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¿Es Brasil-Marruecos el primer gran partido ‘serio’ del Mundial 2026?

Brasil y Marruecos abren el primer gran duelo del Mundial 2026 con estrellas, bajas, estilos opuestos, antecedentes y un pronóstico ajustado.

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marquinhos con hakimi

Sí, Brasil-Marruecos es el primer enfrentamiento del Mundial 2026 que reúne a dos selecciones con argumentos reales para llegar muy lejos. No porque todo lo anterior haya sido irrelevante —un Mundial nunca concede partidos decorativos—, sino porque por primera vez se cruzan dos equipos instalados entre los diez mejores del ranking FIFA, con futbolistas decisivos en la élite europea, experiencia reciente en eliminatorias y una presión que ya no permite esconderse detrás del rodaje. Brasil busca la sexta estrella; Marruecos pretende demostrar que la semifinal de Catar 2022 no fue una hermosa anomalía.

El partido se disputa en el New York New Jersey Stadium, el MetLife de toda la vida despojado temporalmente de su apellido comercial, el sábado 13 de junio a las 18.00, hora local. En España comienza a las 00.00 del domingo 14 de junio y puede verse en abierto por La 1 y RTVE Play, además de DAZN Mundial. Es el estreno de ambos en el Grupo C, que completan Escocia y Haití, y tiene aspecto de final anticipada por el primer puesto. Quien gane no estará clasificado, claro, pero habrá dejado el grupo inclinado de su lado.

El Mundial necesitaba un partido así

Las primeras jornadas han ofrecido más ceremonia que fútbol memorable. México venció 2-0 a Sudáfrica en un estreno áspero, Corea del Sur remontó a Chequia por 2-1, Canadá y Bosnia empataron 1-1 y Estados Unidos goleó 4-1 a Paraguay. Hubo goles, expulsiones y alguna alegría local, pero el torneo todavía no había servido ese choque que obliga a dejar el móvil boca abajo. El menú era abundante; faltaba el plato que justifica la mesa.

La ampliación a 48 selecciones ha dispersado a las potencias. Con doce grupos y varios terceros que avanzan, muchos favoritos pueden administrar esfuerzos ante rivales de otro escalón. Brasil y Marruecos rompen esa lógica: ambos aparecen dentro del top 10 del ranking mundial. Es el único partido de toda la fase de grupos entre dos selecciones de ese nivel, una rareza que explica por qué el encuentro se siente distinto incluso antes del saque inicial.

Brasil conserva el peso de sus cinco títulos mundiales, pero ya no camina con la seguridad insolente de otras épocas. Marruecos, mientras tanto, ha dejado de pedir permiso. En 2022 eliminó a España y Portugal, resistió hasta las semifinales y terminó cuarta, el mejor resultado de una selección africana en la historia del torneo. Aquella hazaña modificó la mirada exterior y también la propia. Ya no basta con competir con dignidad. Marruecos quiere mandar, y ese cambio psicológico quizá sea su fichaje más importante.

El partido marcará además el tono del Grupo C del Mundial 2026. Escocia regresa a la Copa del Mundo después de 28 años y posee oficio suficiente para incomodar; Haití llega con físico, entusiasmo y poco que perder. Aun así, brasileños y marroquíes parten por delante. El nuevo formato permite corregir tropiezos, pero terminar primero ofrece un recorrido presumiblemente más limpio en la ronda de dieciseisavos. Hay margen matemático. Emocional, bastante menos.

Brasil llega herida, pero sigue teniendo dinamita

Brasil aterriza en el Mundial después de una clasificación impropia de su reputación. Terminó quinta en la liguilla sudamericana y marcó 24 goles en 18 partidos, apenas 1,3 por encuentro, un registro ofensivo muy pobre para su catálogo de atacantes. Se clasificó en junio de 2025 con una victoria mínima ante Paraguay, ya bajo el mando de Carlo Ancelotti, pero el proceso dejó cicatrices: cambios de entrenador, derrotas antes inconcebibles y una sensación persistente de equipo a medio montar.

