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¿Por qué China denuncia un regreso del militarismo japonés?

China subió el volumen diplomático. Wang Yi, ministro de Exteriores, avisó en Dusambé de que Pekín “nunca permitirá” que Japón regrese al “militarismo” ni que haya injerencia externa en Taiwán.

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China denuncia un regreso del militarismo japonés

Foto: Picryl

China avisa a Japón y Takaichi endurece su postura sobre Taiwán; veto al marisco y cancelaciones crecen. Claves del pulso y su trasfondo. G20

China subió el volumen diplomático. Wang Yi, ministro de Exteriores, avisó en Dusambé de que Pekín “nunca permitirá” que Japón regrese al “militarismo” ni que haya injerencia externa en Taiwán. El mensaje, lanzado tras reunirse con su homólogo tayiko Sirojiddin Muhriddin, llega en medio de una escalada con Tokio que empezó cuando la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi —en el cargo desde hace un mes—, sostuvo que un ataque chino a la isla podría activar la intervención de las Fuerzas de Autodefensa bajo la legislación vigente. Es la chispa. Y el reguero: avisos consulares, fricciones económicas, más patrullas en el mar y gestos de alianzas que se multiplican.

El cruce no es meramente retórico. Tras las palabras de Takaichi, Pekín recomendó a sus ciudadanos evitar viajes a Japón, lo que derivó en cientos de anulaciones y cambios de vuelos entre ambos países, y anunció la suspensión de importaciones de marisco procedente de Japón —un veto restablecido tras meses de relajación—. Tokio replicó con calma que su marco legal no ha cambiado, que la doctrina es defensiva y que su objetivo sigue siendo preservar la estabilidad en el Indopacífico. Sobre la mesa, el Gobierno japonés subrayó que hablar de “autodefensa colectiva” no equivale a reabrir la caja del pasado. Aun así, la palabra “militarismo” resuena con fuerza en China: arrastra memoria, agrupa agravios y moviliza apoyo doméstico.

Qué ha pasado y por qué ahora

El desencadenante inmediato fue claro: Sanae Takaichi colocó un eventual ataque o bloqueo chino sobre Taiwán dentro del supuesto de “crisis que amenaza la supervivencia” de Japón, una fórmula jurídica que permitiría —con límites— asistir a un aliado y proteger rutas, bases y territorio propio. La respuesta china combinó un mensaje político directo (“no habrá regreso al militarismo japonés”) con palancas económicas y sociales que Pekín ha usado antes en contenciosos bilaterales: turismo, consumo, importaciones sensibles y presión simbólica. El lenguaje elegido por Wang Yi no es casual. Vincula la coyuntura con la memoria de la Segunda Guerra Mundial y con la narrativa de “defender los logros de la victoria”, una forma de decir que la Constitución pacifista japonesa no debe estirarse, que las Fuerzas de Autodefensa han de seguir estrictamente atadas a la defensa del archipiélago y que cualquier insinuación de operar más allá —aunque sea en coordinación con Estados Unidos— se percibe como una amenaza directa.

En paralelo, hubo un gesto exterior que conviene encuadrar: Takaichi y el primer ministro británico Keir Starmer se vieron en los márgenes del G20 en Johannesburgo y reafirmaron la cooperación en seguridad, la coordinación económica y la sintonía con Estados Unidos para sostener un Indopacífico “libre y abierto”. La foto no fue de cortesía: remite a acuerdos ya vigentes como el Acuerdo de Acceso Recíproco entre Japón y Reino Unido, que facilita despliegues y ejercicios, y al impulso del GCAP, el proyecto del caza de sexta generación que Tokio comparte con Londres y Roma. En Pekín se leyó como otra pieza de un cerco tecnológico y militar; en Tokio, como un seguro ante una década más áspera.

Medidas cruzadas y un tablero marítimo cada vez más tenso

La recomendación de no viajar a Japón golpea a un sector turístico que, tras la pandemia, contaba con el visitante chino para consolidar la recuperación. Las suspensiones y reprogramaciones de vuelos afectan a grandes rutas regionales y castigan la conectividad entre ciudades chinas costeras y polos japoneses de negocios. En lo comercial, el veto al marisco vuelve a cebarse con pesquerías e industrias locales niponas, reactivando debates sobre dependencia de mercados y diversificación de clientes. Japón ha buscado contención: mensajes medidos, consultas a bajo nivel y vigilancia reforzada en torno a las islas Senkaku/Diaoyu, administradas por Tokio y reclamadas por China. En ese cuadrante, patrulleras de la Guardia Costera china entran con frecuencia en aguas en disputa, hostigan de forma intermitente a pesqueros japoneses y elevan la tensión cada vez que se superponen maniobras o vuelos de dron. Cada jornada sin incidente serio vale oro.

Tokio insiste en que mantiene una política de defensa estrictamente limitada. Desde la reinterpretación constitucional de 2014–2015, admite la autodefensa colectiva en supuestos extremos; su Estrategia de Seguridad Nacional de 2022 citó a China como el mayor desafío estratégico e introdujo el concepto de “capacidades de contraataque” —es decir, la posibilidad de neutralizar bases enemigas si no queda otra opción para la supervivencia nacional—. A la vez, Japón ha reforzado su presencia en las islas Nansei, ha probado misiles antibuque en territorio nacional y ha acelerado la interoperabilidad con Estados Unidos y Australia. En el discurso chino, todo ello encaja en la etiqueta de “remilitarización”; en el japonés, es una disuasión de mínimos ante un entorno más hostil.

La historia que no pasa: de Shimonoseki a Nankín

Para comprender la contundencia del término “militarismo” en boca de Wang Yi, hay que volver a fines del siglo XIX y a los años treinta del XX. La primera guerra sino-japonesa terminó en 1895 con el Tratado de Shimonoseki, por el que China cedió Taiwán y reconoció la independencia de Corea. En 1931, el Ejército japonés ocupó Manchuria y creó el Estado títere de Manchukuo. En 1937, con el puente de Marco Polo como chispa, empezó la guerra sino-japonesa a gran escala. Llegaron atrocidades que siguen doliendo: la masacre de Nankín, los experimentos biológicos de la Unidad 731, la ocupación de ciudades enteras con un reguero de víctimas civiles. Esa memoria no es un apunte escolar; está presente en la educación, los museos, el cine y el calendario político chino. Por eso, cuando un dirigente japonés habla de “capacidad de contraataque” o de responder a un ataque a Taiwán, una parte de la sociedad china lo filtra por ese pasado.

Desde 1945, la relación ha oscilado entre el pragmatismo económico y el choque simbólico. Las visitas de dirigentes japoneses al santuario de Yasukuni, donde están consagrados también criminales de guerra, son vistas en China y Corea como una afrenta. Periódicamente, se abren polémicas por manuales escolares que minimizan la brutalidad de la ocupación. La normalización diplomática de 1972 —cuando Japón reconoció a la República Popular China y cortó lazos oficiales con Taipéi— permitió abrir comercio e inversión, pero dejó frentes larvados: la disputa por las Senkaku/Diaoyu, la cuestión de Taiwán y la batalla del relato. Ese sedimento histórico explica por qué una discusión sobre la legalidad interna de Japón o sobre ejercicios navales se convierte, en cuestión de horas, en una batalla de memoria.

Taiwán en el centro: política, ley y geografía

La posición china es rotunda: Taiwán es una “parte inalienable” del territorio nacional y la reunificación es un objetivo irrenunciable, sin descartar el uso de la fuerza. Japón, desde 1972, “entiende y respeta” esa postura, no reconoce a Taiwán como Estado, pero mantiene relaciones prácticas a través de la Asociación de Intercambio Japón–Taiwán y un denso entramado económico, científico y cultural. Para Tokio, Taiwán no es solo un vecino: es un nudo de rutas marítimas vitales, un socio de semiconductores y una frontera de seguridad a menos de 110 kilómetros de Yonaguni, la isla habitada más occidental de Japón. No por casualidad, los Libros Blancos de Defensa llevan años apuntando que la estabilidad del Estrecho es esencial para la seguridad japonesa.

El encaje legal japonés, tras la reforma de 2015, permite apoyo a un aliado en caso de que un ataque externo ponga en grave riesgo la supervivencia de Japón. Eso no es una patente de corso: requiere autorización parlamentaria, se circunscribe a apoyo logístico, protección de bases, defensa de rutas y operaciones no ofensivas salvo que se produzca un ataque directo. En ese marco, las palabras de Takaichi trasladan que un bloqueo a Taiwán —o un ataque a infraestructuras críticas que afecte a Japón— podría activar esa respuesta limitada. Pekín lo ve como una línea roja; Tokio lo anota como claridad disuasoria.

¿Ha apoyado Japón a Taiwán frente a Pekín? Hechos y no eslóganes

El apoyo existe, pero no adopta la forma de un reconocimiento diplomático. Japón defiende cada año la “participación significativa” de Taiwán en la OMS y su presencia como observador en la Asamblea Mundial de la Salud, con el argumento técnico de que la sanidad pública global necesita a todos los sistemas. En el terreno industrial, el lazo se ha vuelto estratégico: TSMC abrió en Kumamoto su primera fábrica en Japón con apoyo financiero público y privado, y el proyecto se amplía con una segunda planta para reforzar la cadena de chips maduros esenciales en automoción y electrónica. Ese anclaje tecnológico crea interdependencias y, de paso, envía una señal de que Japón no quiere quedar rehén de tensiones en el Estrecho.

También hay cooperación marítima de baja intensidad: desde 2013, Japón y Taiwán se entienden sobre zonas de pesca al sur de las Senkaku, un acuerdo que —pese a roces— ha evitado incidentes mayores. A nivel político, parlamentarios de ambos lados mantienen un calendario regular de visitas y foros. En términos doctrinales, las autoridades japonesas han pasado de hablar de “entorno” a hablar de “implicaciones directas”: en 2021, figuras de peso como Taro Aso dijeron abiertamente que “una contingencia en Taiwán es una contingencia para Japón”. Con Takaichi, ese lenguaje ha dejado de ser tabú de élites para convertirse en línea de Gobierno.

Conviene matizar, sin embargo. La ley japonesa no habilita una operación militar en la isla salvo supuestos muy extremos. Lo probable, en un escenario de crisis, sería ver a Japón proteger bases desde Kyushu a Okinawa, asegurar rutas, dar apoyo logístico a Estados Unidos y vigilar los archipiélagos del suroeste. Lo improbable, hoy, es una intervención directa en territorio taiwanés. Es en ese terreno intermedio donde Pekín habla de “militarismo” y Tokio de “defensa creíble”.

Londres y Washington, piezas de un mismo mensaje

El encuentro Takaichi–Starmer en Johannesburgo cristaliza un trabajo de fondo. Tokio y Londres sellaron en 2023 un Acuerdo de Acceso Recíproco que permite despliegues y ejercicios con menos burocracia. Con Italia, ambos empujan el GCAP, un caza de sexta generación con un consorcio industrial que cruza tecnologías y cadenas de suministro. En lo económico, Japón y Reino Unido hablan ya el lenguaje de la “seguridad económica”: resistencia a la coerción comercial, protección de tecnologías críticas, filtros a la inversión y control de exportaciones. En términos políticos, el triángulo con Estados Unidos —acuerdos bilaterales, ejercicios, inteligencia— compone el marco disuasorio al que aspira Tokio.

Para China, ese entramado valida su advertencia: Japón estaría cimentando capacidades “ofensivas”, blindando alianzas y proyectando poder. Para Japón, el mensaje es otro: diversificar apoyos ante la incertidumbre estadounidense, elevar el umbral que disuada aventuras y encajar industria y doctrina con socios que comparten visión. Detrás del debate semántico sobre “militarismo” hay, de hecho, un recalibrado estratégico que se mueve a la velocidad del avance militar chino en misiles, marina y ciber.

Qué mirar a partir de ahora

Hay tres termómetros que marcarán si la temperatura sube o baja. Primero, el mar: la actividad de la Guardia Costera china alrededor de las Senkaku/Diaoyu y la presencia de aviones o drones en zonas sensibles. Si se espacian las incursiones y disminuyen las interceptaciones, será señal de que ambos gobiernos han decidido administrar la crisis. Segundo, la economía: cuánto dura el veto al marisco, si se abre a nuevos productos sensibles, y cómo gestionan aerolíneas y agencias la avalancha de cancelaciones. Tercero, el canal político: si aparece un contacto de alto nivel —por ejemplo, una conversación entre consejeros de seguridad o una bilateral breve—, lo normal es que veamos gestos simultáneos de contención y un cambio de tono en comunicados oficiales.

Japón, con Sanae Takaichi arrancando mandato y una oposición fragmentada, no va a retroceder en público: rectificar ahora sería leído como debilidad. China, con Wang Yi ejercitando memoria histórica y vigilando flancos domésticos, tampoco suavizará el discurso en abierto. El riesgo está en un incidente menor —un pesquero hostigado, un helicóptero que cruza una línea imaginaria, un encuentro entre guardacostas con mala mar— que, amplificado por cámaras y redes, obligue a responder a ambos gobiernos. Lo paradójico es que nadie quiere una escalada sin control; sencillamente, todos quieren llegar a la negociación con más cartas.

Entre la memoria y los misiles: lo que está realmente en juego

El choque de estos días condensa tres capas. La simbólica, donde Pekín utiliza la palabra “militarismo” para convocar la memoria de un pasado traumático y estabilizar apoyo interno. La jurídica, donde Tokio se mueve dentro de la autodefensa e interpreta su Constitución de forma más expansiva pero todavía contenida, con límites parlamentarios y doctrinales claros. Y la estratégica, quizá la más determinante: un equilibrio militar en el Indopacífico que está cambiando deprisa, con China apilando capacidades y Japón tejiendo alianzas, presupuestos y industria para no quedarse atrás.

En esa triple pantalla se entiende la frase de Wang Yi y la firmeza de Sanae Takaichi. China quiere que Japón acepté un papel discreto en el Estrecho y que sus Fuerzas de Autodefensa no respiren fuera de casa. Japón ya no se siente cómodo en esa camisa: reforzó las islas del suroeste, probó sistemas, elevó planes de gasto, hizo pedagogía pública y blindó el vínculo con Taiwán donde más duele —chips, rutas, foros sanitarios—. La crisis actual no marca un punto de no retorno, pero sí una pendiente en la que cada gesto pesa. Si el mar permanece sin sobresaltos, si el comercio encuentra respiros y si en los pasillos del G20 y foros vecinos se reabren canales, el episodio quedará como otra señal de alerta en una relación crónicamente sensible. Si no, la palabra “militarismo” seguirá ardiendo y la región entrará en un ciclo de respuesta y contrarrespuesta con Taiwán como epicentro. Todo lo demás —los comunicados, las fotos, los vetos— gravita alrededor de esa idea sencilla y dura: equilibrio o fricción. Hoy suenan las dos cosas a la vez.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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