Síguenos

Tecnología

¿Por qué Bezos cree que la IA creará escasez mundial de trabajadores?

Bezos pronostica que la IA creará escasez de trabajadores, pese a los despidos actuales y al temor creciente ante la automatización laboral.

Publicado

el

Jeff Bezos

Jeff Bezos sostiene que la inteligencia artificial no conducirá a una sociedad sin empleo, sino a una economía con más proyectos de los que podrán atender las personas disponibles. Su razonamiento es sencillo: al abaratar el conocimiento, acelerar el diseño y reducir las barreras para crear empresas o fabricar productos, la IA multiplicará la actividad hasta provocar escasez de trabajadores. No porque las máquinas fracasen, precisamente, sino porque funcionarán lo bastante bien como para abrir nuevos frentes.

La idea es posible, pero todavía no es un hecho. Mientras el fundador de Amazon dibuja un futuro de abundancia en el que siempre quedará algo por inventar, las compañías tecnológicas están suprimiendo puestos, frenando contrataciones y reorganizando equipos bajo la bandera de la eficiencia. La fotografía actual contiene las dos cosas: herramientas que elevan la productividad y empleados que reciben una carta de despido. La cuestión decisiva no es si la IA destruirá o creará empleo en abstracto, sino qué trabajos desaparecerán, cuáles nacerán, a qué velocidad y quién pagará el trayecto.

El optimismo tiene una grieta muy visible. Amazon ha recortado alrededor de 30.000 empleos corporativos desde finales de 2025, y su consejero delegado, Andy Jassy, había advertido de que la expansión de la inteligencia artificial reduciría la plantilla de oficinas durante los próximos años. Bezos habla de una futura falta de manos; la empresa que fundó descubre que, para determinadas labores, necesita menos. La contradicción no invalida automáticamente su tesis, pero obliga a leerla sin incienso.

La intervención tuvo lugar durante VivaTech, la gran feria tecnológica celebrada en París, donde Bezos presentó una visión casi luminosa del porvenir. Habló de Amazon, de Blue Origin, de su nueva empresa de IA, Prometheus, y hasta de la posibilidad de trasladar industrias contaminantes fuera de la Tierra. Mucha ambición para una sola mañana. Entretanto, en el mercado laboral, la realidad avanza con zapatos más pesados: despidos, incertidumbre y una pregunta razonable sobre quién recogerá primero los beneficios de la automatización.

La tesis de Bezos: más productividad, más deseos y más trabajo

La predicción parte de un mecanismo económico conocido. Cuando una tecnología reduce mucho el coste de producir algo, no siempre disminuye el empleo asociado; a veces dispara el consumo y agranda el mercado. Ocurrió con la informática, que automatizó cálculos y tareas administrativas, pero también creó industrias enteras, desde el software hasta el comercio electrónico. Un ordenador sustituyó montañas de papel, sí, aunque detrás aparecieron programadores, diseñadores, técnicos de redes, especialistas en seguridad y profesiones que en los años setenta habrían sonado a ciencia ficción de sobremesa.

Bezos cree que la IA actuará con una potencia parecida, quizá mayor. Una pequeña empresa podrá diseñar prototipos sin contratar desde el primer día a un ejército de ingenieros; un investigador explorará miles de combinaciones; un fabricante reducirá meses de pruebas. El ahorro inicial no tendría por qué quedarse en una hoja de cálculo. Podría convertirse en nuevos productos, nuevas empresas y servicios, y esa expansión reclamaría personas para vender, instalar, supervisar, reparar, negociar, cuidar al cliente o asumir responsabilidades que un modelo no puede cargar sobre sus hombros digitales.

Ese es el corazón de su argumento. La IA no solo reemplazaría tareas; también bajaría las barreras de entrada para construir, programar, diseñar, investigar y emprender. Un individuo con buenas herramientas digitales podría hacer lo que antes exigía un departamento entero. Con menos capital inicial, menos burocracia técnica y más velocidad, surgirían proyectos que actualmente mueren antes de salir del cajón.

La hipótesis también encaja con el envejecimiento de numerosas economías. Europa y Japón afrontan jubilaciones masivas y falta de personal sanitario, cuidadores, trabajadores de la construcción y especialistas industriales. En esas economías envejecidas, la IA puede servir menos como verdugo que como muleta. Un médico que resume historiales con ayuda automática, un operario que recibe instrucciones visuales en tiempo real o una pyme que automatiza su burocracia quizá no eliminen empleo; quizá consigan seguir funcionando pese a no encontrar suficiente personal.

La sanidad ofrece un ejemplo especialmente claro. Una sociedad envejecida necesita más médicos, enfermeros, auxiliares y cuidadores, no menos. Si una herramienta reduce el tiempo dedicado a informes, citas o clasificación de datos, el profesional puede atender más pacientes. La tecnología ahorra minutos administrativos, pero no sustituye con facilidad la mirada clínica, la responsabilidad jurídica ni esa conversación incómoda en la que una familia necesita comprender qué está ocurriendo.

Pero esa lógica exige una condición: que el aumento de la actividad sea mayor que el ahorro de mano de obra. Si una empresa produce lo mismo con la mitad de trabajadores y la demanda apenas cambia, sobran personas. Si vende cinco veces más y abre mercados que antes no existían, puede terminar contratando. La productividad no trae empleo por decreto. Depende de precios, competencia, inversión, reparto de ingresos y capacidad de los consumidores para comprar lo producido.

También depende del tiempo. Las ganancias de productividad pueden aparecer en meses, mientras los nuevos sectores tardan años en madurar. Entre ambos momentos queda un espacio áspero, bastante menos fotogénico que los congresos tecnológicos: profesionales desplazados, jóvenes que no encuentran puestos de entrada y empresas que aún no saben qué hacer con todo lo que sus máquinas prometen producir.

Los despidos ya están aquí y no son una simulación

El discurso optimista chocó en París con cifras poco decorativas. Los empleadores de Estados Unidos anunciaron 97.006 recortes en mayo de 2026. La inteligencia artificial fue citada como causa de 38.579, cerca del 40 % del total mensual y el registro más alto desde que comenzó a seguirse esta categoría. En los cinco primeros meses del año, las empresas atribuyeron a la IA 87.714 supresiones de puestos.

Esos datos deben leerse con cautela. Que una compañía mencione la inteligencia artificial no demuestra que un algoritmo haya reemplazado, uno por uno, a todos los despedidos. En ocasiones la IA funciona como explicación elegante para una reestructuración más mundana: exceso de contratación, caída de ventas, presión de los inversores o deseo de reducir costes. Antes se culpaba a las “sinergias”; ahora el término moderno es automatización. Cambia la diapositiva, no siempre el motivo profundo.

Aun así, sería ingenuo tratar las cifras como simple maquillaje corporativo. La IA ya redacta borradores, traduce, programa, clasifica documentos, atiende consultas, prepara campañas, revisa contratos y analiza grandes volúmenes de información. No realiza todos esos trabajos con la fiabilidad de un profesional experto, pero sí permite que equipos más pequeños produzcan más. Cuando una dirección descubre que diez personas pueden asumir lo que antes exigía quince, la tentación de convertir la mejora en ahorro salarial resulta bastante terrenal.

La inquietud social también es medible. Más de la mitad de los estadounidenses teme que la IA pueda dejar sin trabajo al propio encuestado o a alguien de su hogar. El miedo cruza edades, niveles educativos y sexos. No es una reacción nacida solo de películas con robots homicidas; muchas personas han visto cómo desaparecen encargos de redacción, ilustración, soporte básico, traducción o programación inicial. El futuro llega por correo electrónico, a veces con el asunto “reorganización”.

Los primeros impactos se concentran en tareas digitales, repetitivas y fáciles de medir. Los empleos administrativos, el soporte al cliente, la producción de textos sencillos y determinadas labores de programación figuran entre los terrenos más expuestos. No porque la máquina sea infalible, sino porque puede producir un resultado aceptable con rapidez y a un coste muy inferior. Para muchas empresas, “aceptable” basta. Ahí empieza el problema.

Amazon encarna la contradicción mejor que nadie

Andy Jassy comunicó a la plantilla de Amazon que los agentes de IA permitirían dedicar menos tiempo al trabajo repetitivo y acelerar la innovación. En el mismo mensaje añadió que la empresa necesitaría menos personas para determinadas funciones y que esperaba reducir su fuerza laboral corporativa gracias a esas ganancias de eficiencia.

La defensa de Bezos sería que estos despidos pertenecen a la primera fase del cambio. La IA reduce puestos dentro de actividades existentes, pero con el tiempo crea sectores, productos y compañías que absorben a más trabajadores. Es la destrucción creativa: el empleo no permanece quieto, se desplaza. El detalle que suele perderse en las conferencias es que una economía puede ganar puestos en conjunto mientras miles de personas concretas pierden salario, antigüedad y estabilidad. La estadística neta no paga la hipoteca de quien queda en medio.

Tampoco hay garantía de que los nuevos empleos aparezcan en la misma ciudad, ofrezcan una remuneración parecida o requieran capacidades accesibles para quien ha sido desplazado. Un administrativo de 52 años no se convierte por arte de magia en especialista en modelos de lenguaje. La reconversión existe, pero no es una puerta giratoria bien engrasada. Tiene costes, tiempo y fracasos. A veces el trabajador se adapta; otras, cae a un empleo peor pagado mientras la productividad de la empresa sube como un ascensor sin botones para todos.

El propio historial de Amazon obliga a mantener cierta distancia. La compañía ha construido buena parte de su éxito sobre la automatización de almacenes, la optimización logística y la búsqueda constante de eficiencia. Ha creado cientos de miles de puestos, desde luego, pero también ha sometido cada movimiento a métricas cada vez más precisas. Esa mezcla —creación masiva de empleo y presión tecnológica— resume bastante bien el futuro que Bezos presenta como una abundancia casi inevitable.

Cómo podría surgir una verdadera escasez de trabajadores

Para que la predicción se cumpla, la IA tendría que desencadenar una ola de creación empresarial y expansión productiva mucho mayor que la sustitución inicial. Imaginemos un estudio de arquitectura capaz de analizar terrenos, normas y materiales en horas. Podría prescindir de algunas tareas auxiliares, pero también asumir más proyectos y ofrecer servicios a clientes pequeños. Si la demanda responde, necesitará arquitectos responsables, técnicos, comerciales, instaladores, abogados, supervisores y trabajadores de obra. La inteligencia artificial no habría conservado intacto el empleo; lo habría desplazado y ampliado.

Algo parecido puede ocurrir en la sanidad. Un sistema que prepare informes o detecte patrones no elimina necesariamente al profesional. Puede liberar tiempo para atender más pacientes. En manufactura, el diseño generativo acelera prototipos, pero alguien tendrá que convertirlos en objetos seguros, mantener las máquinas y responder cuando la realidad —siempre algo insolente— no encaje con la simulación.

Los estudios sobre IA generativa apuntan a que el efecto más probable será la transformación de los puestos, no su automatización completa. La mayoría de las ocupaciones son paquetes de tareas: algunas repetitivas, otras sociales, físicas, jurídicas o imprevisibles. Un modelo puede realizar una parte y fallar en otra. Por eso la unidad relevante no es solo el empleo, sino la tarea. La cajera no desaparece únicamente porque exista el autopago; cambia la proporción entre cobrar, resolver incidencias, vigilar, reponer y atender. A veces queda menos personal. A veces el comercio amplía horarios. A veces ambas cosas.

La productividad laboral puede elevarse de forma considerable sin que desaparezca una profesión completa. Un abogado ahorra horas de búsqueda, un médico ordena historiales con mayor rapidez y un técnico encuentra antes la avería. La ocupación sigue existiendo, pero cambia su contenido. El trabajo rutinario retrocede; ganan peso el criterio, la responsabilidad, la relación con el cliente y la capacidad de detectar errores de la máquina.

Sustituir tareas no equivale a borrar profesiones

Los empleos administrativos y los puestos de entrada están especialmente expuestos porque concentran textos, datos, comprobaciones y procedimientos estandarizados. Ahí aparece un riesgo poco comentado: si se automatizan los peldaños iniciales, ¿cómo se formarán los profesionales expertos? Un abogado sénior aprendió revisando documentos; un programador experimentado empezó corrigiendo fallos sencillos; un periodista curtido redactó piezas menores. El ahorro inmediato puede cortar la escalera por la que subía el talento. Una empresa sin aprendices acaba comprando experiencia fuera, siempre que alguien más haya pagado su formación.

En el extremo contrario, los trabajos físicos y relacionales pueden resistir mejor de lo que sugería la vieja imaginación industrial. Cuidar a una persona dependiente, reparar una tubería en un edificio antiguo o calmar a una familia en urgencias exige presencia, destreza y confianza. No son tareas inmunes, pero automatizarlas por completo resulta caro. La paradoja es notable: la IA golpea antes ciertos empleos de oficina que muchos oficios manuales. El robot sofisticado sigue tropezando donde un fontanero ve el problema en diez segundos.

Incluso con abundancia de inteligencia automatizada, la economía seguirá limitada por energía, materiales, suelo, permisos, financiación e infraestructuras. Un modelo puede diseñar mil fábricas, pero no fabricar cobre ni acelerar por sí solo una licencia ambiental. Puede proponer medicamentos, aunque los ensayos clínicos requieren años, pacientes, supervisión y normas. Puede escribir código en segundos, pero los centros de datos consumen electricidad, agua y chips avanzados.

Así, la escasez de trabajadores podría aparecer solo en algunos sectores mientras otros acumulan excedentes. Faltarían electricistas, enfermeros, técnicos de refrigeración o especialistas en redes; sobrarían perfiles dedicados a tareas administrativas estandarizadas. Hablar de mercado laboral como una masa uniforme confunde más de lo que aclara. Se parece a un mapa meteorológico: sequía en una provincia, tormenta en la de al lado.

Ese desequilibrio ya se percibe. Muchas economías tienen dificultades para cubrir empleos industriales, sanitarios y técnicos mientras crece la competencia por determinados puestos de oficina. La IA puede profundizar esa división. No faltarán trabajadores en general; faltarán personas con las habilidades adecuadas, en el lugar necesario y bajo unas condiciones aceptables. El matiz parece pequeño, pero cambia todo.

Prometheus, Amazon y el interés detrás de la profecía

Bezos no habla como un observador neutral. Es fundador de Amazon, propietario de Blue Origin y cofundador y codirector ejecutivo de Prometheus, una empresa de inteligencia artificial orientada a la ingeniería y la fabricación física. Prometheus pretende acelerar el diseño de productos complejos, desde motores hasta dispositivos médicos. Ha captado 12.000 millones de dólares y alcanzado una valoración cercana a 41.000 millones. Mucho dinero para una promesa; también una señal de que los inversores esperan que la IA salga del chat y se meta en la fábrica.

Prometheus ilustra el salto que persigue la industria. Hasta ahora, gran parte de la IA generativa ha vivido en la pantalla: palabras, imágenes, código y atención al cliente. La siguiente frontera es la economía física, donde los errores cuestan metal, tiempo y, en casos extremos, vidas. Diseñar un motor no consiste en producir una respuesta convincente, sino en respetar tolerancias, temperaturas, materiales y certificaciones. Un modelo que inventa una referencia puede ser molesto; uno que inventa una propiedad mecánica puede convertir una pieza en metralla.

De ahí que la expansión de la IA industrial no elimine la necesidad de humanos responsables. Puede elevarla. Cuanto más rápido se generen diseños, más importante será verificar, probar y certificar. La automatización crea su propio trabajo de vigilancia, como una autopista nueva necesita mantenimiento, señalización, seguros y policía. La pregunta es si esos puestos compensarán en número y calidad a los que desaparezcan.

La realidad inmediata es menos lírica. Blue Origin ha comenzado a reconstruir en Florida la plataforma de lanzamiento de su cohete New Glenn después de una explosión durante una prueba en mayo. La empresa aspira a retomar los vuelos antes de que termine 2026. El episodio recuerda que la tecnología física avanza a golpes, fuego y tornillos, no solo mediante presentaciones.

Bezos vincula esta carrera con una idea todavía más ambiciosa: trasladar industrias contaminantes fuera de la Tierra. Su visión de la exploración espacial consiste en utilizar recursos de la Luna, asteroides y objetos cercanos para reducir la presión sobre el planeta. La Tierra recuperaría, en su relato, parte de su estado anterior a la Revolución Industrial. Es una imagen hermosa. También exige vuelos baratos, fiables y frecuentes, una cadena logística espacial, minería extraterrestre y décadas de inversión.

La propuesta tiene un trasfondo coherente con su tesis sobre el empleo. Si la humanidad empieza a construir infraestructuras fuera del planeta, la cantidad de trabajo disponible podría resultar enorme. Harían falta científicos, ingenieros, técnicos, operadores, fabricantes, pilotos, abogados y especialistas en seguridad. El problema es que esa economía todavía no existe a escala suficiente. Por ahora hay cohetes, inversiones y expectativas; las ciudades industriales en órbita siguen en el terreno de la promesa.

Una abundancia que todavía debe demostrarse

La predicción de Bezos no es absurda. La historia ofrece casos en los que una tecnología ahorró trabajo por unidad y terminó expandiendo la producción, creando profesiones y elevando el nivel de vida. La IA puede abaratar la invención, democratizar herramientas antes reservadas a grandes empresas y ayudar a economías envejecidas que ya sufren falta de personal. Hay un camino razonable hacia la escasez laboral que imagina.

Tampoco es inevitable. Las ganancias de productividad pueden concentrarse en pocas compañías, alimentar beneficios sin traducirse en suficiente demanda o mejores salarios. Los nuevos empleos pueden ser menos estables, aparecer demasiado tarde o exigir capacidades que los despedidos no poseen. La economía podría crear más puestos en el balance global y, aun así, ensanchar la desigualdad. Un saldo positivo no borra las cicatrices del movimiento.

La evidencia disponible aconseja una posición menos teatral que el paraíso tecnológico o el apocalipsis laboral. La IA ya elimina determinadas funciones, altera la contratación y permite operar con equipos más pequeños. Al mismo tiempo, todavía no ha provocado un desplome general del empleo, y los análisis más serios apuntan a una transformación desigual de tareas y profesiones. El resultado dependerá tanto de la tecnología como de decisiones humanas: cómo se reparten sus beneficios, quién recibe formación, qué protecciones acompañan las transiciones y qué usos se consideran aceptables.

Bezos ve un mundo con demasiadas cosas por hacer y pocas personas para hacerlas. Puede acertar en el horizonte y equivocarse en el trayecto. Entre ambos puntos habrá despidos, nuevas empresas, oficios revalorizados, carreras truncadas y trabajos que aún no tienen nombre. La inteligencia artificial no llega como una marea que sube igual para todos; entra por puertas distintas, a horas distintas, con facturas distintas.

Por eso la frase sobre la futura falta de trabajadores funciona mejor como hipótesis que como consuelo. El mercado no reparte automáticamente los frutos de una revolución técnica, ni reconvierte a quien pierde su puesto con la suavidad de una actualización de software. Si la abundancia anunciada termina llegando, habrá que mirar quién puede tocarla. Lo demás —las luces de París, los cohetes y el jardín planetario— es una promesa hermosa. Todavía una promesa.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído