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¿Por qué cae el abandono escolar al 12,8% en 2025?
Abandono educativo temprano récord: 12,8% en 2025. Brecha de género, desigualdad autonómica y el tirón de la FP tras la ESO, en datos, foco.

Abandono educativo temprano récord: 12,8% en 2025. Brecha de género, desigualdad autonómica y el tirón de la FP tras la ESO, en datos, foco.
España ha cerrado 2025 con un dato que, en términos educativos, suena a campana limpia: el abandono educativo temprano baja al 12,8%, mínimo histórico, dos décimas menos que en 2024 (13%). La cifra sale del análisis de la Encuesta de Población Activa (EPA) y la difunde el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes con una idea central muy concreta: hay menos jóvenes de 18 a 24 años que se quedan fuera del sistema sin completar la segunda etapa de secundaria y, además, sin seguir ninguna formación. Es decir, no se trata solo de “dejar los estudios” en general, sino de romper el hilo justo después de la educación obligatoria y no engancharse a nada más, ni Bachillerato ni FP de Grado Medio o Básica, ni cursos equivalentes.
La otra frase que acompaña el récord también es potente, casi de golpe de vista: ocho de cada diez jóvenes de 20 a 24 años terminaron la ESO. Y ahí aparece el matiz que cambia el tono de la noticia, porque esa media esconde una brecha evidente: entre las chicas el porcentaje se dispara, y entre los chicos cae. La educación mejora… sí, pero no mejora igual, ni en los mismos territorios, ni con el mismo ritmo.
El 12,8%: qué mide de verdad y por qué importa tanto
El abandono educativo temprano se suele contar como si fuese una simple puerta cerrada, pero en realidad mide algo más sutil y, a la vez, más duro: el porcentaje de jóvenes de 18 a 24 años que no han completado la educación secundaria de segunda etapa (Bachillerato o FP de segunda etapa) y que, además, no han seguido ninguna formación. Es una definición con doble candado. No basta con no haber terminado; también cuenta el hecho de no estar haciendo nada formativo en ese momento. De ahí que el indicador sea tan útil para entender la desconexión real, la ruptura con el sistema, la salida sin retorno inmediato.
Por eso conviven sin chocar dos datos que, al oído, podrían parecer contradictorios: por un lado, el 12,8% de abandono temprano; por otro, ese 80% largo que sí completa la ESO. La ESO es el suelo mínimo, el punto de partida obligatorio; el abandono temprano mira el tramo siguiente, el momento en que la continuidad se convierte en decisión, en resistencia o, en demasiados casos, en renuncia.
El salto histórico se entiende mejor con perspectiva: en 2015 el abandono se movía en torno al 20%. Bajar por debajo de esa línea no es una anécdota estadística, es un cambio de época. No implica que el problema esté resuelto, ni mucho menos, pero sí que el país ha logrado reducir el volumen de jóvenes que se quedan colgados en ese limbo educativo donde se mezclan trabajos precarios, contratos fugaces, la tentación del dinero rápido y la sensación de que estudiar “ya se verá”.
El Ministerio lo resume con un dato de década: la caída acumulada es de 7,2 puntos desde 2015. Es mucho. Y, a la vez, no es suficiente si se mira el listón europeo.
Chicos y chicas: la brecha que se agranda justo cuando todo mejora
La noticia tiene un motor muy claro y un freno igualmente claro. El motor: las mujeres. El freno: los hombres. La EPA marca una diferencia de casi seis puntos y medio entre ambos: 15,9% de abandono temprano en hombres frente a 9,5% en mujeres. Y el detalle que escuece, porque rompe la idea de mejora uniforme, es que en 2025 el abandono masculino sube 0,2 puntos respecto a 2024, mientras que el femenino baja 0,5. El promedio nacional cae, sí, pero lo hace empujado por un lado, mientras el otro apenas acompaña e incluso se mueve hacia arriba.
