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¿Por qué un centro de datos de IA está tumbando políticos en Missouri?

El proyecto de Nebius en Independence promete inversión y empleo, pero sus incentivos fiscales y su enorme escala han agitado la política local

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Nebius en Independence

Resumen

  • Nebius construye en Missouri un gran campus de IA de más de 160 hectáreas
  • El proyecto recibió fuertes incentivos fiscales y encendió el rechazo vecinal
  • Tres políticos vinculados al acuerdo han pagado ya un coste en las urnas

Un gigantesco centro de datos para inteligencia artificial se ha convertido en una inesperada trituradora política en Independence, Missouri. El 1 de septiembre de 2026, los electores del distrito 1 revocaron el mandato del concejal John Perkins, uno de los cinco miembros del Ayuntamiento que habían respaldado los incentivos fiscales concedidos al proyecto de Nebius. El resultado fue rotundo: el 68,05% votó a favor de destituirlo.

No fue un episodio aislado. Meses antes, otros dos concejales vinculados al voto favorable al proyecto habían perdido sus respectivas elecciones. El centro de datos sigue adelante, las excavadoras continúan trabajando y la inteligencia artificial no ha dejado de necesitar chips. Pero la factura política empieza a ser bastante tangible. En Independence, votar por una infraestructura digital de dimensiones colosales ha resultado mucho menos abstracto que hablar de algoritmos, nube o futuro tecnológico.

Un centro de datos de IA de más de 160 hectáreas

Nebius, compañía tecnológica especializada en infraestructura para inteligencia artificial, adquirió aproximadamente 400 acres de terreno, unos 162 hectáreas, cerca de Route 78 y Little Blue Parkway, al este de Independence. Allí construye lo que denomina una fábrica de IA: un campus formado inicialmente por cuatro grandes edificios y su propia infraestructura eléctrica, con una capacidad potencial de hasta 1,2 gigavatios.

Para hacerse una idea de la escala, 1,2 gigavatios es una potencia propia de grandes instalaciones industriales. Nebius prevé obtener hasta 800 megavatios de la eléctrica municipal Independence Power & Light y cubrir otros 400 mediante generación vinculada al propio complejo. La construcción completa se desarrollaría durante varios años.

La empresa calcula que el proyecto sostendrá alrededor de 1.200 puestos durante la construcción y unos 130 empleos tecnológicos permanentes cuando esté plenamente operativo. Frente a la imagen popular del centro de datos como una nave silenciosa llena de servidores, estos complejos modernos se parecen cada vez más a pequeñas industrias pesadas: consumen enormes cantidades de electricidad, necesitan subestaciones, sistemas de refrigeración, líneas de transmisión y kilómetros de fibra. Y ahí empieza la fricción.

Los 150.000 millones no significan exactamente lo que parece

Una de las cifras más repetidas alrededor del proyecto es la de 150.000 millones de dólares. Conviene afinarla porque, sin contexto, parece que Nebius vaya a depositar semejante cantidad sobre una mesa de Missouri de una sola vez.

La documentación empleada para calcular los incentivos contempla hasta 150.600 millones de dólares en propiedades y equipos durante los 20 años del acuerdo. Buena parte corresponde a servidores, chips y otro equipamiento tecnológico que deberá renovarse periódicamente. El coste estimado de edificios y construcción física ronda los 6.600 millones, mientras que aproximadamente 144.000 millones corresponderían al equipamiento acumulado durante esas dos décadas.

La diferencia no es menor. Un centro de datos de IA envejece tecnológicamente con una velocidad casi cómica: un edificio puede durar décadas, mientras los procesadores que contiene comienzan a quedarse anticuados cuando todavía parecen recién desembalados.

El Ayuntamiento aprobó en marzo un esquema de incentivos basado en el programa Chapter 100 de Missouri, con reducciones fiscales de hasta el 90% en determinadas categorías y exenciones relacionadas con materiales de construcción. El valor estimado de esos beneficios fiscales supera los 6.000 millones de dólares durante 20 años. A cambio, Nebius realizará pagos sustitutivos de impuestos, conocidos como PILOT, destinados a distintas administraciones y servicios locales.

