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¿Cómo quedan los octavos de Copa del Rey y cuándo se juegan?

El sorteo de octavos de final de la Copa del Rey 2025-26, celebrado este miércoles 7 de enero en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, dejó ocho eliminatorias con un patrón clarísimo: partido único, tensión de verdad y, como manda el reglamento.

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El cuadro de octavos copa del rey 2026

Sorteo de octavos de Copa del Rey: cruces y fechas (13-15 enero 2026), sedes, horarios, dónde verlo, favoritos y ruta a la final, con claves.

El sorteo de octavos de final de la Copa del Rey 2025-26, celebrado este miércoles 7 de enero en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, dejó ocho eliminatorias con un patrón clarísimo: partido único, tensión de verdad y, como manda el reglamento, los equipos de categoría inferior jugando en casa cuando se cruzan con uno de Primera. Traducido al idioma Copa: Barcelona, Real Madrid, Atlético y Athletic harán maletas y se meten en estadios con ambiente de noche grande.

La ventana ya está marcada en rojo: los encuentros se disputan entre el 13 y el 15 de enero de 2026. Los horarios oficiales, el reparto exacto por días y el mapa televisivo de cada partido se irán fijando en las próximas horas, pero la agenda ya tiene forma: tres noches seguidas, ocho billetes a cuartos, y la sensación de que el torneo empieza a ponerse serio, de verdad.

El cuadro de octavos: ocho partidos, ocho historias

Los emparejamientos son estos, tal cual salieron del bombo: Deportivo de La Coruña–Atlético de Madrid, Racing de Santander–FC Barcelona, Cultural Leonesa–Athletic Club, Albacete–Real Madrid, Burgos–Valencia, Real Betis–Elche, Real Sociedad–Osasuna y Deportivo Alavés–Rayo Vallecano. Todo, a un partido. Sin red.

Los cuatro equipos que llegan desde la Supercopa entran aquí con el foco encima, porque en la Copa no existe el “ya lo arreglaremos en la vuelta”. Y los clubes de Segunda que han ganado el derecho a recibir a un gigante saben lo que tienen entre manos: noventa minutos (o ciento veinte) para escribir una página que se recuerda durante años en la ciudad, aunque el calendario siga al día siguiente como si nada.

Aquí conviene subrayarlo: si hay empate al final del tiempo reglamentario, hay prórroga; y si la prórroga no lo resuelve, penaltis. Ese detalle, que parece burocrático, es la gasolina del torneo. En los octavos, además, entra un elemento que cambia conversaciones y protestas: el VAR se utiliza a partir de esta ronda.

Fechas, horarios y dónde se ven los partidos

La Copa ha fijado los octavos para martes 13, miércoles 14 y jueves 15 de enero de 2026. La distribución exacta de cada eliminatoria dentro de esas tres noches depende de la organización, la coordinación con la Liga y, sobre todo, del encaje televisivo. Enero viene con el calendario cargado, y la semana de Supercopa cruza como una diagonal que obliga a hilar fino con descansos y desplazamientos.

En cuanto a la televisión, el marco general es conocido: RTVE tiene derechos para ofrecer partidos de Copa (con emisiones en abierto a través de sus canales y plataforma) y Movistar+ mantiene la retransmisión de encuentros dentro de su oferta deportiva. Lo que todavía falta por concretar, y es importante, es qué partidos van en abierto y cuáles se quedan en plataformas de pago. Eso se anuncia cuando se publican horarios oficiales.

La Copa, además, tiene un calendario posterior ya dibujado: cuartos de final el 4 de febrero, semifinales con ida el 11 de febrero y vuelta el 4 de marzo, y final pendiente de confirmación en fecha y detalles. Ese es el camino que empieza a asomar detrás de los octavos, como una carretera que todavía no ves entera, pero ya notas que no hay desvíos cómodos.

Partidos uno a uno: sedes, contexto y puntos calientes

Hay sorteos que suenan a trámite y sorteos que suenan a estadio lleno. Este cae en la segunda categoría. Y aun así, la Copa siempre se reserva el derecho a cambiarte la música en el minuto 12.