La brecha se ve todavía más nítida si se baja al dato de la ESO entre los jóvenes de 20 a 24 años. En 2025, el 85% de las chicas había completado la Educación Secundaria Obligatoria. Entre los chicos, la tasa se queda en el 76%. Son nueve puntos de diferencia en una etapa que, sobre el papel, debería ser casi universal. Y no se trata solo de una comparación entre sexos como si fuese un marcador deportivo; se trata de trayectorias vitales distintas que se consolidan temprano, con efectos en cadena sobre empleo, ingresos, estabilidad y posibilidades de volver a estudiar más adelante.
El “enganche” tras la ESO: cuando la continuidad no es automática
La adolescencia escolar tiene un momento bisagra: terminar la ESO y decidir el siguiente paso. Quien enlaza con Bachillerato o con FP suele mantener una rutina formativa que, incluso con tropiezos, conserva el hilo. Quien se descuelga ahí entra en otra lógica: trabajos de temporada, empleo informal, búsqueda de ingresos inmediata, y una especie de “ya volveré” que se va congelando. En ese punto, la orientación académica pesa como una pieza pequeña pero determinante, casi como una bisagra mal engrasada: si falla, la puerta se cae.
No hay una única explicación para la diferencia entre chicos y chicas, pero la combinación suele repetirse: expectativas sociales, relación con el estudio, distintos incentivos del mercado laboral en ciertos sectores, y también el modo en que se vive la FP. En algunos entornos, la idea de ponerse a trabajar rápido sigue teniendo una legitimidad cultural mayor para ellos. Es una decisión que, en el corto plazo, parece sensata; en el medio, suele pasar factura. El abandono temprano, muchas veces, no es un portazo; es una suma de pequeñas ausencias, una cadena de “hoy no voy” que termina pareciendo normal.
Europa como espejo: se recorta distancia, pero el listón sigue más abajo
España sigue por encima de la media de la Unión Europea. El Ministerio pone como referencia el 9,4% de la UE en 2024. Esa comparación importa por una razón simple: no se compite por orgullo, se compite por oportunidades. Cuando un país mantiene un abandono temprano alto, arrastra una parte relevante de su juventud hacia empleos más frágiles, salarios más bajos y mayor exposición a crisis económicas.
La buena noticia es que la distancia se ha reducido. El Ministerio destaca que el margen frente a Europa se estrecha hasta 3,4 puntos, lejos de los 9 puntos de diferencia que había hace una década. Es un acercamiento lento, pero real. La mala noticia, dicho sin dramatismos, es que todavía queda camino para estar en ese rango europeo donde el abandono temprano no es “un tema del que se habla cada enero”, sino un problema más acotado.
También conviene subrayar otra mejora: el porcentaje de población de 20 a 24 años que alcanzó al menos el nivel de secundaria en 2025 sube casi 12 puntos y reduce su distancia con la media de la UE en 4,7 puntos, tomando como referencia el último dato europeo disponible de 2024, que se situaba en el 85%. Son cifras que, leídas juntas, dibujan una tendencia clara: más continuidad, más finalización, menos desconexión.
La FP, el Bachillerato y el “segundo tramo” que decide el futuro
El abandono temprano mide, en esencia, el tramo posterior a la ESO. Y aquí entra una palabra que en España ha cambiado de estatus en poco tiempo: Formación Profesional. La FP se ha ido convirtiendo en una vía cada vez más visible, más buscada, menos estigmatizada. Y eso tiene un efecto directo sobre el indicador: si más jóvenes pasan de la ESO a una FP de segunda etapa o a Bachillerato, el abandono se reduce.
Pero también hay un matiz importante: el indicador no premia solo matricularse, premia sostener el vínculo. No basta con apuntarse en septiembre si en enero se abandona y no se retoma nada. Por eso la clave está en el “enganche” real, en que el itinerario tenga sentido, en que las plazas existan donde se necesitan y en que la transición no sea un salto al vacío. La mejora nacional sugiere que ese engranaje, con sus fallos, está funcionando mejor que hace una década. Aun así, el mapa por comunidades muestra que no funciona igual en todas partes.
