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Naturaleza

¿Bancarrota hídrica? El gasto de agua está en números rojos

El planeta entra en bancarrota hídrica con lagos, acuíferos y glaciares en declive, un retrato global del agua que ya no se repone En enero de 2026, un informe de la Universidad de Naciones Unidas, elaborado desde el Instituto para el Agua.

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Bancarrota hídrica

El planeta entra en bancarrota hídrica con lagos, acuíferos y glaciares en declive, un retrato global del agua que ya no se repone

En enero de 2026, un informe de la Universidad de Naciones Unidas, elaborado desde el Instituto para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH) y encabezado por el investigador Kaveh Madani, puso nombre a algo que muchos científicos venían describiendo con rodeos: hemos entrado en una era de “bancarrota hídrica”. La idea es brutal por lo sencilla. La naturaleza “ingresa” agua con la lluvia y la nieve, pero el mundo lleva años “gastando” por encima de lo que entra, no solo tirando de ríos y lagos, también liquidando reservas que funcionaban como ahorros: acuíferos, humedales, suelos agrícolas y glaciares. Y en varios lugares el daño ya no es un bache, ni un ciclo: se considera irreversible en términos prácticos, porque se han cruzado umbrales físicos y ecológicos que no vuelven atrás con un par de inviernos húmedos.

El informe llega acompañado de cifras que, juntas, forman un paisaje inquietante: más del 50% de los grandes lagos del planeta ha perdido agua desde comienzos de los años 90, alrededor del 70% de los principales acuíferos muestra tendencias de declive a largo plazo, unos 410 millones de hectáreas de humedales naturales se han borrado en las últimas cinco décadas (casi el tamaño de la Unión Europea), y los glaciares han retrocedido de forma sostenida desde los 70, con una reducción global que el propio informe cifra en torno al 30% en ese periodo. Lo que antes se contaba como “riesgo futuro” se presenta ahora como realidad postcrisis: el sistema ya está sobregirado.

Qué significa “bancarrota hídrica” y por qué no es solo una metáfora

La palabra “bancarrota” no está puesta para adornar un titular. Busca transmitir una lógica contable que cualquiera reconoce, incluso sin mapas ni gráficos. Ingresos: precipitación, nieve, recarga natural. Gastos: captaciones, bombeos, desvíos, consumo urbano e industrial, riego intensivo, evaporación extra por el calentamiento, contaminación que inutiliza agua que antes era aprovechable. Deuda: cuando la extracción supera la reposición durante años, y para mantener el ritmo se recurre al “capital” escondido bajo tierra o congelado en montaña.

El matiz clave está en el último término. No es lo mismo vivir del interés que vender el principal. En agua, vivir del interés sería ajustar usos a lo que el ciclo hidrológico repone con cierta estabilidad. Vender el principal es vaciar acuíferos que tardan décadas o siglos en recuperarse, drenar humedales que actuaban como esponjas y filtros, degradar suelos que retenían humedad, o depender del deshielo como si fuera una nómina. En ese punto, incluso cuando vuelven las lluvias, el sistema responde peor: hay menos “depósito”, menos capacidad de amortiguar sequías, más fragilidad.

El informe insiste en que el daño no se reparte de forma uniforme. Hay cuencas y regiones donde todavía existe margen para recuperar equilibrio; en otras, la combinación de sobreuso, contaminación y cambio climático ha dejado un escenario en el que restaurar el estado anterior ya no es realista. Esa palabra —irreversible— no significa que el planeta se quede seco de golpe. Significa que ciertos servicios del agua, tal como funcionaban, ya no vuelven igual: la reserva se reduce, la calidad empeora, los extremos se acentúan, y la capacidad de recuperación se encoge.

Las pistas del colapso: lagos que retroceden y ríos que no llegan

Hay una forma de medir esta crisis sin entrar en debates ideológicos: mirar la orilla. La señal más visible son los grandes lagos que encogen, dejando anillos claros en el terreno, puertos que quedan en seco, marinas convertidas en explanadas. La literatura científica de los últimos años ha documentado que una mayoría de los lagos y grandes embalses del mundo han perdido volumen desde principios de los 90, con causas mezcladas: temperaturas más altas que disparan evaporación y demanda, y uso humano insostenible en cuencas donde cada gota ya tiene dueño.

Otra señal, menos fotogénica pero igual de elocuente, es la de los ríos que ya no llegan al mar de manera regular. El informe y los análisis asociados mencionan casos emblemáticos como el Colorado o el Indo: sistemas donde el agua se reparte, se desvía y se consume tanto que el tramo final se convierte en una promesa intermitente. Es como ver un hilo de agua que se va afinando hasta desaparecer antes de su destino natural. La historia se repite con otros grandes ríos sometidos a presión agrícola, urbana e industrial, y el efecto no es solo ecológico: es económico, político, social.

En esa misma línea aparece el fenómeno de la contaminación como “gasto invisible”. No hace falta extraer físicamente para perder agua útil. Si un tramo se carga de nutrientes, metales, salinidad o patógenos, el agua sigue ahí, sí, pero deja de servir para consumo, riego o ecosistemas sin un tratamiento costoso. En un mundo que ya vive al límite, contaminar equivale a romper billetes.

Bajo tierra: el auge del agua subterránea y el precio de exprimirla

Cuando el cielo falla, la tentación es mirar abajo. La revolución silenciosa del último medio siglo es el crecimiento del uso de agua subterránea. El informe subraya una realidad muy extendida: la mitad del agua doméstica mundial depende hoy del subsuelo, y una parte enorme del riego —en torno al 40% según las cifras que acompasan este diagnóstico— se alimenta de acuíferos. En muchos países, esa dependencia se construyó como una red de seguridad: si no llueve, se bombea; si el río baja poco, se bombea; si la sequía aprieta, se bombea todavía más. Funciona… hasta que deja de funcionar.

El problema es que el acuífero no es una piscina infinita. Es un sistema geológico que se recarga con cierta lentitud. Cuando se extrae durante años por encima de la recarga, el nivel baja, el agua se vuelve más cara de elevar, la calidad puede empeorar, y aparecen efectos secundarios. Aquí entra una de las facturas más duras de la bancarrota hídrica: el hundimiento del terreno. Al perder presión, el suelo se compacta, baja milímetro a milímetro, y con el tiempo ese descenso se convierte en centímetros o metros. No es una metáfora; es infraestructura quebrada, edificios que sufren, redes de saneamiento que se deforman, carreteras que se agrietan. Y, lo más serio, es pérdida de capacidad de almacenamiento: un acuífero compactado guarda menos agua para el futuro. No hay marcha atrás completa.

En zonas costeras, el cuadro se vuelve todavía más delicado por la intrusión salina. Si el acuífero dulce se rebaja, el mar empuja. El agua se sala, el pozo se vuelve inútil o solo sirve para ciertos usos tras tratamiento. En paralelo, la agricultura se enfrenta a otra palabra áspera: salinización del suelo, con cifras globales que rondan los 100 millones de hectáreas de tierras de cultivo afectadas. Es una degradación lenta, traicionera, que no hace ruido hasta que el rendimiento cae y el terreno se vuelve áspero, blanquecino, cansado.

Humedales: la infraestructura natural que se ha dejado caer

Durante décadas se habló de humedales como si fueran un capricho de conservación, una bonita reserva para aves. El informe los describe sin romanticismo: son infraestructura. Almacenan agua, filtran contaminantes, reducen picos de inundación, sostienen biodiversidad, moderan temperaturas, alimentan economías locales. Son el “amortiguador” del sistema. Y, aun así, el mundo ha perdido —según ese recuento— unos 410 millones de hectáreas de humedales naturales en 50 años. Para entenderlo sin mapas: es como borrar una extensión comparable a toda la Unión Europea. Se pierde agua, sí, pero también se pierde capacidad de gestionar el agua.

El golpe tiene varias caras. Una es la sequía, porque sin humedales el paisaje retiene menos humedad y libera menos agua en periodos secos. Otra son las inundaciones, porque el agua que antes se extendía y se frenaba en llanuras húmedas ahora corre más rápido y golpea más fuerte. Y hay una tercera cara menos comentada: el coste económico. Las valoraciones globales de servicios ecosistémicos perdidos por la degradación de humedales se mueven en cifras de billones de dólares. Es una forma de decir que el mundo no solo pierde naturaleza: pierde “servicios” que luego hay que sustituir con diques, depuradoras, trasvases, obras, energía.

En Europa y en España, la palabra “humedal” no es abstracta. Tiene nombres propios, conflictos concretos, decisiones judiciales, planes de gestión, tensión entre usos. Y también tiene un factor incómodo: muchos humedales se degradan no por un único gran acto, sino por miles de pequeños drenajes, captaciones, canalizaciones y cambios de uso. La bancarrota rara vez llega con una explosión; llega con goteo.

Glaciares y nieve: el banco frío que se está encogiendo

Los glaciares se han contado muchas veces como símbolo del calentamiento, y lo son. Pero en clave hídrica son otra cosa: una reserva estratégica. Guardan agua en estado sólido y la liberan en época cálida, alimentando ríos cuando la lluvia no alcanza. Cuando esa masa se reduce, cambia el pulso del caudal. Al principio, durante años, puede darse un espejismo: más deshielo, más agua en algunos tramos. Después llega el vacío: menos hielo, menos aporte, más vulnerabilidad en veranos secos.

El informe sitúa el retroceso glaciar desde los años 70 en torno al 30% a escala global, y ese recorte se traduce en cambios de disponibilidad y en mayor exposición a extremos. No es solo “menos agua”: es agua en momentos distintos, con picos más bruscos, con periodos de escasez más largos. En regiones montañosas, la transición de nieve a lluvia también altera la recarga: la nieve actúa como una liberación lenta; la lluvia cae de golpe, escurre, no siempre se infiltra.

En España, con glaciares residuales y una alta sensibilidad al régimen de nieve en montaña, el tema aparece en forma de irregularidad. Menos días de nieve, más episodios de lluvia cálida, más cambios abruptos, y una gestión de embalses y cuencas que se enfrenta a un calendario menos predecible. La bancarrota hídrica, en este plano, no se ve como un “cero absoluto”, sino como una pérdida de esa regularidad que sostenía decisiones agrícolas, energéticas y de abastecimiento.

Agricultura: el gran consumo y el gran frente de tensión

La agricultura concentra alrededor del 70% de las extracciones mundiales de agua dulce. Es un dato recurrente porque explica el tamaño del problema sin rodeos. Y el informe lo aterriza con un número que pesa: más de 170 millones de hectáreas de tierras de regadío estarían bajo estrés hídrico alto. Cuando se habla de esto, conviene evitar el cliché. No es una batalla simple entre “campo” y “ciudad”, ni un juicio moral sobre regar o no regar. Es un choque entre demanda, clima, economía y límites físicos.

En muchos lugares, el regadío se expandió con una lógica: garantizar producción, estabilizar ingresos, alimentar poblaciones crecientes, exportar. Pero el agua que lo sostiene a menudo se apoya en acuíferos en declive o en ríos ya muy repartidos. Cuando llega una sequía fuerte, el sistema intenta compensar bombeando más, desviando más, compitiendo más. Se entra en una espiral conocida: cuanto más escaso, más valioso; cuanto más valioso, más se intenta asegurar; cuanto más se asegura, más se agota.

Aquí aparece una paradoja que en el agua es explosiva si no se gestiona bien: la eficiencia. Modernizar riego reduce pérdidas por evaporación o escorrentía. Suena perfecto. Pero si la mejora de eficiencia se traduce en ampliar superficie regada o intensificar cultivos sin límites claros, el consumo total puede crecer. La tecnología no es el villano; el villano es la ausencia de reglas que conviertan la eficiencia en ahorro real y no en capacidad de expansión.

En España, este debate tiene ingredientes propios: una fuerte presencia de regadío en regiones secas, cultivos de alto valor, exportación agroalimentaria, y una presión social enorme cuando se discute recortes. También tiene una arista recurrente: la desigualdad territorial del agua, la competencia entre cuencas, la tensión política cuando el mapa se convierte en un tablero de compuertas. La bancarrota hídrica no inventa ese conflicto, lo intensifica. Y lo hace con un factor nuevo: la incertidumbre climática, que vuelve más difícil prometer “normalidad” en el futuro.

Ciudades e industria: el agua como contrato silencioso que se rompe por los bordes

En las ciudades, el agua es rutina. Abrir el grifo no se piensa; simplemente ocurre. Por eso, cuando deja de ocurrir con normalidad, el impacto es desproporcionado. El informe coloca cifras globales que ayudan a entender el alcance: alrededor del 75% de la población mundial vive en países considerados con inseguridad hídrica, y miles de millones —en torno a cuatro mil millones, según estimaciones ampliamente citadas— experimentan escasez severa al menos un mes al año. En esa escala, los cortes de agua, las restricciones, los camiones cisterna o las limitaciones a usos cotidianos no son rarezas: son parte de un nuevo “funcionamiento”.

También está la industria, que a menudo no aparece en el debate público con la misma intensidad que el campo o la ciudad, pero que depende del agua para enfriar, limpiar, producir, mover energía. Cuando el agua escasea o se calienta demasiado, hay plantas que reducen actividad, hay centrales que ajustan, hay procesos que se encarecen. El agua, en ese sentido, se convierte en cuello de botella económico.

Y luego está el estado de las infraestructuras. Muchas redes urbanas pierden agua por fugas. En un mundo con holgura, eso era un problema serio, pero manejable. En un mundo sobregirado, cada fuga es un pequeño saqueo. Además, el calentamiento empuja extremos: periodos secos más largos y lluvias más intensas, lo que tensiona redes de drenaje y saneamiento. Se junta lo peor de dos mundos: falta en el grifo, exceso en la calle. La bancarrota no es solo “menos”, también es “más extremo”.

Conflictos, migraciones y presión social: cuando el agua empuja la historia

El informe no se queda en hidrología: alerta de consecuencias sociales. Cuando el agua escasea, sube el precio de los alimentos, se tensan mercados, se agravan desigualdades. Cuando un territorio pierde seguridad hídrica, aumenta la presión migratoria interna o transfronteriza. Y cuando varios actores compiten por el mismo recurso, el conflicto —político o directo— encuentra terreno fértil. No hace falta irse a escenarios lejanos para ver cómo el agua se convierte en bandera: basta con observar cómo se discuten embalses, concesiones, pozos ilegales, trasvases, restricciones. El agua, en cuanto falta, deja de ser “técnica” y se vuelve identidad, poder, supervivencia.

En ese contexto, el informe introduce una idea con intención: si el planeta está en bancarrota hídrica, la respuesta ya no puede limitarse a arreglos incrementales. Madani y su equipo hablan de un cambio de agenda, un giro desde la promesa de restaurar lo perdido hacia la necesidad de minimizar daños, evitar colapsos y reorganizar usos. No suena épico. Suena a gestión dura. Y quizá por eso encaja con la palabra “bancarrota”: cuando ya estás en números rojos, el objetivo inmediato no es crecer, es no quebrar del todo.

Un planeta que ya no vive del “interés” del agua

La era de la bancarrota hídrica se sostiene sobre una constatación incómoda: el mundo ha estado funcionando como si el agua fuese una renta garantizada, cuando en realidad era un equilibrio delicado entre clima, suelos, ecosistemas e infraestructuras. Ahora ese equilibrio se ha deformado. Lagos que encogen, acuíferos que bajan, humedales que desaparecen, suelos que se salinizan, glaciares que retroceden. Cada elemento, por separado, podría parecer una mala noticia. Juntos, forman un sistema que pierde capacidad de sostenerse.

La gran diferencia con crisis anteriores es el carácter acumulativo. Se puede soportar una sequía. Se puede gestionar una mala temporada. Incluso se puede compensar un año con otro. Lo que no se sostiene es un mundo que, durante décadas, convierte sus reservas en gasto corriente. Y ese es el núcleo del aviso de Naciones Unidas: ya no se trata de un futuro hipotético, ni de un susto pasajero. Se trata de un presente que ha cambiado de fase, con consecuencias que, en muchos territorios, ya se han escrito en piedra… o en barro seco.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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