Tecnología
¿Cómo China convirtió sus robots humanoides en una carrera mundial?
China convierte sus juegos de robots en un escaparate industrial donde humanoides corren, trabajan y muestran el salto tecnológico del país.

China ha conseguido en apenas una década que unas competiciones de robots que parecían trabajos de fin de carrera con ruedas se conviertan en un escaparate industrial seguido por inversores, grandes tecnológicas y autoridades. Los Juegos Mundiales de Robots Humanoides, cuya nueva edición arrancó este sábado en Pekín, condensan esa transformación: ya no basta con que una máquina camine sin caerse. Tiene que correr, manipular objetos, trabajar con precisión y demostrar que algún día puede resultar útil fuera del pabellón.
La evolución ha sido vertiginosa. En 2025, durante la primera media maratón del mundo disputada por robots humanoides junto a corredores, varias máquinas apenas consiguieron abandonar la salida; otras se estrellaron contra las vallas o necesitaron que sus ingenieros corrieran detrás como padres persiguiendo a un niño que acaba de quitarse los ruedines. Un año después, el panorama es distinto. 47 de más de 100 equipos terminaron la prueba y un robot desarrollado por Honor completó los 21 kilómetros de manera autónoma en 50 minutos y 26 segundos, un registro inferior incluso al récord mundial humano.
Ese dato sirve para titulares, claro. Pero lo verdaderamente importante ocurre detrás del cronómetro. China está construyendo alrededor de la robótica una combinación difícil de replicar: fabricantes, componentes baratos, financiación, ayudas públicas, universidades y un enorme mercado interno. Las competiciones funcionan como escaparate, laboratorio y campaña de imagen al mismo tiempo. Unas Olimpiadas del robot, como ya las llaman, aunque con una peculiaridad bastante poco olímpica: China suele llevarse casi todas las medallas.
De proyecto universitario a industria estratégica
Las primeras competiciones robóticas chinas tenían poco que ver con este despliegue. Entre finales de los años noventa y mediados de la década pasada predominaban los equipos universitarios, presupuestos reducidos y máquinas relativamente sencillas. Pequeños robots con ruedas jugaban al fútbol mediante movimientos programados, detectaban una pelota y trataban de no chocar entre ellos. Más laboratorio académico que revolución industrial.
El punto de inflexión llegó alrededor de 2015, cuando Pekín acogió la primera World Robot Conference y la robótica empezó a aparecer explícitamente como una prioridad nacional. Xi Jinping había descrito poco antes el sector como la “joya de la corona” de la fabricación avanzada. La frase tenía ese inevitable aroma a consigna política, pero detrás había dinero, planificación y una dirección industrial bastante concreta.
En aquella conferencia podían verse robots móviles jugando al bádminton, siguiendo el volante con sensores y devolviendo golpes. Resultaba llamativo para el público, aunque muchas de aquellas tecnologías procedían de desarrollos que llevaban años utilizándose en visión artificial y seguimiento de objetos. No era ciencia ficción. Tampoco hacía falta que lo fuera: China estaba aprendiendo a integrar tecnologías existentes, producirlas y reducir su precio.
El precio se convirtió en otra competición
Una de las primeras señales de que algo estaba cambiando apareció cuando los robots chinos dejaron de competir únicamente en prestaciones y empezaron a hacerlo también en precio. El CyberDog de Xiaomi, presentado inicialmente como plataforma para aficionados y desarrolladores, salió al mercado por alrededor de 1.500 dólares. Por entonces, un Spot de Boston Dynamics podía superar ampliamente los 75.000 dólares.
No son productos idénticos ni están concebidos exactamente para las mismas tareas, así que una comparación directa tiene límites. Pero la diferencia ilustraba una tendencia que después se repetiría: China podía aprovechar una cadena industrial gigantesca —motores, baterías, sensores, electrónica, engranajes— para bajar costes con rapidez.
Ahí está una de las grandes ventajas del país. Fabricar un humanoide no consiste simplemente en colocar inteligencia artificial dentro de un muñeco metálico. Hace falta coordinar decenas de motores, articulaciones, cámaras, sensores, baterías y sistemas de control mientras la máquina mantiene el equilibrio. Cada componente cuenta y cada euro también.
Cuando miles de proveedores están relativamente cerca unos de otros, mejorar un prototipo puede dejar de ser una peregrinación industrial y convertirse casi en una conversación entre vecinos. La cadena de suministro china ha terminado siendo tan relevante para la robótica como lo fue para los teléfonos inteligentes, los drones o los vehículos eléctricos.
De caerse en la salida a correr sin ingeniero
La media maratón de Pekín de abril de 2025 ofreció una fotografía bastante cruel del estado de los humanoides. Los ingenieros corrían junto a ellos preparados para intervenir. Algunas máquinas se desplomaban. Otras perdían la orientación. Acabar 21 kilómetros ya era, por sí mismo, un éxito.
Doce meses después, un Unitree H1 recorrió la recta final sin nadie corriendo a su lado. La autonomía había dejado de ser una promesa para convertirse, al menos en determinadas condiciones, en algo visible y medible.