El mapa autonómico: cuando el código postal pesa más de lo que debería
Las diferencias territoriales son el otro gran titular, aunque se cuente en voz más baja. En 2025, Murcia aparece con la tasa más alta de abandono temprano: 20,6%. Es un dato que dobla con holgura la media nacional. En el lado opuesto, el País Vasco marca 3,6%, una cifra bajísima. Entre ambos extremos se despliega una España partida, donde el lugar de nacimiento o residencia condiciona, demasiado, la probabilidad de seguir estudiando.
Tras Murcia, aparecen otras comunidades con tasas elevadas: Canarias (15,9%), Castilla-La Mancha (15,7%), La Rioja (15,5%), Baleares (15,2%) y Extremadura (15%). En el grupo con niveles más bajos, además del País Vasco, figuran Navarra (7,8%) y Cantabria (8,9%).
Por debajo de la media española del 12,8% se sitúan también Madrid (9,5%), Castilla y León (10,2%), Galicia (10,4%), Asturias (10,6%), Ceuta (11,7%) y Aragón (12,3%). El mapa no dibuja solo un ranking; dibuja contextos económicos y sociales distintos, mercados laborales que tiran de los jóvenes de forma desigual, y sistemas educativos autonómicos con políticas que, en algunos casos, han sido más estables o más eficaces.
Murcia, Baleares, Canarias: el empleo rápido como tentación estructural
En las comunidades donde el abandono es más alto suele coincidir un rasgo: sectores económicos capaces de absorber mano de obra joven sin demasiada cualificación, con contratos que pueden parecer atractivos a corto plazo. Hostelería, comercio estacional, agricultura en campañas, servicios de baja exigencia formativa… No es una explicación única, pero sí un patrón repetido. Si el mercado laboral ofrece dinero rápido, el incentivo para seguir estudiando compite con la urgencia doméstica y con una cultura del “ponte a trabajar y ya verás”.
Esa lógica no es una elección individual aislada; es una estructura. En hogares con menos recursos, la presión por aportar ingresos llega antes. Y cuando el primer empleo entra, aunque sea precario, cuesta volver a la rutina del aula. El abandono temprano se parece, muchas veces, a una puerta giratoria: se sale con la idea de volver, pero el mundo de fuera no te devuelve tan fácilmente.
País Vasco, Navarra, Cantabria: cuando el sistema aguanta mejor
En las zonas con tasas bajas suelen coincidir otros factores: una FP con peso y prestigio, un tejido industrial o de servicios cualificados que demanda formación, redes de apoyo educativo más consolidadas, y un ecosistema donde estudiar se percibe menos como “apuesta a largo plazo” y más como requisito natural. No se trata de idealizar: en todos los territorios hay desigualdad y hay jóvenes que se quedan atrás. La diferencia es el volumen y la capacidad del sistema para retener a quienes flaquean.
Y hay algo más, menos visible: la continuidad. Programas que duran, equipos de orientación que no cambian cada dos por tres, coordinación entre centros y oferta real de plazas. La educación, cuando funciona, no suele hacerlo por un golpe de suerte; lo hace por persistencia.
Qué hay detrás del descenso: políticas, demografía y una realidad menos vistosa
Una bajada de 0,2 puntos en un año puede parecer poca cosa, pero en un indicador de este tamaño significa miles de trayectorias que no se cortan. La lectura oficial apunta a un descenso sostenido en la década y a una mejora del nivel educativo de los jóvenes. Y, aun así, conviene mirar el mecanismo con calma, porque aquí intervienen varias capas.
Está la capa de políticas educativas: refuerzo, programas de apoyo, becas, medidas para reducir repetición, ampliación y modernización de la FP, cambios curriculares, y una mayor sensibilidad institucional hacia el abandono. Está la capa demográfica: cohortes, migración, cambios en la composición de la población joven, diferencias por origen y nivel socioeconómico. Y está la capa económica: cuando hay empleo fácil, el abandono tiende a subir; cuando el empleo se complica, estudiar se vuelve más atractivo, o al menos más lógico.