Deportivo–Atlético, en Riazor, mezcla nostalgia y presente. El Deportivo vuelve a situarse en un escaparate enorme con un rival que vive instalado en la exigencia y que, por plantilla y oficio, suele sentirse cómodo en partidos tensos. Pero Riazor tiene una cualidad muy concreta: cuando entra en partido, el sonido se vuelve denso, como si la grada empujara el balón. Para el Atlético, la clave suele estar en no convertir el encuentro en una moneda al aire: cuanto más largo se hace el partido, cuanto más crece la sensación de “cualquier detalle decide”, más se multiplica el riesgo. Y en Copa, el riesgo es real, no retórico.

Racing–Barça, en El Sardinero, es el cruce que más imaginería trae de serie. Estadio de esos donde el público está cerca, donde el equipo local se siente arropado y donde el rival nota el ambiente desde el calentamiento. Barcelona llega como vigente campeón del torneo, y eso en la Copa pesa: no por superstición, sino porque cada rival te juega como si fueras el objetivo final de la temporada. Además, el Barça de Hansi Flick ha insistido en distintos momentos en una idea: competir cada partido como si no hubiera mañana. Aquí la frase es literal. En un campo así, con un rival que no se guarda nada, el primer cuarto de hora suele ser decisivo, no por el marcador, sino por el control emocional del partido.

Cultural Leonesa–Athletic, en el Reino de León, tiene un perfume muy reconocible. El Athletic y la Copa son una relación vieja, intensa, de esas que no se explican solo con resultados: se explica con costumbre, con cultura de eliminatoria, con un club que entiende el torneo como parte de su identidad. Pero, precisamente por eso, el peligro está en el exceso de confianza: llegar con el “sabemos cómo se juega esto” y encontrarte un rival que te muerde desde el primer balón dividido. El Reino de León se va a vivir como una noche de las que se cuentan, y ese tipo de noches son traicioneras para el favorito si se desconecta cinco minutos.

Albacete–Real Madrid, en el Carlos Belmonte, es el partido que concentra el foco por una razón simple: el Madrid en Copa siempre es noticia, gane o pierda. En el césped, el contexto de enero empuja a hablar de rotaciones, de cargas, de priorizar… pero el partido único se ríe de esos planes. El Real Madrid de Xabi Alonso llega con la presión habitual del cargo: la que no se negocia ni se aplaza. Y en un estadio como el Belmonte, con un rival que va a oler cualquier duda, el Madrid necesita algo básico: ritmo desde el inicio, sin entrar en el bucle de “ya caerá el gol”. En Copa, el “ya caerá” a veces no cae.

Burgos–Valencia, en El Plantío, parece escrito para el drama pequeño y continuo: un partido de contactos, segundas jugadas, centros laterales, un balón suelto en el área que decide todo. El Valencia carga con una historia copera enorme, pero la historia no marca goles. Burgos, por su parte, tiene la ventaja del escenario y del guion: convertir el partido en un terreno donde el favorito se incomode, se precipite y empiece a mirar el reloj antes de tiempo. Si la eliminatoria llega viva al tramo final, El Plantío se vuelve un lugar incómodo para cualquiera.

En los tres cruces entre equipos de Primera, la lógica de “grande contra pequeño” desaparece y aparece otra, más áspera: mismo escalón, mismo nivel de exigencia, cero margen.

Betis–Elche tiene ese punto impredecible que suelen tener los equipos con buen trato de balón cuando se encuentran en Copa: un partido puede irse hacia un intercambio abierto o cerrarse de golpe en un marcaje al hombre que se ejecuta bien. El Betis, como local, suele apoyarse en su capacidad de generar volumen ofensivo; Elche, en cambio, puede sentirse cómodo si convierte el partido en una cuestión de orden y paciencia.

Real Sociedad–Osasuna es un clásico moderno de estilos que se conocen. La Real, con su idea de controlar, de juntar pases, de encontrar ventajas; Osasuna, con su identidad de competir cada duelo como si fuera el último. Son partidos donde el primer gol cambia el paisaje y donde, si el marcador se queda quieto durante mucho tiempo, los nervios empiezan a tomar decisiones por los futbolistas.