El Ayuntamiento vio inversión; los vecinos, una factura distinta

El argumento favorable era bastante reconocible. Independence poseía terrenos capaces de albergar una inversión extraordinaria, una compañía tecnológica estaba dispuesta a instalar allí una de las mayores infraestructuras de IA de Estados Unidos y el proyecto podía generar actividad económica, empleo e ingresos públicos.

Nebius sostiene además que asumirá los costes de la electricidad y de las mejoras necesarias para suministrarla, de modo que las familias no tengan que financiar el consumo del complejo mediante sus tarifas. También asegura que utilizará un sistema de refrigeración de circuito cerrado para limitar el gasto de agua. Sobre el papel, una operación enorme y cuidadosamente calculada.

Pero una parte creciente de los residentes observó la operación desde la ventana contraria. Vieron una empresa obteniendo una reducción fiscal gigantesca, una instalación energética de dimensiones inéditas y una negociación que, a su juicio, avanzaba bastante más deprisa que el debate público.

Las preocupaciones abarcan desde el impacto eléctrico y ambiental hasta el ruido, el uso del suelo, la proximidad del Little Blue River y una cuestión menos técnica pero políticamente explosiva: quién decide transformar una ciudad y cuánto pueden intervenir sus habitantes antes de que la maquinaria empiece a trabajar.

El Consejo Municipal aprobó finalmente los incentivos por cinco votos contra dos el 2 de marzo, pese a una fuerte oposición durante las reuniones públicas. Poco después, los detractores intentaron llevar el acuerdo a referéndum. La ciudad rechazó esa vía y un juez respaldó posteriormente su interpretación jurídica, frustrando la consulta. El conflicto dejó entonces de tratar únicamente sobre servidores.

Las urnas empezaron a responder al Ayuntamiento

En las elecciones municipales de abril ocurrió algo difícil de separar del ruido que ya rodeaba al proyecto. Bridget McCandless, concejala que había votado a favor de los incentivos y aspiraba a convertirse en alcaldesa, perdió frente a Kevin King. Jared Fears, otro de los votos favorables a Nebius, tampoco consiguió conservar su asiento.

King obtuvo aproximadamente el 60% de los votos, pese a que McCandless lo había superado claramente en las primarias celebradas antes de la controvertida votación sobre el centro de datos. El giro fue notable. Los grupos contrarios al proyecto habían colocado la transparencia y el desarrollo de Nebius en el centro de la campaña.

Después llegó John Perkins. Llevaba acumulados 18 años de servicio en el Ayuntamiento en distintas etapas y había respaldado los incentivos. Como los opositores no consiguieron someter el acuerdo fiscal a referéndum, reunieron las firmas necesarias para promover una votación de revocación en su distrito.

El 1 de septiembre, los ciudadanos tuvieron finalmente una papeleta vinculada directamente con aquella decisión. De los 1.643 votos contabilizados, 1.118 fueron favorables a destituir a Perkins y 525 a mantenerlo, aproximadamente un 68% frente a un 32%. La participación apenas alcanzó el 11,5% de los cerca de 14.250 electores registrados en el distrito, un matiz importante: fue una victoria abrumadora entre quienes votaron, no una movilización masiva de toda la población.

De cinco votos favorables, tres carreras políticas dañadas

La aritmética resulta incómoda para cualquier concejal que vuelva a abrir el expediente. De los cinco cargos que aprobaron los incentivos en marzo, dos perdieron sus elecciones en abril y un tercero acaba de ser revocado.

Eso no significa que todos hayan caído exclusivamente por Nebius. Las elecciones nunca son experimentos de laboratorio y los votantes entran en la cabina con muchos motivos a cuestas. Pero el centro de datos tuvo un peso político evidente. En el caso de Perkins, la conexión es todavía más clara: la campaña para revocarlo nació después de su apoyo a los incentivos concedidos al proyecto.