La paradoja brasileña es casi cómica. Un país que puede reunir a Vinicius, Raphinha, Gabriel Martinelli, Endrick, Matheus Cunha e Igor Thiago ha pasado demasiados partidos buscando un gol como quien busca las llaves en el bolsillo equivocado. El talento individual sobra; la continuidad colectiva, no. Brasil ha vivido de ráfagas, presiones agresivas e inspiración de sus extremos, pero le ha faltado un centro de gravedad estable cuando el rival se encierra.

Carlo Ancelotti aporta calma, jerarquía y experiencia gestionando vestuarios donde cada suplente podría protagonizar otro equipo. Afronta su primer Mundial como entrenador, aunque ya lo disputó como futbolista en 1986 y 1990, y será el primer técnico extranjero que dirige a Brasil en una Copa del Mundo. No llega para dar una conferencia sobre el jogo bonito, sino para resolver partidos. A veces el romanticismo necesita un buen mecánico.

La enfermería, eso sí, ha estrechado sus opciones. Rodrygo, Estevao, Éder Militão y Wesley se han quedado fuera por lesión, mientras Neymar no está disponible para el estreno debido a sus problemas en el gemelo. La baja de Wesley obliga a improvisar en el lateral derecho, con Danilo como solución más conservadora. En el centro, Marquinhos y Gabriel Magalhães forman una pareja poderosa; el problema aparece cuando el bloque se estira. Si los laterales suben y Casemiro queda aislado, Brasil concede espacios en transición, precisamente el terreno donde Marruecos se mueve mejor.

Vinicius y Raphinha, el fuego que sostiene el plan

Vinicius llega como la principal referencia, liberado de molestias y en un momento físico excelente. Con Ancelotti conoce los códigos: recibir abierto, atraer ayudas, atacar el espacio cuando el lateral duda y acelerar sin pedir disculpas. Marruecos intentará rodearlo, no enfrentarlo en un duelo individual permanente. Achraf Hakimi puede igualar su velocidad, pero perseguirle durante noventa minutos dejaría al capitán marroquí demasiado lejos del área brasileña.

Raphinha aporta una amenaza diferente. Ataca por fuera, aparece por dentro, presiona con rabia y tiene golpeo para castigar faltas laterales o segundas jugadas. Entre ambos pueden deformar cualquier defensa: uno estira, el otro invade; uno atrae dos rivales, el otro llega al espacio liberado. La pregunta brasileña está en el remate. Matheus Cunha ofrece movilidad, Endrick profundidad e Igor Thiago presencia física. Ninguno ha cerrado todavía el debate.

En el amistoso final, Brasil venció 2-1 a Egipto con un gol decisivo de Endrick después de una rotación amplia. Fue una prueba útil, no una revelación. El equipo mostró capacidad para generar cuando recupera arriba, pero también cierta lentitud cuando debe circular ante un bloque preparado. Marruecos tratará de llevarlo hacia una posesión incómoda, más horizontal que punzante, hasta que aparezca la impaciencia.

Marruecos ya no acepta el papel de invitado

El camino marroquí hasta el Mundial fue exactamente lo contrario al brasileño. Ganó sus ocho partidos de clasificación africana, sumó 24 puntos, marcó 22 goles y recibió solo dos. Selló el billete con una goleada 5-0 ante Níger y fue la primera selección africana clasificada. Puede discutirse la dificultad de su grupo, especialmente después de la retirada de Eritrea, pero no la contundencia. Marruecos hizo lo que se exige a un favorito: no negociar con rivales inferiores.

Después llegó una Copa de África turbulenta. Marruecos perdió la final ante Senegal sobre el césped, aunque terminó recibiendo el título por la sanción impuesta al rival tras abandonar temporalmente el campo en protesta por una decisión arbitral. El episodio dejó una corona con bordes incómodos y aceleró el final del ciclo de Walid Regragui, el seleccionador de la histórica semifinal de 2022. En marzo tomó el mando Mohamed Ouahbi, campeón del Mundial sub-20 de 2025 con Marruecos.