Alavés–Rayo es, probablemente, la eliminatoria más “de enero” del sorteo: dos equipos acostumbrados a vivir en el partido, a buscar el error rival, a gestionar momentos. Mendizorroza, además, aprieta. Y el Rayo suele sentirse fuerte cuando consigue convertir el duelo en un intercambio de transiciones, de ida y vuelta, donde el rival no puede ordenar su estructura.

Favoritos y pronósticos: lo lógico… y lo que se rompe

En un análisis frío, de plantilla y presupuesto, los nombres que salen como favoritos son los previsibles: Barcelona, Real Madrid, Atlético y Athletic por jerarquía y por costumbre de competir eliminatorias; y, detrás, el grupo de Primera que juega entre iguales (Betis, Real Sociedad, Osasuna, Alavés, Rayo) y un Valencia que, por rango, debería ser favorito ante el Burgos aunque tenga por delante un partido que no admite despistes.

Pero la Copa es un torneo que castiga las lecturas automáticas. Hay tres variables que suelen estropear los pronósticos.

La primera es el calendario: enero aprieta, y los equipos con más carga de partidos tienden a llegar con más piernas pesadas y más cabezas dispersas. No hace falta entrar en conspiraciones: basta con un equipo que tarda veinte minutos en “entrar” al partido para que el rival ya haya convertido el estadio en una olla.

La segunda es la localía emocional. No es solo el césped, ni el viaje, ni el hotel. Es el contexto: estadios donde se vive una noche extraordinaria, con una intensidad que en liga no aparece cada semana. Esa energía puede empujar a un equipo a jugar por encima de su media durante una hora larga. Y si durante esa hora larga cae un gol, el partido se transforma en otra cosa.

La tercera es la naturaleza del partido único. Cuando no hay vuelta, el favorito tiende a jugar con un pequeño miedo: el miedo a cometer el error que lo deja fuera. Ese miedo, si aparece, se nota en detalles: una conducción de más, un pase atrás cuando toca arriesgar, un centro sin destinatario. La Copa detecta esas grietas como un detector de humo.

Hay un dato que se repite en los últimos años y que ayuda a encuadrar la expectativa: no siempre se cuela un equipo de categorías inferiores en los tramos finales, pero la Copa mantiene esa costumbre de regalar, al menos, una sorpresa por edición cuando el cuadro se estrecha. No es una profecía; es el ADN del torneo.

Historia, récords y el peso de la Copa cuando llegan los grandes

La Copa del Rey no es un campeonato cualquiera en España, y eso se nota cuando entran los grandes a la competición. El palmarés lo explica sin necesidad de adornos: el FC Barcelona es el club con más títulos (32), seguido por el Athletic Club (24) y el Real Madrid (20). Son números que, aunque no jueguen, sí condicionan el relato: a esos equipos se les mira con la frase “deberían”, como si la Copa fuese una obligación natural.

Esa presión es parte del espectáculo. La Copa convierte a los gigantes en protagonistas inevitables y, a la vez, vulnerables: si ganan, era lo esperado; si pierden, se convierte en una herida pública. Por eso, cada salida a un estadio de Segunda tiene algo de examen. No por el rival, que también, sino por el contexto: todo el país mirando, el rival soltándose, el favorito con la mochila.

En los récords históricos hay cifras que se recitan como leyendas. La mayor goleada registrada en un partido de Copa fue un 14-0 del Real Murcia al Cieza Promesas en 1992, una de esas historias que parecen imposibles hoy, cuando el fútbol está más igualado en estructura y preparación, pero que siguen formando parte del archivo emocional del torneo.

La Copa también es un museo de nombres: jugadores que la han ganado muchas veces, entrenadores que la han convertido en parte de su currículum, clubes que viven de una noche inolvidable. Y, a su manera, cada edición añade piezas nuevas. Los octavos son el punto donde ese museo se abre: ya no es solo folklore de rondas previas. Ya hay cámaras, ya hay presión, ya hay debate.

Lo que puede decidir cada eliminatoria: detalles muy concretos

En octavos, el fútbol tiende a decidirse por cosas pequeñas que, vistas en frío, parecen ridículas. Un control que se te va medio metro. Un despeje que queda corto. Una falta lateral donde la marca llega tarde. Un portero que sale a medias. Y luego, claro, la gestión del tiempo: la Copa tiene esa particularidad de convertir cada minuto en una unidad dramática.