La «Yihad Butleriana NIMBY» explica solo media historia

El episodio ha sido descrito con una expresión deliberadamente provocadora: «Yihad Butleriana NIMBY». La primera parte remite al universo de Dune, donde la humanidad se rebela contra las máquinas pensantes; NIMBY es el acrónimo inglés de Not In My Back Yard, algo así como «sí, pero no en mi patio trasero».

La ocurrencia tiene gracia. También simplifica bastante. Sería cómodo interpretar las protestas como una rebelión de vecinos tecnófobos intentando detener el siglo XXI porque han visto demasiadas películas con robots asesinos. Pero el comportamiento electoral de Independence apunta hacia algo bastante más terrenal: impuestos, electricidad, territorio y poder local.

De hecho, la oposición ha atravesado fronteras ideológicas poco habituales en Estados Unidos. En las movilizaciones han coincidido votantes conservadores y progresistas, una combinación que no acostumbra a compartir pancarta demasiado tiempo. La inteligencia artificial consigue cosas sorprendentes. Que personas políticamente enfrentadas discutan juntas sobre subestaciones y ventajas fiscales quizá sea una de ellas.

Eso no convierte automáticamente en acertadas todas las objeciones. Los centros de datos son una infraestructura esencial de la economía digital y alguien tendrá que alojarlos. Cada búsqueda, modelo de IA, vídeo almacenado o servicio en la nube termina viviendo físicamente en algún lugar. Internet nunca fue realmente etéreo; durante años simplemente escondimos bastante bien sus fábricas.

Ahora esas fábricas son tan grandes que cuesta esconderlas. Cuando un complejo requiere centenares de hectáreas y una potencia eléctrica comparable a la de una infraestructura industrial, la discusión deja de limitarse a ingenieros y ejecutivos tecnológicos. Entra en los ayuntamientos, llega a los barrios y, finalmente, aparece en las papeletas.

La IA descubre que también necesita permiso social

La reacción política tampoco ha detenido el campus que originó el conflicto. El Ayuntamiento aprobó en julio una moratoria de 180 días para nuevas solicitudes de centros de datos y sistemas de almacenamiento energético mientras revisa normas urbanísticas, de construcción, incendios e infraestructuras.

Pero hay una excepción decisiva: Nebius queda fuera de la moratoria, porque su proyecto ya había sido presentado y autorizado. Las obras continúan. La ciudad tendrá que cubrir además la vacante dejada por Perkins una vez concluya formalmente el proceso derivado de la revocación.

Es una convivencia extraña: la infraestructura avanza mientras cambia parte del Ayuntamiento que facilitó su llegada. Nebius seguirá levantando su campus y defendiendo que puede contener el ruido, el consumo de agua y el impacto energético. Los vecinos, mientras tanto, han demostrado que también disponen de una infraestructura bastante antigua, aunque eficaz: las urnas.

Durante años, la conversación sobre inteligencia artificial transcurrió dentro de pantallas: modelos, aplicaciones, derechos de autor, empleos amenazados, asistentes digitales. La expansión de los grandes centros de datos está trasladando ese debate al territorio. Literalmente. Subestaciones, hectáreas, líneas eléctricas, impuestos y barrios ocupan ahora el lugar donde antes sólo parecía haber algoritmos.

Independence deja una advertencia incómoda tanto para gobiernos como para tecnológicas. Una inversión gigantesca puede resultar económicamente atractiva y, al mismo tiempo, convertirse en un problema político cuando una parte relevante de la población considera que la decisión se tomó sobre sus cabezas. La cuestión no es únicamente estar a favor o en contra de la IA: importa también cómo aterriza físicamente esa tecnología en una comunidad.

Nebius probablemente construirá su fábrica de IA. Lo que resulta bastante menos seguro es cuántos de los políticos que facilitaron su llegada seguirán sentados en el Ayuntamiento cuando los primeros grandes bloques de servidores estén funcionando. Las máquinas todavía no votan. Los vecinos, sí.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.