El cambio a tres meses del torneo parece arriesgado, pero la estructura federativa es más sólida de lo que sugiere el relevo: academias, captación de futbolistas con doble nacionalidad, equipos juveniles competitivos y una idea común que no depende por completo del entrenador. Mohamed Ouahbi no llega para demoler la casa, sino para abrir alguna ventana. Quiere un equipo capaz de interpretar más momentos del partido, no solo de defender bien y correr mejor.

También tiene bajas importantes. Nayef Aguerd y Abde Ezzalzouli fueron reemplazados en la convocatoria por lesión. Noussair Mazraoui arrastró molestias en el último amistoso ante Noruega, mientras Hakimi ha logrado recuperarse de un problema muscular. La defensa pierde automatismos, justo cuando debe medirse a una delantera que castiga cualquier desajuste mínimo.

Marruecos empató 1-1 con Noruega en su última prueba. Brahim Díaz marcó y volvió a confirmar que su influencia en la selección es mucho mayor que la que suele tener en el fútbol de clubes. Con la camiseta marroquí recibe libertad para aparecer entre líneas, bajar a organizar o llegar al área. Si Brasil presiona con los centrales lejos de su portería, Brahim intentará recibir a la espalda de los mediocentros y lanzar la carrera de Hakimi.

Hakimi, Brahim y Bounou forman una columna reconocible

La gran fortaleza marroquí no es una estrella aislada, sino la conexión entre futbolistas acostumbrados al máximo nivel. Yassine Bounou aporta seguridad bajo palos. Hakimi convierte el lateral derecho en una vía de ataque constante. Brahim encuentra pasillos donde aparentemente solo hay piernas. Ismael Saibari, Bilal El Khannouss, Azzedine Ounahi, Neil El Aynaoui y Ayyoub Bouaddi permiten mezclar pausa, recorrido, presión y conducción.

La ausencia de Aguerd obliga a reajustar el eje defensivo, posiblemente con Chadi Riad e Issa Diop ganando responsabilidad. Ahí puede estar una grieta. Defender a Vinicius no consiste solo en frenar su primera carrera; exige que el central cubra la espalda del lateral, que el mediocentro cierre la devolución y que el extremo ayude sin hundir al equipo. Un segundo de retraso y la jugada ya huele a ocasión.

Marruecos intentará compensarlo con un bloque estrecho, ayudas constantes y salidas rápidas. Su plan más dañino pasa por atraer a Brasil, superar la primera presión y atacar el espacio detrás del lateral. Hakimi será esencial, pero no puede lanzarse sin red: si pierde el balón arriba, tendrá a Vinicius corriendo hacia su portería. El duelo parece una carrera de cien metros disputada dentro de una partida de ajedrez.

El punto débil marroquí puede ser la obligación de demostrar. En Catar jugó con la ligereza del que ya había superado las expectativas; en 2026 llega como campeona africana, cuarta del Mundial anterior y asentada entre las mejores selecciones del planeta. La sorpresa se ha convertido en responsabilidad. Los rivales la estudian de otro modo y los aficionados esperan que domine partidos que antes podía esperar. Contra Brasil recupera, paradójicamente, el escenario que mejor le sienta: menos balón, más espacio y la posibilidad de golpear.

Un duelo de estilos, heridas y memoria

Brasil y Marruecos solo se han enfrentado tres veces. La Canarinha ganó 2-0 en un amistoso de 1997 y 3-0 en la fase de grupos del Mundial de Francia 1998, con Ronaldo, Rivaldo y Bebeto al frente. Marruecos respondió en marzo de 2023 con un 2-1 en Tánger, una noche de celebración nacional que confirmó el impulso adquirido en Catar. El balance histórico favorece a Brasil por dos victorias a una, pero el antecedente más reciente pertenece a los africanos.

La conexión con 1998 añade una curiosidad: Brasil, Marruecos y Escocia vuelven a compartir grupo 28 años después. Entonces Brasil llegó a la final, Escocia cayó en la primera fase y Marruecos quedó eliminada pese a sumar cuatro puntos. Noruega completaba aquel grupo; ahora su lugar lo ocupa Haití. El fútbol cambia de negocio, de estadios y de camisetas, pero conserva una memoria caprichosa.