El robot de Honor fue todavía más lejos. Bautizado como “Flash”, terminó la media maratón en 50 minutos y 26 segundos. La comparación con los atletas humanos produce inevitablemente titulares espectaculares, aunque conviene manejarla con cierta calma: un robot diseñado específicamente para correr no tiene metabolismo humano, musculatura biológica, pulmones ni las mismas limitaciones reglamentarias de un deportista.
Lo relevante no es que una máquina pueda derrotar a un corredor. Sería una batalla bastante absurda. Importa que un sistema bípedo sea capaz de mantener durante decenas de kilómetros equilibrio, velocidad, coordinación y navegación autónoma sin terminar convertido en un amasijo de metal junto a una valla.
Cuando la velocidad deja de ser el verdadero problema
Correr bien, sin embargo, puede resultar tecnológicamente más sencillo que trabajar bien. Una fábrica no necesita un robot que gane una carrera de 100 metros; necesita uno capaz de coger una pieza delicada miles de veces, colocarla correctamente y repetir el proceso durante horas sin romper nada ni pedir una intervención humana cada cinco minutos. La utilidad industrial juega en otra liga.
Por eso los Juegos Mundiales de Robots Humanoides están desplazando parte de su atención hacia pruebas menos vistosas y probablemente más importantes. Los robots deberán apretar tornillos, abrir botellas o recoger pequeñas cuentas con pinzas, operaciones que obligan a medir fuerza, posición y contacto con una precisión enorme.
Una mano humana parece sencilla porque llevamos toda la vida mirándola. En ingeniería es una pequeña pesadilla: múltiples articulaciones, movimientos coordinados, sensibilidad, presión variable y capacidad para adaptarse inmediatamente a objetos distintos. Reproducir el tacto humano sigue siendo uno de los grandes desafíos.
Las manos son la verdadera frontera del robot humanoide
Construir piernas capaces de correr es difícil. Construir manos que puedan trabajar como las nuestras quizá lo sea todavía más. Una persona puede coger un huevo y, segundos después, apretar una llave inglesa. El cerebro modifica automáticamente la fuerza aplicada. Un robot debe calcularla.
Ese problema explica el creciente protagonismo de las llamadas manos diestras, mecanismos con numerosos grados de movimiento capaces de manipular herramientas y objetos pequeños. No es un detalle estético para que el humanoide se parezca más a nosotros; probablemente determinará si estas máquinas pueden abandonar las demostraciones y entrar de verdad en fábricas, almacenes, hospitales o viviendas.
Y ahí aparece la gran pregunta comercial que rodea al sector, aunque las empresas prefieran acompañarla con música, carreras y piruetas: cuánto trabajo real puede realizar un humanoide por cada euro invertido. La rentabilidad, y no la coreografía, decidirá buena parte de esta carrera.
Los prototipos modernos impresionan mucho. Trabajar ocho horas seguidas sin fallos impresiona bastante más.
El Estado chino también corre esta carrera
El progreso no se explica únicamente por empresarios brillantes encerrados en laboratorios. Pekín decidió hace años que la robótica sería una industria estratégica y utilizó una combinación conocida en la economía china: subvenciones, incentivos fiscales, financiación, apoyo a la investigación y objetivos industriales marcados desde arriba.
El plan quinquenal presentado en 2021 para el sector buscaba convertir China en uno de los principales centros mundiales de innovación robótica. Desde entonces, la competencia interna se ha intensificado y han aparecido numerosos fabricantes luchando por mejorar prestaciones y reducir costes.
Ese modelo tiene ventajas evidentes. Permite concentrar recursos, crear proveedores y acelerar tecnologías consideradas prioritarias. También tiene riesgos: cuando el capital público y privado corre detrás del mismo sector, pueden aparecer sobreproducción, proyectos poco rentables y empresas sostenidas por expectativas más que por clientes.
La robótica china todavía tiene que demostrar que puede convertir el entusiasmo tecnológico en economía cotidiana. Un vídeo viral de un robot bailando dura treinta segundos. Una empresa industrial necesita saber qué ocurrirá durante treinta mil horas de funcionamiento.
La carrera que importa empieza fuera del estadio
Los Juegos Mundiales de Robots Humanoides resumen perfectamente el momento en el que se encuentra China. Primero fueron pequeños coches jugando al fútbol. Después llegaron perros robóticos baratos, humanoides tambaleantes y carreras acompañadas por ingenieros. Ahora las máquinas corren solas y empiezan a enfrentarse a tornillos, botellas y pinzas. El salto tecnológico es evidente.
El cambio parece casi cómico visto desde fuera: de robots incapaces de mantenerse en pie a máquinas capaces de completar una media maratón en menos de una hora. Pero la verdadera revolución no será deportiva.
Llegará cuando un robot pueda entrar en una fábrica que no fue diseñada específicamente para él, comprender lo que tiene delante, utilizar herramientas humanas y completar tareas distintas durante horas con pocos errores. Ahí se juega la siguiente fase: llevar el humanoide del espectáculo al trabajo real.
China ha convertido los estadios en escaparates de esa ambición. Las medallas importan poco. Lo que Pekín quiere ganar es otra cosa: fabricar, abaratar y desplegar robots humanoides antes que sus competidores. Y en esa competición, a diferencia de las Olimpiadas, nadie está obligado a esperar cuatro años para volver a intentarlo.

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