En los últimos años, la FP ha ganado protagonismo en la conversación pública, y eso se nota. Pero también se nota algo menos espectacular: la normalización de itinerarios distintos. Durante años, el recorrido “ideal” parecía único: ESO, Bachillerato, universidad. Ahora la realidad es más plural. Y esa pluralidad, si está bien acompañada, reduce el abandono porque ofrece rutas con sentido para perfiles distintos.
Aun así, hay un punto delicado: el abandono temprano se concentra, con frecuencia, en entornos vulnerables. Ahí la mejora general puede ocultar bolsas que no mejoran o que incluso empeoran. Por eso la brecha de género y la brecha territorial no son “detalles”, son el núcleo del desafío actual.
Educación superior: un país con muchos titulados… y con una fractura previa
Otro dato del mismo paquete estadístico ayuda a entender el panorama completo: el 52,5% de la población entre 25 y 34 años alcanzó en 2025 el nivel de educación superior, por encima de la media europea de 2024, situada en el 44%. España, en ese tramo, aparece fuerte: mucha gente llega a la universidad o a estudios superiores equivalentes. Es una imagen de país altamente titulado.
Pero esa fortaleza convive con una contradicción: se puede tener una proporción alta de educación superior y, a la vez, mantener un abandono temprano que sigue siendo elevado en comparación con Europa. Es como un edificio con una planta alta muy concurrida y, al mismo tiempo, un tramo de escaleras donde algunos se quedan sin barandilla. La desigualdad educativa suele instalarse ahí: en el paso entre lo obligatorio y lo postobligatorio, en la continuidad real tras la ESO.
Además, educación superior no significa automáticamente empleo de calidad, y esa es otra conversación que en España se repite desde hace años: salarios de entrada, sobrecualificación, precariedad juvenil, desajustes entre estudios y mercado laboral. En ese contexto, la FP de calidad aparece como una pieza clave para equilibrar el sistema, para que no todo dependa de la universidad como única promesa de futuro.
La noticia del 12,8%, leída junto al 52,5% de educación superior, dibuja una doble España educativa: una que llega lejos y otra que todavía se queda en el camino. La mejora de 2025 sugiere que el país está logrando reducir el tamaño de esa segunda España, pero la brecha masculina y las diferencias autonómicas indican que el problema no es uniforme ni fácil.
Un mínimo histórico que no tapa las costuras
El 12,8% de abandono educativo temprano en 2025 es una cifra para celebrar con sobriedad, porque tiene traducción directa: menos jóvenes desconectados de la formación y más continuidad tras la ESO. También lo es que ocho de cada diez entre 20 y 24 años terminen la ESO, y que el nivel educativo de esa franja mejore con fuerza, recortando distancia con Europa. Hay una tendencia que se consolida, y no es menor: la década ha sido de descenso.
Pero el dato llega con dos costuras a la vista, casi sin maquillaje. La primera es la brecha de género, que se agranda: 15,9% de abandono en hombres frente a 9,5% en mujeres, con la paradoja de que ellos suben y ellas bajan. La segunda es el mapa territorial: Murcia en 20,6% y País Vasco en 3,6% no describen un país con un único problema, sino varios problemas distintos según el lugar.
La fotografía final, a 28 de enero de 2026, cuando se publican estos datos de 2025, es la de un sistema que mejora y, precisamente por eso, deja más claro dónde están las grietas. La educación española avanza, pero avanza con ritmos diferentes, como una carrera donde algunos carriles tienen viento a favor y otros corren con una mochila invisible. El mínimo histórico no es un punto y aparte; es un indicador útil, nítido, que obliga a mirar lo que funciona —y también lo que todavía falla— con nombres, porcentajes y territorios sobre la mesa.

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