En Deportivo–Atlético, el punto caliente suele estar en cómo el Atlético gestiona el ambiente si el partido se atasca. Si el Deportivo consigue que el encuentro se convierta en una secuencia de disputas, interrupciones y balón parado, el Atlético necesita paciencia y precisión, dos cosas que no siempre van juntas cuando la grada aprieta.

En Racing–Barça, el primer riesgo para Barcelona no es táctico, es mental: entrar pensando que el partido se abrirá solo. El Sardinero no suele regalarte un inicio cómodo. Si el Barça impone ritmo, el partido puede volverse más controlable; si lo deja en manos del entusiasmo local, la eliminatoria se vuelve peligrosa, porque cualquier pérdida en zona de riesgo se convierte en un rugido.

En Cultural–Athletic, la pregunta real es si el Athletic consigue imponer su jerarquía sin convertirlo en una guerra de nervios. El Athletic tiene armas para dominar, pero la Copa a veces empuja al favorito a jugar acelerado, como si quisiera resolverlo en quince minutos. En un partido único, esa aceleración puede ser el enemigo.

En Albacete–Real Madrid, la clave suele estar en el equilibrio: el Madrid necesita atacar sin desprotegerse, porque la Copa castiga el exceso de confianza atrás. Un rival como Albacete, empujado por su estadio, no necesita llegar diez veces: con dos llegadas buenas puede meter al favorito en un lío serio.

En Burgos–Valencia, el balón parado aparece como protagonista natural. El Plantío favorece los partidos de fricción, y el Valencia necesita evitar el escenario donde cada córner se siente como un penalti. Si consigue adelantarse, el partido cambia; si el marcador se mantiene quieto, la ansiedad empieza a jugar.

En Betis–Elche, un factor que decide mucho es quién logra imponer el tempo. Si el Betis logra instalarse en campo rival y mover al Elche con paciencia, las opciones crecen; si el Elche consigue robar y correr con espacios, el partido puede girar en un instante.

En Real Sociedad–Osasuna, el duelo suele estar en los duelos. Osasuna vive cómodo si el partido se llena de choques y el rival se desespera. La Real necesita claridad en los metros finales, porque en Copa, cuando el partido entra en la zona del 0-0 prolongado, el margen se estrecha como una puerta que se va cerrando.

En Alavés–Rayo, el partido puede irse a un terreno muy físico, muy de segundas jugadas. El Alavés, con Mendizorroza, suele empujar desde el entorno. El Rayo, si consigue que el partido tenga continuidad y no se fragmente, suele crecer. Ahí hay un pulso de ritmo: quien lo domine, se llevará el guion.

Enero y la Copa: el torneo entra en su fase más reconocible

Los octavos son esa ronda donde la Copa deja de ser un fenómeno disperso y se convierte en una narración común: ya están los grandes, ya hay estadios llenos, ya hay debate nacional y ya hay un calendario que te lleva, casi sin darte cuenta, a febrero y marzo.

Entre el 13 y el 15 de enero, España va a tener ocho partidos que no se parecen a un domingo de Liga. En Copa se juega distinto: se protesta distinto, se celebra distinto, se sufre distinto. Y la diferencia no es poética. Es estructural. El partido único obliga a tomar decisiones que en liga se pueden aplazar. Obliga a arriesgar antes. Obliga a gestionar el miedo.

A partir de ahí, el torneo ya se estrecha. El 4 de febrero esperan los cuartos. Y, desde los octavos, la Copa empieza a tener ese sonido de competición que puede cambiar una temporada en una semana.

Una semana de Copa que puede cambiar el cuadro entero

El sorteo ha dejado una fotografía clara: los grandes viajan, los estadios de Segunda se preparan para noches de máxima tensión y, en Primera, hay tres duelos entre iguales donde cualquier detalle manda a casa a un equipo importante. Entre el 13 y el 15 de enero se decidirá quién sigue en la carrera por un título que en España tiene una cualidad rara: mezcla prestigio, historia y un punto de caos que ninguna otra competición doméstica reproduce igual.

En el papel, hay favoritos. En el césped, hay eliminatorias. Y en la Copa, cuando empieza la prórroga y el estadio ya no canta, solo respira, el favoritismo suele ser una palabra muy frágil.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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