Crece rápido porque ha sido diseñado para hacerlo.

El papel del CO₂, el invitado incómodo

El trabajo apunta además a una mayor sensibilidad de estos bosques plantados al aumento del CO₂ atmosférico. Dicho sin incienso técnico: con más CO₂ disponible, ciertas masas forestales responden produciendo más hoja. Es el llamado efecto fertilizante del CO₂, que existe, pero no convierte el cambio climático en una bendición botánica. Sería una lectura demasiado cómoda, casi obscena. El calor extremo, la sequía, los incendios, las plagas y la degradación del suelo siguen ahí, esperando su turno.

El propio estudio subraya que esa ventaja no dura eternamente. El impulso asociado al CO₂ y a la juventud del bosque se debilita de forma clara después de unos 40 años, mientras que los bosques naturales, más lentos al principio, tienden a conservar mejor ciertas funciones a largo plazo. El bosque plantado corre; el bosque natural aguanta. Es una diferencia poco vistosa, pero decisiva.

Más hojas no siempre significan más bosque

Aquí está el matiz que separa la ciencia de la postal verde. El índice de área foliar mide copa, sombra, superficie de hoja. No mide por sí solo toda la captura de carbono en madera, raíces, suelo y materia orgánica. Tampoco mide bien la biodiversidad, la resistencia a la sequía o la complejidad de un ecosistema. Un bosque no es solo una colección de troncos obedientes. Es hongos, aves, semillas, insectos, humedad, muerte, regeneración, azar. Incluso barro. Sobre todo barro.

Por eso el hallazgo no derriba la importancia de los bosques naturales. Al contrario, la refuerza. Las plantaciones pueden ser una herramienta potente para capturar carbono en el corto plazo y estabilizar suelos degradados, pero los bosques naturales siguen siendo insustituibles para almacenar carbono durante más tiempo y sostener ecosistemas más resistentes. En una época obsesionada con soluciones rápidas, conviene repetirlo despacio: plantar árboles ayuda; sustituir naturaleza por plantaciones, no tanto.

La trampa amable de las cifras gigantes

Los 66.000 millones de árboles tienen una fuerza narrativa irresistible. Caben en un titular como un martillo. Pero la cifra, por sí sola, no cuenta supervivencia, especies, agua consumida, salud del suelo ni diversidad. Tampoco explica qué ocurre cuando se planta en zonas áridas donde cada gota vale como una moneda antigua. La reforestación mal planteada puede competir con pastos, cultivos o acuíferos; puede crear masas vulnerables a plagas; puede embellecer el mapa y empobrecer el ecosistema. La realidad, esa aguafiestas profesional.

El programa chino ha tenido logros visibles, y sería necio negarlo. Ha elevado cobertura vegetal, ha contenido arena en zonas concretas y ha convertido la forestación en una política de Estado con continuidad durante casi medio siglo. Pero también obliga a mirar con lupa el tipo de árbol, la edad del bosque, el manejo y el destino de esas masas cuando dejen de crecer como velocistas. No basta con plantar. Hay que mantener, diversificar y medir bien.

Qué cambia para la lucha climática

La conclusión práctica es incómoda para todos los bandos. Para los optimistas de folleto, porque el estudio no permite vender la plantación masiva como varita mágica. Para los escépticos de sofá, porque demuestra que las grandes reforestaciones, bien diseñadas, sí pueden tener un papel importante en la absorción de carbono y la restauración de paisajes dañados. Ni milagro ni timo. Política ambiental, que suele ser algo menos brillante y bastante más difícil.

También hay una advertencia científica de fondo: muchos modelos climáticos globales tratan los bosques como si fueran piezas intercambiables, cuando no lo son. Un bosque plantado joven no se comporta como uno natural maduro. Un pinar monótono no responde como una selva mixta. Una barrera verde en suelo seco no funciona igual que un bosque húmedo con siglos de historia. Meter todo eso en la misma casilla es cómodo. Y, probablemente, insuficiente.

La lección del bosque fabricado

China ha conseguido algo notable: levantar una de las mayores operaciones de reforestación del planeta y descubrir, con ayuda de satélites y modelos, que sus bosques plantados reverdecen más deprisa de lo previsto. Pero la noticia más útil no es que esos árboles crezcan rápido. Es que el crecimiento rápido tiene fecha, contexto y letra pequeña.

La Gran Muralla Verde enseña que el clima no se arregla plantando árboles como quien coloca farolas. Los árboles importan, claro. Muchísimo. Pero importan más cuando se eligen bien, cuando no agotan el agua, cuando no sustituyen ecosistemas vivos por decorados verdes, cuando envejecen con cierta dignidad. China ha puesto sobre la mesa una prueba a escala casi imperial: se puede empujar a la naturaleza. Lo complicado, lo verdaderamente adulto, es saber cuándo dejar de empujarla.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído