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¿Por qué Aznar enfría la moción de censura y FAES aprieta a Sánchez?
Aznar enfría la moción contra Sánchez mientras FAES eleva la presión y el PP calcula si tiene votos para tumbar al Gobierno ante el Congreso.

El expresidente José María Aznar ha dejado claro que el Partido Popular no debería presentar una moción de censura contra Pedro Sánchez si no tiene asegurados los votos para ganarla. No es una frase menor ni un simple consejo de veterano: es el reconocimiento, bastante desnudo, de que la derecha ve una oportunidad política en el desgaste del Gobierno, pero no una mayoría parlamentaria real para desalojarlo de La Moncloa.
El movimiento llega en plena ofensiva de FAES, la fundación presidida por Aznar, que ha publicado un texto durísimo contra Sánchez y su entorno político bajo el título Queda lo peor. El comunicado mezcla acusación, ironía gruesa y alarma institucional para sostener que los casos que rodean al PSOE no solo erosionan al Ejecutivo, sino que abren una fase más delicada: la de las posibles concesiones a los socios parlamentarios para aguantar la legislatura. Dicho en castellano de barra fina: Aznar aprieta el acelerador del relato, pero pisa el freno de la moción. Mucho ruido, sí. Pero con calculadora.
Aznar enfría la moción, pero no baja el tono contra Sánchez
Aznar no ha dicho que el Gobierno esté fuerte. Ha dicho algo distinto, y bastante más quirúrgico: que una moción de censura se presenta para ganarla. La diferencia importa. En política parlamentaria, el gesto puede ser épico, teatral, incluso útil para marcar posición. Pero una moción perdida también puede regalar al presidente censurado una foto de resistencia y una tarde de oxígeno. Y Pedro Sánchez, conviene recordarlo, ha demostrado cierta afición a convertir incendios en brasas útiles.
El PP, con Alberto Núñez Feijóo al frente, lleva semanas empujando el argumento de que la legislatura está agotada y de que los casos judiciales que afectan al PSOE o a su entorno hacen necesaria una salida electoral. La tesis es sencilla: Sánchez debería convocar elecciones cuanto antes. La dificultad, como casi siempre en España desde 2015, está en los números. El Congreso no es una tertulia con aplausómetro. Es una cámara con 350 escaños, alianzas cruzadas, agravios regionales y memoria política. Ahí se vota. Y ahí, hoy, la moción no parece tener camino.
La posición de Aznar sirve al PP en dos direcciones. Por un lado, permite mantener la presión sobre el Gobierno sin caer en una operación condenada al fracaso. Por otro, evita que Feijóo aparezca como un líder arrastrado por la ansiedad de Vox o por la impaciencia mediática. Cabeza fría, aunque alrededor vuele la vajilla. Esa es la música.
El problema para el PP es que la moción de censura en España no es una simple censura. Es constructiva. No basta con reunir votos contra Sánchez; hay que reunir votos a favor de un candidato alternativo. Y ahí empieza el atasco. Porque una cosa es que PNV, Junts o incluso otros socios del Gobierno estén incómodos con el PSOE, y otra muy diferente es que quieran entregar La Moncloa al PP con Vox sentado en la sombra del cuadro.
La aritmética que convierte el golpe en gesto
La moción de censura exige mayoría absoluta, es decir, 176 votos favorables. El PP y Vox suman un bloque potente, pero insuficiente. Necesitarían apoyos o abstenciones estratégicas de partidos que han sostenido, con más o menos entusiasmo, la investidura de Sánchez. Y ahí aparece la paradoja: cuanto más se acerca el PP a Vox en gobiernos autonómicos o municipales, más difícil le resulta atraer al PNV. Cuanto más endurece el discurso nacional contra Junts o Bildu, más improbable parece que esas fuerzas participen en una operación para investir a Feijóo.
Aznar, que de ingenuo tiene lo justo, entiende ese tablero. También entiende que una moción fallida podría permitir a Sánchez presentarse como víctima de una derecha sin mayoría, apoyada por la extrema derecha y obsesionada con derribarle. Sería, para Moncloa, un regalo envuelto con papel institucional. No precioso, quizá, pero aprovechable.
El expresidente no niega el deterioro político. Al contrario: lo subraya. Habla de colapso político, de deterioro institucional, de necesidad de elecciones. Su diagnóstico es severo. Pero su receta no pasa por activar una bomba parlamentaria que no explota. La moción, en su lógica, solo tiene sentido si el PP puede demostrar que existe una alternativa de Gobierno ya cocinada. No un amago. No una performance. Una mayoría.
En España, además, las mociones perdidas tienen historia. Algunas sirvieron para lanzar liderazgos, como la de Felipe González en 1980. Otras para fijar posición, como las de Vox contra Sánchez. Pero solo una prosperó: la de Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy en 2018, después de la sentencia del caso Gürtel y con una mayoría heterogénea, sí, pero suficiente. La comparación sobrevuela ahora el debate. El PP quisiera el efecto 2018; el Congreso, de momento, no se lo da.
FAES entra en escena con un texto de cuchillo afilado
Mientras Aznar enfría la moción, FAES calienta el ambiente. El comunicado Queda lo peor no está escrito en lenguaje de seminario académico ni de informe institucional. Suena más bien a editorial de combate, con sarcasmo, metáforas de alcantarilla y una voluntad evidente de fijar marco: el Gobierno no estaría solo acosado por casos incómodos, sino inmerso en una degradación institucional más profunda.
La fundación carga contra Sánchez, contra su entorno, contra la forma en que el Ejecutivo responde a los frentes judiciales y contra los socios parlamentarios que podrían sostenerlo hasta el final de la legislatura. La frase central no es solo que “queda lo peor”; es la insinuación política de que el presidente, acorralado por las investigaciones y por la fragilidad de su mayoría, podría intentar blindarse mediante nuevas concesiones territoriales o institucionales. Plurinacionalidad, amnistía, socios independentistas, tensión con jueces y fiscales: todo aparece en el mismo paisaje, como si el mapa estuviera pintado con carbonilla.
El tono de FAES resulta deliberadamente bronco. Hay ironía, hay caricatura y hay una especie de impaciencia moral, esa que a veces ilumina y a veces nubla. Pero el fondo político es reconocible: Aznar y su fundación buscan convertir la crisis del PSOE en una crisis del sistema de apoyos que mantiene vivo al Gobierno. No se trata solo de preguntar qué sabía cada cual, cuándo lo supo o quién pagó qué. La tesis de fondo es que Sánchez seguirá gobernando si puede, aunque el precio sea, según la derecha, seguir tensionando el Estado.
Ahí está el verdadero núcleo del mensaje. FAES no escribe para convencer al votante socialista templado, que probablemente saldrá espantado ante ciertas expresiones. Escribe para reforzar la idea de que el PP debe mantener una presión sostenida, casi de asedio político, pero sin regalar una derrota parlamentaria. Es un toque de corneta, no una orden de cargar al galope contra una muralla cerrada.
El factor PNV y el muro de los socios incómodos
El PNV es una pieza decisiva en cualquier fantasía de moción viable. Sin los nacionalistas vascos, el PP tendría casi imposible construir una mayoría alternativa que no dependiera solo de Vox y de una combinación improbable de partidos que hoy no quieren verse en esa foto. Y el PNV, por ahora, no ha mostrado disposición a facilitar una operación que acerque al poder a un PP apoyado por Vox.
La relación entre populares y nacionalistas vascos está rota en lo emocional y en lo estratégico. El PNV puede criticar al Gobierno, puede incomodarse con el caso Leire Díez, puede exigir explicaciones y puede moverse con la prudencia de quien huele final de ciclo. Pero otra cosa es cruzar el puente y aparecer como muleta de Feijóo. En política, las fotos pesan más que los comunicados. Y algunas fotos pesan como mármol mojado.
Junts tampoco es una pieza sencilla. Su relación con Sánchez ha sido áspera, interesada, casi mercantil en el sentido más parlamentario del término. Apoya, aprieta, amenaza, negocia. Pero facilitar una moción del PP exigiría un giro difícil de explicar ante su electorado, salvo que el objetivo fuera una convocatoria electoral inmediata y blindada. Incluso entonces, la confianza sería mínima. Entre el PP y Junts hay más trincheras que pasillos.
Por eso Aznar insiste en lo obvio, que a veces es lo que más se olvida en política: sin votos no hay censura. Hay declaración. Hay presión. Hay titular. Pero no hay cambio de Gobierno.
Sánchez, entre los juzgados y la resistencia parlamentaria
El Gobierno atraviesa una fase de desgaste evidente. Las investigaciones que afectan al PSOE, a antiguos cargos o a personas vinculadas a su entorno han elevado la presión política y han colocado a Sánchez en un terreno áspero. La oposición habla de corrupción estructural; el PSOE responde con prudencia jurídica, distancia política y el ya clásico argumento de que la derecha utiliza los tribunales para intentar lo que no consiguió en las urnas.
El caso Leire Díez se ha convertido en una pieza especialmente incómoda porque mezcla tres ingredientes explosivos: partido, aparato institucional y presuntas maniobras sobre causas judiciales. En un país donde la palabra “cloacas” ya llega con barro histórico adherido a los zapatos, cualquier indicio en ese terreno prende rápido. Mucho más si aparece Ferraz en el mismo párrafo.
Sánchez, sin embargo, conserva algo esencial: una mayoría parlamentaria difícil, ruidosa, a ratos indescifrable, pero todavía operativa cuando sus socios deciden que les conviene. Esa es la contradicción de la legislatura. El Gobierno puede parecer exhausto en el clima público y seguir respirando en el Congreso. Puede perder autoridad moral ante parte de la opinión pública y, aun así, conservar la capacidad de aprobar medidas concretas. España lleva años instalada en esa mecánica de tensión continua: gobiernos débiles que duran más de lo previsto, oposiciones fuertes que no consiguen rematar, socios pequeños que cobran cada votación como si fuera una aduana.
El PP quiere llevar esa contradicción al límite. Quiere que los socios de Sánchez paguen el coste de sostenerlo. Quiere que el PNV, Junts, ERC o Bildu aparezcan retratados como garantes de un Ejecutivo bajo sospecha. Es una estrategia de desgaste, más que de sustitución inmediata. Y Aznar, con su rechazo a una moción sin victoria, parece asumirlo: mejor empujar hacia elecciones que perder una votación solemne.
Feijóo necesita presión, pero también paciencia
Para Feijóo, el consejo de Aznar es cómodo y peligroso a la vez. Cómodo porque le permite no presentar una moción inviable sin parecer blando. Peligroso porque la derecha política y mediática lleva tiempo reclamando gestos más duros contra Sánchez. En ese ecosistema, la prudencia se interpreta a veces como falta de hambre. Y en política, como en los bares con mala luz, siempre hay alguien pidiendo “más carácter” sin explicar de dónde salen los votos.
El líder del PP tiene una ventaja clara: el desgaste del PSOE se acumula. También tiene un límite evidente: no controla el calendario electoral. Sánchez puede resistir mientras conserve apoyos suficientes y mientras sus socios prefieran exprimir la legislatura antes que abrir las urnas. Esa es la jaula de Feijóo. Puede ganar encuestas, puede dominar el Senado, puede convertir cada sesión de control en un juicio político, pero no puede convocar elecciones desde la oposición.
Por eso el PP se mueve en una zona intermedia: exigir elecciones, descartar por ahora la moción, golpear con comisiones de investigación, presionar a los socios y presentarse como alternativa de orden. La palabra orden no es casual. En momentos de saturación judicial y política, el votante no siempre busca épica; a veces busca silencio. Un país menos histérico. Una administración que no parezca una lavadora centrifugando titulares cada mañana.
Aznar lo sabe. Su estilo es duro, incluso abrasivo, pero su mensaje táctico es conservador: no dispares si no vas a acertar. Una moción perdida puede convertirse en una derrota innecesaria. Una presión sostenida, en cambio, puede desgastar al Gobierno hasta que las elecciones parezcan no una exigencia del PP, sino una salida natural.
El Gobierno gana tiempo mientras la oposición gana relato
La gran pregunta política no es solo si habrá moción, sino cuánto tiempo puede resistir Sánchez con este nivel de desgaste. La respuesta depende menos de Aznar que de los socios parlamentarios. Si PNV o Junts concluyen que el coste de sostener al Gobierno supera el beneficio de negociar con él, la legislatura entrará en otra fase. Si prefieren seguir arrancando concesiones, Sánchez tendrá aire. Tal vez poco. Pero aire.
FAES interpreta ese posible intercambio como una amenaza para la arquitectura constitucional. El Gobierno lo presentará, si llega el caso, como diálogo territorial, normalización política o avance federalizante. El PP lo denunciará como compra de supervivencia. Ahí se va a librar buena parte del combate: no tanto en los juzgados, donde mandan jueces y tiempos procesales, sino en el lenguaje. Cómo se llama cada cosa. Reforma o cesión. Diálogo o chantaje. Resistencia o decadencia.
El comunicado de FAES busca fijar desde ya una lectura preventiva: cualquier nueva concesión a los socios será la prueba de que Sánchez pretende prolongar su estancia en La Moncloa a cualquier precio. Es una jugada vieja y eficaz: definir el marco antes de que el adversario pueda vestirlo con otra tela.
Sánchez, por su parte, ha sobrevivido otras veces a diagnósticos terminales. Esa es una de sus fortalezas políticas y, para sus rivales, una fuente de desesperación. Ha convertido minorías en mayorías, derrotas en relatos, crisis personales en plebiscitos morales. Pero también es verdad que cada supervivencia deja cicatriz. Y esta vez las cicatrices se acumulan cerca de zonas sensibles: partido, justicia, Fiscalía, Guardia Civil, socios de investidura. No son rasguños menores.
El número manda más que el estruendo
Aznar ha colocado al PP ante una verdad poco romántica: la indignación no suma 176 escaños. FAES puede elevar el tono, la oposición puede denunciar un deterioro institucional grave y los casos judiciales pueden seguir golpeando al PSOE, pero una moción de censura solo tiene sentido si existe una mayoría alternativa. Hoy esa mayoría no aparece. No con nitidez. No sin pagar un precio político que muchos no quieren asumir.
La noticia, por tanto, no es que Aznar defienda a Sánchez de una moción. Sería absurdo. La noticia es que el expresidente prefiere una ofensiva larga antes que una derrota rápida. Quiere elecciones, no una ceremonia parlamentaria para que Sánchez vuelva a envolverse en la bandera de la resistencia. Quiere desgaste, no catarsis. Quiere que el Gobierno llegue a las urnas con el traje manchado, no ofrecerle un baño de legitimidad en el Congreso.
FAES pone la pólvora verbal. Aznar pone el seguro del arma. Feijóo, mientras tanto, intenta administrar la impaciencia de los suyos y la fragilidad de los ajenos. En el centro queda Sánchez, un presidente acostumbrado a caminar sobre cristales sin cortarse del todo, aunque esta vez el suelo cruje más de lo habitual.
La política española vuelve así a su lugar favorito: un pasillo estrecho, con muchas voces y pocas salidas limpias. La moción suena fuerte, pero los votos hablan bajo. Y, cuando llega la hora de gobernar o desalojar a un Gobierno, ese murmullo pesa más que cualquier grito.

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