Tácticamente, el partido se decidirá en tres zonas. La primera es la banda de Vinicius y Hakimi, donde cada ataque puede transformarse en un contraataque del rival. La segunda está delante de la defensa brasileña: Casemiro y Bruno Guimarães deberán evitar que Brahim reciba girado. La tercera es el área marroquí, donde Brasil necesita convertir volumen en ocasiones limpias. Tener la pelota no bastará. Si la circulación es lenta, Marruecos defenderá con comodidad y el reloj empezará a jugar para quien menos se pone nervioso.

Brasil tiene más recursos para cambiar el encuentro desde el banquillo. Puede introducir a Endrick para atacar la espalda, a Martinelli para duplicar velocidad o a un centrocampista adicional para controlar. Marruecos posee menos profundidad después de las lesiones, aunque conserva perfiles jóvenes capaces de alterar el ritmo. En un torneo largo, la plantilla brasileña es superior. En un partido concreto, esa diferencia se encoge.

Las acciones a balón parado también importan. Marquinhos, Gabriel y Casemiro dan a Brasil una amenaza aérea considerable; la ausencia de Aguerd resta mando y centímetros a Marruecos. En el otro área, los envíos de Brahim o Hakimi pueden castigar faltas innecesarias. Un debut entre equipos prudentes suele abrirse por un detalle: un córner mal defendido, una segunda pelota, una tarjeta temprana. Nada épico. El fútbol de alto nivel empieza a menudo por cosas bastante menos poéticas.

La noche en que el Mundial empieza a medirse

El pronóstico más razonable concede una ligera ventaja a Brasil. Las simulaciones previas sitúan su victoria alrededor del 58%, con el empate cerca del 23% y el triunfo de Marruecos en torno al 19%. Las cifras reflejan la calidad y la profundidad brasileñas, pero no garantizan comodidad. La selección de Ancelotti llega con demasiadas bajas, un lateral derecho provisional y una producción ofensiva reciente que no corresponde a sus nombres. Marruecos, pese a sus lesiones, sabe competir sin sentirse inferior.

El pronóstico de este análisis es un 2-1 para Brasil, con un partido cerrado durante muchos minutos y decidido por la capacidad de sus extremos para fabricar una ocasión que no exista en el guion. Vinicius puede inclinar la banda, Raphinha castigar una segunda jugada y Endrick aparecer si el encuentro pide un delantero más vertical. Marruecos tiene argumentos para marcar, especialmente en transición, y el empate sería cualquier cosa menos una sorpresa. Una victoria africana tampoco entraría en la categoría de milagro; eso quedó claro en Tánger.

Lo decisivo no será únicamente el resultado. Brasil necesita comprobar si Ancelotti ha conseguido transformar una colección extraordinaria de futbolistas en un equipo fiable. Marruecos debe demostrar que puede sostener su nueva condición sin la columna completa de 2022 y con un entrenador recién llegado. Ambos llegan con talento, orgullo y algunas costuras a la vista. Perfecto. Los grandes partidos no nacen de la perfección, sino del riesgo.

Hasta aquí, el Mundial ha avanzado con la prudencia de quien todavía está desplegando el mapa. Hubo goles y ruido, sí, pero faltaba una medida común para distinguir a los candidatos de los participantes. Brasil-Marruecos ofrece esa primera referencia: la pentacampeona frente a la selección africana que dejó de creer en los techos; Ancelotti contra Ouahbi; Vinicius frente a Hakimi; la obligación histórica contra la ambición recién conquistada.

A medianoche en España, el torneo puede cambiar de temperatura. No porque los partidos anteriores no contaran, sino porque este obliga a mirar sin condescendencia a los dos lados del campo. Por primera vez en el Mundial 2026, una selección grande no tendrá enfrente un examen de acceso, sino otro equipo que también pretende escribir el nombre del campeón en el último renglón. Ahí empieza el fútbol serio. O, al menos, el que ya no admite excusas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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